Juan Belmonte

Biografía escrita por José Luis Ramón Carrión. Doctor en Ciencias de la Información y director de la revista 6toros6.  Entre sus numerosas publicaciones taurinas destacan obras como Todas las suertes pos sus maestros (1998) o Antesala de la gloria: historia de la Escuela Taurina de Madrid (2002) así como estudios históricos aparecidos en publicaciones especializadas.


Juan Belmonte García, Sevilla, 14.IV.1892 – Utrera (Sevilla), 8.IV.1962. Torero.

El llamado Pasmo de Triana fue hermano, por parte de padre, de los también matadores Manuel y José.

Juan Belmonte, uno de los diestros más importantes e influyentes de todos los tiempos, nació en la casa número 72 de la sevillana calle Ancha de la Feria, del barrio del mismo nombre. Sobre su exacto lugar de nacimiento, dice Cossío: “Pese a su universal designación de trianero, Belmonte no nació en Triana, aunque viviera allí desde niño y, sobre todo, los años que le auparon y pusieron a la luz de la popularidad más notoria”. La partida de bautismo que transcribe Cossío y reproduce Cuesta Arana indica que le impusieron los nombres de Juan Bautista José de la Santísima Trinidad. Tras la muerte de su madre, aproximadamente en 1900, su padre contrajo segundas nupcias con una hermana de su primera esposa. Según Cuesta Arana, Juan siempre llamó tía, y no madre, a su madrastra.

Señala Antonio de la Villa que del primer matrimonio nacieron cinco hijos, y seis del segundo, apellidados todos ellos Belmonte García.

La presencia de Juan Belmonte tiene una importancia capital en el desarrollo del arte de torear. Sus aportaciones deben considerarse estrechamente relacionados con las de José Gómez Gallito, pues de alguna manera estos toreros, inicialmente tan distintos, deben considerarse como un conjunto, como una suma de genialidades.

Tras el paso por la fiesta de Gallito y Belmonte el toreo es otro, desde luego que por lo que aportaron ellos individualmente, pero sobre todo por lo que dejaron en su globalidad. Belmonte significa, además de su inicial dramatismo (dicen que daba miedo verle torear), el desarrollo definitivo (ya había habido atisbos con Antonio Montes, con El Gallo…) del toreo cambiado o cruzado, que se diría en la actualidad. Belmonte rompe la clásica línea recta, para pasar a ocupar el terreno (físico y metafísico) que tradicionalmente había sido del toro. Joselito, por su parte, comienza a ahondar el toreo ligado en redondo (del que con la muleta participará en contadas ocasiones Belmonte).

Al final, y dejando a un lado estéticas y descubrimientos particulares y posteriores, el toreo moderno no es otra cosa que el cite y el muletazo cruzado y ligado en redondo. Además de esto, el toreo de capote Belmonte fue un auténtico prodigio, quizá no tanto por la estética —que también, sobre todo al final— como por la ligazón y por los terrenos que pisaba.

En este sentido, Alameda y Néstor Luján escribieron unas palabras reveladoras. Alameda señaló: “Según el lenguaje de Spengler, podría considerarse a Belmonte como un torero ‘mágico’ —cerrado, misterioso— y a Joselito como un torero ‘fáustico’ —abierto, expansivo—.

La aparición de Joselito —rey de la luz— produjo júbilo. La de Belmonte —señor de las tinieblas—, asombro. José aparece como una superación (‘Maravilla’, le dijeron); Juan, como un fenómeno (‘Terremoto’, le llamaron)”. Por su parte, Néstor Luján argumentó: “Hasta 1913, fecha de la aparición de Juan Belmonte, el toreo ha sido una lucha ornamentada, una fiesta de la muerte del toro. […] A partir de Belmonte es sólo un espectáculo. […] Hoy interesa la depuración plástica y emocional de unos cortos lances, de unos pases de muleta.

Lo demás es adjetivo, no esencial. Algo ha pasado, pues: ha pasado Juan Belmonte”.

El trianero, que llegó a ser hombre de gran cultura autodidacta, tuvo que abandonar pronto, sin embargo, los estudios para comenzar a trabajar en la tienda de bisutería y quincalla de su padre, un negocio modesto que permitía a la extensa familia vivir con cierto desahogo. Sobre su afición a la lectura, Antonio de la Villa recoge unas palabras del propio Belmonte: “Yo he tenido épocas de lectura muy intensas.

En el verano, especialmente, me encerraba a las horas de la siesta en mi casa, y abría un libro para no dejarlo ya hasta que llegaba al fin. Ni vanidad de aprender, ni detalle de buen tono. Más bien, un poco de vicio por la lectura”. Ya torero, pero incluso antes de consagrarse como maestro, Belmonte contó entre sus amistades con las de los escritores Valle-Inclán, Pérez de Ayala, Julio Camba, Fernando de los Ríos, Luis de Tapia…, los escultores Sebastián Miranda y Julio Antonio y el pintor Ignacio Zuloaga, entre otros.

En 1907 frecuentó Belmonte el famoso puesto de agua de San Jacinto, lugar de reunión de aprendices de toreros, pícaros, aventureros y anarquistas, con los que entabló amistad. Dice Cossío que en la venta de “Cara-Ancha” y en la de Camas “ensayó por primer vez sus aptitudes con becerros chaqueteados. Luego, con sus amigos torerillos visitó la dehesa de Tablada, en la que, a la luz de la luna, tuvo su primer contacto furtivo con los toros. Chaves Nogales recrea a la perfección en su magistral libro Juan Belmonte, matador de toros esos momentos románticos y duros del aprendizaje del trianero, los golpes y las alegrías, las dudas y los descubrimientos, en los que se fue fraguando su personalidad, su concepto y, finalmente, su revolución taurina. Escrito por Chaves Nogales en primera persona, y narrado por Belmonte, éste dice: “Los de la pandilla de San Jacinto no íbamos a los tentaderos.

Nos parecía humillante ir con nuestra inexperiencia y nuestro miedo a servir de diversión a los señoritos invitados por el ganadero. Era más decoroso hacer el aprendizaje en pleno campo, a solas con el toro y las carabinas de los guardias”.

José Belmonte, padre del torero, y el banderillero José María Calderón eran amigos y compadres; por ese motivo, el veterano torero pasó a aconsejar y a acompañar a Juan, de quien se convierte en su maestro. Calderón, que había sido peón de Antonio Montes, muerto en México en 1907, se convirtió en una persona clave en la formación taurina de Belmonte. Vistió el trianero ese primer traje de luces el 6 de mayo de 1909 (según Cossío y Cuesta Arana) o 1908 (según Narbona y Posada) en la localidad portuguesa de Elvas. Belmonte relata que actuó como matador, si bien Antonio de la Villa dice que toreó de banderillero. Y añade que luego acudieron a Castelho de Vide, Villafranca de Xira y otros pueblos lusos. Un año (o quizá dos) después, Calderón consiguió que dos adinerados aficionados de Sevilla, los hermanos Daniel y Francisco Herrera, contrataran al trianero para torear una novillada en la localidad de El Arahal, el 10 de julio de 1910 (según Narbona y Posada) o el 24 de julio (según Chaves Nogales-Belmonte y Cossío). Acudió después a Guareña (Belmonte relata que fue un auténtico desastre), Barcarrota, Alburquerque (De la Villa considera que eran capeas) y Constantina, para por fin presentarse sin picadores en la Maestranza de Sevilla el inmediato 15 de agosto, junto a Bombita IV y Pilín. Casi un año después, el 30 de julio de 1911, repitió actuación en la plaza de Sevilla, esta vez con éxito. Con Belmonte toreó José Otero. Repitió aún una vez más en agosto, en esta ocasión con mala fortuna, pues escuchó cinco avisos, en lo que pareció que era el fin de su carrera como torero. Ese día, y hay fotografías que lo testimonian, el trianero se arrojó a los pitones de un novillo, al que gritaba “mátame, ladrón, mátame”, fruto de su desesperación.

Dicen todos los biógrafos de Belmonte que tras este fracaso, en el invierno de 1911 el torero se puso a trabajar de peón de albañil en la Corta de Tablada, hasta que comprendió que “aquello” tampoco era la solución de “los suyos”.

Cuando todo parecía perdido, el 27 de marzo de 1912 Belmonte toreó como sobresaliente en una novillada en Castellón. Ese día, por percance de Torerito de Valencia, el trianero intervino en quites, ganándose el favor de una parte de la plaza y la animadversión de otra, que le “juzgaba como un loco”, según Cossío. No obstante, tras esa novillada Belmonte ganó gran fama, que le valió para entrar en el cartel del 26 de mayo siguiente en Valencia, todavía sin picadores. Dice Cossío: “El resultado de la corrida fue francamente favorable para Juan, que estuvo muy decidido con unos toros mansos y de mucha romana y que dejó entrever algún vislumbre de su futuro arte.

Al dar un pase de muleta al último toro fue herido en una pantorrilla. Cobró por esta corrida 80 pesetas, que envió inmediatamente a su madrastra para que las empleara en sus hermanos”. Recuperado del percance, el 22 de junio volvió a torear en Valencia. Ese día, “Belmonte —escribe Cossío— dio la sensación de un torero excepcional, y comenzaron a solicitarle las empresas con ahínco”. Todavía toreó una tercera novillada en Valencia, el 29 de junio, cortando ese día nada menos que las dos orejas y el rabo de sus dos novillos. En Valencia comenzó, sin ninguna duda, la verdadera historia como torero de Juan Belmonte.

De regreso a Sevilla, el trianero volvió a anunciarse en la Maestranza, la plaza que tan malos recuerdos le traía, a la que llegó con unos deseos enormes de resarcirse del mal rato que había pasado en agosto del año anterior. El 21 de julio toreó en el ruedo sevillano por primera vez con picadores, con Larita y Curro Posada, con quien más adelante alternaría en muchas ocasiones. La apoteosis de Belmonte fue total. Según Cossío: “Especialmente en el último novillo consiguió cuajar una de sus grandes faenas, realzadas entonces por la falta de maestría, que las daba un tono de riesgo que constituía su mayor encanto al par que su motivo mayor de censura. La multitud, enardecida, le llevó en hombros hasta su casa de Triana, sin darse cuenta, por cierto, de que iba herido en una pierna”. Veinticinco novilladas toreó aquella temporada.

Un año después de actuar en Castellón como sobresaliente, y situado ya como novillero puntero, el 26 de marzo de 1913 (el festejo estuvo anunciado para el día anterior, pero se aplazó por lluvia, señala Pérez López), Belmonte se presentó en Madrid, alternando con Curro Posada. Su actuación fue impactante, sobre todo con el capote. Y aún mucho más lo fue la de su repetición el 10 de abril (Cossío indica que fue el 11, pero Pérez López confirma que el festejo se celebró el jueves día 10). En la crónica de ese festejo, Don Modesto escribió en El Liberal una reseña valiente y ya histórica, titulada “Cinco verónicas sin enmendarse”.

“Belmonte —se escribe en la enciclopedia Lances y figuras del toreo— invade terrenos y jurisdicciones, y convierte las verónicas aisladas, realizadas de una en una, en verónicas ligadas, esencia última del toreo moderno.” Tal fue el revuelo que se formó, que un grupo de intelectuales (Valle-Inclán, Romero de Torres, Pérez de Ayala, Sebastián Miranda, Julio Antonio…) rindieron un homenaje al torero. En ese ambiente de exaltación hacia la figura del trianero, Valle-Inclán le dijo a Belmonte: “¡Juanito, no te falta más que morir en la plaza!”, a lo que el torero respondió: “Se hará lo que se pueda, don Ramón”. Como es natural, la figura de Belmonte creó controversia en la prensa. En contra de la actitud de Don Modesto, Don Pío (Alejandro Pérez Lugín) escribe: “Torerito sí; fenómeno, no”. El crítico Pensamientos señala: “Joselito es el mejor de todos y Belmonte, torero corto, hace lo que hace mejor que nadie”; López Barbadillo indica: “Belmonte [debe ser] declarado monumento nacional”; Felipe Sassone, reconocido gallista, le califica como “Una rana vestida de verde”; Don Justo, en El Radical, señala: “Así se torea y lo demás es jujana pura” […].

Regresó Belmonte a Madrid los días 10 y 12 de junio (siempre en compañía de Curro Posada), con gran ambiente. En esa época, los toros cogían mucho a Belmonte, debido a que su “revolución” iba por delante de su oficio. Es decir, aún no era capaz de resolver aquello que planteaba ante los toros, y que no era otra cosa que las bases del toreo moderno. Tal era la sensación de dramatismo que su toreo transmitía, que Guerrita sentenció: “Quien quiera verlo, que se dé prisa”. En el libro de Chaves Nogales, Belmonte dice una frase que viene a resumir a la perfección su nuevo concepto del toreo: “Se regía entonces el toreo por aquel pintoresco axioma lagartijero de ‘Te pones aquí, y te quitas tú o te quita el toro’. Yo venía a demostrar que esto no era tan evidente como parecía: ‘Te pones aquí, y no te quitas tú ni te quita el toro si sabes torear’. Había entonces una complicada matemática de los terrenos del toro y los terrenos del torero que a mi juicio era perfectamente superflua. El toro no tiene terrenos, porque no es un ente de razón, y no hay registrador de la Propiedad que pueda delimitarlos. Todos los terrenos son del torero, el único ser inteligente que entra en el juego, y que, como es natural, se queda con todo”. Aquí está resumida la filosofía y la revolución de Belmonte, esas que cambiarían el rumbo del toreo.

Ese año 1913 apalabró ciento diecisiete novilladas, aunque por diversos percances perdió una gran parte de ellas. Y al finalizar la temporada tomó la alternativa: el 16 de octubre, Machaquito le cedió, en presencia de Rafael el Gallo, la lidia y muerte del toro Larguito. Fue corrida de escándalos (el público incluso invadió el ruedo al final del festejo), pues los astados reseñados del marqués de Guadalest fueron rechazados por la Autoridad en el sorteo matinal, así como cuatro de los de Bañuelos que saltaron al ruedo.

Hasta once toros aparecieron por la puerta de toriles ese día. Debido a que el toro del doctorado fue devuelto en dos ocasiones al corral (el tercero, segundo sobrero, ya fue el definitivo que se lidió), los historiadores y periodistas no se han puesto de acuerdo sobre la ganadería a la que pertenecía el toro de la ceremonia de alternativa del trianero. N.N. en el diario ABC, El Tío Campanita en Sol y Sombra y Don Ventura (que sin duda sigue a los anteriores) señalan que estaba marcado con el hierro de Eduardo Olea; Chaves Nogales y Belmonte no dicen nada, como tampoco los críticos Corinto y Oro en La Nueva España, Claridades en El Mundo y Mangue en El País; Cossío, Narbona y Cuesta Arana indican que fue de Bañuelos; por último, Pérez López, que ha rastreado el dato en los periódicos Heraldo de Madrid (escribe El Barquero), La Mañana (firma la crónica P. Pito) y en las revistas El Toreo (el texto es de Paco Media-Luna) y El Arte Taurino (la reseña es de Cachete), señala que fue uno de los inicialmente rechazados del marqués de Guadalest. Ante tantas dudas, sólo hay una certeza: parece muy improbable que fuese de Bañuelos (pues el primer toro y el sobrero fueron devueltos al corral), quedando la incertidumbre de si perteneció a Guadalest o a Olea, como aseguran periodistas que estuvieron presentes en el festejo.

Sin renunciar a contar la polémica suscitada en la plaza por la aparición de tantos sobreros, la crónica de Don Modesto en El Liberal volvió a ser, como unos meses antes, apasionada: “¿Quién ha toreado de capa como toreó ayer Belmonte al último toro? […] Belmonte torea de capa como no ha toreado nadie. Y tanto es así que los buenos toreros de hoy dicen que como torea Belmonte, no se puede torear. Que es lo mismo que decir que el trianero torea como no se ha toreado nunca”.

Finalizada la temporada, Belmonte viajó a México.

De regreso a España, y tras un comienzo de campaña accidentado, el 15 de marzo de 1914 toreó en Barcelona, coincidiendo por primera como matador de toros con José Gómez Gallito (o Joselito, como también le llamaron). Cossío indica que el primer enfrentamiento tuvo lugar en Sevilla el 21 de abril (con toros de Miura, festejo en el que Belmonte obtuvo un gran triunfo), pero antes de esa corrida ya habían toreado juntos cinco (tres en Barcelona, una en Castellón y otra en Valencia). Esas corridas, y también la del siguiente 2 de mayo en Madrid (en ésta ambos diestros completaron una extraordinaria actuación), marcaron el comienzo de una competencia histórica (por complementaria) en la fiesta. José y Juan formaron una de las parejas más famosas, importantes y determinantes de la historia del toreo. De sus manos salió una nueva y definitiva revolución, que marcó el camino del toreo moderno. Belmonte dice: “Aquel año de 1914 comenzó mi rivalidad con Joselito o, mejor dicho, comenzó la rivalidad entre gallistas y belmontistas”.

Tanto fue así que ambos diestros sevillanos alternaron juntos, del 15 de marzo de 1913 en Barcelona al 15 de mayo de 1920 en Madrid, un día antes de que Gallito muriera en la plaza de toros de Talavera de la Reina (Toledo), en 257 corridas. Alejado del más mínimo atisbo de vanidad, sobre aquellos primeros enfrentamientos Belmonte le dijo a Chaves Nogales: “El público y las empresas se obstinaban en colocarnos frente a frente, queriendo a todo trance establecer un paralelo a mi juicio imposible. En aquel tiempo, Joselito era un rival temible: su pujante juventud no había sentido aún la rémora de ningún fracaso; […] Frente a él yo tomaba fatalmente la apariencia de un simple mortal que para triunfar ha de hacer un esfuerzo patético.” Pero no debía de ser exactamente así, pues a los éxitos de Joselito, Belmonte respondía con otros, no de mayor entidad, pero sí al menos de la misma, distintos en su concepto y realización. Belmonte era probablemente más trágico, pero no por eso su esfuerzo tenía que resultar patético. Al finalizar la temporada de 1914, Belmonte había toreado setenta y dos corridas (o ciento cincuenta y nueve toros, como él prefirió resumirla en el libro de Chaves Nogales), ocho de ellas en Madrid.

A partir de ese momento (en realidad, ya lo era desde un año antes), Belmonte se convirtió en indiscutible primera figura del toreo. Sería prolijo describir una trayectoria de tantos años, tantos éxitos, tantos logros y tantísimas faenas memorables. La temporada de 1915 se vivió en España como la de la “apasionada competencia” con Joselito, según Cossío. El 16 de julio de 1916 sufrió una grave cornada en La Línea de la Concepción; reapareció el 13 de agosto en San Sebastián y, tras torear al día siguiente en esa misma plaza, decidió cortar la temporada. En total toreó 43 corridas.

En 1917, en lo que los aficionados dieron en llamar “el año de Belmonte”, hizo 97 paseíllos. En 1918 toreó en América y, recién casado en aquel continente con Julia Cossío, no toreó en España. En 1919 sumó la cifra récord en su carrera: 109 corridas, para bajar a 68 en 1920, el año de la muerte de Gallito.

Permaneció retirado en 1922 y 1923, y regresó ocasionalmente a los ruedos en 1924 (como rejoneador en Sevilla y en algún festival, como el que toreó en Zumaya, organizado por el pintor Ignacio Zuloaga, en el que resultó herido grave). En invierno se contrató en Lima (Perú) siete tardes (toreó ocho) por la cifra de 500.000 pesetas. En 1925 el empresario Eduardo Pagés le firmó una jugosa exclusiva: 25.000 pesetas de la época por corrida, además de otros porcentajes según acudiesen los públicos a las plazas. A partir de esos años, sus temporadas ganaron en calidad lo que perdieron en extensión. Según Cossío, “el arte de Belmonte, que reaparecía depurado, más solemne que nunca, podía prescindir de las facultades que hubieran sido indispensables en otros diestros”.

Se retiró al finalizar la temporada de 1927 y reapareció en 1934. El 21 de octubre de ese mismo año cortó el primer rabo que se concedía en la plaza de toros de Las Ventas, de Madrid. El 22 de septiembre de 1935 obtuvo en Madrid cuatro orejas y un rabo.

En los años siguientes, además de torear algunos festivales, se dedicó fundamentalmente a su ganadería y a disfrutar de sus amigos. El 8 de abril de 1962 se suicidó en su finca de “Gómez Cardeña”. Según Posada, “aquejado de una ligera isquemia coronaria y de una hernia de hiato, que producía vómitos de sangre, creyó que los médicos le ocultaban su gravedad —sólo existente en su imaginación—, y, ante el pavor que le producía verse postrado e inválido en una silla de ruedas, se quitó la vida de un pistoletazo en el salón principal de su finca sevillana de ‘Gómez Cardeña’, posiblemente debido a un supremo estado emocional, que pudo producirle un desequilibrio mental”.

Fue padre natural del matador de toros Juan Belmonte Campoy, al que reconoció y dio su apellido.


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