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Manuel Becerra y Bermúdez.

Castro de Rey (Lugo), 20.X.1820 – Madrid, 19.XII.1896. Político, matemático y padre de la gimnástica oficial española.

Hijo de Joaquín Becerra Sánchez y de María Bermúdez Montenegro, gallegos. Quedó huérfano siendo niño. Hizo sus primeros estudios en Lugo.

En 1837, en la búsqueda de una vida mejor, acompañó a su tía Manuela a Madrid, donde encontró el apoyo económico de su tío Manuel. Recibió clases particulares de José Subercase, profesor de la Escuela de Ingenieros de Caminos, para pasar su examen de ingreso en dicha institución. Para completar su formación acudió de oyente a la Escuela de Comercio, así como a las lecciones de Física que se impartían en el Conservatorio de Artes, y a las de Química, en San Carlos. En este período de preparación acudió a siete u ocho cátedras distintas diariamente, aprendiendo, entre otras materias, Filosofía, Historia, Derecho y Astronomía. Al mismo tiempo se dedicó a la gimnasia, a la esgrima de toda clase de armas, y llegó a ser buen tirador de florete y sable. Consiguió entrar en la Escuela de Ingenieros de Caminos, que abandonó antes de terminar los estudios. Abrió entonces una academia de Matemáticas, que mantuvo en funcionamiento gran parte de su vida.

Enseguida entró en política, en la izquierda del progresismo frecuentaba las sociedades secretas e ingresó en la Milicia Nacional en 1843. La participación de Becerra en todas las intrigas contra los moderados, a partir de entonces, fue constante, y de forma señalada en los alzamientos del 26 de marzo y 7 de mayo de 1848. Los ecos de la revolución francesa de febrero de aquel año llegaron a España, pero el gobierno de Narváez había dispuesto los mecanismos para evitar la revuelta, y, además, el partido progresista había pedido a sus seguidores que rechazaran la violencia. Un pequeño grupo de progresistas y demócratas, entre los que estaba Becerra, se alzó en armas en Madrid y en otros puntos. En el levantamiento del 7 de mayo, Manuel Becerra comandó un grupo revolucionario de setenta y dos estudiantes y, tras el fracaso, consiguió ocultarse y evitar la represión.

El Partido Demócrata se fundó en abril de 1849, a partir de un grupo de la izquierda progresista, con un programa de reformas democráticas. Becerra se adhirió al partido, y en 1851, en la reunión del teatro de Variedades, entró en su comité directivo junto a Nicolás María Rivero, José Ordax Avecilla, Francisco Salmerón y Sixto Cámara.

La propaganda de las ideas democráticas fue muy importante para el partido desde su creación, y para ello la prensa fue imprescindible. El 2 de septiembre de 1851 apareció el diario El Tribuno del Pueblo, de Sixto Cámara, en el que colaboró Becerra. El carácter violento que Cámara deseaba imprimirle a la democracia coincidía con el ímpetu de Becerra, por lo que participaron en las mismas empresas hasta 1856. Esto no impidió que Becerra formara parte del comité electoral demócrata, en el que también estuvo Cámara, y que compuso un programa para las elecciones de 1852 que pedía el sufragio universal, las libertades de imprenta, de cultos y de trabajo, y los derechos de reunión y asociación, así como la educación primaria gratuita, universal y obligatoria.

El pronunciamiento de los moderados puritanos de junio de 1854, protagonizado sin éxito por el general O’Donnell, no contó con los progresistas ni con los demócratas. A pesar de esto, algunos miembros del Partido Demócrata fueron detenidos y llevados a la cárcel del Saladero, en Madrid; entre ellos, Manuel Becerra. Poco antes de la revolución de julio de 1854, en la que sí estuvo implicada la izquierda liberal, Becerra fue puesto en libertad bajo fianza, sin que se sepa aún hoy quién pagó el dinero. Organizó entonces las barricadas de la Plaza Mayor y de la calle de Toledo, y formó parte de la Junta del Sur que se opuso a la Junta de gobierno que organizó el general San Miguel, aunque tras negociar pasó a esta junta, en la sección de Fomento. Esto no evitó que el 28 de agosto de 1854, los demócratas intentaran un golpe de fuerza en Madrid, con la excusa de la salida de España de María Cristina de Borbón, para auspiciar un Gobierno sin los conservadores de O’Donnell. Abortado el alzamiento, Manuel Becerra, como uno de los dirigentes del movimiento, huyó de Madrid y se escondió en Pedroñeras (Cuenca), en casa de su amigo José Tomás Pelayo.

El 14 de julio de 1856 se supo que las divergencias en el Gobierno habían terminado con la renuncia de los ministros progresistas Espartero y Escosura. Manuel Becerra y Fernando Garrido, siempre unidos a la conspiración, deambulaban por el centro de Madrid esperando noticias. Se encontraron con Escosura, que les informó del nombramiento de O’Donnell como presidente del Gobierno, y les aseguró, después, que el ejército no lo permitiría. Becerra organizó a sus milicianos madrileños para oponerse al cambio de Gobierno, y se puso al lado de las Cortes, el ayuntamiento y la diputación progresistas. Las Cortes no quisieron dar la confianza al nuevo Ministerio, y los progresistas se alzaron en armas contra él. El Gobierno de O’Donnell sacó las tropas, y la lucha con las milicias se extendió por el centro de la ciudad en los días 14, 15 y 16 de julio de 1856. Tras la retirada de los milicianos de Pascual Madoz y de los ingenieros de Sagasta, Becerra reorganizó un batallón que fue el último en presentar cara a los soldados. Derrotado, Becerra se escondió en la casa de María Ortiz Gálvez, viuda del también demócrata Rafael Coronel y Castillo.

Con el falso nombre de José Següeño, y como administrador de su amigo orensano José Manuel Pereira, Becerra salió de Madrid el 7 de agosto de 1856. Durante su escondite inició una relación amorosa con María Ortiz, con la que se casó por poderes un año después. El 19 de febrero de 1857 regresó a Madrid, gracias a la amnistía dada por el general Narváez, presidente del Gobierno. Sin embargo, le detuvieron el 20 de agosto, seguramente por estar implicado en otra intentona revolucionaria, y pasó quince días en la cárcel. Carlos Marfori, gobernador de Madrid, le comunicó que estaba desterrado a Bilbao. Una vez allí, Becerra pasó a Francia. Mandó entonces poderes a Fernando Erausquín para que se casara en su nombre con María Ortiz.

Ya de vuelta en España, el nuevo gobernador de Madrid, Bermúdez de Castro, le dijo que tenía orden de expulsarle del país, pero que no lo haría si se olvidaba de sus tareas conspiratorias. Y así fue. Becerra abrió de nuevo su academia de Matemáticas, una de las más caras de la ciudad. Daba clases ocho horas al día, y en el Ateneo explicaba Astronomía y Filosofía positiva. Comenzó entonces la redacción de una obra de Matemáticas. Becerra dejó la política en un segundo plano hasta 1865, aunque durante aquellos años apoyó a los individualistas frente a los socialistas en las polémicas del partido en 1860 y 1864. En este período, Becerra moderó sus postulados; esto es, sin perder su dogma democrático entendió que la Monarquía y la democracia no eran incompatibles, y que la alianza con los progresistas, algo que hasta 1856 despreció, era imprescindible para emprender con éxito la revolución. Esto hizo que, a partir de 1865, Prim prefiriese a Becerra como interlocutor demócrata.

El retraimiento y el antidinastismo anunciado por los progresistas en 1865 les pareció a los demócratas la antesala de la revolución, y Becerra entró de nuevo en política. El general Prim le pidió una entrevista por conducto del militar progresista Ricardo Muñiz, para proponerle que participara en un pronunciamiento contra el Gobierno, que no cuestionara el trono de Isabel II. En la noche del 3 al 4 de agosto, Becerra, tras dar las órdenes pertinentes a los suyos, se dirigió al Cuartel de la Montaña, donde debía iniciarse el movimiento. Pero el Gobierno tenía noticia del asunto y frustró el golpe. La revolución, no obstante, estaba en marcha. Becerra desaconsejó un nuevo pronunciamiento, pero Prim se decidió a hacerlo en Villarejo de Salvanés (Madrid), el 2 de enero de 1866. Aunque no participó en los hechos de nuevo Becerra tuvo que esconderse.

Los demócratas sí intervinieron en el intento revolucionario del 22 de junio de 1866 en Madrid, que también fue desbaratado por el Gobierno de Narváez con el apoyo de los militares de la Unión Liberal. Manuel Becerra fue condenado a muerte por su implicación, y su mujer, María Ortiz, que también tuvo parte en la conspiración, fue perseguida. Marcharon al exilio, y Becerra estuvo al lado de Prim en los trabajos revolucionarios, en contra de la opinión de Emilio Castelar y Francisco Pi y Margall, que no aceptaban una revolución que no fuera explícitamente republicana.

En el Pacto de Ostende (Bélgica), firmado el 16 de agosto de 1866 por los progresistas y los demócratas de Becerra, se acordó derribar “lo existente” y reunir una asamblea constituyente por sufragio universal que decidiera la forma de gobierno. Las tareas de Becerra en la emigración fueron las de coordinar a los exiliados demócratas y reunir fondos. Participó en la intentona revolucionaria de agosto de 1867, frustrada por la falta de respaldo interior.

El apoyo de la Unión Liberal a la revolución fue decisivo. El 17 de septiembre de 1868, el brigadier Topete, unionista, leyó el manifiesto España con honra, que inició el movimiento revolucionario, y Manuel Becerra sublevó a la marina de El Ferrol el 1 de octubre, con el ánimo de no dejar todo el proceso en manos de la Unión Liberal. Tras el éxito de la revolución, Becerra llegó a Madrid el 11 de octubre de 1868, y ocupó un puesto en la Junta de gobierno. El trabajo de Becerra en el partido demócrata fue entonces importante, pues éste se hallaba discutiendo la forma de gobierno que defendería en las instituciones. Mientras la minoría del partido, dirigida por Rivero y Cristino Martos, se decidía por la monarquía como fórmula de conciliación entre los revolucionarios, la mayoría imponía la república federal. Becerra se unió a los primeros y participó en el manifiesto del 12 de noviembre de 1868 que sellaba la colaboración entre progresistas, unionistas y demócratas monárquicos. Rivero, Martos y Becerra defendieron entonces la accidentalidad de las formas de gobierno, siempre que los derechos individuales fueran reconocidos y garantizados.

En las elecciones al Ayuntamiento de Madrid, Becerra resultó elegido concejal por el distrito de Audiencia, con cuatro mil votos, y, posteriormente fue elegido diputado a Cortes constituyentes con treinta y cuatro mil votos por Madrid y cuarenta mil por Lugo. Fue nombrado miembro de la comisión constitucional, en la que defendió el bicameralismo y la libertad de cultos que, con ligeras modificaciones, apareció luego en la Constitución de 1869. El Gobierno provisional lo formaron progresistas y unionistas, quedando excluidos los demócratas por la imposibilidad de llegar a un acuerdo. Becerra apoyó, ya en julio de 1869, la separación de la coalición revolucionaria en dos campos, el radical y el conservador, que alejara del Gobierno a los antiguos unionistas. Prim, interesado en mantener la unión, ofreció carteras a los demócratas, y así, Becerra fue nombrado ministro de Ultramar. Sus grandes logros ministeriales fueron el proyecto de Constitución para Puerto Rico, la creación de la Casa de la Moneda en Cuba, la regulación del comercio de cabotaje entre la metrópolis y Ultramar, un proyecto de abolición de la esclavitud que tuvo que aplazarse, y el envío de tropas de refuerzo a Cuba, lo que redujo notablemente la sublevación en la isla.

En la cuestión de la candidatura al Trono, Becerra sostuvo la del príncipe Federico Carlos de Prusia, la del duque de Edimburgo —hijo de la reina Victoria de Inglaterra—, y luego la del duque de Montpensier. El 16 de noviembre de 1870 votó con la mayoría, de ciento noventa y un diputados, la elección de Amadeo de Saboya, duque de Aosta, como rey de España.

Becerra fue ministro de Fomento en el último Gobierno del reinado de Amadeo I, presidido por Ruiz Zorrilla. La proclamación de la República el 11 de febrero de 1873 hizo que los radicales y los republicanos negociaran la composición del nuevo Ministerio, y Becerra permaneció en la cartera de Fomento. Sin embargo, el 24 de febrero, las disputas entre los dos partidos sacaron a los radicales del poder ejecutivo de la República. El poder quedó definitivamente en manos de los federales el 23 de abril de 1873, cuando a la intentona golpista de los radicales de Martos y los conservadores del general Serrano, le siguió el contragolpe del ministro de la Gobernación, Francisco Pi y Margall, que disolvió ilegalmente la Comisión Permanente de la Asamblea Nacional y asumió, de forma interina, todo el poder. En la noche del 23 al 24 de abril, Becerra se tuvo que esconder en el palacio del Congreso de los diputados porque era buscado por la milicia federal para matarle. En la mañana del 24, disfrazado y auxiliado por Castelar, Nicolás Salmerón y Estévanez, gobernador civil de Madrid, consiguió salir de España.

Manuel Becerra se unió en el exilio a la junta que los radicales y los conservadores formaron en Bayona. Ésta se decidió por el retraimiento electoral, pero no él, que se presentó a las elecciones y formó un pequeño grupo parlamentario en las Cortes constituyentes de 1873. Becerra y los diputados radicales apoyaron la presidencia de Nicolás Salmerón frente a los federales de Pi y Margall y los intransigentes, y después defendieron la presidencia del conservador Castelar ante el exclusivismo de Salmerón y el cantonalismo del resto de la Cámara. Becerra vio con agrado el golpe de Estado del 3 de enero de 1874, que impidió la ejecución del plan cantonalista de España, pero no participó en los gobiernos de la República de Serrano de 1874. La imposibilidad de este régimen por el descrédito del republicanismo y el fracaso de la revolución, hizo que algunos radicales, entre ellos Becerra y el marqués de Sardoal, iniciaran un acercamiento al alfonsismo.

Restaurados los Borbones en la persona de Alfonso XII, Manuel Becerra volvió a la política. Fue senador demócrata por la provincia de Cuenca en 1877, y diputado en la siguiente legislatura por el distrito de Tarancón. Constituyó el Partido Demócrata Monárquico, y más tarde se unió a la Izquierda Dinástica del general Serrano, que se declaró partido monárquico, dinástico y defensor de los principios de la Constitución de 1869. La Izquierda Dinástica le encargó la redacción de la ley de garantías, que serviría para unirse al Partido Fusionista de Sagasta y formar el Partido Liberal, pero no convenció a sus compañeros de partido, y finalmente fue elaborado por Montero Ríos, con la ayuda del republicano posibilista Emilio Castelar. Durante esta etapa, Becerra se destacó por la presentación de proposiciones de ley, como aquéllas referidas a la Instrucción pública, con la introducción de la gimnasia, la esgrima y la táctica militar, y otra sobre los derechos y libertades expuestos en el Título I de la Constitución de 1869. Ya en 1871 había presentado en el Senado un proyecto de ley para la inserción en la educación de la “gimnasia higiénica”, que no se llegó a aprobar, pero que fue la base para la creación, en 1882, de la Escuela Central de Gimnasia. También, en este sentido, presentó en 1879 un proyecto de ley para declarar obligatoria la gimnasia, que no fue tenido en cuenta, por lo que dos años después anunció el mismo plan, pero ciñendo la obligatoriedad a la segunda enseñanza. Fue aprobado y en la escuela se incluyó la disciplina llamada Elementos de gimnasia militar.

Manuel Becerra desapareció, a pesar de esto, de la primera línea política, y se dedicó a su academia de Matemáticas y a impartir conferencias, como las que dio en el Círculo de la Izquierda Liberal y en el Círculo Militar. Publicó entre 1882 y 1883 su obra El imperio ibérico, en la que narra la historia de los pueblos peninsulares. También se dedicó a la masonería. Había ingresado en los años cuarenta en la Gran Logia Simbólica de Madrid. El 6 de junio de 1884 fue elegido soberano gran comendador de la Orden, gran presidente del Supremo Gran Consejo del Grado 33 y del Gran Oriente, logrando, temporalmente, la unificación de las dos ramas de la masonería en España. A esa relegación política contribuyó la mala salud de su mujer, postrada por una apoplejía desde 1870, y que, sin descendencia, murió el 5 de mayo de 1884.

Al año siguiente fue elegido miembro de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, para ocupar la cátedra vacante por la muerte de José Subercase, inspector general del Cuerpo de Ingenieros de Caminos y gran amigo suyo. El discurso de Becerra, pronunciado el 16 de mayo de 1886, versó sobre la historia del pensamiento matemático, y Eduardo Saavedra, en su discurso de respuesta, resaltó su dedicación a las matemáticas. Manuel Becerra desempeñó en la Academia los cargos de presidente de la sección de Ciencias Exactas y bibliotecario general.

Becerra consiguió dominar el distrito electoral de Becerreá (Lugo), donde patrocinó la línea férrea Ribadeo- Villaodriz-Lugo-Villafranca del Bierzo, convirtiéndose así en el hombre fuerte de Lugo. De hecho, la Diputación de esta ciudad le nombró, el 9 de febrero de 1888, hijo predilecto y preclaro de la provincia de Lugo. El 11 de diciembre de 1888, Sagasta llamó a Manuel Becerra para desempeñar el cargo de ministro de Ultramar, por lo que tuvo que dejar la comisión del Congreso que estudiaba el proyecto de ley de sufragio universal. Becerra fue ministro de Ultramar en dos gobiernos más de Sagasta, desde el 21 de enero hasta el 5 de julio de 1890, y desde el 12 de marzo hasta el 4 de noviembre de 1894, e impulsó desde el ministerio proyectos importantes, como una nueva ley electoral para Ultramar que no distinguía por razas, eliminaba la condición de la contribución para los peninsulares, bajaba la contribución para los cubanos y establecía la suspensión de las elecciones en los distritos donde no hubiera condiciones de libertad para votar. Además, Becerra siguió el proyecto de Martínez Campos, de 1878, de crear colonias militares y penitenciarias en Ultramar. Se levantaron seis en Cuba, compuesta cada una por veinticinco familias de peninsulares. Por otro lado, reformó la enseñanza en Ultramar con la mejora de los sueldos, el establecimiento de oposiciones, la construcción de escuelas normales, la educación de sordomudos y ciegos, y en Filipinas propició la creación de cincuenta escuelas para niños y otras tantas para niñas, además de una escuela de pintura y otra de música. Becerra consiguió, también, la aprobación de un proyecto para tender un cable submarino entre Canarias, Cuba y Puerto Rico, y la separación del gobierno militar y el civil en las islas, que fue aprobado por el Congreso el 12 de marzo de 1890 por noventa y un votos contra treinta.

El 30 de marzo de 1894, por Real decreto, fue nombrado senador vitalicio, pero su salida del Gobierno, el 4 de noviembre de ese año, puso punto final a su vida política activa. Fue elegido presidente del Centro Gallego de Madrid, y pasó su tiempo colaborando en certámenes literarios y musicales.

Murió víctima de una afección cardíaca, sin que hubiera una gran repercusión en la prensa, aparte de los obituarios habituales. El historiador Fernando Soldevilla, en su obra El año político. 1896 [1897: 503], escribió que Manuel Becerra “fue ministro cinco veces, y murió en la más absoluta pobreza”.

Obras de ~: La democracia en el Ministerio de Ultramar: 1869-1870. Colección de leyes, decretos, órdenes, circulares y otros documentos emanados del ministerio de Ultramar durante la administración de Manuel Becerra, Madrid, Tipografía de G. Estrada, 1870; Discursos leídos ante la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales en la recepción pública del Excmo. Sr. D. Manuel Becerra, el día 16 de mayo de 1886, Madrid, Imprenta de la Viuda e Hijo de E. Aguado, 1886; Lo invisible y lo desconocido. Discursos leídos ante la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales en la recepción pública del Excmo. Sr. D. Juan Navarro Reverter el día 6 de mayo de 1894, Madrid, Imprenta de Luis Aguado, 1894; El imperio ibérico: sus grandezas y decadencias, su influencia en el progreso y los elementos exteriores que han determinado su modo de ser, 3 vols., Madrid, M. P. Montoya y Compañía, 1882-1883.

Bibl.: F. Garrido, Historia del reinado del último Borbón de España, 3 vols., Barcelona, Salvador Manero, 1868-1869; A. Pirala, Historia contemporánea. Anales desde 1843 hasta la conclusión de la última guerra civil, 6 vols., Madrid, Imprenta y fundición de Manuel Tello, 1876; E. García Ruiz, Historias, 2 vols., Madrid, A. Bacaycoa, 1876-1878; A. Fernández de los Ríos, Estudio histórico de las luchas políticas en la España del siglo xix, 2 vols., Madrid, Enrique Rubiños, 1879 (2.ª ed.); F. del Pino, El Excmo. Sr. D. Manuel Becerra. Apuntes biográficos, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1885; E. Rodríguez Solís, Historia del partido republicano español. De sus propagandistas, de sus tribunos, de sus deseos y de sus mártires, 2 vols., Madrid, Imprenta Fernando Cao y Domingo de Val, 1892-1893; M. Morayta, Historia general de España desde los tiempos antehistóricos hasta nuestros días, vols. VIII y IX, Madrid, Felipe González Rojas, 1895-1898; F. Pi y Margall y J. Pi y Arsuaga, Historia de España en el siglo xix, 7 vols., Barcelona, Segui, 1902; A. Pirala, España y la Regencia: anales de diez y seis años (1885-1902), 2 vols., Madrid, Librería Victoriano Suárez, 1904; J. Ortega Rubio, Historia de la Regencia de María Cristina Habsburgo-Lorena, 5 vols., Madrid, Felipe González Rojas, 1905-1906; A. Martín Alonso, Diez y seis años de Regencia. De la muerte de Alfonso XII a la coronación de Alfonso XIII, Barcelona, Viuda de Luis Tasso, 1914; A. Eiras Roel, El partido demócrata español (1849-1868), Madrid, Rialp, 1961; M. Fernández Almagro, Historia política de la España contemporánea, vols. 1 y 2, Madrid, Alianza Editorial, 1968; J. Varela Ortega, Los amigos políticos. Partidos, elecciones y caciquismo en la Restauración (1875-1900), Madrid, Alianza Editorial, 1977; L. Rodríguez Rodríguez, Manuel Becerra, “ministro das colonias”, La Coruña, Ediciós do Castro, 1998; R. Pérez Verdes, Vida, obra y pensamiento del ilustre lucense Becerra y Bermúdez (1820-1896), político, profesor y padre de la gimnástica española, tesis doctoral, La Coruña, Universidad, 1998 (inéd.).

Biografía escrita por Jorge Vilches García

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