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Pedro Laín Entralgo

Urrea de Gaén (Teruel), 15.II.1908 – Madrid, 5.VI.2001. Historiador de la medicina y de la cultura española, ensayista.

Hijo de Pedro Laín Lacasa (1882-1938) y de Concepción Entralgo Montejo (1882-1935), pasó los primeros años de su vida en el pueblo en que su padre ejercía la medicina. Fruto del matrimonio nacieron tres hijos, Pedro, Concepción (1909-1985) y José (1910-1972). Concha Laín estudió el bachillerato junto a sus hermanos y posteriormente la carrera de Comercio. Obtuvo el título de perito mercantil, lo que le permitió tras la guerra opositar al Cuerpo Administrativo del Estado, trabajando en el Ministerio de Trabajo, en el de Industria y en el Instituto del Libro. José Laín hizo el bachillerato en los institutos de Zaragoza y Pamplona y la carrera de Comercio. Cursó Derecho en la Universidad de Madrid. Desde los primeros años de carrera participó en la lucha política e ingresó en las Juventudes Socialistas, donde pronto ocupó puestos de responsabilidad. Fue elegido miembro de la Ejecutiva Nacional de la Federación de las Juventudes Socialistas en abril de 1934. Por su intervención en la Revolución de octubre de 1934 se vio obligado a emigrar, primero a Francia y luego a la Unión Soviética. Regresó a España en 1936, acogiéndose a la amnistía del Frente Popular. Fue uno de los forjadores de la Juventud Socialista Unificada. Durante la Guerra Civil, ingresó en el Partido Comunista, siendo miembro suplente de su Comité Central. Fue comisario de guerra y luchó en el ejército republicano hasta el golpe del general Casado, en marzo de 1939. Al finalizar la guerra marchó a Argel y luego a la Unión Soviética, trabajando en Moscú como maestro de niños españoles evacuados allí. A partir de 1944, su principal actividad fue la de traductor. Durante su segundo exilio fue marginado de toda actividad política, probablemente por la militancia falangista de su hermano. También contribuyó a ello el que su esposa e hija se reunieran con él en Moscú, procedentes de la España de Franco. Volvieron a España en enero de 1957. A partir de entonces, José Laín vivió en Madrid, dedicado a traducir literatura rusa. Entre otras obras, tradujo, en colaboración con Francisco José Alcántara, Guerra y Paz, de Tolstoi (1979).

Tras pasar los primeros años de su vida en su pueblo natal, Pedro Laín Entralgo se trasladó a Soria en 1917 para comenzar sus estudios de bachillerato, que continuó luego en Teruel (1919-1921), en Zaragoza (septiembre-diciembre de 1921) y terminó en Pamplona (1922-1923). Estudió Ciencias Químicas en Zaragoza (1923-1924) y en Valencia (1924-1927), y Medicina (1927-1930) en esta última Universidad. Durante el último año de la carrera, el catedrático de Medicina Legal, Juan Peset, le hizo interesarse por la Psiquiatría. En otoño de 1930, viajó a Madrid para comenzar los estudios de doctorado en Ciencias Químicas y en Medicina. En otoño de 1931 comenzó su asistencia al servicio neuropsiquiátrico del doctor Sanchís Banús, con el propósito de especializarse en Psiquiatría. En diciembre de 1931 viajó a Viena, becado por la Junta para la Ampliación de Estudios, para perfeccionar su formación psiquiátrica con el profesor Otto Pötzl. A su regreso de Viena trabajó como médico rural para la Mancomunidad Hidrográfica del Guadalquivir, y desde la primavera de 1934 fue médico de guardia del Instituto Psiquiátrico Provincial de Valencia. Contrajo matrimonio con Milagro Martínez en diciembre de 1934. Del matrimonio nacieron dos hijos: Milagro (noviembre de 1935) y Pedro (agosto de 1938).

El 18 de julio de 1936, cuando comenzó Guerra Civil española, se hallaba en Santander con el catedrático de Anatomía de Valencia, Juan José Barcia Goyanes, donde habían ido para dictar un curso de verano organizado por la Junta Central de Acción Católica en el colegio cántabro sobre “Patología general de la personalidad”. Viajó de Valencia a Madrid en la noche del 14 de julio, y de Madrid a Santander el día 15. El 16 dio Barcia la primera lección del curso. La rebelión militar del 18 de julio hizo que el 19 se suspendieran las clases. Como Santander permaneció fiel a la República, Barcia y Laín decidieron pasar a la zona llamada nacional. Embarcaron en el torpedero alemán Seeadler, que les trasladó a Bayona. Desde allí, por San Juan de Pie de Puerto y Arnégui, pasaron a Valcarlos y de allí a Pamplona. A finales de agosto de 1936, Laín Entralgo se afilió a Falange, y en Pamplona colaboró en el recién fundado periódico Arriba España: Primer diario de Falange, editado en los talleres que se incautaron a La Voz de Navarra. En Arriba España publicó Laín en la primavera de 1937 una serie de artículos bajo el título general de “Tres generaciones y su destino”, en los que propuso una superación de “las dos Españas”, mediante una voluntad “asuntista y superadora”. A la altura de 1976, en su Descargo de conciencia recuerda aquellos artículos como “la quijotesca o cuasiquijotesca pretensión de proponer, frente a nuestra desgarrada cultura reciente, una suerte de Aufhebung hegeliana. En efecto: con adolescente ilusión —en los pueblos y en los individuos puede haber situaciones ‘adolescentes’, sea cualquiera la edad histórica y biológica del sujeto— pensé que el problema de la escisión cultural y política de los españoles ulteriores al siglo XVIII, y por tanto, la enconada y pertinaz pugna entre ‘las dos Españas’, podía y debía ser resuelto por la asunción unificante de una y otra en una empresa ‘superadora’, palabra en boga, de lo que en sí y por sí mismas habían sido ambas” (1976: 194-195). En su etapa navarra colaboró también en la revista Jerarquía: Revista Negra de la Falange, fundada bajo la inspiración de Eugenio d’Ors.

En la primavera de 1938, se trasladó a Burgos, donde el Gobierno de Franco tenía su sede, como director de la Sección de Ediciones del Servicio Nacional de Propaganda. En Burgos, convivió con Dionisio Ridruejo, Antonio Tovar, Luis Rosales, Rodrigo Uría, Joaquín Garrigues, Gonzalo Torrente Ballester, Luis Felipe Vivanco, formando con ellos el llamado “ghetto al revés” que, siguiendo la idea germinal de Pamplona, buscaba un renacimiento cultural de España en el que cupieran todas las ideologías. Era un ghetto en el Burgos de aquel momento, en el que la consigna dominante era exactamente la contraria, la exclusión del vencido, y con él de todo lo que significaba pensamiento liberal, pero un ghetto al revés, porque perseguía, precisamente, acabar con los exclusivismos en los modos de entender España y su cultura. Tras finalizar la guerra, en septiembre de 1939, se trasladó de Burgos a Madrid, desempeñando en los años de la posguerra diferentes cargos políticos: consejero nacional de Movimiento; durante algunos años, pocos, director de la Editora Nacional; subdirector de la revista Escorial, que fundó junto con Dionisio Ridruejo, Luis Rosales y Antonio Marichalar; director de la Residencia de Estudiantes “Jiménez de Cisneros”; rector de la Universidad de Madrid (1951- 1956). A partir de esta última fecha, abandonó toda actividad política.

En la Facultad de Medicina de Madrid se encargó durante el curso 1939-1940 de la enseñanza de la Psicología Experimental, dando dos seminarios, uno sobre Psicología de la Percepción y otro sobre Caracterología. Al término del curso 1939-1940, tras la jubilación del catedrático de Historia de la Medicina, Eduardo García del Real en 1940, fue nombrado profesor auxiliar de la cátedra de Historia de la Medicina. En el otoño de 1942, opositó y ganó la cátedra de Historia de la Medicina, puesto que desempeñó hasta su jubilación en el año 1978. Ha sido académico de la Real Academia Nacional de Medicina (ingresó el 14 de mayo de 1946 con un discurso titulado La anatomía humana en la obra de fray Luis de Granada), de la Real Academia Española (donde ingresó el 30 de mayo de 1954 con un discurso sobre La memoria y la esperanza: San Agustín, San Juan de la Cruz, Antonio Machado, Miguel de Unamuno, contestado por Gregorio Marañón) y de la Real Academia de la Historia (donde leyó su discurso de ingreso, La amistad entre el médico y el enfermo en la Edad Media, el 7 de junio de 1964, contestado por Dámaso Alonso). Fue nombrado doctor honoris causa por las Universidades de San Marcos (Lima), Toulouse, Zaragoza, Pontificia de Salamanca y Brown (Estados Unidos) y profesor honorario de la Universidad Nacional de Santiago de Chile. Obtuvo el Premio Nacional de Teatro por sus críticas en la Gaceta Ilustrada durante el período 1970-1971; el Premio Montaigne del año 1976; el Premio Aznar de Periodismo del año 1980: el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades (1989) y la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio.

Apasionado desde muy joven por la vida intelectual, pensó en un primer momento dedicarse a la investigación científico-natural, trabajando en el campo de la fisico-química. Decidido a hacer Medicina más por presiones y conveniencias familiares que por propia convicción, acabó entusiasmándose con la psiquiatría y la posibilidad que ella le brindaba de estudiar en profundidad al ser humano. La Guerra Civil cambió sustancialmente sus planes y le orientó al estudio y cultivo de la historia, aunque sin abandonar su preocupación por la teoría del ser humano. Buscando las razones del enfrentamiento secular entre los españoles, llegó a la conclusión de que la respuesta había de hallarse, al menos en parte, en el pasado, en el conflicto latente, unas veces, y patente, otras, de la vida española y de su cultura desde finales del siglo XVIII hasta la época de la Guerra Civil. La historia se le convirtió así en vía y método para la comprensión de los problemas humanos, convicción que ya no abandonaría a lo largo de toda su vida. La otra raíz del conflicto civil había que buscarla, para Laín, en la falta de respeto a los valores personales. Los seres humanos son respetables porque son seres humanos, no por las ideas que defiendan. De ahí proceden las dos partes del método que desde entonces ha orientado toda la obra de Laín: el estudio histórico y sistemático de los problemas. La razón no es sólo lógica sino también histórica y, en consecuencia, ambos enfoques son necesarios si de veras quiere darse razón de los acontecimientos. “Hacer del conocimiento histórico presupuesto del conocimiento sistemático”, éste fue el lema de Laín. En él es muy evidente la influencia de Ortega y Gasset, en especial su tesis de la “historia como sistema.” De ahí que en sus obras fundamentales Laín utilice siempre ese doble enfoque, el histórico y el teórico o sistemático. De hecho, cuando recién acabada la Guerra Civil se incorporó al claustro de profesores de la Facultad de Medicina de la Universidad de Madrid, organizó un ciclo de conferencias sobre “El hombre, la enfermedad y la curación”. El curso comenzó en enero de 1940 y duró hasta mayo. Se dividió en tres partes, “El problema del hombre”, “El problema de la enfermedad” y “El problema de la curación”. Las dos primeras partes constaron, a su vez, de dos secciones, una primera titulada “Planteo histórico”, y la otra “Planteo sistemático”. Y comentó Laín en su Descargo de conciencia: “Iniciaba así un método —visión de la historia como sistema, según el ulterior programa teórico de Ortega, meditación sistemática dentro de la situación histórica en que se vive— que luego tantas veces había de emplear yo en el curso de mi obra” (1976: 325). Valgan, como ejemplo, los títulos de algunos de sus libros: La historia clínica: Historia y teoría del relato patográfico (1950), La espera y la esperanza: Historia y teoría del esperar humano (1956), La relación médico-enfermo: Historia y teoría (1964).

La primera aplicación de este método no la realizó Laín en el campo de la historia de la ciencia sino en el de la historia de España. Los primeros esbozos de este proyecto se hallan en los artículos que bajo el título general de “Tres generaciones y su destino” publicó en el periódico Arriba España, de Pamplona. Tras la Guerra Civil, proyectó la elaboración de una historia de la cultura española del último siglo, dividida en tres partes. La primera se iniciaría con el estudio de lo que en 1876 fue la “polémica de la ciencia española”, e iría seguida del modo como ante la cultura española se fueron situando las cinco generaciones de españoles que vivieron en las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX: la “regeneracionista” de Costa y Galdós, la “científica” de Cajal y Menéndez Pelayo, la “del 98”, la de Ortega y Marañón, y la que ha dado en llamarse “generación del 27”. La segunda parte estaría dedicada al modo como se enfrentaban con la cultura española los pertenecientes al grupo generacional del propio Laín Entralgo, es decir, los que por edad y vicisitudes históricas formaban parte de la “generación de la Guerra Civil”. Finalmente, la tercera parte había de mirar hacia el futuro, proponiendo “las líneas de una posible acción perfectiva en el dominio de nuestra vida intelectual” (Descargo de conciencia, 1976: 337). Laín no fue capaz de llevar a cabo este programa en su integridad, pero fruto de él fueron los libros: Sobre la cultura española (1943), Menéndez Pelayo (1944), Las generaciones en la historia (1945), La generación del noventa y ocho (1945), así como otros trabajos menores que reuniría el año 1956 en el volumen que clausura, al menos provisionalmente, este primer proyecto, y que se titula España como problema (1956). La tesis general de todo este proyecto la resume así Laín en sus Obras a la altura de 1965: “Pensé que el problema de la escisión cultural de los españoles, y consecutivamente el de ‘las dos Españas’, podía y debía ser resuelto por la asunción unitaria de una y otra en una empresa ‘superadora’. ¿No era acaso posible asumir en una forma cultural nueva las múltiples exigencias —tradición, actualidad, crítica perfectiva, calidad intelectual y estética— que en ambas mitades de España, la ‘reaccionaria’ y la ‘innovadora’, permite discernir un examen libre de partidismo y discretamente sensible? La primera lección de nuestra guerra civil, ¿podía ser otra que una resuelta voluntad de integrar a los españoles en una España fiel a sí misma y a su tiempo? Sin mengua de la lealtad de la pesquisa y de la objetividad del retrato, tal fue el sentido de mi visión de Menéndez Pelayo y de la generación del 98” (1965: XXV -XXVI).

En todo este planteamiento se advierte una gran influencia de Eugenio d’Ors, el ideólogo más importante del grupo de intelectuales falangistas durante los años de la Guerra Civil y los inmediatamente posteriores, influencia que poco a poco iría siendo desplazada por la de Ortega y Gasset, en especial su ensayo introductorio a las Meditaciones del Quijote (1914), en el que define la filosofía como la “ciencia general del amor”, y propone como consigna el “afán de comprensión”. Ése es el talante con el que Ortega propone, ya al final del ensayo, hacer “experimentos de nueva España”. Laín convirtió ese lema en objetivo y en proyecto. Lo que pretendió fue responder al interrogante angustioso que lanzó Ortega a la altura de 1914: “Dios mío, ¿qué es España? En la anchura del orbe, en medio de las razas innumerables, perdida entre el ayer ilimitado y el mañana sin fin, bajo la frialdad inmensa y cósmica del parpadeo astral, ¿qué es esta España, este promontorio espiritual de Europa, esta como proa del alma continental? ¿Dónde está —decidme— una palabra clara, una sola palabra radiante que pueda satisfacer a un corazón honrado y a una mente delicada, una palabra que alumbre el destino de España? ¡Desdichada la raza que no hace un alto en la encrucijada antes de proseguir su ruta, que no se hace un problema de su propia intimidad; que no siente la heroica necesidad de justificar su destino, de volcar claridades sobre su misión en la historia!”. Esto es lo que Ortega llamará más tarde, en el Prólogo para alemanes, “la obsesión de España como problema”. La primera solución que Laín da a este problema no es, sin embargo, orteguiana, sino más bien orsiana. Pero con el tiempo este último influjo decrece en favor del primero. No es un azar que Laín comience su último libro sobre el tema, A qué llamamos España (1971), con las palabras antes citadas de Ortega. A este ciclo pertenecen también los siguientes libros: Introducción a la cultura española (1964), Una y diversa España (1968), Más de cien españoles (1981), En este país (1986) y Españoles de tres generaciones (1998).

El segundo campo de aplicación de su método fue la ciencia y, más en concreto, la medicina. Esta labor la realizó desde su cátedra y, sobre todo, desde el Instituto Arnau de Vilanova de Historia de la Medicina y Antropología Médica, que fundó dentro del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, el año 1943. En 1941 publicó su tesis doctoral, titulada Medicina e historia. Dos años después apareció su segundo libro sobre este tema, Estudios de historia de la medicina y antropología médica. Conviene advertir que en el caso concreto de la medicina, Laín Entralgo identificaba el enfoque histórico con la historia de la medicina, y el sistemático o teórico con la antropología médica. Son dos momentos que se exigen mutuamente. La historia tiene que verse en perspectiva antropológica, y la antropología ha de construirse desde la historia. En el caso concreto de la historia de la medicina, esto le lleva a Laín a procurar por todos los medios una superación, tanto de la historia erudita ilustrada como de la positivista historia de hechos. Sus lecturas de Dilthey, Ortega, Heidegger y Zubiri le convencen pronto de que la historia no está tejida de “hechos” meramente naturales sino de “acontecimientos” humanos. Tras el puro hecho historiográfico, objeto de lo que los pensadores alemanes denominaron Historie, está la historicidad radical del ser humano, su Geschichtlichkeit. Esto no significa abandonar la “explicación” historiografía positiva y científica, pero sí intentar complementarla a través de la “comprensión” hermenéutica. En el caso concreto de la historia de la medicina, esto le llevó a Laín Entralgo a asumir los resultados de los grandes historiadores positivistas del siglo XIX y primeras décadas del XX, Haesser, Neuburger, Pagel, Sudhoff, pero intentando ir más allá de ellos, en la línea abierta por Sigerist. A partir de aquí, Laín Entralgo distinguió dos grandes mentalidades en el modo de enfocar la historia de la medicina, que denominó, respectivamente, la “mentalidad Sudhoff ” (la historiografía basada en el puro y pulcro avenimiento a las fuentes y, por tanto, con un gran dominio de las fases heurística y crítica del método historiográfico, pero con poco o nulo interés por la fase hermenéutica) y la “mentalidad Sigerist” (la historiografía que hace uso de los documentos de acuerdo con las exigencias de la heurística y de la crítica, pero que considera que la función del historiador es básicamente hermenéutica, interpretativa). Esta distinción se encuentra ya en su Memoria de cátedra, redactada el año 1942. Quien esto suscribe, piensa que si bien Laín se sitúa siempre en línea con Sigerist, su enfoque es muy superior al de aquél. Sigerist no deja de ser un secuaz del neokantismo que aprendió en Alemania en sus años jóvenes, antes de emigrar a Estados Unidos, en tanto que Laín Entralgo bebe de unas fuentes filosóficas muy distintas y desde luego superiores, generalmente de orientación fenomenológica y existencial. Sigerist ve la historia, al modo neokantiano, como un fenómeno cultural, en tanto que Laín Entralgo ve en ella la desvelación de la propia estructura del ser humano. Lo que en Sigerist acaba en puro culturalismo, en Laín se transforma en antropología. Por eso he defendido que junto a las citadas dos mentalidades, es preciso añadir una tercera, la “mentalidad Laín Entralgo.” Esta mentalidad queda muy patente en algunas de sus más importantes obras, como La historia clínica (1950) y La relación médico-enfermo (1964). En ambas, la historia se convierte en método o vía para la comprensión sistemática del problema. En el prólogo al primero de esos libros escribe: “El ideal de la ciencia es ver y hacer ver las cosas según la verdad; pero la especial condición de la inteligencia humana, inmersa nolens volens en una tradición y parcialmente configurada por ella, exige que los hombres tengan que contemplar la verdad según la historia” (1950: 5).

A partir de tales presupuestos, Laín Entralgo intentó elaborar una serie de volúmenes en que fuera aplicando ese método a los distintos problemas médicos. Se propuso dedicar diez años de su vida, “los comprendidos entre 1950 y 1960, en la confección de la serie de estudios que La historia clínica había iniciado: una historia del problema morfológico, otra del problema fisiológico, y a continuación las correspondientes a los que plantea el conocimiento científico de la enfermedad (nosología, nosotaxia, nosognóstica), el tratamiento técnico de ella (farmacoterapia, dietética, cirugía, psicoterapia) y la esencial y varia relación entre la medicina y la sociedad” (Descargo de conciencia, 1976: 352-353). No llegó a realizarlo. Con todo, ha llevado a cabo una labor en el campo de la historia de la medicina que no sólo es enorme por su amplitud sino también por su profundidad. Valga la simple enumeración de sus aportaciones principales, excluidas las ya citadas. Bichat (1946), Claudio Bernard (1947), Vida y obra de Guillermo Harvey (1948), Harvey (1948), Dos biólogos: Claudio Bernard y Ramón y Cajal (1949), Introducción histórica al estudio de la Patología psicosomática (1950), Laënnec (1954), Historia de la medicina: medicina moderna y contemporánea (1954), El comentario de un texto científico (1955), Mysterium doloris: Hacia una teología cristiana de la enfermedad (1955), La obra de Cajal (1956), La curación por la palabra en la Antigüedad clásica (1958), Gaspar Casal y la medicina de su tiempo (1959), Sydenham (1961), Grandes médicos (1961), Enfermedad y pecado (1961), Marañón y el enfermo (1962), La amistad entre el médico y el enfermo en la medicina hipocrática (1962), Panorama histórico de la ciencia moderna (1962), La amistad entre el médico y el enfermo en la Edad Media (1964), Miguel Ángel y el cuerpo humano (1964), Nuestro Cajal (1967), El estado de enfermedad (1968), Gregorio Marañón (1969), El médico y el enfermo (1969), La medicina hipocrática (1970), La medicina actual (1974), Historia universal de la medicina (1972-1975), Historia de la medicina (1978), El diagnóstico médico (1982), Ciencia, técnica y medicina (1986).

De todo lo anterior se deduce que a Laín Entralgo le interesaba la historia no por simple erudición, sino como método para la comprensión de los acontecimientos humanos y sociales. De hecho, siempre quiso completar su labor histórica con la de pensador teórico y sistemático. Fue su tercer gran ámbito de trabajo. Junto a su interés por la historia de España y por la historia de la medicina, su actividad como pensador o, como tantas veces se ha dicho, como filósofo. Él nunca se aplicó a sí mismo ese término, y prefería denominarse con el más modesto de “antropólogo.” Esto se debe a que el campo que cultivó con más insistencia y profundidad fue el del estudio del ser humano. Aquí sus aportaciones fueron muy notables. La tesis básica de su antropología es que no se hace justicia al ser humano cuando se le define, simplemente, como “animal racional”, al modo clásico en nuestra cultura desde el tiempo de Aristóteles. Laín cree que hay tres notas que lo definen de modo más pleno: las de animal credente, esperante y amante. “En su misma raíz, en el fundamento metafísico de su inteligencia y su voluntad, la existencia humana posee una estructura a la vez ‘pística’ (pístis, la fe, la creencia), ‘elpídica’ (elpís, la esperanza) y ‘fílica’ (philía, la amistad, el amor). Porque la necesidad de creer, esperar y amar pertenece constitutiva e ineludiblemente a nuestro ser, ‘somos’ nuestras creencias, nuestras esperanzas y nuestras dilecciones, y con ellas contamos, sabiéndolo o no, en la ejecución de cualquiera de los actos de nuestro vivir personal. En una época de crisis, por tanto, se esfuman nuestras anteriores creencias y esperanzas, pero no la constitutiva dimensión humana del creer o el esperar. Muy al contrario, es entonces cuando ésta aparece desnuda y acremente” (Antropología de la esperanza, 1978: 34-35). La creencia está en la base de toda vida humana, como viene siendo tópico decir desde los tiempos de Hume y Kant y, más modernamente, desde los estudios de William James y Ortega y Gasset. Laín consideraba que ésta era, de las tres, la nota mejor analizada, y ésa es la razón de que no la dedicara una monografía especial. Sí consagró una, muy importante, al tema de la esperanza, en su gran libro La espera y la esperanza: Historia y teoría del esperar humano. Al tema del amor dedicó varios libros, los más importantes de los cuales son Teoría y realidad del otro (1961) y Sobre la amistad (1972). Esta teoría antropológica general la aplicó al caso concreto del hombre enfermo en sus obras: La relación médico-enfermo (1964), El estado de enfermedad (1968), El médico y el enfermo (1969) y Antropología médica para clínicos (1984). En los años finales de su vida sistematizó y sintetizó sus ideas antropológicas en los libros: Antropología de la esperanza (1978), Esperanza en tiempo de crisis (1993) y Creer, esperar, amar (1993). Este último libro clausura el programa de trabajo abierto medio siglo antes. En su introducción Laín afirma que la creencia, la esperanza y el amor son tres actividades psicoorgánicas que, diversamente entralazadas entre sí, “son los modos cardinales de poseer humanamente la realidad. Pienso, pues, que un examen sinóptico de ellas puede ser un excelente punto de vista para entender lo más esencialmente humano de la vida del hombre” (Creer, esperar, amar, 1993: 9).

El último gran proyecto de investigación que emprendió en vida fue el del estudio del cuerpo humano desde el doble enfoque, histórico y sistemático. Su idea era elaborar toda una historia del cuerpo humano, en varios volúmenes, completándola después con uno final de reflexión sistemática. Pronto se dio cuenta de que el programa propuesto era más amplio que su propia vida, y tras publicar el primero de los volúmenes históricos, El cuerpo humano: Oriente y Grecia antigua (1987), decidió pasar a la última parte, la sistemática. Fruto de ello fueron los libros: El cuerpo humano: Teoría actual (1989), Cuerpo y alma: Estructura dinámica del cuerpo humano (1991) y Alma, cuerpo, persona (1995). A partir de los hallazgos logrados en esta última etapa, reformuló y sintetizó su antropología en los libros Idea del hombre (1996) y Qué es el hombre: Evolución y sentido de la vida (1999).

Llevando más allá de lo que él hizo algunas ideas que Zubiri expuso en su libro Estructura dinámica de la realidad (publicado en 1989) y en un artículo titulado “La génesis humana” (que vio la luz el año 1986), Laín desarrolló una concepción de la génesis humana, según la cual el psiquismo superior, y con él la vida del espíritu, surgen por mera emergencia desde unas estructuras materiales cada vez más complejas, que acaban dando de sí ese inmenso salto cualitativo que es el psiquismo específicamente humano. En consecuencia, Laín se opone a la clásica doctrina del alma sustancial e inmortal y a la concepción hilemórfica de la realidad personal, y piensa que en el ser humano todo es necesariamente corpóreo. Frente a las posturas extremas del mentalismo y el materialismo, él defiende una postura intermedia que denomina “materista” y “dinamicista.” Es intermedia, porque afirma la existencia del espíritu como cualidad distinta e irreductible a la materia, pero a la vez considera que ese espíritu surge como consecuencia de un salto cualitativo operado en el seno de la propia materia. Se trata de un salto cualitativo propiciado por la complejización de sus estructuras orgánicas, somáticas. De ahí que a su teoría la bautice con el nombre de “estructurismo”. Es el cuerpo el que acaba dando de sí el psiquismo humano. “El hombre es dinamismo cósmico evolutivamente estructurado, y hace específica e individualmente lo correspondiente a un nivel de la evolución del cosmos en el que la vida animal se ha hecho vida personal. Una estructura esencialmente dinámica, puesto que en el dinamismo tiene su verdadera esencia, es, pues, el principio agente de la actividad individual y específica de cada hombre” (Idea del hombre, 1996: 138). Eso explica también que, en contra de la opinión más tradicional, acabe afirmando que la muerte del cuerpo supone la muerte de todo el ser humano, de modo que si hay una segunda vida ulterior a la terrena, eso será por la acción divina, no porque en el hombre haya algo de naturaleza inmortal o que exija la inmortalidad. “Esta concepción estructurista de la entera realidad del hombre conduce necesariamente a la idea de la ‘muerte total’ o Ganztod, como la llaman los actuales teólogos tudescos. Al morir, todo el hombre muere. Ante su muerte física, y más allá de la pervivencia en el mundo —fama, recuerdo y afecto de los que nos amaron— a que exclusivamente se refería la sentencia horaciana, todo hombre puede decir: omnis moriar. Pero, tras la muerte física, un misterioso designio de la sabiduría, el poder y la misericordia infinitas de Dios hace que el hombre que murió, el hombre entero, resucite a una vida esencial y misteriosamente distinta de la que en este mundo se mostraba como materia, espacio y tiempo. Más allá de la materialidad, de la espaciosidad y la temporeidad, el hombre vivirá según lo que su vida en el mundo hubiese sido. En esta vida perdurable tiene su objeto más propio la esperanza del cristiano. Por lo cual, después de haber dicho ese radical omnis moriar, moriré todo yo, el cristiano dice de sí mismo y piensa que pueden decir todos los hombres: omnis resurgam, todo yo resucitaré” (Cuerpo y alma, 1991: 289).

En este punto, como en otros importantes de su obra, Laín Entralgo piensa desde su condición de creyente cristiano. Nacido en el seno de una familia en la que coexistían pacíficamente el catolicismo practicante de su madre y el agnosticismo paterno, Laín pasó, en sus años de estudiante de bachillerato en Pamplona, una “nada dramática crisis” (Descargo de conciencia, 1976: 28) que le llevó al abandono de toda práctica religiosa, convencido del carácter anacrónico y reaccionario del catolicismo vigente. Fue en la primavera de 1925, en Valencia, cuando descubrió, por obra de un franciscano, Antonio Torró, la idea cristiana del amor, y con ella un tipo de religiosidad más auténtica (Descargo de conciencia, 1976: 52-57). A partir de entonces, Laín se consideró siempre una persona religiosa y cristiana. De ahí procedía su interés por el tema del amor y, en general, por las tres virtudes teologales, fe, esperanza y amor. De hecho, su gran programa antropológico, el estudio de la creencia, la esperanza y el amor, lo concibió como la base natural de lo que en el orden sobrenatural son las llamadas virtudes teologales. Eso también explica la presencia de la teología a lo largo de toda su obra. En 1954 publicó Mysterium doloris: Hacia una teología cristiana de la enfermedad; en 1961, Enfermedad y pecado, y en los últimos años de su vida revisó su idea, nada convencional y cada vez menos eclesiástica, de la religiosidad cristiana en su libro El problema de ser cristiano (1997).

En resumen, cuatro fueron los grandes programas de investigación emprendidos por Laín Entralgo a lo largo de su vida: la reconstrucción histórica de la cultura española de la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del XX, la historia de la medicina, la antropología general y médica y, finalmente, la comprensión histórica y teórica del hombre como ser corpóreo. Simultaneando con ellos, Laín Entralgo desarrolló una amplísima labor como ensayista. De sí mismo escribió en su Descargo de conciencia: “Condenado estoy a ser ensayista, porque no acierto a evitar que a mi inteligencia le seduzcan temas muy distintos y porque siempre termino mis ensayos, sea cualquiera su extensión, pensando que debería componerlos de nuevo” (1976: 504-505). Fruto de esa actividad son sus libros: Vestigios: Ensayos de crítica y amistad (1948), Palabras menores (1952), La aventura de leer (1956), La empresa de ser hombre (1958), Mis páginas preferidas (1958), Ejercicios de comprensión (1959), Ocio y trabajo (1960), Ciencia y vida (1970), Teatro del mundo (1986) y La empresa de envejecer (2001).

Finalmente, Laín Entralgo fue autor de varias obras teatrales. En un cierto momento de su vida, entre 1964 y 1968, fecha de composición de sus piezas, Laín sintió “el gusto de escribir lo que ‘alguien’ distinto de mí y por mí creado, a su manera piensa, siente y dice” (Descargo de conciencia, 1976: 506). Sus piezas son el intento de dar vida a los distintos problemas teóricos que le venían ocupando y preocupando: la esperanza (Cuando se espera), la convivencia (Entre nosotros, Las voces y las máscaras), el amor y la justicia (Judit 44), la condición humana (A la luz de Marte), el drama histórico de España (El empecinado). Realizó, además, una amplia labor como crítico teatral, recogida en parte en los volúmenes Tras el amor y la risa (1967) y Teatro y vida (1995).


Obras de ~: Los valores morales del nacionalsindicalismo, Madrid, Editora Nacional, 1941; Medicina e historia, Madrid, Ediciones Escorial, 1941; Estudios de Historia de la medicina y Antropología médica, Madrid, Ediciones Escorial, 1943; Sobre la cultura española: confesiones de este tiempo, Madrid, Editora Nacional, 1943; Menéndez Pelayo: Historia de sus problemas intelectuales, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1944; Las generaciones en la historia, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1945; La generación del noventa y ocho, Madrid, 1945; La Antropología en la obra de fray Luis de Granada, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), 1946; Bichat, Madrid, El Centenario, 1946; Claudio Bernard, Madrid, El Centenario, 1947; Vida y obra de Guillermo Harvey, Buenos Aires, Espasa Calpe, 1948; Harvey, Madrid, El Centenario, 1948; Vestigios: Ensayos de crítica y amistad, Ediciones y Publicaciones Españolas, Madrid, 1948; Dos biólogos: Claudio Bernard y Ramón y Cajal, Buenos Aires, 1949; Viaje a Sudamérica, Madrid, 1949; España como problema, Madrid, Seminario de Problemas Hispanoamericanos, 1949; Introducción histórica al estudio de la Patología psicosomática, Madrid, Paz Montalvo, 1950; La Universidad, el intelectual, Europa: Meditaciones sobre la marcha, Madrid, Cultura Hispánica, 1950; La historia clínica: Historia y teoría del relato patográfico, Madrid, 1950; Cajal y el problema del saber, Madrid, CSIC, 1952; Palabras menores, Barcelona, Barna, 1952; Reflexiones sobre la vida espiritual de España, Madrid, 1953; Sobre la Universidad hispánica, Madrid, Cultura Hispánica, 1953; Laënnec, Madrid, Rivadeneyra, 1954; La memoria y la esperanza: San Agustín, San Juan de la Cruz, Antonio Machado, Miguel de Unamuno, Madrid, Real Academia Española, 1954; Historia de la medicina: Medicina moderna y contemporánea, Barcelona, Editorial Científico-Médica, 1954; Las cuerdas de la lira: Reflexiones sobre la diversidad de España, Madrid, 1955; El comentario de un texto científico, Madrid, Orbe, 1955; Mysterium dolores: Hacia una teología cristiana de la enfermedad, Madrid, Universidad Internacional Menéndez y Pelayo, 1955; Sobre la situación espiritual de la juventud universitaria, Madrid, 1955; El libro como fiesta, Madrid, Instituto de España, 1955; España como problema, Madrid, Aguilar, 1956; La espera y la esperanza: Historia y teoría del esperar humano, Madrid, Revista de Occidente, 1956; La aventura de leer, Madrid, Espasa Calpe, 1956; La curación por la palabra en la Antigüedad clásica, Madrid, Revista de Occidente, 1958; La empresa de ser hombre, Madrid, Taurus, 1958; Mis páginas preferidas, Madrid, Gredos, 1958; Gaspar Casal y la medicina de su tiempo, Oviedo, 1959; Ejercicios de comprensión, Madrid, 1959; Ocio y trabajo, Madrid, Revista de Occidente, 1960; Teoría y realidad del otro, Revista de Occidente, Madrid, 1961, 2 vols.; Grandes médicos, Barcelona, 1961; El cristianismo en el mundo, Madrid, 1961; con A. Albarracín, Sydenham, Madrid, 1961; Enfermedad y pecado, Barcelona, 1961; Marañón y el enfermo, Madrid, 1962; La amistad entre el médico y el enfermo en la medicina hipocrática, Madrid, Instituto de España, 1962; Menéndez Pelayo y el mundo clásico, Madrid, Taurus, 1963; con J. M.ª López Piñero, Panorama histórico de la ciencia moderna, Madrid, 1963; La amistad entre el médico y el enfermo de la Edad Media, Madrid, Real Academia de la Historia, 1964; La relación médico- enfermo: Historia y teoría, Madrid, 1964; Miguel Ángel y el cuerpo humano, Madrid, 1964; Obras, Madrid, Plenitud, 1965; con A. Albarracín, Nuestro Cajal, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1967; Cuando se espera, Madrid, 1967; Entre nosotros, Madrid, 1967; Tras el amor y la risa, Barcelona, 1967; El estado de enfermedad, Madrid, 1968; El problema de la Universidad: reflexiones de urgencia, Madrid, Cuadernos para el Diálogo, 1968; Una y diversa España, Barcelona, 1968; Gregorio Marañón, Madrid, 1969; El médico y el enfermo, Madrid, 1969; La medicina hipocrática, Madrid, 1970; Ciencia y vida, Madrid, 1970; A qué llamamos España, Madrid, 1971; Sobre la amistad, Madrid, Revista de Occidente, 1972; (dir.), Historia Universal de la Medicina, Barcelona, Salvat, 1972-1975, 7 vols.; La medicina actual, Madrid, 1974; Descargo de conciencia (1930-1960), Barcelona, Barral, 1976; La guerra civil y las Generaciones españolas, Madrid, Karpos, 1978; Historia de la medicina, Barcelona, 1978; con A. Albarracín, Santiago Ramón y Cajal, Barcelona, Lábor, 1978; Antropología de la esperanza, Madrid, Guadarrama, 1978; Más de cien españoles, Barcelona, Planeta, 1981; El diagnóstico médico. Historia y teoría, Barcelona, Salvat Editores, 1982; Antropología médica para clínicos, Barcelona, Salvat Editores, 1984; Ciencia, técnica y medicina, Madrid, Alianza, 1986; Teatro del mundo, Madrid, Espasa Calpe, 1986; En este país, Madrid, Tecnos, 1986; El cuerpo humano: Oriente y Grecia antigua, Madrid, Espasa Calpe, 1987; Tres españoles: Cajal, Unamuno y Marañón, Barcelona, Círculo de Lectores, 1988; El cuerpo humano: Teoría actual, Madrid, Espasa Calpe, 1989; Hacia la recta final: Revisión de una vida intelectual, Barcelona, Galaxia Gutenberg- Círculo de Lectores, 1990; Cuerpo y alma: Estructura dinámica del cuerpo humano, Madrid, Espasa Calpe, 1991; Tan sólo hombres: Cuadro dramas, Madrid, Espasa Calpe, 1991; Esperanza en tiempo de crisis, Barcelona, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 1993; Creer, esperar, amar, Barcelona, Galaxia Gutenberg- Círculo de Lectores, 1993; Alma, cuerpo, persona, Barcelona, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 1995; Teatro y vida: Doce calas teatrales en la vida del siglo xx, Barcelona, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 1995; Ser y conducta del hombre, Madrid, Espasa Calpe, 1996; Idea del hombre, Barcelona, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 1996; El problema de ser cristiano, Barcelona, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 1997; Españoles de tres generaciones, Madrid, Real Academia de la Historia, 1998; Qué es el hombre: Evolución y sentido de la vida, Oviedo, Ediciones Nobel, 1999; La empresa de envejecer, Barcelona, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2001; Hispanoamérica, ed. de A. Lago Carballo, Madrid-Teruel, Triacastela- Instituto de Estudios Turolenses, 2011.

Bibl.: P. Soler Puigoriol, El hombre, ser indigente: El pensamiento antropológico de Pedro Laín, Madrid, Guadarrama, 1966; VV. AA., Asclepio (n.º monogr.), n.os 18-19 (1966- 1967); H. Carpintero Capell, Cinco aventuras españolas, Madrid, Revista de Occidente, 1967, págs. 63-108; Th. Mermall, La retórica del humanismo: La cultura española después de Ortega, Madrid, Taurus, 1978; VV. AA., Cuadernos Hispanoamericanos (n.º monogr.), n.os 446-447 (agosto-septiembre de 1987); A. Albarracín, Retrato de Pedro Laín Entralgo, Barcelona, Círculo de Lectores, 1988; VV. AA., Arbor (n.º monogr.), n.os 562-563 (octubre-noviembre de 1992); A. Albarracín, Pedro Laín: Historia de una utopía, Madrid, Espasa Calpe, 1994; M. R. de Parada, Pedro Laín Entralgo, Zaragoza, Diputación General de Aragón, 1994; N. Orringer, La aventura de curar: La antropología médica de Pedro Laín Entralgo, Barcelona, Círculo de Lectores, 1997; A. Lago Carballo, “Pedro Laín Entralgo y América, en dos tiempos”, en América en la conciencia española de nuestro tiempo, pról. de P. Laín Entralgo, Madrid, Trotta, 1997, págs. 106-123; D. Gracia, P. Cerezo Galán, J. L. Pinillos, C. Seco Serrano, I. Sotelo, A. Álvarez Bolado, O. González de Cardedal y A. Amorós, La empresa de vivir, Barcelona, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2003; D. Gracia (ed.), Ciencia y vida: Homenaje a Pedro Laín Entralgo, Bilbao, Fundación BBVA, 2003; C. Redondo Martínez, Origen, constitución y destino del hombre según Pedro Laín Entralgo, Toledo, Instituto Teológico San Ildefonso, 2004; J. M.ª López Piñero, Pedro Laín Entralgo y la historiografía médica (discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia), Madrid, Real Academia de la Historia, 2005; D. Gracia Guillén, Voluntad de comprensión: la aventura intelectual de Laín Entralgo, Madrid, Triacastela, 2010 (Colección Humanidades Médicas, 27).


Biografía escrita por Diego Gracia Guillén procedente del Diccionario Biográfico Español.

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