Juana-Maria-Cabarrus-y-GalavertBiografía escrita por Eva Velasco Moreno. Doctora en Ciencias Políticas y en la actualidad profesora en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Especialista en la historia institucional y cultural del siglo XVIII, sus publicaciones más recientes versan sobre censura y opinión pública en el siglo XVIII.


Juana María Ignacia Teresa. Cabarrús y Galavert.  Dama.

Carabanchel (Madrid), 31.VII.1773 – Chimay (Bélgica), 15.I.1835.

Teresa Cabarrús nació el 31 de julio de 1773 en Carabanchel de Arriba, por aquel entonces un pueblo cercano a Madrid en el que poco antes se habían instalado sus padres: Francisco Cabarrús y María Antonia Galavert. Cabarrús fue un destacado financiero, político y escritor ilustrado durante los reinados de Carlos III y Carlos IV, aunque su vida estuvo tan llena de avatares como la de su hija primogénita Teresa. Ambos estuvieron en prisión y los dos experimentaron un gran éxito social y un profundo ostracismo.

Francisco Cabarrús había nacido en Bayona en 1752, aunque su familia, que se dedicaba al comercio y la marina, era oriunda de Navarra. En 1771 se trasladó a Valencia para trabajar en la casa comercial de Antonio Galavert, corresponsal de su padre, con cuya joven hija de catorce años contrajo matrimonio poco después. Esta unión no fue aceptada por ninguna de las dos familias, lo que impulsó a la pareja a alejarse del círculo familiar de Valencia para comenzar una nueva vida en otro lugar. Así, en 1773 llegaron a Carabanchel donde el abuelo de María Antonia Galavert tenía una fábrica de jabón. El espíritu emprendedor y abierto de Cabarrús le llevó a prosperar rápidamente en los negocios, a introducirse en los círculos ilustrados de Madrid y a adquirir influencia política en el entorno del rey Carlos III.

Su familia fue la primera beneficiada de este ascenso social. Francisco Cabarrús contrató a un preceptor para instruir a Teresa y a sus dos hermanos pequeños en francés, italiano, latín, matemáticas y dibujo; materias propias de los hijos de clase acomodada y que les abría la posibilidad buscar acomodo personal o profesional más allá de las fronteras españolas. Prueba de ello es que en 1785 Teresa, acompañada por su madre y sus hermanos, emprendió viaje hacia París con el objetivo de que se instalara en la capital y se diera a conocer en los más elevados círculos sociales. A los pocos meses, la madre regresó a Madrid y dejó a la joven al cargo de madame Boisgeloup, esposa de un consejero del rey Luis XVI en el Parlamento de París.

La posición social de su protectora unida a la destacada belleza de Teresa —tez clara y ojos oscuros—, a su simpatía e ingenio le abrieron rápidamente las puertas de los salones de moda parisinos y el acceso a las relaciones con la aristocracia francesa. Tras algún que otro amorío juvenil, Teresa contrajo matrimonio en París con Juan Jacobo Devin, futuro marqués de Fontenay, el 21 de febrero de 1788. Ella tenía catorce años y él veintiséis, aunque ya era consejero del Parlamento de París e hijo a su vez de un consejero del Rey y presidente de la Cámara de Cuentas de París. Una familia, en definitiva, de origen aristocrático y con una elevada posición social y política en la Francia del momento. Con estos antecedentes, Francisco Cabarrús, que por aquel entonces ya era director del Banco de San Carlos y de la Compañía de Filipinas, no pudo por menos que dar el visto bueno al matrimonio de su joven hija, tras un viaje a París en el que pudo constatar los progresos y éxitos de Teresa. Poco importaba que al parecer los jóvenes no estuvieran enamorados, ya que de lo que se trataba era de consolidar una posición ventajosa para Teresa y de asegurar la descendencia de los Fontenay.

Desde luego, Teresa había aprendido a moverse en sociedad desde su llegada a París y había entendido cuál era su papel como esposa de un destacado miembro de la nobleza de toga. Siguiendo la moda del siglo xviii, Teresa abrió su propio salón en París al que acudían personalidades como Lafayette, Mirabeau o Lameth, del que se rumoreaba podía ser su amante, y organizaba fiestas en la finca campestre de la familia situada en Fontenay-aux-Roses. El 2 de mayo de 1789, además, nacía su primer hijo, Teodoro de Fontenay. Un feliz acontecimiento familiar que, no obstante, vino a coincidir con el inicio de la Revolución. A partir de este momento, y seguro que sin ella esperarlo, el destino de Teresa quedó ligado al de su país de acogida.

El 5 de mayo de 1789, Luis XVI abría oficialmente los Estados Generales en Versalles, con el único objetivo de resolver la grave crisis hacendística por la que atravesaba el país. Sin embargo, los problemaseconómicos pasaron a un segundo plano ante las demandas políticas de los diputados. Los hechos se precipitaron y tan sólo dos meses después los Estados Generales se habían transformado en una Asamblea Constituyente, que redactaría una nueva Constitución para Francia. El matrimonio Fontenay fue partícipe de esta primera fase del cambio a través de sus amigos, ya que Lafayette fue nombrado jefe de la Guardia Nacional, el conde de Mirabeau actuaba de consejero del Rey y Lameth trató de apoyar a un Luis XVI cada vez más aislado, especialmente tras el episodio de la huida a Varennes en 1791.

Si lo que estaba ocurriendo en Francia era inquietante, las noticias que le llegaban a Teresa desde España tampoco eran muy tranquilizadoras. Su padre, Francisco Cabarrús, había sido encarcelado y acusado de un delito de malversación de fondos. No fue puesto en libertad hasta 1795, con lo que es casi seguro que en 1793, tras la muerte de Luis XVI, cuando Teresa huyó de París con dirección a Burdeos, estuviera pensando en pasar a España para visitar a su familia o a establecerse de nuevo allí. De hecho, el 15 de abril de 1793, su padre, aunque detenido, solicitó un pasaporte para que Teresa pudiera cruzar la frontera. Nunca llegó a realizarlo, probablemente porque sopesó los riesgos que podía implicar para ella y su familia. Así pues, la siguiente etapa de la vida de Teresa y su hijo transcurrió en Burdeos, adonde llegó como una mujer divorciada tras haber alcanzado el 5 de abril de 1793 un acuerdo con Devin para disolver el matrimonio. En dicha ciudad también vivían su hermano pequeño, Francisco, un tío y un primo de su padre.

Burdeos destacaba en aquella época por su frontal oposición a la política de la Convención Nacional. Sin embargo, el nuevo régimen republicano, que se encontraba acosado por la guerra con las potencias extranjeras, no podía permitirse mantener focos de insurrección dentro de sus fronteras, así que no tardaron en llegar a Burdeos los emisarios de París para frenar la contrarrevolución. Juan Lamberto Tallien, impresor, periodista, editor de L’Ami des citoyens y diputado de la Montaña, fue uno de ellos. Inmediatamente se creó el Comité de Vigilancia y la Comisión Militar, órganos destinados a vigilar a las personas poco afines al nuevo régimen revolucionario. En este contexto asombra el papel que decidió desempeñar Teresa, ya que se volcó en amparar y cobijar a los perseguidos por las autoridades. Llegó incluso a intervenir ante el Comité de Vigilancia para tratar de impedir la ejecución de la orden de detención contra Juan Valerio Cabarrús, primo de su padre. Las actividades de Madame de Fontenay —conocida ya con el apodo de Nuestra Señora del Buen Socorro— llegaban inmediatamente a París, donde cundía la inquietud por su manifiesta desafección al régimen. Finalmente, en octubre de 1793, Teresa fue acusada de atentar contra la seguridad del Estado y se ordenó su detención e inmediato traslado a la prisión de Hâ. Por esta vez Teresa no llegó a ingresar en la cárcel, ya que el comisario Tallien contravino la orden directa de París y paralizó su ejecución. No se sabe a ciencia cierta si en este momento Tallien y Teresa eran ya amantes o si la relación comenzó justo en ese momento, aunque es probable que ambos se conocieran dadas las actividades que realizaba ella y el cargo que ocupaba. Lo cierto, en cualquier caso, es que a partir de ese momento formaron pareja.

Tallien había comprometido su vida y su posición para salvar a Teresa y era evidente que ella estaba en el punto de mira de las autoridades parisinas. Parecía, pues, necesario que Teresa diera una muestra pública de su patriotismo e identificación con el régimen. Así, Tallien aprovechó una próxima celebración patriótica para proponer a Teresa que leyera públicamente un discurso. Este texto ha dado lugar a diversas confusiones sobre la verdadera autoría del mismo porque, aunque Teresa no lo escribió ni finalmente lo leyó, apareció impreso bajo su nombre: “Discurso sobre la Educación por la ciudadana Teresa Cabarrús-Fontenay; leído en la sesión habida en el templo de la Razón de Burdeos, primer decadi [domingo] del mes Nivoso [diciembre], día de la Fiesta Nacional celebrada con motivo de la reconquista de Tolón por el ejército de la República”.

Mientras, se extendía por la ciudad de Burdeos la opinión de que Teresa había conseguido reconducir al revolucionario, ya que el número de ejecuciones y arrestos disminuyó considerablemente y ella utilizaba el poder de su amante en beneficio de los perseguidos. Si la pareja actuó por benevolencia o por puro interés es un asunto aún debatido por los historiadores, aunque en febrero del 1794 Tallien dio un paso más y disolvió el Comité de Vigilancia de Burdeos con la excusa de reorganizarlo. Enteradas las autoridades del Comité de Vigilancia de París poco tardaron en revocar la decisión de su emisario. Además, era necesario saber qué estaba pasando exactamente en Burdeos, ciudad a la que no tardó en llegar Jullien, un discípulo fiel de Robespierre. Tallien, a su vez, se vio obligado a trasladarse a París para explicar su actuación en Burdeos y a dejar sola a Teresa sobre la que se fue tejiendo una red de informes y serias acusaciones, que eran enviadas puntualmente a la capital.

El viaje de Tallien a París no sólo no supuso un castigo por parte de las autoridades, sino que fue elegido presidente de la Convención Nacional el 21 de marzo de 1794, un cargo que le situó en el centro de la política de la época y un éxito probablemente inesperado. Por su parte, Teresa, vigilada y acosada en Burdeos, recibió en mayo de 1794 la noticia de una nueva ley que prohibía a los aristócratas permanecer en puertos o villas fronterizas, con lo que decidió emprender viaje hacia Fontenay-Aux Roses, la casa de campo de su ex marido. En la finca supo de la orden de arresto que pesaba sobre ella y de nuevo emprendió la huida hacia Versalles, donde finalmente fue arrestada por el general Boulanger y trasladada a prisión. El destino certero de los prisioneros de la Force era el cadalso, sobre todo si eran aristócratas y acumulaban un historial contrarrevolucionario como el de Teresa. Tallien no podía permanecer impasible ante la condena de su amante, lo que le llevó a incorporarse al grupo de conspiradores, junto con Fouché y Barras, que organizaron el golpe del 9 Termidor (27 de julio de 1794) para acabar con la vida de Robespierre.

Liberada Francia del dictador y del miedo a la guillotina, se desató una explosión de vida que se manifestó en una reorganización de la vida social y en una reapertura de los salones, como antes de 1789. Las mujeres volvieron a desempeñar un papel decisivo en este momento, como catalizadoras de una liberación y un cambio largamente esperado. Ellas pusieron de moda el atuendo a la manera grecolatina, consistente en vestidos tipo túnica de muselina, que mojaban para que se pegaran más al cuerpo —de esta guisa retrató el pintor Gérard a Teresa en 1804—. Teresa no se quedó al margen y convirtió laChoumière, nueva vivienda del matrimonio Tallien, casados el 26 de diciembre de 1794, en uno de los lugares más importantes de encuentro del período del Directorio. Volvió a demostrar sus grandes cualidades sociales como anfitriona de madame de Staël, madame Récamier, Sièyes, Fréron, Barras, el joven Bonaparte y tantos otros. De esta época también data la estrecha amistad entre Teresa y Rosa de Beauharnais, futura esposa de Napoleón y más conocida por el nombre Josefina. De hecho, la hija de Teresa y Tallien llevó el nombre de Rosa Termidor en honor de su madrina Josefina.

Aparentemente, pues, la vida de Teresa había vuelto a entrar en un período apacible similar al de sus inicios en París. Sin embargo, la estrella política de su esposo empezaba a declinar, ya que fue acusado de monárquico y fracasó en su intento de ser uno de los cinco componentes del Directorio, que se formó en octubre de 1795. Se tuvo que conformar con ser uno más del Consejo de los quinientos. Al margen del poder y menospreciado por su mujer, que mantenía una relación con Paul Barras, miembro del Directorio, Tallien buscó una salida fuera de Francia uniéndose a la expedición que marchaba hacia Egipto en 1798. No obstante, la relación de Teresa y Barras no fue muy sólida porque en 1799 se unió al banquero y financiero Gabriel Ouvrard. Con él tuvo cuatro hijos más que tomaron el nombre del legítimo marido, Tallien, a pesar de que él seguía en Egipto y de que Teresa había solicitado en 1797 el divorcio. Estos niños reclamaron posteriormente llevar el apellido Cabarrús.

Ahora bien, en 1799, el golpe de Estado del 18 Brumario que situó a Napoleón en el poder, volvió a dar un giro a la vida de Teresa. Amiga íntima de Josefina, nada podía hacerle imaginar que Napoleón iba a prohibir a su esposa frecuentar la compañía de la española. Quizá Teresa representaba todo lo que Bonaparte quería desterrar del nuevo Estado francés: la alegría de vivir, la liberalidad de las costumbres y la influencia social de la mujer. La afrenta era seria para Teresa que quedaba condenada al ostracismo si el más alto dignatario mostraba su desprecio hacia ella. Así pues, Teresa intentó dar un golpe de efecto para congratularse con el cónsul: apareció en la ópera, a la que también asistía Napoleón, vestida de Diana cazadora, con el escote y los brazos desnudos, con una túnica por las rodillas, una piel ceñida a la cintura y un carcaj de flechas. Si aún le quedaba una ínfima posibilidad de congraciarse con su antigua amiga y con su esposo, ese día la agotó.

Teresa había cometido un grave error y poco a poco tomó conciencia de su desgraciada situación, aunque se afanó por recomponer su vida a partir de ese momento. Tenía casi treinta años, seis hijos, dos matrimonios fallidos y varios amantes a sus espaldas, pero se distanció de Ouvrard y finalmente el 8 de abril de 1802 se acordó el divorcio con Tallien. Sin embargo, la belleza, el carácter y la inteligencia de Teresa debían de constituir aún un atractivo irresistible porque en agosto de 1805 se casó por lo civil con Francisco José Riquet, conde de Caraman, aristócrata emigrado durante la Revolución. La oposición de la familia Caraman no amedrentó al nuevo esposo de Teresa, que además arrastraba una complicada situación legal. Las nuevas leyes napoleónicas habían anulado la validez de los divorcios, con lo que el único matrimonio válido de Teresa era el primero que se había realizado canónicamente con Fontenay. Así que tuvo que solicitar al arzobispado de París la anulación y cuando finalmente le fue concedida pudo volver a casarse por la Iglesia.

El conde de Caraman era además príncipe de Chimay, población donde tenía un castillo en el que Teresa se refugió el resto de su vida, alejándose así de un París que ya no reconocía y en el que se encontraba fuera de lugar. Retirada de la vida social dio a luz tres hijos más, se volcó en la educación del heredero, en las obras benéficas y en organizar pequeñas reuniones musicales en el castillo.

Su último viaje fue en 1830, cuando acudió al estrenó del melodrama histórico titulado Robespierre, en el que ella misma aparecía como personaje. El 15 de enero de 1835, Teresa Cabarrús y Galavert falleció en Chimay. Fue enterrada en la colegiata de San Pedro y San Pablo del mismo pueblo belga que le sirvió de retiro las últimas décadas de su azarosa y agitada vida.


Bibl.: N. González Ruiz, Teresa Cabarrús y la emperatriz Josefina. Dos mujeres afortunadas en medio del terror, Barcelona, Cervantes, 1946; F. Díaz-Plaja, Teresa Cabarrús. Una española en la revolución francesa, Madrid, Silex, 1988; J. M.ª Sanz García, Teresita Cabarrús: la carabanchelera que acabó con la Revolución Francesa, Madrid, Artes Gráficas Municipales, 1991; L. Manzanera, “Teresa Cabarrús: Una española en la Revolución Francesa”, en Clío, n.º 39 (2005), págs. 66-70; C. Posadas, La cinta roja, Madrid, Espasa Calpe, 2008.

 

 

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