Biografía escrita por Alfonso E. Pérez Sánchez (Cartagena, 1935 – Madrid, 2010) Historiador del arte español, especializado en la pintura barroca. Académico numerario de la Historia y de la de Bellas Artes de San Fernando, director del Museo del Prado y catedrático de la Universidad Complutense de Madrid.


Francisco Rizi de Guevara. Pintor.

Madrid, 9.IV.1614 – El Escorial (Madrid), 2.VIII.1685.

Hijo de un modesto pintor italiano (Antonio Rizi de Ancona, venido a España con Federico Zúccaro y casado en Madrid con una española), Francisco es hermano de Juan Andrés Rizi, también pintor. A pesar de ser su padre pintor y aunque probablemente recibiese de él las primeras nociones de su arte, todas las fuentes afirman que fue discípulo de Vicente Carducho y, efectivamente, éste se refiere a él en su testamento de 1638 y le lega el “borroncillo” que quisiese entre los que había en su estudio.

Probablemente a través de su maestro (fallecido en 1638) entra en contacto con la Corte y en 1639 trabaja ya en la decoración del Salón Dorado del Alcázar, que había proyectado Carducho, junto a artistas como el bien conocido Alonso Cano, y otros pintores madrileños de su generación (Arias, Leonardo, Castello, Camilo, Polo, etc.). Artista de imaginación fértil y fecunda, hay noticias de abundantes obras suyas en la década de 1640, y en ocasión de las fiestas de la entrada en Madrid de Mariana de Austria, la segunda esposa de Felipe IV (1648-1649), interviene con responsabilidad organizativa en las decoraciones callejeras y las arquitecturas efímeras. A la vez comienza su actividad en los teatros del Palacio del Buen Retiro, actividad que se prolongará muchos años y hará de él el especialista es pañol en las decoraciones teatrales, sucediendo en ello a los italianos Baccio del Bianco y Cosme Lotti.

Simultáneamente, su actividad como pintor religioso en las iglesias y conventos de Madrid y de la comarca es constante. Aparece especialmente ligado a la orden de los Capuchinos, para los que trabaja en Madrid (Expolio de Cristo, para los Capuchinos de la Paciencia de Cristo, 1651, hoy en la Catedral de la Almudena, depósito del Museo del Prado, Virgen en gloria con San Felipe y San Francisco, 1650, en el convento capuchino de El Pardo, in situ). A la vez, inicia su vinculación con la Catedral de Toledo, para la que pinta en 1653 un gran lienzo con La Fundación de la Catedral por D. Rodrigo Jimenez de Rada, obteniendo de inmediato el título de Pintor de la Catedral, y encargándose de la decoración de la Capilla de las Reliquias (el ochavo) que llevará a cabo en los años sucesivos en colaboración con Carreño. En 1654 y 1655 pinta en el retablo de la Catedral de Plasencia (Cáceres) y en 1655 hace también el gran retablo de la iglesia de San Pedro del pueblo de Fuente el Saz (Madrid), uno de sus conjuntos más bellos.

En 1656, obtiene el título de pintor del Rey, con un salario de 72.000 maravedís al año, lo que asegura aún más sus relaciones con la Corte, aunque las noticias de pagos y encargos se refieren especialmente a su participación en fiestas y en las representaciones teatrales.

Probablemente su presencia en las iglesias y conventos madrileños continúa sumamente activa. Los jesuitas del Colegio Imperial, hoy San Isidro, le encargan los dos retablos laterales dedicados a San Francisco de Borja y a San Luis Gonzaga en 1658, destruidos en la Guerra Civil, pero subsiste el lienzo principal del primero.

En este año está firmado el San Jerónimo para el Parral (Segovia) y esos años decora al fresco la nave y la cúpula del convento de San Plácido. En fecha que ignoramos, en torno a 1659, da palabra de matrimonio a una viuda acomodada, Juana de Ayala, y en 1661, una vez celebrado el matrimonio, a la vez que reclama se le abonen las cantidades que se le adeudan en Palacio, solicita “casa y aposento” en el Alcázar, lo que se le concede.

Ese mismo año viaja a Cartagena a hacerse cargo del gran cuadro de Rafael El Pasmo de Sicilia, llegado ese año a España, destinado a la capilla Real del Alcázar, procedente de Palermo.

En esa década de 1660, comienza, juntamente con Juan Carreño de Miranda, una serie de trabajos importantes, tanto en Madrid (lienzos de la Capilla de San Isidro, destruidos en 1936; bóvedas de la iglesia de Atocha, también destruidas) como en Toledo (Ochavo o Relicario de la catedral, y Monumento de Semana Santa, destruidos, y Camarín de la Virgen de Sagrario, conservado fragmentariamente). Son los años de actividad y madurez más fecundos. Juntamente con Carreño contrata (1666) la pintura del altar de los Trinitarios de Pamplona, para la cual da dibujos, aunque el gran lienzo lo firma Carreño sólo (Museo del Louvre). Sin embargo, su posición en Palacio parece sufrir un evidente retroceso. En 1669, solicita, sin éxito, la plaza de conserje del Escorial, aduciendo sus treinta años de servicio a la Corona, y en 1673, en un largo memorial dirigido a la Reina Madre, expone la postergación de que creía ser víctima, al no encargársele obras en Palacio, a pesar de ser el pintor del Rey “más antiguo”. Parece que el creciente éxito de Carreño —que desde 1671 es pintor de cámara, con la decidida protección de la Reina Gobernadora—, margina un tanto a Rizi que se refugia en los trabajos para la Catedral de Toledo, ya sin la colaboración de su compañero. En 1671 ha dirigido las decoraciones de la ciudad de Toledo con motivo de la canonización de San Fernando, de las que se conserva un gran lienzo con la Fundación de la Iglesia toledana por San Fernando y el Cardenal Rodríguez de Rada (firmado en 1671). Su buena relación con sus discípulos —muy abundantes— se atestigua por el hecho de que, en 1669, es testamentario de Juan Antonio Escalante, y en 1674 testigo de la boda de Claudio Coello.

En la década de 1670 y probablemente a consecuencia de su alejamiento de la Corte, trabaja mucho para localidades distantes de Madrid: Uclés (Cuenca), 1670, retablo del Monasterio con Santiago en Clavijo; Ávila, 1674, Retablo de las Carmelitas de San José; Alba de Tormes (Salamanca), Retablos y pechinas de las Carmelitas (1674-1676); Burguillos (Toledo), Retablo de la Magdalena, 1675, destruido; Plasencia (Cáceres), Retablos de las Capuchinas, 1678.

En Madrid lo más importante es, sin duda, la decoración de la Capilla del Cristo en el Colegio Imperial, testimonio del buen recuerdo que había dejado en los jesuitas. Del conjunto, pagado en 1675, se conservan dos grandes lienzos, Cristo ante Caifás Camino del Calvario, con la firma “pictor Regis” para evidenciar la condición postergada.

En el año de 1678, y por encargo del infante Juan José de Austria, hermano del Rey y enemigo político de la Reina Madre doña Mariana, pinta la Capilla del Milagro del Convento de las Descalzas Reales de Madrid en colaboración con Dionisio Mantuano, en obsequio a la hija natural de don Juan José, habida en Nápoles con una sobrina del pintor Ribera y monja del monasterio, y en 1679-1680 interviene en las fiestas para la entrada en Madrid de María Luisa de Orleáns, la primera esposa de Carlos II. Para esta ocasión pinta dos grandes retratos ecuestres de los reyes esposos, que se conservan hoy en el Ayuntamiento de Toledo, a donde los regaló el propio pintor.

En los últimos años de su vida parece que vuelve a tener alguna actividad en la Corte. En 1683, firma y fecha un gran lienzo con el Auto de Fe celebrado en la Plaza Mayor de Madrid ese año (Museo del Prado), obra compleja de un enorme interés documental y un gran Socorro a Viena que quedó sin concluir y se recoge en los inventarios de Palacio hasta el siglo XVIII.

En 1685 se le encarga un gran lienzo para el altar de la Sacristía de El Escorial, que no llega a ejecutar —aunque trazó el boceto— por su fallecimiento en aquella villa el 2 de agosto de dicho año. El lienzo lo ejecutaría luego Claudio Coello.

En el mismo día del fallecimiento había dictado su testamento que ya no pudo firmar. Sus testamentarios son su cuñada (su mujer había muerto) y su discípulo Isidoro Arredondo a quien deja “todos los papeles de dibujos, libros tocantes a la pintura, escultura y Arquitectura”.

El inventario y tasación de sus bienes indica un cierto bienestar, bien distinto del común de los pintores madrileños de su tiempo. Poseía vestidos ricos, ciertos cuadros de Carreño, Velázquez y El Greco y copias de artistas venecianos (Veronés, Tintoretto, Tiziano, Bassano) además de los suyos. Sorprende que no tenga originales ni copias de flamencos, pues Rubens, especialmente está presente en su obra como componente de su propio estilo. Tiene también una notable biblioteca con títulos clásicos, y una abundancia de vidas de Santos y lecturas devotas. Palomino, que le conoció, dice que Rizi “fue muy erudito especialmente en letras humanas”.

En cuanto a su arte es una de las principales avanzadillas del barroco, nutrido de opulencias flamencas derivadas de Rubens y los venecianos con audacias de dibujo y libertad de técnica que le hicieron estimadísimo en su tiempo, pero la crítica neoclásica le reprochó, por boca de Ceán Bermúdez, precipitación y descuido, haciéndole responsable de la “corrupción del gusto”. Es cierto que representa, en las obras de su madurez, el punto más alto en dinamismo arrebatado, opulencia teatral y gesticulación barroca. Pero en el conjunto de la pintura española, por la riqueza de su imaginación y la riqueza de su colorido, Rizi ha de ocupar un puesto de primer orden, que ya se le reconoce.

Si Carreño, su compañero durante tantos años, se inclinó hacia Tiziano y su poderosa sensualidad, Rizi se decantó por las espectaculares y teatrales composiciones de Veronés o por la dramática “terribilitá” de Tintoretto (San Isidro y Alfonso VIII en las Navas de Tolosa, 1663-1668, Madrid, Capilla de San Isidro, destruido pero conocido por fotografías; Santiago a caballo, Uclés (Cuenca), 1670-1672, reinterpretándolos siempre con personalidad muy fuerte y rico sentido del color, que en ocasiones alcanza extraordinario refinamiento (Anunciación, Museo del Prado).

Muy importante es también su labor como pintor al fresco y al temple, aunque sean muy pocas las obras conservadas. La llegada a Madrid de Agostino Mitelli y Micael Angelo Colonna, fue decisiva para el desarrollo de la pintura de cuadratura española, y Rizi fue, sin duda, el más aprovechado seguidor de los maestros boloñeses. Aunque han desaparecido las pinturas del Alcázar de Madrid —en cuyo Salón Grande pintó, junto a los maestros italianos, una serie de motivos mitológicos doblemente singulares en la historia de la pintura española (Historia de Pandora)— y las del Ochavo de la Catedral de Toledo y del Camarín de Atocha —que son las más elogiadas por los biógrafos—, subsisten las del Convento de San Plácido de Madrid (h. 1660-1661), las del Camarín del Sagrario de Toledo (1665-1670), las de San Antonio de los Portugueses de Madrid (h. 1663), muy retocadas por Luca Giordano en 1700, y las de la Capilla del Milagro de las Descalzas Reales (1678). Aunque en alguna de ellas (Toledo y San Antonio) consta la colaboración de Carreño, las restantes, especialmente las de las Descalzas, de compleja decoración mural de perspectivas fingidas, demuestran su dominio de la “cuadratura” y su rico colorido de sensual calidad, aunque en las arquitecturas fingidas se valió de Dionisio Mantuano.

Su labor como maestro de los artistas más jóvenes, fue también muy activa. Por su taller pasaron muchos de los más valiosos pintores de la generación nacida hacia 1630-1640. Ya se ha citado a Escalante y Claudio Coello, pero también se formaron con Rizi, José Antolínez, Diego González de la Vega, Isidoro Arredondo y algunos otros menos conocidos, que de él heredan la dedicación a la pintura escenográfica, como Vicente Benavides, o Juan Fernández de Laredo.


Obras de ~: Adoración de los Reyes, 1645; San Andrés, Museo del Prado, 1646; Piedad, Patrimonio Nacional, Madrid, 1647; Calvario, Ayuntamiento de Madrid, 1662; Anunciación, Barcelona, Universidad, 1663;Adoración de los pastores, 1668; Circuncisión, 1678; Santa Teresa en la cocina, Monasterio de San José, Ávila, 1675; Inmaculada, Convento de las Gaitanas, Toledo, 1680.


Bibl.: A. Palomino, Museo Pictórico y Escala Óptica, Madrid, Lucas Antonio de Bedmar, 1715-1724, 3 ts. (Madrid, 1915; Madrid, Aguilar, 1947, págs. 1015-1018); J. A. Ceán Bermúdez, Diccionario historico de los mas ilustres profesores de las bellas artes en España, t. IV, Madrid, Viuda de Ibarra, 1800, págs. 203-210; D. Angulo Iñiguez, “Francisco Rizi. Su vida. Cuadros religiosos fechados anteriores a 1670”, en Archivo Español de Arte (AEA), t. XXXI (1958), págs. 89-115; “Francisco Rizi. Cuadros religiosos posteriores a 1670 y sin fechar”, en AEA, t. XXXV (1962), págs. 95-122; A. Rodríguez G. de Ceballos, “El Colegio Imperial de Madrid. Historia de su construcción”, en Miscelánea Comillas (1970), págs. 407-444: D. Angulo Iñiguez, “Francisco Rizi. Cuadros de tema profano”, en AEA, t. XLIV (1971), págs. 357-387; M. A. Mazón de la Torre, “Las partidas de Bautismo de Eugenio Cajés, de Félix Castello, de los hermanos Rizi y otras noticias sobre artistas madrileños de la primera mitad del siglo xvii”, en AEA (1971), págs. 413 y ss.; D. Angulo Iñiguez, “Francisco Rizi. Pinturas murales”, en AEA, t. XLVII, 1974, págs. 361-382; E. Valdivieso, “Pinturas de Francisco Rizi en el Retablo mayor de San José de Ávila”. en Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología (Universidad de Valladolid) (1975), págs. 701-705; A. E. Pérez Sánchez, “Francisco Rizi”, en Carreño, Rizi, Herrera y la pintura madrileña de su tiempo, catálogo de exposición, Madrid, 1985, págs. 58-90; J. L Barrio Moya, “Noticias de Nardi, F. Rizi y Pedro de Mena”, en Archivo Español de Arte, t. 54, n.º 216 (1981), pág. 452; “Los bienes del pintor Francisco Rizi”, en AEA, t. LVI (1983), pág. 39-46; M. T. Zapata Fernández de la Hoz y F. Martínez Gil, “Dos retratos reales efímeros de Francisco Rizi en Toledo”, en Carpetania (Toledo), vol. I (1987), págs. 171-183; J. L. Barrio Moya, “José de la Torre y Francisco de Ricci, autores del retablo mayor de la Iglesia de Fuente el Saz del Jarama”, en Anales Compluteneses (Alcalá de Hernares), n.º 12 (2000), págs. 43-54; E. González Asenjo, Don Juan José de Austria y las Artes (1626-1679), Madrid, 2005.

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