Biografía escrita por Juan Carlos Mora Afán, licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Deusto, doctorando y Diplomado en Gestión de Recursos Culturales en la misma. Su carrera profesional compagina su labor en la empresa Ereiten KZ, SL, dirigiendo su área de documentación e investigación patrimonial, con la publicación de diferentes artículos y monografías sobre Historia Social de Gipuzkoa en época altomoderna. En este ámbito colabora con el Departamento de Historia Moderna de la Universidad del País Vasco participando en diversos programas de investigación en curso.


Juan de Idiáquez Olazábal. Secretario y consejero de los reyes Felipe II y Felipe III, presidente del Consejo de las órdenes, embajador en Génova y Venecia, comendador mayor de León.

Madrid, 12.III.1540 – Segovia, 12.X.1614.

Hijo único del secretario real, Alonso de Idiáquez, y de Gracia de Olazábal, vecinos de San Sebastián. Los cargos desempeñados por su padre en la Corte madrileña se traducen, desde niño, en una vida que discurrió en los ambientes cortesanos. Así, entró como menino al servicio de don Carlos, primogénito del rey Felipe II y de su mujer María, infanta de Portugal.

Esta cercanía a los círculos de poder desde su más tierna infancia se materializó en la pronta consecución de toda una serie de privilegios. Así, fue nombrado comendador de Villaescusa de Haro, perteneciente a la Orden Militar de Santiago, a los dos años de edad por fallecimiento de su padre. Del mismo modo, vistió por merced real el hábito de esta Orden antes de cumplir los siete años.

Casó el 4 de febrero de 1563 en Bermeo (Vizcaya) con Mencía Manrique de Mújica, con quien tuvo un único hijo, Alonso de Idiáquez, nacido en 1565 en San Sebastián, villa a la que pasó a residir desde la Corte con motivo de su matrimonio y en donde sus padres tenían su casa y palacio principal. Alonso de Idiáquez y Butrón-Mújica realizará una destacada carrera militar al servicio de la Monarquía hispana, desechando la posibilidad de ocuparse de tareas administrativas, aunque llegara a desempeñar el cargo de secretario de Estado. Obtuvo además las titulaciones de conde de Aramayona y primer duque de Ciudad Real, junto a los cargos de virrey de Navarra y capitán general de Guipúzcoa en 1615 y secretario de las Juntas Generales de esta provincia.

Su mujer, Mencía, falleció a consecuencia del parto en agosto de 1565. En estas fechas figura en el padrón municipal de San Sebastián con la categoría más elevada, la de “vecino hijo-dalgo”, y con derecho a usar el término honorífico de “don”. Su destacada posición en el organigrama político y social provincial se manifestaba en que ese mismo año, durante el paso por la provincia de Guipúzcoa de la reina Isabel de Valois, mujer del rey Felipe II, con motivo de visitar en Bayona (Francia) a los reyes de Francia, fue uno de los nueve diputados que las Juntas Generales de esta provincia designaron para su recibimiento.

Vivió en San Sebastián hasta 1573, año en el que fue llamado por el rey Felipe II para ir a la ciudad de Génova, con la misión de arreglar las disputas civiles que en esta república se estaban produciendo, siendo nombrado embajador el 26 de agosto, puesto que ocupó hasta 1578, una vez pacificada la ciudad con la aprobación en 1576 y puesta en práctica posterior de sesenta y una leyes civiles y veinticuatro criminales para su buen gobierno, ordenadas por el propio Juan de Idiáquez, junto con el cardenal Juan Morón, obispo de Ostia y legado del papa Gregorio XIII, y Carlos de Borja, duque de Gandía. Desde 1576 había compartido la dirección de esta embajada con Pedro de Mendoza.

Tras alcanzar Génova la ansiada paz, en noviembre de 1578 fue nombrado embajador de Venecia, al objeto de suceder en este cargo a Diego Guzmán de Silva, canónigo de la iglesia de Toledo, recientemente fallecido. Durante esta embajada, y en gratificación por su labor, se le otorgó la encomienda de Penausende (Zamora), de la Orden de Santiago.

Al año siguiente, de regreso a España desde Italia, adonde había obtenido permiso real para volver, con el fin de poner en orden sus negocios particulares, recibió el mandato de ir a Francia, país del que había sido nombrado nuevo embajador. Sin embargo, no llegó a ejercer en este puesto, ya que fue requerido para la Secretaría de Estado por el rey Felipe II en agosto de 1579, en sustitución del defenestrado Antonio Pérez, con el cometido de despachar los asuntos de Italia. A pesar de la reticencia inicial de Juan de Idiáquez, juró este cargo el día 31 de ese mes ante el cardenal Granvela, con un sueldo personal de 3.000 ducados y otros 2.000 pertenecientes a la Secretaría. Además, Idiáquez había sido recompensado unos días antes, por su buen hacer en Génova y Venecia, con el nombramiento de miembro del Consejo de Guerra, es decir, con su admisión en el reducido número de personas que aconsejaban al Rey en esta materia.

Su notorio desempeño no pasó inadvertido. En 1581 había sido propuesto por el cardenal Granvela para ocupar la embajada de Alemania, rechazando finalmente Felipe II esta posibilidad, por su deseo personal de contar con Juan de Idiáquez junto a él, dada su gran valía, tal y como consta en la respuesta del Rey a Granvela.

En 1582, avisado Felipe II de las necesidades económicas de Idiáquez, obtuvo por merced real una nueva encomienda, en este caso la de Monreal, cercana a Yepes (Toledo), perteneciente a la Orden de Santiago, que ocuparía hasta 1596, en que pasó a manos de Diego de Cabrera y Bovadilla, conde de Chinchón, cuando ya desempeñaba el título de comendador mayor de León, máximo cargo de poder en una orden militar hispana. En este sentido, Idiáquez recibirá autorización real para no tener que residir los cuatro meses preceptivos en las encomiendas que había acumulado hasta esa fecha, obteniendo licencia para poner a otra persona en su lugar, sin incurrir en las penalizaciones estipuladas para tales casos.

Todos estos nombramientos deben ser entendidos como mercedes o recompensas reales por los grandes servicios prestados a Felipe II, entre los que cabe destacarse los que hubo de realizar con motivo de su viaje al reino de Portugal, territorio recién anexionado a la Corona, acompañando a este Monarca en calidad de consejero real. Precisamente, fue en este período cuando cobró especial importancia el papel desempeñado por Juan de Idiáquez en el tratamiento de los asuntos de gobierno de la Monarquía. Su influencia derivaba de la pertenencia al reducido grupo de personajes cercanos al Monarca, entre los que destacaban, además del propio Idiáquez, Juan de Zúñiga, Mateo Vázquez de Leza, Diego Hérnandez de Cabrera y Bovadilla —conde de Chinchón— y Cristóbal de Moura, personajes que se repartían las tareas de gobierno dentro de un Consejo con amplias facultades para la gobernación de la Corona, surgido a partir de la institucionalización progresiva de las llamadas Juntas de Noche, así denominado por la reunión colegiada al atardecer de los citados hombres de confianza del rey Felipe II para tratar las materias de gobernación, que él recibía por turnos y horas fijas. En particular, a Idiáquez le correspondía despachar a horas vespertinas las cuestiones relativas a los Países Bajos, así como sobre los asuntos militares y de Estado e incluso llegando a hacerse cargo de asuntos hacendísticos.

El peso creciente de su opinión se manifiesta en el hecho de que Juan de Idiáquez fue uno de los participantes en la nueva junta, formada entre junio y septiembre de 1582 por Felipe II, junto al duque de Alba, el conde de Chinchón y Rodrigo Vázquez de Arce, para decidir la suerte de los moriscos del reino de Aragón. Con relación a este tema, Juan de Idiáquez asistió a las Juntas definitivas que defendieron la expulsión de los moriscos, comenzada a perfilarse desde las reuniones celebradas entre 1602 y 1608, con su asistencia y parece que contando con su voto favorable.

A finales de 1584 fue llamado a ocupar una de las vacantes de los nueve treces, el máximo cargo encargado de regir la Orden Militar de Santiago.

La cercanía en el trato al Rey desde su puesto en la Secretaría de Estado, lugar desde el que era posible incidir o participar en la voluntad de Felipe II, facilitó su nombramiento como miembro del Consejo de Estado el 31 de diciembre de 1586, cargo desde el que controlaría la actividad de esta institución en los últimos años de vida de Felipe II. Por otra parte, como consejero de Guerra, tuvo un papel activo en los sucesos que rodearon la preparación de la Armada Invencible. Así, a lo largo de los primeros meses de 1588, a través de Juan de Idiáquez se canalizó gran parte de la correspondencia relativa a sus preparativos, como miembro de la Junta particular formada por el Monarca para este fin, en esta ocasión despachando junto al conde de Barajas, Rodrigo Vázquez, Diego de Chaves y Juan Fernández de Espinosa. A Juan de Idiáquez corresponde atribuirle buena parte del nombramiento de Alonso Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia, como máximo responsable de la flota, cuyo resultado fue el conocido fracaso militar.

Por otro lado, durante los últimos años de la década de 1580, Idiáquez se encargó de velar por la extensión de la fe católica en tierras asiáticas, principalmente las islas Filipinas y China, según se desprende del activo intercambio epistolar mantenido con fray Juan Bolante, a la sazón predicador en esas tierras.

Ante la decadencia física de Felipe II, en 1593 la anteriormente citada Junta de Noche pasó a convertirse en Junta de Gobierno, manteniendo Juan de Idiáquez una presencia destacada en la dirección de las materias que allí se trataban. Este mismo año, su estrecha relación personal con el Rey le convirtió en uno de los siete testigos del testamento otorgado por Felipe II el 7 de marzo de 1594, estando además Rodrigo Vázquez de Arce, como presidente del Consejo Real; Pero López de Ayala, conde de Fuensalida, su mayordomo primero; Diego Fernández de Cabrera y Bovadilla, conde de Chinchón, su segundo mayordomo y tesorero general de Aragón, y Cristóbal de Moura, conde de Castel Rodrigo y comendador mayor de Alcántara, todos ellos miembros del Consejo de Estado.

Un año después, desde su posición de miembro del Consejo de Guerra y como vecino de la villa de San Sebastián, participó activamente en los intentos de reforma del castillo de la Mota de este lugar, plaza estratégica en el sistema de fortificaciones del norte de la Península.

Su papel central en los asuntos de la Corte volvió a quedar claro en 1597, ahora con motivo de las instrucciones que Felipe II dio a Cristóbal de Moura, al marqués de Velada y al propio Juan de Idiáquez para calibrar las aptitudes de gobierno de su hijo, el futuro rey Felipe III; tomando parte en las capitulaciones matrimoniales celebradas entre la infanta Isabel Clara Eugenia y el archiduque Alberto en mayo de 1597, o gestionando el traslado del cuerpo de san Vicente Ferrer desde Francia hasta España, juntamente con Juan de Ribera, patriarca de Antioquía.

En 1598, el rey Felipe II, en las horas de su muerte, tuvo a su lado a Juan de Idiáquez, su fiel consejero, quien en calidad de comendador mayor de León, junto a varios Grandes de España, portó el féretro con su cadáver, poniendo fin a la estrecha colaboración mantenida entre consejero y Monarca a lo largo de todos estos difíciles años.

La confianza del nuevo rey, Felipe III, hacia el eficiente servidor de la Corona, no menguó, a pesar de la disolución de la Junta de Gobierno, presidida por el archiduque Alberto y en la que figuraba el propio Idiáquez junto a Cristóbal de Moura y el conde de Chinchón. Así, con motivo de su próxima boda con Margarita de Austria, celebrada en 1599, Felipe III nombró caballerizo mayor de la Reina a Idiáquez, quien en función de este cargo, tuvo que acudir al pueblo castellonense de Vinaroz a recibir a la futura Reina, acompañándola a pie a lo largo del trayecto junto al estribo de la carroza en que se conducía.

Como manifestación de que lejos de oscurecerse su figura, Juan de Idiáquez supo mantenerse en una posición relevante dentro del juego de intereses cortesanos, está el hecho de que en noviembre de ese mismo año, vacante la plaza de presidente del Consejo de las órdenes, por haberse retirado a su casa el marqués de Cortés, se le adjudicó este cargo, recayendo su puesto de caballerizo mayor de la Reina en manos de Antonio de Toledo.

Con motivo de las graves disputas sobre el contenido de las jurisdicciones civiles y eclesiásticas que enfrentaban a la Curia romana y a la Corona hispana, Felipe III nombró en mayo de 1600 una junta que tenía por objeto resolver los problemas de competencias jurisdiccionales planteados entre la citada Curia y la Corona, para lo que buscó el asesoramiento de las personas de su mayor confianza: el cardenal de Toledo, el duque de Lerma, el conde de Miranda, el obispo de Segovia, el marqués de Velada y finalmente Juan de Idiáquez.

Un año después, debido al traslado de la Corte real de Madrid a Valladolid, buena parte de los preparativos fueron dispuestos por Idiáquez, debiéndose ocupar, además, de acompañar personalmente al Rey en sus diferentes viajes.

En 1605, con ocasión de los graves problemas por los que atravesaba Alemania (inminencia de un ataque turco y cuestiones de política interna), nuevamente fue propuesto Juan de Idiáquez para desempeñar el cargo de embajador en Alemania, en este caso avalada su candidatura por Pedro López de Soto, dada su experiencia y la necesidad de contar con un hombre enérgico, aunque finalmente el rey Felipe III desechó esta posibilidad, por considerar más valioso tener a Idiáquez a su lado.

En enero de este año se le concedió por merced real el título de preboste de la villa de Bilbao, que disfrutaría durante su vida y la de otros dos sucesores suyos, con una renta de 87.091 maravedís de juro al año.

A lo largo de todo este período, Juan de Idiáquez continuó manteniendo relación estrecha con el Monarca, hábilmente posicionado en el juego de relaciones personales que constituía la política en época moderna. Buena prueba de ello es que a pesar de la ascendencia de nuevos personajes en la Corte —piénsese, por ejemplo, en el creciente peso del duque de Lerma—, Idiáquez siguió contando con el apoyo de Felipe III. Demostración de esto fueron su nombramiento para la comisión formada en 1607 para estudiar el asunto de las injerencias de la República de Venecia en las posesiones del clero, asunto que desató las iras del papa Pablo III, o su presencia en la junta instituida para estudiar la posibilidad de una tregua con los rebeldes holandeses, en la que también tomaron parte el conde de Miranda y Pedro Franqueza, o bien, finalmente, su participación en la asamblea celebrada para tratar la reformación del Consejo de Portugal, en esta ocasión junto a Cristóbal de Moura, Rodrigo Calderón y Fernando Matos.

En 1608 tomó posesión de la merindad de Uribe en Vizcaya, por vacante de su primo Antonio Gómez de Butrón, “acatando vuestra suficiencia y habilidad, y los muchos, buenos y particulares servicios que nos habeis hecho”, según describe una nueva merced real a su persona.

Un año después, debido a graves problemas de salud, solicitó licencia para retirarse a su casa y abandonar los trabajos en la Corte, licencia que, sin embargo, le fue denegada.

Tal y como sucedió con Felipe II, en la hora del fallecimiento de la reina Margarita, el 3 de octubre de 1611, fue llamado a ser su testamentario, junto al duque de Lerma, el marqués de la Laguna, a la sazón su mayordomo mayor, el padre Ricardo Aller, su confesor, y el licenciado Bohorques.

Su experiencia en asuntos de Estado, su buena relación personal con Cristóbal de Moura, encargado de gestionar los asuntos de Portugal, junto a su calibrado juicio, resultan los motivos que llevaron a contar con su presencia en los preparativos de la jura del príncipe Felipe en Portugal, asistiendo Juan de Idiáquez a las reuniones celebradas para estudiar la forma más óptima y respetuosa de realizar este procedimiento.

Su avanzada edad le impulsó nuevamente en 1613 a solicitar a Felipe III, cuando contaba ya con setenta y tres años, que su cometido se limitara a la presidencia del Consejo de las órdenes, relevándole de otras tareas más físicas, tales como atender los papeles de Estado y de seguirle en sus jornadas, petición que fue rechazada por el Monarca. En estas fechas sufría de frecuentes ataques de gota y de otros achaques propios de la edad. En septiembre de 1614, acompañando al Rey a Lerma, sintió morir, solicitando permiso para retirarse, acogiéndose en Segovia en brazos de su sobrino, el obispo Antonio de Idiáquez, y falleció finalmente el 12 de octubre. Su cuerpo fue trasladado en olor de multitud a la villa de San Sebastián, donde nueve días después toda la hoy ciudad salió a recibirle, hasta depositar su cuerpo en el convento de San Telmo de la citada villa, junto a la sepultura donde yacían sus padres, el secretario Alonso de Idiáquez y Gracia de Olazábal, sus fundadores.

Fue secretario de las Juntas Generales de Guipúzcoa y fiel defensor y patrocinador de los negocios de sus naturales. En este sentido, a lo largo de su vida se distinguió por la defensa de los intereses de esta provincia, patria de su linaje, no dudando para ello en usar toda su influencia. Como se ha comentado, la cercanía al Rey, su pertenencia a los Consejos de Estado y de Guerra y su asidua participación en juntas que se encargaban de decidir sobre asuntos de vital importancia para la Corona, hacían del recurso a su personaje quizás el principal instrumento con el que contaban los guipuzcoanos a la hora de hacer valer sus privilegios hacendísticos y militares.

Pedro Salazar y Mendoza, en 1600, y Artal de Aragón, conde de Sástago, en 1593, le dedicaron sendas obras en honor a su figura. Por otro lado, durante cierto tiempo se atribuyó a Juan de Idiáquez la autoría de cierto manuscrito depositado en la Biblioteca Nacional, titulado Breve compendio de la vida del rey Felipe II, en el que se criticaba ferozmente a varios personajes centrales de la política de este Monarca (duque de Alba, don Juan de Austria). Fidel Pérez- Mínguez, autor de una biografía sobre Juan de Idiáquez, rechaza esta atribución, inclinándose a otorgar su autoría al cronista francés Pedro Mateos.

Juan de Idiáquez fue alabado por sus contemporáneos como ejemplo de comportamiento católico, mereciendo sus virtudes las siguientes palabras de su paisano y amigo, el ilustre historiador mondragonés Esteban de Garibay, a quien le encargó la recopilación de El gran refranero vasco: “Tenía gran claridad de ingenio, mucha prudencia, grave elocuencia y profundo silencio, acompañados de muy religiosa inclinación”. Además de su importancia política fue escritor y conocedor de diversas lenguas, promotor de escritores y artistas y creó una magnífica biblioteca. Fue un auténtico hombre del Renacimiento, mecenas de las artes y de las letras que emprendió la transformación del panteón familiar que se hallaba en el convento de San Telmo, proyecto para el que consiguió a los más renombrados artistas nacionales e internacionales.


J. Gil Sanjuán “Réplica de Don Juan de Idiáquez al embajador Contarini”, en Baética: Estudios de arte, geografía e historia,  n.º 23 (2001), págs. 501-524; P. Moreno Meyerhoff, “Ascendencia y descendencia de D. Juan de Isasi Idiáquez, I Conde de Pie de Concha”, en Hidalguía: la revista de genealogía, nobleza y armas, n.os 328-329 (2008), págs. 469-518; J. C. Mora Afan,  “Los criados en el entramado domestico: sociabilidad y clientelismo en el linaje de los Idiakez en el siglo XVI”, en J. M.  Imizcoz Beunza y O. Oliveri Korta (eds.), Economía Doméstica y Redes Sociales en el Antiguo Régimen, Madrid, Editorial Silex, 2010, págs. 119-144; Museo de san Telmo, Investigación de las pinturas halladas en la iglesia del Museo San Telmo, en http://www.santelmomuseoa.com.


Imagen: CC de Flickr, cortesía de  Mertxe Iturrioz

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