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Antonio Sánchez del Río y López de la Rosa. Antonio de los Ríos Rosas.

Ronda (Málaga), 16.III.1812 – Madrid, 3.XI.1873. Orador parlamentario, figura destacada de los puritanos y la Unión Liberal.

Antonio Sánchez del Río y López de la Rosa, quien buscando mayor sonoridad en sus apellidos los cambiaría por Ríos Rosas (también se le conoció por Ríos y Rosas), nació en Ronda, donde su padre, Francisco del Río y Zambrano, era abogado y fiscal de Rentas del Tabaco y de los Pósitos. En el ambiente familiar vivió las primeras inquietudes políticas. Su padre había asistido como representante a Cortes en Bayona en 1808, aunque protestaría contra la validez de la Asamblea y del Estatuto aprobado fuera de territorio español. Licenciado en Derecho por la Universidad de Granada, aparece Ríos Rosas en sus años más jóvenes ligado a su ciudad natal, donde participó en la tertulia de la rebotica de Antonio González Gómez y escribió sus primeras poesías, y también a Granada y Málaga.

Se inició precozmente en la política, pues a los veintiún años ya figuraba como miembro del Partido Moderado y en 1836, a los veinticuatro, fue elegido diputado, aunque las Cortes no llegaron a reunirse debido a la “sargentada” de La Granja. Nuevamente saldría elegido en 1837, y en 1840 por la provincia de Córdoba, si bien sólo en dos ocasiones intervino en los debates parlamentarios. Por entonces era considerado una figura respetada de los moderados, por su actividad mitinera en los períodos electorales, que se sucedían con frecuencia casi continua a causa de la inestabilidad gubernamental, por sus primeras colaboraciones en órganos moderados en Madrid —El Correo Nacional, El Heraldo, o El Conservador—, pero más todavía por el prestigio adquirido en Málaga, un bastión del progresismo, donde, nombrado jefe político en noviembre de 1839, desarticuló con energía una revuelta suspendiendo una sesión del Ayuntamiento con un pequeño piquete y restaurando el orden en las calles de la población.

El Congreso fue para Ríos Rosas una segunda residencia, puesto que figuró en casi todas las legislaturas entre 1840 y 1866, institución de la que sólo se ausentó en los últimos años del reinado de Isabel II, cuando se produjo la retracción de los unionistas en los engranajes de un régimen decadente. Nuevamente aparece como figura muy destacada de las actividades parlamentarias a partir de la Revolución de Septiembre (1868). Fue vicepresidente del Congreso en 1847 y 1848, y presidente en 1863, 1865 y en la primera legislatura de 1872. La identificación de Ríos Rosas con el Congreso de los Diputados aparece como el principal rasgo de su personalidad pública. Considerada la tribuna de las Cortes ante todo como un pedestal para el lucimiento de la retórica, el arte de la oratoria en el que se desplegaban todas las frondosidades literarias, el político rondeño brillaba con luz propia en estos torneos de la palabra. “Orador de lucha y de política, las privilegiadas dotes de Ríos Rosas se amoldan admirablemente a todos los asuntos, a todos los géneros de oratoria, a todas las situaciones, a todos los tonos”, consignaba la Galería de biografías de 1868. Orador de párrafo largo, en el que se encadenaban construcciones verbales cuya repetición intensificaba el tono suasorio de su discurso, decidió en ciertas ocasiones sólo por la fuerza de la palabra el resultado de una votación parlamentaria. También se produjo en múltiples circunstancias su presencia en el Consejo Real, institución de la que llegó a ser presidente (1865).

El primer período de su biografía política se corresponde con su pertenencia al Partido Moderado. Sus dotes de orador y su pluma de articulista tuvieron oportunidad de ejercitarse en la oposición durante la Regencia de Espartero (1841-1843). A través del epistolario con Donoso Cortés (1841-1844) se conoce su resistencia a las tesis progresistas y su inclinación a la contrarrevolución, posiciones que templaría más tarde. La propuesta de conjunción de fuerzas antiesparteristas tuvo en Ríos Rosas y en el periódico El Sol su principal impulsor. Tras la evicción de Espartero y durante la serie de gobiernos puente que postulaban el entendimiento entre moderados y progresistas, Ríos Rosas formó parte de la Comisión electoral del Partido Moderado, junto con Istúriz, Oliván y Sartorius, en cuyo seno contribuyó a la elaboración de un programa prudente que defendía la permanencia de la Constitución de 1837, entendiéndola como una combinación de las tesis del progresismo con las del moderantismo. No sería ésta la posición del Partido Moderado, pilotado por Narváez, a partir de la preeminencia de este partido durante la denominada Década Moderada (1844-1854), cuya maqueta ideológica se plasmó en la Constitución de 1845.

En ese momento se formaron tres sectores dentro del Partido Moderado: una derecha (Viluma), que postulaba la apertura hacia los carlistas, un centro en torno a Narváez, y un ala izquierda, orientada hacia el entendimiento con los progresistas, que recibió la denominación de puritanos, dirigida por Pacheco y su órgano de prensa El Español, y entre cuyos seguidores descollaban Ríos Rosas, Pastor Díaz y Andrés Borrego. Los puritanos intentaban mantener vivo el sueño de la unidad de la familia liberal y no compartían el ejercicio exclusivo del poder por un partido, postulado por Narváez. Inspirándose en el modelo inglés predicaban un parlamentarismo apoyado en la tolerancia entre las fuerzas políticas, la alternativa civil al pretorianismo y la reconciliación liberal sobre la base de una revisión de la Constitución de 1845. Aunque los puritanos sólo disponían de una veintena de escaños, sus rotativos (El Tiempo, El Globo, El Universal) ampliaban su voz en el terreno de la opinión pública, a la que difundían la crítica de la política severa de orden público, los controles a la libertad de expresión, la reforma tributaria de Mon-Santillán y la forma de la negociación con Roma en la compensación que habría de darse por los bienes desamortizados. Este último punto se convirtió en una de las claves de la personalidad de Ríos Rosas, quien intervino, a partir de mediados de la centuria, como protagonista en los debates y gestiones diplomáticas acerca de los temas eclesiales. Su propuesta se orientaba a la compensación que habría de darse a Roma, como se había hecho en otros países católicos, no sólo por los bienes desamortizados sino por los ingresos dejados de percibir por la Iglesia. Fue uno de los pocos políticos que comprendió que los bienes apenas eran rentables y que la solución no consistía en la devolución sino en la sustitución mediante partidas presupuestarias de los antiguos ingresos de rentas, diezmo, primicia, derechos de estola y pie de altar, productos de obras pías y patronatos, etc. Más tarde, en el plano exterior calificó de execrable la proclamación de la República en Roma durante la revolución que desposeyó momentáneamente de su autoridad temporal al pontífice Pío IX (noviembre de 1848).

Se puso a prueba la viabilidad del programa y la suficiencia de los apoyos durante los gobiernos puritanos de la década. En marzo de 1847 Pacheco se hizo cargo de la jefatura de un gobierno en el que figuraba la plana mayor de su partido (Salamanca, Pastor Díaz), seguido en septiembre por un gobierno Salamanca. La gravedad de los problemas, entre ellos las desavenencias entre la pareja real, y la hostilidad de los moderados convirtieron en un fracaso la gestión gubernamental puritana, hasta que en octubre de 1847 se inició la gran época de Narváez. Sus fórmulas expeditivas, especialmente durante las “tormentas del 48”, alejaron definitivamente a Ríos Rosas del Partido Moderado, contra el que combatió tanto durante los gobiernos Narváez como durante la gestión de Bravo Murillo, con su proyecto de minimización del Parlamento. Este distanciamiento fue la razón de su ausencia en las gestiones diplomáticas que a partir de 1848 culminaron en el Concordato de 1851, con el que se cerraba el contencioso con la Iglesia. Las relaciones tormentosas con los gobiernos moderados, que intentaron infructuosamente evitar su elección como diputado, dieron el tono a sus discursos parlamentarios del final de la “década”. En 1853 se opuso a la política electoral del conde de San Luis; en abril de este año Lersundi le ofreció la cartera de Gobernación, que rechazó porque discrepaba de las atribuciones que se le reconocían a la Corona —Ríos Rosas sostenía el principio liberal: “el rey reina pero no gobierna”—; en septiembre se opuso al nuevo Gobierno de San Luis, movilizándose en defensa de la libertad de prensa, amenazada, y suscribiendo un manifiesto en los periódicos en protesta por la limitación de temas sobre los que podían informar.

En diciembre de 1853 la crisis de los moderados alcanzó su ápice en la derrota que sufrió San Luis en el Senado cuando se pusieron a votación los contratos de ferrocarriles firmados por Esteban Collantes. En vez de dimitir, San Luis suspendió las sesiones y ordenó represalias contra los funcionarios de la capital que se habían significado en la oposición al Gobierno, y el destierro de los generales O’Donnell, Serrano, Concha y San Miguel, aunque O’Donnell consiguió ocultarse en Madrid. Un grupo de opositores, entendiendo que la Reina no cumplía sus deberes constitucionales, aprobó un documento de protesta redactado por Ríos Rosas. A principios de 1854 todo el mundo conspiraba. Varios políticos, entre ellos el marqués del Duero, estudiaron la posibilidad de un cambio en la titularidad del Trono en favor de Pedro V de Portugal, quien dejaría la Corona lusa a su hermano, posiciones a las que intentó atraerse a los progresistas. Tras varias intentonas frustradas, O’Donnell se sublevó el 28 de junio.

Al triunfar la Revolución de Julio, con la que se inició el Bienio Progresista (1854-1856), la Reina encargó la formación de Gobierno a Fernández de Córdova, Gobierno que presidió el duque de Rivas y en el cual Ríos Rosas aceptó la cartera de Gobernación. Tan sólo diez días duró el Gobierno Rivas-Córdova, denominado “ministerio metralla” porque se consagró a sofocar los levantamientos que se habían extendido por puntos distantes. El 7 de agosto de 1854 Ríos Rosas fue designado ministro plenipotenciario en Lisboa, donde se encargó de reposar las en ese momento delicadas relaciones con la Corte portuguesa, hasta su renuncia con fecha 2 de marzo de 1855, motivada por su deseo de incorporarse a las Cortes Constituyentes. Desde los inicios del Bienio se marcaron diferencias entre los grupos progresistas y entre O’Donnell y Espartero, quien terminó convirtiéndose en el hombre fuerte de la situación.

Propulsada por O’Donnell, el 17 de septiembre de 1854 se anunció la formación de la Unión Liberal, en la que participó Ríos Rosas, formación que se proponía de nuevo tender puentes entre todos los grupos políticos y a la que se adscribieron más de un centenar de diputados. Había sido anticipado su programa durante el verano en los periódicos Las Novedades y El Clamor Público, apuntando entre sus principios la soberanía nacional, la defensa del Trono de Isabel II sin menoscabo de las prerrogativas del Parlamento, la libertad de imprenta, la elección popular de los Ayuntamientos, una ley de instrucción pública, la promoción de las líneas férreas. Se pretendía que se integraran en la formación progresistas, moderados y puritanos.

Ríos Rosas formó parte de la Comisión que elaboró la Constitución de 1856. Dos puntos le preocuparon fundamentalmente: la doctrina progresista de la soberanía nacional, contemplada en la Base 1.ª, y el principio de la tolerancia de cultos, previsto en la Base 2.ª En cuanto al principio de la soberanía nacional, que le llevó a una fuerte discusión con Salustiano de Olózaga, presentó un voto particular porque deseaba que figurara alguna mención a la Corona en la potestad legislativa. Más enérgica fue su oposición al principio de tolerancia, que preveía la autorización del culto privado de otras confesiones, entendiendo que no garantizaba la unidad católica, preocupación que expresó en su enmienda para que se respetara la fórmula de las Constituciones de 1837 y 1845, dos Códigos que no entraban en el fondo de la cuestión pero garantizaban el sustento presupuestario del culto y clero católico, lo que había sido reforzado con el principio de la exclusividad confesional definida en el Concordato de 1851. En el Bienio se realizó una intensa labor gubernamental (desamortización civil, ley general de ferrocarriles), pero se abrieron diferencias cada vez más profundas entre Espartero y O’Donnell.

La caída política de Espartero y el ascenso de O’Donnell marcaron el final del Bienio. Había llegado la hora de la Unión Liberal. O’Donnell reunió en su gabinete a puritanos —entre ellos Ríos Rosas y Pastor Díaz— y progresistas. Por segunda vez Ríos Rosas accedía a la cartera de Gobernación (14 de julio de 1856), convirtiéndose por otra parte en el teórico del Gobierno al encargarse de la redacción de los preámbulos del decreto de disolución de Cortes y de la milicia nacional. Su mayor aportación, empero, fue de índole constitucional. No habiendo entrado en vigor la Constitución de 1856 fue repuesta la de 1845, un código moderado en el que los unionistas deseaban introducir algunas modificaciones. Ríos Rosas se encargó de redactar el Acta Adicional, cuyos principales puntos fueron los siguientes: sometimiento de los delitos de imprenta a la calificación por un jurado —lo que los sustraía de los arbitrios del Gobierno—, restricción a la facultad de la Corona de creación de senadores, ampliación de las condiciones exigibles para ser senador, fijación de un calendario de reunión de Cortes de al menos cuatro meses al año, ley de Tribunales para hacer más independiente la Justicia, prórroga automática del presupuesto en el caso de que no concordaran ambas Cámaras, limitación de la facultad real de nombramiento de alcaldes a las poblaciones de más de 40.000 habitantes. En definitiva el Acta limitaba los poderes regios, ordenaba la composición de las Cortes, impedía las suspensiones arbitrarias del Parlamento y reforzaba la participación del Senado en la aprobación de los presupuestos, confiriendo con estas modificaciones un sentido liberal y abierto a la Carta del 45. Este intento de puente entre las posiciones moderadas y progresistas tuvo una vida fugaz, pues al retorno de Narváez al poder (octubre de 1856) el Acta Adicional fue derogada y restituida la Constitución de 1845 en sus estrictos artículos.

Dos años más tarde se iniciaba el Gobierno largo de O’Donnell (1858-1863), en el cual la Unión Liberal tuvo la oportunidad de plasmar políticamente su programa. Para España constituyó un período de máxima actividad exterior (Marruecos, Santo Domingo, México, Cochinchina); también fue un período intenso para Ríos Rosas. Su nombramiento de embajador en Roma (18 de julio de 1858), una de las primeras decisiones del nuevo Gobierno, lo situó en el punto crucial de la política española en esa coyuntura: las relaciones con la Santa Sede. La desamortización de Madoz y —en la perspectiva de Roma— las violaciones por el Gobierno progresista del Concordato de 1851 habían provocado la interrupción de las relaciones diplomáticas Madrid-Vaticano. A la cuestión de la compensación por las propiedades expropiadas a la Iglesia y del tratamiento constitucional de la religión se añadiría más adelante la posición de España ante los proyectos unitarios de Piamonte para constituir el Reino de Italia, cuyo proceso se desenvolvería entre 1860 y 1870 y terminaría convirtiéndose en la “cuestión romana”. Pero a la altura de 1858 la intensa correspondencia entre Pío IX e Isabel II transmite la preocupación pontificia por las cuestiones de la compensación. Roma constituía, en cualquier caso, una embajada clave para la política exterior española. Hasta su dimisión por razones de salud (21 de noviembre de 1860) Ríos Rosas centró sus esfuerzos por una parte en el restablecimiento de los cauces diplomáticos, objetivo que culminó, y por otra en la consecución de un arreglo sobre los bienes del clero, y en efecto su propuesta de conversión de las rentas eclesiásticas en inscripciones intransferibles del 3 por 100 consolidado se convertiría en un capítulo básico del convenio que reafirmaba en 1859 el Concordato de 1851.

A su retorno a España en 1860, Ríos Rosas chocó con O’Donnell por algunas decisiones autoritarias. Y en la Cámara se pronunció contra el proyecto de intervención del Gobierno en los ayuntamientos, que le atribuía la capacidad para separar libremente alcaldes y tenientes de alcalde, norma que dejaría “a merced del gobierno” —según sus palabras— a nueve mil alcaldes y de treinta mil a cuarenta mil tenientes de alcalde. Elegido presidente de las Cortes (5 de noviembre de 1863), centró sus esfuerzos en atraerse a los progresistas, lo que le situó en una difícil situación política dentro de su formación, hasta el punto de que en enero del año siguiente se presentó un voto de censura contra su presidencia, moción que fue rechazada. Los incidentes de la “noche de San Daniel” (10 de abril de 1865) provocaron otro enfrentamiento con el Gobierno. A un artículo de prensa firmado por Castelar, “El rasgo”, publicado en La Democracia, reaccionó el Gobierno ordenando la expulsión de la cátedra del tribuno republicano en la Universidad Central y el cese del rector Montalbán por oponerse a su ejecución en defensa de la autonomía académica, decisiones gubernamentales que desataron violentas manifestaciones estudiantiles en las calles de la capital, reprimidas con disparos indiscriminados contra la multitud. Ríos Rosas pronunció uno de sus más brillantes discursos, crítico contra la desmesurada actuación del Gobierno Narváez-González Bravo. En medio de estas fricciones el político reafirmó su lealtad a la Unión Liberal, y el 28 de diciembre era nombrado nuevamente, primero con carácter interino, presidente del Congreso. Otra crisis más grave puso a prueba esta lealtad, la intentona progresista de junio de 1866, dirigida por Prim desde París. Los insurrectos del cuartel de San Gil, situado en la actual plaza de España, llegaron a amenazar con el bombardeo del Palacio Real, lo que precipitó el asalto dirigido por O’Donnell y Serrano (22 de junio de 1866), y una severa represión con bastantes sentencias de muerte. En una posición de creciente incomodidad dentro del régimen isabelino, Ríos Rosas y los unionistas se incorporaron a la conspiración antirrégimen al unirse a progresistas y demócratas tras la muerte de O’Donnell (5 de noviembre de 1867), conspiración a la que aportaron una cincuentena de generales dirigidos por Serrano.

La Revolución de Septiembre de 1868, acaudillada por Prim, Serrano y el brigadier Topete, destronó a Isabel II. Como resultado de las elecciones para Cortes Constituyentes de enero de 1869, convocadas por primera vez en la historia española mediante sufragio universal directo (masculino), Ríos Rosas retornaba al Parlamento después de tres años de ausencia. La primera cuestión que se planteaba en estas Cortes era la forma de régimen, monarquía o república, y en caso de solución monárquica, la apoyada por el Gobierno provisional de la Revolución, la nominación de un titular para el Trono vacante. Dada la trascendencia de las cuestiones pendientes, la Comisión de Constitución, presidida por Salustiano de Olózaga, integró equilibradamente las tres fuerzas políticas de septiembre: cinco progresistas, cinco demócratas y cinco unionistas (Ríos Rosas, Posada Herrera, Silvela, Ulloa y el marqués de la Vega de Armijo). Aprobada la forma monárquica (artículo 33 de la Constitución de 1869), se dio un paso adelante en la cuestión religiosa: la libertad de cultos (artículo 21). El ala derecha de los unionistas (Cánovas) defendía una propuesta más cautelosa, la tolerancia del culto privado, resucitando la fórmula progresista de 1856 rechazada en el Bienio por los unionistas. El ala izquierda unionista, dirigida por Ríos Rosas en la Comisión de Constitución y Romero Ortiz en el Ministerio de Gracia y Justicia, apoyó la libertad religiosa, lo que reflejaba la evolución de Ríos Rosas hacia posiciones ideológicas más avanzadas que las profesadas en anteriores etapas de su vida, aunque una vez más recordó en su intervención la deuda histórica hacia el clero.

Al plantearse en 1870 la urgencia de un titular para el Trono, se enfrentó a su correligionario Cánovas, quien negaba postestad a las Cortes para elegir Rey, afirmando Ríos Rosas que aunque no había participado en la Revolución comprendía sus motivos, y que la elección evitaría los errores de Isabel II: “para que sepa el Rey que ha de vivir con las Cámaras, por las Cámaras y con las mayorías” (Sesión, 3 de junio de 1870). Habiendo apoyado la candidatura de Montpensier, no votó al duque de Aosta (Amadeo I) y al principio del régimen amadeísta se mantuvo alejado de Palacio, aunque se sumó a Sagasta para fundar el Partido Constitucional. Por su prestigio fue elegido presidente interino del Congreso (25 de abril de 1872) y de nuevo presidente titular (10 de mayo de 1872).

Después de la abdicación de Amadeo de Saboya y el Gobierno provisional de Serrano, ante la proclamación de la República, salida de dudosa legalidad dada la vigencia de una Constitución monárquica, Ríos Rosas mantuvo una postura de prudencia, pero terminó fustigando a Pi y Margall por considerarlo responsable ideológico del incendio cantonal, en tanto que apoyaba el posibilismo de Castelar. Pronunció su último discurso en la Cámara el 6 de octubre de 1873. Ya no volvería al Parlamento. Falleció el 3 de noviembre de 1873 en la más absoluta pobreza, prueba definitiva de su honestidad, hasta el punto de que el Gobierno de la República tuvo que costear su sepelio.

La intensa vida parlamentaria no impidió la participación del tribuno unionista en diversas instituciones culturales y académicas. Fue presidente del Ateneo de Madrid, y de la Academia Matritense de Jurisprudencia y Legislación el 29 de septiembre de 1852, cargo que le comprometió a pronunciar los discursos inaugurales varios años académicos. Ingresó en la Real Academia Española el 12 de febrero de 1871 con el discurso Del principio de autoridad en el orden literario, en el que recordó a sus predecesores en el histórico asiento: Demetrio Ortiz, Jaime Balmes y el filólogo José Joaquín de Mora. La elección premiaba su actividad literaria y sus escritos. Su proverbial honradez recibió el homenaje de una elegía de Núñez de Arce. Y en el Parlamento el de Nicolás Salmerón “a un hombre que había ilustrado esta Tribuna”.

Obras de ~: Colección de composiciones poéticas en celebridad del feliz restablecimiento de la salud del Rey nuestro señor, por D. Manuel Bueno y Ortis, D. Francisco de los Ríos Rosas, D. Miguel Hüe y Camacho y D. Antonio de los Ríos Rosas, Madrid, Imprenta de T. Jordán, 1833; Acta de la sesión inaugural de la Academia Matritense de Jurisprudencia y Legislación celebrada el día 29 de octubre de 1852. Discurso inaugural por Antonio de los Ríos y Rosas, Madrid, Imprenta de C. González, 1852; Acta de la sesión inaugural de la Academia Matritense de Jurisprudencia y Legislación celebrada el día 3 de enero de 1856. Discurso inaugural por D. Antonio de los Ríos y Rosas, Madrid, Imprenta Sánchez, 1856; La question du Mexique devant les Cortes d’Espagne: discours prononcés au Senat et au Congrés par MM. Bermúdez de Castro, Concha, Mon et Ríos Rosas, traduits de l’espagnol et précédés d’une introduction, Paris, Imprenta de Ad Laine, 1863; “Prólogo”, en N. Pastor Díaz, Memorias de una campaña periodística, Madrid, 1867; Discurso leído en la sesión inaugural de la Academia Matritense de Jurisprudencia y Legislación el día 2 de enero de 1869 por D. Antonio de los Ríos y Rosas. Tema: “Vida del derecho”, Madrid, Tipografía de Eduardo Cuesta, 1869; Discursos leídos ante la Real Academia Española en la recepción pública de D. Antonio de los Ríos y Rosas, académico de número, el día 12 de febrero de 1871, Madrid, Imprenta Manuel Tello, 1871; (col.), Poesías de Ríos y Rosas, coleccionadas por H. Giner de los Ríos, Málaga, Tipografía de la Biblioteca, 1884; Discursos académicos de Ríos Rosas y otros trabajos, con un estudio sobre el autor escrito por D. Juan Pérez de Guzmán, Madrid, Biblioteca Andaluza, 1889; F. Suárez, Donoso Cortés y la fundación de El Heraldo y el Sol; con una correspondencia inédita entre Donoso Cortés, Ríos Rosas y Sartorius, Pamplona, Eunsa, 1986.

Bibl.: Semblanza de los 340 diputados a Cortes, 1849-1850, Madrid, 1850; Los presupuestos de 1859 y la desamortización (Colección de discursos pronunciados en las Cortes durante la legislatura de 1858 a 1859 y de artículos publicados en “La España”), Madrid, Imprenta de S. M. Ducazcal, 1859; S. Cámara, A Uniao ibérica, Lisboa, Typ. Universal, 1859; E. Autrán y González, La Unión Liberal de ayer. El ministerio de hoy. El Partido Constitucional de mañana, Madrid, 1864; J. Bravo Murillo, “Apuntes para la historia de la Unión Liberal”, en Opúsculos, Madrid, 1864; La Unión Liberal, Folleto, Madrid, 1865; Los diputados pintados por sus hechos. Colección de estudios biográficos sobre los elegidos por el sufragio universal en las constituyentes de 1869, Madrid, 1869-1870, 3 vols.; A. Fernández de los Ríos, Mi misión en Portugal. Anales de ayer para enseñanza de mañana, París, Belhatte, 1877; F. Cañamaque, Los oradores de 1869, Madrid, M. G. Hernández, 1879; J. Pérez de Guzmán, “Artículos sobre Ríos Rosas”, en La Ilustración Española y Americana, 1904; J. Bécker, Relaciones diplomáticas entre España y la Santa Sede durante el siglo xix, Madrid, Imprenta de J. Ratés, 1908; J. del Nido y Segalerva, Antología de las Cortes desde 1854 a 1858, Madrid, Congreso de los Diputados, 1911; E. López, Antología de las Cortes de 1846 a 1854, Madrid, Congreso de los Diputados, 1912; J. del Nido y Segalerva, Historia política y parlamentaria del Excmo. Sr. D. Antonio de los Ríos y Rosas, Madrid, Congreso de los Diputados, 1913; J. L. Comellas, Los moderados en el poder. 1844-1854, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1970; V. G. Kiernan, La revolución de 1854 en España, Madrid, Aguilar, 1970; J. A. Jiménez López, Ríos Rosas y su tiempo (1808-1873), Granada, Universidad, Departamento de Historia Contemporánea, 1974; J. Becerril y A. Miralles, “Ríos Rosas, político y jurista”, en R. Fernández Cuesta, Ríos Rosas, orador, Sesión pública celebrada el 6 de mayo de 1974 con motivo del Centenario de D. Antonio de los Ríos y Rosas, Presidente que fue de esta Real Academia, Madrid, Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, 1974; N. Durán, La Unión Liberal y la modernización de la España isabelina. Una convivencia frustrada. 1854-1868, Madrid, Akal, 1979; J. T. Villarroya et al., La era isabelina y el sexenio democrático (1834-1874), pról. de J. M.ª Jover Zamora, en J. M.ª Jover (dir.), Historia de España de Menéndez Pidal, t. XXXIV, Madrid, Espasa Calpe, 1981; F. Cánovas Sánchez, El partido moderado, Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1982; A. Fernández García, “El conflicto Iglesia-Estado en la Revolución de 1868”, en VV. AA., Estudios históricos: Homenajes a los profesores Jover Zamora y Palacio Atard, vol. II, Madrid, Departamento de Historia Contemporánea/Universidad Complutense, 1990, págs. 441-508; M.ª F. Núñez Muñoz y F. Díaz de Cerio, El bienio progresista (1854-1856) y la ruptura de relaciones de Roma con España según los documentos vaticanos, La Laguna, Universidad de La Laguna, 1993.

Biografía escrita por Antonio Fernández García. Ha sido catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid y director de su Departamento y Revista así como de otras dos colecciones editoriales. Autor de unas 200 publicaciones, entre ellas una veintena de libros, centró sus investigaciones en la Historia de Madrid, materia en la que ha impulsado equipos integrados por historiadores, geógrafos, historiadores del arte y economistas, cuyo trabajo se ha plasmado en los volúmenes: Historia de Madrid, Madrid de la Prehistoria a la Comunidad Autónoma, Madrid hace un siglo: en torno a 1900. Con un enfoque más amplio, los cambios experimentados por la sociedad española durante el siglo XIX han configurado otra línea de investigación, que culminó con la coordinación de 18 especialistas en Los fundamentos de la España liberal: sociedad, economía, formas de vida (1834-1900), volumen XXXIII de la “Historia de España Menéndez Pidal”.

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