Andrés Morales.?, 1476 – Sevilla, 1517. Piloto náutico y cartógrafo.

No se conocen datos de la infancia y primera juventud de Andrés Morales y su participación en los viajes de descubrimiento del continente americano; tan sólo aparece consignada muy indirectamente algunas relaciones y en la documentación de los pleitos mantenidos entre Cristóbal Colón y la Corona. De una de las declaraciones que prestó en ellos se puede deducir su fecha de nacimiento, pues en 1513, cuando residía en la isla de La Española (Santo Domingo), dijo tener treinta y siete años. Su lugar de nacimiento tampoco es conocido, si bien algunos historiadores lo hacen cordobés y otros sevillano. Ya fuese natural de Córdoba o de Sevilla, parece muy probable que en una de esas dos ciudades debió de conocer a Colón, a cuyas órdenes se enroló en la tripulación del tercer viaje que hizo el almirante.

En aquella ocasión, la armada se aprestó en Sevilla y estuvo compuesta por ocho navíos y un total de trescientos treinta hombres. Dos carabelas partieron del mismo puerto de Sevilla en febrero de 1498, a cargo de Hernández Coronel, y el resto —cinco carabelas más y una nao— se hizo a la vela en Sanlúcar de Barrameda a finales de mayo. En la Gomera, la expedición se dividió en dos: tres carabelas se encaminaron directamente a La Española capitaneadas por Pedro de Ledesma y el resto, bajo el mando de Colón, tomaron rumbo Cabo Verde. El objetivo era rebasar la línea equinoccial. Pero, cuando estaban aún a siete grados de latitud Norte, Colón viró al Oeste y surgió frente a las bocas del Orinoco.

Durante los meses de julio y agosto reconocieron el delta de aquel río, la isla de Trinidad y el golfo y península Paria (Venezuela), desde donde regresaron a Santo Domingo. No parece que ocupara Morales ningún cargo de responsabilidad en aquella travesía, aunque, sin duda, hubo de adquirir una valiosa experiencia para sus posteriores navegaciones por las costas americanas, así como tomar contacto por vez primera con la incipiente colonia de La Española, donde residiría en el futuro durante algunos años.

A mediados de 1500 se encontraba ya de regreso en Castilla, pues para esa fecha comenzó a aprestarse en Sevilla la expedición de Rodrigo de Bastidas, de la que formaría parte. Bastidas, sevillano de Triana, escribano de profesión y del que algunos historiadores dicen que también había navegado con Colón en su tercer viaje, capituló con el representante real, el obispo Juan Rodríguez de Fonseca, el 5 de junio de 1500 para emprender un viaje de descubrimiento y rescate. La licencia, limitada a dos navíos, excluía de los límites de la expedición las tierras que cayeran bajo la jurisdicción de Portugal —establecida en el tratado de Tordesillas, de 1494— y las que ya hubiesen sido descubiertas por Colón y por Cristóbal Guerra. Bastidas contrató como piloto mayor a Juan de la Cosa, que había navegado con Colón y que regresaba de recorrer con Alonso de Ojeda las costas de la actual Venezuela. El de Santoña era ya el marino de más prestigio entre los que navegaban a las Indias, pues a su experiencia práctica unía sus conocimientos de cartografía y sus dotes para dirigir tripulaciones.

Con dicha fama, no debió de ofrecer dificultades el reclutamiento de hombres de reconocida pericia y confianza probada. Entre ellos, se encontraba Andrés Morales, precisamente, con la responsabilidad de pilotar la segunda carabela, lo que demuestra que estaba muy bien considerado por Juan de la Cosa.

En octubre de 1500 —o a comienzos de 1501, según otros autores— las dos naves, de nombre San Antón y Santa María de Gracia, más un bergantín y un chinchorro partieron de Cádiz en dirección a Canarias y Cabo Verde, siguiendo una derrota que les llevó a una isla que llamaron Verde (probablemente, Barbados o Granada). Atendiendo a los límites impuestos en la capitulación, se dirigieron al cabo de la Vela (Colombia), siguiendo el litoral descubrieron las bocas del río Magdalena, el puerto de Cartagena, las islas de Rosario, Barú, San Bernardo, Fuerte y de la Tortuguilla y la desembocadura del Sinú. Tras realizar un provechoso comercio con los naturales, en el que obtuvieron una apreciable cantidad de oro en polvo, doblaron la punta Caribana, descubrieron los golfos del Darién y de Urabá y recorrieron el litoral caribeño del actual Panamá, donde Bastidas señaló un puerto con el nombre de Escribano, llamado así en su propio honor (luego llamado puerto Retrete). En aquel punto, el lamentable estado de los barcos —comidos por la broma— les obligó a tomar con urgencia rumbo a La Española, a pesar de que lo tenían prohibido. Ni siquiera así pudieron llegar a puerto sin contratiempos y se vieron obligados a detenerse en Jamaica para reparar el casco de las naves. Estando a escasa distancia de puerto seguro, una de las dos carabelas se hundió, probablemente la que pilotaba Morales. Aunque la pérdida fue evaluada por Bastidas en 500.000 maravedís, pudieron salvar la mayor parte de los tesoros rescatados, pues Las Casas relató haberlos visto llegar a La Española cargados de perlas y objetos de oro.

Recalar en aquella isla le costó a Bastidas ser prendido por el gobernador Nicolás de Ovando. Sin embargo, Morales debió de adquirir importante fama y consideración gracias a su participación en aquel viaje. De hecho, a su regreso, el todopoderoso obispo Fonseca le encargó que levantara una carta náutica de las costas recorridas con Bastidas, lo que indica que, además, ya se confiaba ampliamente en sus conocimientos cartográficos.

Tampoco Juan de la Cosa debió de culparle del desgraciado incidente del hundimiento de su nave, pues él mismo, a pesar de su pericia, se había visto anteriormente en idéntica situación. Más al contrario, debía de haberse formado un juicio muy favorable acerca de Morales, razón que explica que confiara en sus manos el timón de una de las naves que formarían la armada capitaneada personalmente por él entre 1504 y 1506.

Estuvo compuesta esta expedición por cuatro carabelas, pertrechadas y armadas con aportación de varios socios, entre ellos Juan de Ledesma, que viajó como capitán de una de ellas y alguacil mayor de la flotilla.

Probablemente partieron de Cádiz en junio de 1504.

Tras hacer la habitual escala en Canarias, atravesaron el océano por la ruta más frecuentada y entraron en el Caribe a la altura de la isla de Guadalupe. Tomando rumbo Sur, se dirigieron a la isla Margarita, con cuyos habitantes hicieron rescate de bastimentos. Siguiendo por Cumaná, obtuvieron algunas perlas y recogieron ochocientos quintales de la preciada madera tintórea llamada palo de brasil en las islas del litoral venezolano.

No hicieron más escala hasta llegar a Cartagena, donde se encontraron con Luis Guerra, hermano del ya citado Cristóbal Guerra. Los hermanos Guerra habían sido atacados por los indios, resultando muerto el propio Cristóbal, capitán de la expedición, y heridos gran parte de los tripulantes. Los de Juan de la Cosa socorrieron a los supervivientes y, como éstos querían regresar a España, acordaron trasbordar a sus naves las mercancías que habían acumulado. Continuando su camino, Juan de la Cosa y sus hombres asaltaron la isla de Codego y prendieron a más de seiscientos indios, de los cuales escogieron cierto número para llevarlos como esclavos.

Por aquellas fechas, la Corona admitía esclavizar a los indios antropófagos y éste era un argumento nada difícil de alegar estando tan lejos de las autoridades reales.

Siguieron la misma derrota que habían llevado con Bastidas y alcanzaron la isla Fuerte. Allí volvieron a tomar prisioneros como esclavos y hallaron algunas piezas de oro. Penetraron por el golfo de Urabá y, en aquel punto, les alcanzó una de las dos naves que habían marchado con Luis Guerra, que venía capitaneada por el sevillano Monroy y que acudía a pedir ayuda y a dar aviso de que la otra nao había encallado. Atravesando el golfo del Darién regresaron en su busca, con tan mala fortuna que fueron a encallar junto a ella todas las naves de Juan de la Cosa. Todos los hombres de ambas armadas, en total unos doscientos, tuvieron que desembarcar en la costa y organizar la descarga de las mercancías que pudieran salvarse.

Durante dieciocho meses permanecieron en aquellas playas, viendo cómo se agotaban poco a poco las provisiones y sin que pudiesen internarse en busca de alimentos por la hostilidad de los indios. Como pudieron, recuperaron las armas, velas, jarcias y herrajes de los navíos embarrancados y acometieron la construcción de dos bergantines que, con las barcas y bateles que les habían quedado, les permitiesen navegar hasta un puerto de arribo. Reducidos a la mitad, los que quedaron vivos pudieron embarcarse por fin entrado ya el año de 1506. Posiblemente, Morales se encontrara entre los enfermos, pues se tomó por nao capitana al mayor de los bateles y se nombró su piloto a Martín de los Reyes. Pusieron rumbo al Este y el mal tiempo los empujó hasta la ensenada de Galerazamba (Colombia), donde volvieron a tierra. Enfermos y hambrientos, Gonzalo Fernández de Oviedo relata que llegaron a incurrir en el canibalismo, matando a un indio y cocinando sus miembros para llevar su carne como provisión. Con gran dificultad alcanzaron la costa sur de Jamaica, que ellos desconocían, cuando quedaban ya tan sólo unos cincuenta miembros de los doscientos que eran en un principio.

Antes de desembarcar para abastecerse, sufrieron otra desgracia con la pérdida del mayor de los bergantines.

Entonces, Juan de la Cosa y Ledesma resolvieron tomar a los más sanos y atravesar la isla a pie, partiendo en el bergantín los heridos y enfermos. Quedó de capitán del bergantín Juan de Queicedo y Morales por su piloto y maestre. Aunque la narración de Oviedo se interrumpe en este punto, sin aclarar cómo se verificó el regreso de unos y otros, tanto Juan de la Cosa como Morales y el resto de supervivientes llegaron a la isla de La Española antes de mayo de 1506.

Casi con total seguridad, Andrés Morales no volvió entonces a la Península, sino que permaneció en La Española, ya que, ese mismo año, Ovando le encargó que realizara un mapa de la isla de Cuba, describiendo con detalle sus costas, ríos, valles y montes.

De esta forma, Morales contribuyó decisivamente a la importante labor de exploración y reconocimiento de la geografía antillana que impulsó el gobernador de La Española. Dicho mapa estaba ya terminado en 1509 y la información recogida en él pasó a incorporarse al Islario general del mundo que el cosmógrafo Alonso de Santa Cruz preparó para la Casa de la Contratación de Sevilla. En La Española permaneció hasta finales de 1512, fecha y lugar en que fue reclamado por el fiscal de la Corona para testificar en los pleitos colombinos, en concreto, para aclarar cuál era la situación exacta del cabo de Santa Cruz, también llamado de San Agustín (a 8,5º de latitud Sur, muy cerca de la actual Recife, en Brasil), y quién había sido su verdadero descubridor, si Diego de Lepe, Vicente Yáñez Pinzón o el propio Colón, aclarando, además, si el citado cabo caía en la zona de exclusividad que el Tratado de Tordesillas reservaba a la Corona de Portugal.

Declaró Morales que no había navegado aquellas costas con el Almirante, pero que podía contribuir a la resolución de dicha querella con la carta marítima de la costa de Brasil que años atrás había confeccionado por orden de Fonseca, la cual había elaborado a partir de sus propias experiencias y de las noticias que tuvo de los viajes de Vicente Yáñez Pinzón, Diego de Lepe y de Alonso Vélez de Mendoza. La resolución de estos litigios se demoró algún tiempo y Morales volvió a ser interrogado en más ocasiones.

En 1515 regresó a España y se avecindó en el arrabal sevillano de Triana, donde habría de permanecer hasta el final de sus días. En noviembre de aquel año aparece formando parte de una junta de cartógrafos reunida por Fonseca para determinar la posición exacta del cabo de San Agustín. De acuerdo con el parecer de Sebastián Caboto y Juan Vespucci, hermano de Américo, Morales convino entonces que la incertidumbre sólo podría ser resuelta enviando una expedición exploratoria. Para aquellos años se había consolidado enormemente la reputación de Morales como cartógrafo y, contando con la aprobación de Juan Díaz de Solís —a la sazón Piloto Mayor de la Casa de la Contratación—, su carta de navegar fue reconocida por la Corona como la de más crédito para fijar la línea de demarcación del área de jurisdicción portuguesa. De esta forma, los datos en ella contenidos pasarían a integrarse en las primeras cartas geográficas del Nuevo Mundo confeccionadas en la Casa sevillana para regir los rumbos de la navegación transatlántica.

Con los años, toda la información recogida en aquellas cartas vendría a componer el famoso Patrón Real de la Carrera de Indias, a cuya elaboración también contribuyó Morales con el enunciado de las primeras teorías concernientes a las corrientes marinas del océano Atlántico, por él llamadas torrentes de mar. El reconocimiento de su trayectoria como marino y cartógrafo le llegaría el 25 de octubre de 1516, al ser nombrado piloto de la Casa de la Contratación, “tanto si residiese en Sevilla como si se ausenta de ella”. Tan sólo un año más tarde, a la edad de cuarenta y un años y cuando quizá planeaba pasar de nuevo a las Indias, le sobrevino una muerte prematura.


Bibl.: G. Fernández de Oviedo, Historia general y natural de las Indias, islas y Tierra Firme del mar Océano, Valladolid, 1535-1557 (ed. de J. A. de los Ríos, vol. II, Madrid, Real Academia de la Historia, 1851-1855, pág. 413); Colección de documentos inéditos relativos al descubrimiento, conquista y organización de las antiguas posesiones españolas de Ultramar, vol. VII, Madrid, Real Academia de la Historia, 1885-1932, págs. 180 y 202-203; F. Picatoste, Apuntes para una biblioteca científica española del siglo XVI, Madrid, Imprenta y Fundición de Manuel Tello, 1891, págs. 202-203; M. de la Puente y Olea, Los trabajos cartográficos de la Casa de la Contratación, Sevilla, Escuela Tipográfica y Librería Salesianas, 1900, págs. 24-27; A. de Herrera, Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y Tierra Firme del mar Océano, vol. II, Asunción, Editorial Guarania, 1944-1947, pág. 382; B. de las Casas, Historia de las Indias, vol. II, México, Fondo de Cultura Económica, 1951, pág. 135; A. Ballesteros Beretta, La marina cántabra y Juan de la Cosa, Santander, Diputación Provincial, 1954, págs. 183-344; L. A. Vigneras, “El viaje al Brasil de Alonso Vélez de Mendoza y Luis Guerra” y J. Gil, “Marinos y mercaderes en Indias (1499-1504)”, en Anuario de Estudios Americanos, XIV y XLII (1957 y 1985), págs. 333-348 y 297-499, respect.


Biografía escrita por Jaime J. Lacueva Muñoz

 

Imagen CC Flickr. Carabela. Cortesía de Daniel Lombraña González

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