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Modesto López Otero

Valladolid, 24.II.1885 – Madrid, 23.XII.1962. Arquitecto.

Tras cursar el bachillerato en su ciudad natal, se trasladó a Madrid para ingresar en la Escuela de Ingenieros Agrónomos, donde realizó el curso preparatorio. Terminado éste comenzó la carrera de Arquitectura en la Escuela de Madrid en 1902, la cual terminó en 1910 con el número uno de su promoción.

Sus éxitos profesionales comenzaron enseguida, ya que en 1911 ganó, en colaboración con su compañero de estudios y amigo José Yárnoz Larrosa, la Medalla de Oro en el Concurso para la Exposición Nacional de 1912 y junto a éste y el escultor Aniceto Marinas, el Primer Premio del Concurso para el monumento a las Cortes de Cádiz, premio que le catapultó al éxito al vencer a arquitectos de gran renombre como Antonio Palacios o Teodoro Anasagasti. Además, ese mismo año ganó en solitario el Premio del Primer Salón de Arquitectura de la Sociedad de Amigos del Arte y obtuvo la beca Hans Peschl que concedía cada año la Real Academia de Bellas Artes a alumnos destacados para realizar estudios en Viena. Este espectacular comienzo continuó con la obtención en 1915 de dos premios del Ayuntamiento de Madrid a los mejores edificios construidos en la capital durante ese año. Fueron éstos una vivienda-estudio para el pintor y académico Miguel Blay en la calle Pinar y un edificio de viviendas en la calle de Fortuny, n.º 35.

Alejado inicialmente de la corriente regionalista que imperaba entonces entre los arquitectos, se inspiró para estos primeros proyectos en las nuevas tendencias europeas como el secesionismo vienés de Otto Wagner y el art nouveau de H. Berlage y P. Berens; sin embargo, su personalidad ecléctica le animó a experimentar todas las tendencias dando lugar a una variedad estilística muy peculiar e interesante en el conjunto de su obra construida. Destacan en una primera fase, la Casa de Ejercicios de los padres jesuitas en un estilo neomudéjar puramente regionalista, la sede de la Unión y el Fénix en la calle Alcalá y los hoteles Gran Vía en la Gran Vía madrileña, Nacional en el paseo de Recoletos y el Gran Hotel de Salamanca en la trasera de la Plaza Mayor de dicha ciudad, todos ellos construidos entre 1919 y 1930 al estilo de los primeros rascacielos norteamericanos de sus admirados L. Sullivan y G. Adler.

De forma paralela a su labor arquitectónica desarrolló una amplia actividad docente en la Escuela de Arquitectura de Madrid, primero como profesor y a partir de 1916 y hasta su jubilación como catedrático de Proyectos. Llegó a ocupar incluso la Dirección de la Escuela durante veinte años, desde 1923 hasta 1943. Durante estos años consiguió el deseado traslado de la sede de la escuela a un nuevo edificio, la modificación y modernización del plan de estudios y la actualización y ampliación de los fondos de la biblioteca, hecho logrado gracias a la incorporación de los tres mil ejemplares de libros y revistas donados por Juan Luis Cebrián, un ingeniero militar emigrado a California, que quiso donar su biblioteca a la Escuela de Arquitectura para facilitar la formación de los futuros profesionales. Por su cátedra han pasado personajes tan fundamentales de la arquitectura española como Fernando Chueca Goitia, Luis Gutiérrez Soto, Francisco Carvajal, Francisco Javier Sáenz de Oiza, Miguel Fisac y Francisco de Asís Cabrero, entre otros.

Su importante posición y su perseverancia le permitieron conseguir en 1943 el antiguo anhelo de ver aprobado el Real Decreto de fundación de un Museo de la Arquitectura. Su sede se situaba en el nuevo edificio de la Escuela de Arquitectura de la Ciudad Universitaria y la dirección se adjudicó a Fernando Chueca Goitia; sin embargo, pocos años después, en 1949, hubieron de desistir en sus esfuerzos por verlo consolidado debido a la falta de apoyo de las instituciones que debían aportar los fondos artísticos y económicos.

Su trabajo más significativo y aquel por el que es más recordado fue el de arquitecto-director de la Ciudad Universitaria de Madrid, nombramiento realizado por el rey Alfonso XIII, impulsor de este proyecto, en unanimidad con la Junta Rectora de la Ciudad Universitaria el 25 de abril de 1928. La elección tuvo lugar al regreso de la Comisión técnica que, nombrada por dicha Junta, venía de recorrer parte de Norteamérica para conocer las instalaciones de sus universidades. López Otero formó parte de dicho viaje junto con otros miembros elegidos por la Junta Rectora y supo aprovechar esta oportunidad para conocer la arquitectura norteamericana, tanto la de vanguardia como la perteneciente a la época de la colonización española, experiencia que incidió de forma notable en sus posteriores proyectos.

Como arquitecto-director del proyecto de la Ciudad Universitaria organizó una oficina técnica donde reunió un equipo de profesionales compuesto en su totalidad por jóvenes arquitectos que comenzaban a destacar a finales de la década de 1920, como Miguel de los Santos, Agustín Aguirre, Luis Lacasa, Manuel Sánchez Arcas y Pascual Bravo, al cual sumó a Eduardo Torroja, ingeniero de Caminos destinado a diseñar las infraestructuras del conjunto. Demostraba así su total apoyo a las nuevas generaciones y su confianza en la capacidad y calidad de la joven generación. Fruto de la colaboración profesional entre el ingeniero Torroja y López Otero nacería una duradera colaboración y comunes inquietudes que les animaron a fundar, junto a otros compañeros, el Instituto de la Construcción en 1934, hoy Instituto Torroja, gracias al cual mejoró de forma ostensible la calidad de la construcción española.

El proyecto de la Ciudad Universitaria tuvo como planteamiento básico la creación de un campus integrado en la naturaleza, donde el estudiante disfrutase de un entorno sosegado y tranquilo, y en el que el paisaje apoyase un ambiente de paz y tranquilidad, tal y como había admirado en las universidades norteamericanas. La primera fase correspondió a la urbanización del conjunto y a la construcción del primer grupo de facultades: Medicina, que abarcaba Farmacia y Estomatología, Filosofía, Derecho y Arquitectura, además de algunas residencias de estudiantes. La segunda fase la contemplaban la Facultad de Bellas Artes, el Conservatorio, el Paraninfo, la Biblioteca y el Templo. Una tercera fase abarcaba las instalaciones deportivas, los museos y otros edificios complementarios.

Su consagración a este proyecto mermó de forma sustancial durante bastantes años su actividad privada, ya que, tanto el Gobierno de la República como el del general Franco, tras el paréntesis de la Guerra Civil, le ratificaron en su cargo. Dado que el recinto universitario había quedado casi irreconocible al ser frente de batalla durante la guerra, se comenzó a planificar la reconstrucción de los edificios. Para ello diseñó un nuevo plan de actuación en 1943, tras el cual vendría otro en 1948 que trataría de buscar solución a un tema hasta entonces poco considerado y que, sin embargo, terminaría por ser el mayor problema de la Ciudad Universitaria, el tratamiento vial, los accesos de vehículos y los aparcamientos. También se consideró la necesidad de ampliar la actuación con nuevas edificaciones, como el Instituto de Psicología, las Facultades de Ciencias Políticas y Biológicas y el aumento del número de residencias estudiantiles. A partir de la década de 1950 la Dirección General permitió la construcción de edificios no previstos en el proyecto general, lo cual implicaba la intervención de arquitectos ajenos a la Junta constructora. Este crecimiento desordenado afectó al conjunto, que fue perdiendo su homogeneidad y, aunque su labor al frente del proyecto continuó perseverante, no logró impedir la disgregación del conjunto. Ahora bien, la importancia de la obra realizada fue, pese a su distorsionamiento final, muy alabada tanto por la sociedad como por las instituciones de la década de 1950. En el contexto de esta gran obra es importante mencionar, dentro de los proyectos de su autoría, el Arco de la Victoria, realizado en colaboración con Pascual Bravo, y el Paraninfo, del cual desarrollaría cuatro proyectos, ninguno de los cuales fue ejecutado. Es interesante el estudio de estos cuatro proyectos para el conocimiento de su trayectoria arquitectónica. El primero de ellos fue realizado al comienzo de su labor como arquitecto-director en 1928 y se adscribe plenamente a la retórica afrancesada que persistía a principio de siglo en España, muy ornamentado y grandioso. El segundo, del que sólo se conoce una planta, se redactó entre 1930 y 1936 y su composición pertenece ya a una corriente más moderna. El tercero data de 1943 y mantiene la tendencia de desornamentación del anterior con un diseño más contenido que los anteriores. El paso del tiempo se hace patente en la eliminación del barroquismo dando lugar a un lenguaje más sobrio en el que ya han desparecido la cúpula y las decoraciones de la coronación, aunque se mantenga la gran escala del inicial. Se intuye en este proyecto, así como en otros que se comentarán más adelante, una inevitable influencia de la obra de Juan de Villanueva, arquitecto muy admirado por López Otero. Por último, el cuarto proyecto desarrolla ya un lenguaje contemporáneo, sobrio y funcional, con un acentuado desarrollo horizontal, composición muy distinta del primer proyecto.

Este eclecticismo nato que le animaba a diseñar en tan diversos estilos se hace evidente en los principales proyectos desarrollados en paralelo a los anteriores, como fueron el Hotel Cristina en Sevilla (1928), el Colegio de España en París (1931) y la iglesia de los padres capuchinos en Pamplona (1939). El primero de ellos presenta claras referencias a la arquitectura colonial española de California, la cual había admirado en su viaje con la Comisión de la Ciudad Universitaria; el segundo es un edificio de estilo clásico y contenido que retoma de nuevo la influencia de Villanueva, y finalmente la iglesia de Pamplona se sitúa en la línea de la arquitectura moderna de ladrillo visto que desarrollaban en aquellos años sus contemporáneos, Gustavo Fernández Balbuena y Secundino Zuazo entre otros. Y, sin embargo, pese a tanta diversidad la calidad del edificio no se ve mermada, logrando una calidad arquitectónica muy valorada y aplaudida.

Es fundamental mencionar su legado como académico y conferenciante, que comenzó con su ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando el 26 de mayo de 1926 leyendo el discurso La influencia española en la Arquitectura Norteamericana; su trabajo para la Academia de Bellas Artes se dirigió principalmente a la protección del patrimonio arquitectónico español. Su entregada dedicación a la institución le elevó a la dirección de la misma en 1956. Igualmente, fue elegido académico numerario de la Real Academia de la Historia el 27 de diciembre de 1929; tomó posesión el 3 de enero de 1932, disertando esta vez sobre La técnica moderna en la conservación de monumentos. La actividad articulista de López Otero fue extensa y constante, y ha dejado un amplio legado de escritos en los que expone su opinión acerca de la nueva arquitectura, el proceso creador y la formación del arquitecto, entre otros temas de actualidad de aquellos años. Infatigable trabajador, mantuvo una completa actividad hasta la víspera de su fallecimiento la víspera de Nochebuena de 1962.

Modesto López Otero fue miembro de la Real Academia de la Historia, del Instituto Coimbra, de la Sociedad de Arquitectos de Uruguay, de la Junta Central de Espectáculos, de la Junta de Construcciones civiles, consejero de Instrucción Pública, miembro de la Junta de Museos de Barcelona, comisario de la Bienal de Milán, de la Hispanic Society y de las academias filiales de América, miembro fundador del Instituto Torroja, de la Academia de San Carlos de Valencia, del Instituto de España y del patronato del Museo del Prado, decano honorario del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid, Gran Cruz de Alfonso X el Sabio, director de la Real Academia de Bellas Artes y de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid.


Obras de ~: con J. Yárnoz Larrosa, Concurso para la Exposición de París, Exposición Nacional de Bellas Artes, 1911; Edificio de Viviendas en la calle Fortuny, n.º 35, Madrid, 1912-1915; con J. Yárnoz Larrosa y A. Marinas, Monumento a las Cortes de Cádiz, Cádiz, 1912-1928; Hotel para D. Miguel Blay, Madrid, 1914- 1915 (desapar.); Hotel para Torán y Harguindey, Madrid, 1915- 1918 (desapar.); Casa de Ejercicios en Chamartín de la Rosa (actual colegio de los padres jesuitas), Madrid, 1917-1920; Hotel Nacional (actual Hotel NH Nacional), Madrid, 1919-1926; Hotel Gran Vía (actual Hotel Meliá), Madrid, 1919-1925; Edificio “La Unión y el Fénix”, Madrid, 1923-1928; Restauración de la catedral de Cuenca, Cuenca, 1923-1931; Hotel Cristina, Sevilla, 1928-1929; Proyecto para el Paraninfo de la Ciudad Universitaria, Madrid, 1928-1930- 1943 y 1948; con E. Torroja, Viaductos del Aire y de los Quince Ojos, Madrid, 1929-1933; Gran Hotel, Salamanca, 1930; con E. Torroja, Instalaciones Deportivas del Suroeste, Madrid, 1929 y 1941; Colegio de España, París, 1931-1934; Proyecto para la Iglesia de Santo Tomás de Aquino, Madrid, 1942; Reforma de los Almacenes Arias, Madrid, 1945-1947; con P. Bravo y R. Arregui, Arco de la Victoria, Madrid, 1946-1956. Escritos: Una influencia española en la Arquitectura norteamericana. Discurso leído en su recepción pública, Madrid, Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, 1928; La técnica moderna en la conservación de monumentos. Discursos leídos ante la Academia de la Historia en la recepción pública de ~, Madrid, Faure, 1932; “La arquitectura de la Ciudad Universitaria de Madrid”, en Revista Nacional de Arquitectura (RNA) (Madrid), 4 (1941); “Schinkel”, en RNA, 12 (1941); “La nueva Escuela de Arquitectura en la Ciudad Universitaria”, en RNA, 20 (1943); “Pasado y Porvenir de la enseñanza de la Arquitectura”, en RNA, 38 (1945); “Cien años de la Escuela de Arquitectura”, en RNA, 38 (1945); “La Arquitectura en 1844”, en RNA, 38 (1945); “El Museo Nacional de Arquitectura”, en RNA, 66 (1947); “Cincuenta años de enseñanza”, en RNA, 116 (1951); El hormigón armado en la creación arquitectónica, Madrid, Instituto Técnico de la Construcción y del Cemento, 1952; “El II Centenario de la Real Academia de Nobles Artes de San Fernando”, en RNA, 132 (1952); “La última lección del profesor López Otero”, en RNA, 162 (1955); “El Arco de Triunfo en la Ciudad Universitaria”, en RNA, 179 (1956); Homenaje a Menéndez Pidal. Discurso de toma de posesión de director de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid, Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, 1956; La Arquitectura Española en la época de Carlos V, Santander, Universidad Menéndez Pelayo, 1958; “Eduardo Torroja y los arquitectos”, en RNA, 31 (1961).

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Biografía escrita por Teresa Sánchez de Lerín García-Ovies procedente del Diccionario Biográfico Español.

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