Biografía escrita por Ramón Gonzálvez Ruiz, canónigo, archivero y bibliotecario de Toledo.


Pedro de Luna. Arzobispo de Toledo.

Morata de Jalón (Zaragoza), c. 1375– Toledo, 18.IX.1414.

Hijo de Juan Martínez de Luna y de Teresa de Albornoz, señores de las baronías de Illuecas y Gotor, era, por línea paterna, sobrino carnal del papa Benedicto XIII, el cual sentía preferencia por él. Cabe distinguirlo de un homónimo, también prepósito de Valencia, que fue administrador de la sede de Tortosa en 1397.

Bajo la égida de su tío estudió la carrera de Derecho hasta obtener el título de doctor en Decretos, al mismo tiempo que ostentaba la prebostía de la Iglesia de Valencia. Toda su vida académica y eclesiástica estuvo influenciada por el Cisma de Occidente, en el que Benedicto XIII, elegido Papa de la obediencia de Aviñón en 1394, desempeñó un papel trascendental y la Iglesia entera sufrió lo indecible por causa de la duplicidad de los Papas. El prelado anterior de Toledo Pedro Tenorio, gran luchador por la causa de la unidad, había fallecido en 1399. Inmediatamente el Cabildo de Toledo puso manos a la elección del sucesor, pero en su seno había canónigos de ambas facciones. En aquellas circunstancias el nombramiento de un prelado en una diócesis tan importante como Toledo se convirtió en una cuestión de enorme interés político, porque los Reyes decidían qué papa era legítimo y, por tanto, a qué papa se debía obedecer en sus reinos. No es de extrañar que la elección del sucesor de Tenorio en la silla de Toledo se prolongara durante varios años. Es cierto que hubo dos intentos de elegirlo, pero ambos fracasaron por causas bien diversas. El Cabildo eligió en un primer momento a fray Hernando Yáñez, monje jerónimo de gran prestigio, hombre independiente, que había sido canónigo de Toledo antes de entrar en la vida religiosa, pero el candidato opuso una firme resistencia y no aceptó. Después la elección recayó en un candidato de un signo totalmente opuesto, Gutierre Gómez o Álvarez de Toledo, persona poco recomendable por su espíritu mundano y partidista, que no fue aceptado por Benedicto XIII. Fue en ese momento cuando el Papa a quien obedecía el reino de Castilla propuso a su sobrino Pedro de Luna, sin duda con objeto de tener la sede toledana bajo su control en manos de un deudo fuera de toda sospecha. Pero la reacción de Enrique III fue muy negativa y hasta violenta, alegando que el nombrado era extranjero y no natural del reino de Castilla, prohibiendo que se le diese la posesión del Arzobispado y secuestrando sus rentas. Sorprende la aparición en Castilla de este naciente nacionalismo religioso, que parece más bien fruto del oportunismo. En esta situación anómala estuvo la diócesis hasta la muerte del Rey en 1406. Benedicto XIII no retiró su candidato, antes bien le confirió la ordenación episcopal en 1405, mientras la sede toledana era administrada por Juan de Illescas, obispo de Sigüenza. El Rey difunto había dejado por heredero a un niño de dos años bajo la regencia compartida de la reina viuda Catalina Lancaster y del infante Fernando de Antequera. Ambos hicieron saber al Papa su adhesión y su disponibilidad para que Pedro de Luna tomase pacífica posesión del Arzobispado de Toledo. Parece que en la primavera de 1407 el nuevo arzobispo tomó la posesión. Venía en su séquito un joven de dieciocho años llamado Álvaro de Luna, hijo bastardo de otro Álvaro de Luna, sobrino del papa Benedicto. Ambos se integraron perfectamente en la sociedad castellana y su actividad se hizo patente en el ámbito político más que en el eclesiástico, porque contribuyeron a crear lazos con Aragón. Álvaro de Luna llegaría a ser el gran privado de Juan II, mientras que el infante Fernando terminaría asentándose en el trono de Aragón.

El pontificado de Pedro de Luna en Toledo no fue ni muy prolongado ni muy fructuoso desde el punto de vista eclesiástico. Buena parte de su tiempo lo pasó en compañía de su tío el Papa de Aviñón, pues consta que necesitó de la ayuda de un obispo in partibus, para que ejerciera por él las tareas pastorales.

Durante los años de su pontificado se hizo cada vez más agudo el problema social de los conversos, derivación del pogromo de 1391 y de las conversiones simuladas. Para hacer frente a él se tomaron medidas religiosas y medidas políticas, pero todas pacíficas. Entre las primeras estuvo la llamada a san Vicente Ferrer, el gran predicador dominico, para que pasase por Toledo haciendo una gran campaña misional en 1411, ocasión en que la sinagoga de Santa María la Blanca fue transformada en iglesia. Entre las segundas se cuenta el ordenamiento de Catalina del año 1412, obra del rabino converso Pablo de Santa María, para la organización interna de las juderías y la separación efectiva de los conversos respecto de sus antiguos correligionarios. De estas medidas se esperaba la integración de los conversos en la sociedad castellana.

En 1409 se produjo la donación de la villa de Ajofrín a la catedral de Toledo por parte de Inés García Barroso y con ella se formó un señorío eclesiástico que duraría muchos siglos.

Pedro de Luna murió joven, antes que su tío el Papa, y no llegó a ver el final del Cisma. Contaba unos cuarenta años de edad. Lo enterraron en la capilla de San Andrés en la catedral, pero después fue trasladado a un sepulcro con estatua yacente construido en la capilla de Santiago, cerca del condestable Álvaro de Luna.


Bibl.: C. E ubel et al. (eds.), Hierarchia Catholica Medii Aevi, vol. I, Padua, Il Messagero di San Antonio, 1960 (reimpr.), pág. 487; J. F. Rivera Recio, Los arzobispos de Toledo en la Baja Edad Media (s. XII-XV), Toledo, Diputación Provincial, 1969, págs. 99-103; J. Gómez Menor, “Luna, Pedro de”, en Q. Aldea Vaquero, T. Marín Martínez y J. Vives Gatell (dirs.), Diccionario de Historia Eclesiástica de España, vol. II, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto Enrique Flórez, 1972, pág. 1368; V. Álvarez Palenzuela, El cisma de occidente, Madrid, Rialp, 1982; A. Canellas López, Papa Luna, Zaragoza, Diputación General de Aragón, 1991; P. M. Cátedra, Sermón, Sociedad y Literatura en la Edad Media. San Vicente Ferrer en Castilla (1411-1412), Valladolid, Junta de Castilla y León, 1994; J. A. Barrio Barrio, “Orden de Enrique III de no recibir a don Pedro de Luna como arzobispo de Toledo”, en Á. Ballesteros et al., Ysabel la Reina Católica. Una mirada desde la catedral Primada, Toledo, Instituto Teológico San Ildefonso, 2005, págs. 164-166 y 187-197.


Imagen CC Flickr cortesía de José Mª Moreno García

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