Antonio de Escano y GarciaBiografía escrita por José Antonio Ocampo Aneiros, Cap. de Navío y miembro del Instituto de Historia y Cultura Naval (IHYCN)


Antonio Escaño y García de Cáceres. Teniente general, ministro del Almirantazgo y regente del reino.

Cartagena (Murcia), 5.XI.1752 – Cádiz, 11.VII.1814.

Nacido en una antigua e ilustre familia de militares de Marina, fue su padre Martín de Escaño Arizmendi, natural de Córdoba, capitán de Infantería del batallón de galeras de España y alcalde perpetuo y noble de Cartagena, y su madre María Cristina García de Cáceres Garro, natural de esta ciudad. De este matrimonio verán la luz seis hijos, cinco varones y una mujer. Antonio, que era el cuarto de los hermanos, sienta plaza por el Cuartel de Guardias Marinas de Cádiz (8 de julio de 1767) a los quince años, siendo Jorge Juan capitán de la única compañía que había entonces. Terminado el año de estudios, embarcó en el navío Terrible y cruzó al corso entre los cabos San Vicente y Santa María. En una de esas navegaciones ayudó a reparar el bauprés rendido por un violento golpe de mar. El barco pasa a hacer obras a Cartagena y allí es destinado al jabeque Vigilante, uno de los que Antonio Barceló hizo famosos en el Mediterráneo. En él combatió contra dos escampavías argelinos que luego apresaron en aguas de Barcelona (1769). También con Barceló se distinguió en dos encuentros contra los jabeques argelinos Las, de veinticuatro cañones, y Sain, de treinta y seis piezas, más tarde agregados a la Armada con los nombres de San Narciso y Nuestra Señora del Pilar. Por estos hechos fue habilitado de oficial. Al ascender a alférez de fragata (1770), pasa de agregado a los batallones de Marina de Cartagena y luego de ayudante del Real Cuerpo de Artillería. El 26 de octubre embarca en el Vencedor de la división del marqués de Casa Tilly, pero la necesidad de oficiales valerosos en los jabeques le lleva otra vez a estos buques, embarcando en el Atrevido. Hizo una campaña en él, dando de nuevo pruebas de valor. Desarmados los jabeques (1773), se le destina a la fragata Santa Clara y después al navío Astuto, a petición de su comandante Miguel Gastón, con el que pasa a Cádiz. Al ascender a alférez de navío (1774), embarca en el Santo Domingo, mandado por Fermín Lastarría, que se dirige al Río de la Plata. Allí desempeña destinos en tierra. Estando en Buenos Aires, en el campo, tuvo un lance de honor con un jinete del país y recibió un par de coces en el pecho, quedando tendido en el suelo presa de un vómito de sangre. Una vez pasada la gravedad, fue a Montevideo y, seguidamente, creyéndose inútil para el servicio, a España en la barca Nuestra Señora de la Misericordia. Al desembarcar en Cádiz el 16 de diciembre, supo que había sido ascendido a teniente de fragata (1776), y pasó a Cartagena a reponerse, dedicándose intensamente al estudio de la Historia y de los códigos militares.

Ya ascendido a teniente de navío (1778) y recuperada la salud, se le destina a la escuadra de Luis de Córdova. Embarca sucesivamente en los navíos Fénix y Santísima Trinidad (1779), y luego de encargado del detall de armamento del San Nicolás, en cuyo destino se distinguió tanto que su comandante lo recomendó para ayudante de la Mayoría (Estado Mayor) de la escuadra; así empezó a poner en práctica los conocimientos que había adquirido durante su licencia. Sirvió con los mejores generales, especialmente con el que había de ser su mejor maestro José de Mazarredo, quien, al conocer la capacidad de su ayudante, se impuso la tarea de formar con él la mejor escuadra de la época. Y así lo reconocieron los franceses en la exitosa primera campaña del Canal y los mismos ingleses, por entonces sus enemigos. En el combate de cabo Espartel contra la escuadra del almirante Howe (1782), se admiraron los ingleses de la pronta formación de la línea de combate y de otras maniobras tácticas. Mazarredo dijo que la razón del éxito era la prontitud y el acierto con que Escaño hizo obedecer sus órdenes. Al firmarse la paz y desarmada la escuadra, asciende Escaño a capitán de fragata (1782), dándosele el mando de una división compuesta por la fragata Colón, los bergantines Infante y Vivo y las balandras Tártaro, Primera Resolución y Segunda Resolución destinada a cruzar en el Mediterráneo. Concurrió a la desgraciada expedición de Argel (1783) mandando el Infante. Al desembarcar el 27 de agosto de este año fue nombrado primer ayudante del subinspector del Arsenal de Cartagena. Luego pasó a mandar la fragata Casilda (1784), afecta a la división de jabeques del capitán de navío Joaquín de Zayas, reanudando el incesante cruzar contra moros y berberiscos. Más tarde formó parte de la división de Mazarredo quien, embarcado en el San Ildefonso, estaba encargado de realizar el estudio comparativo entre los tipos de construcción inglesa y francesa. Durante las pruebas, a fin de comparar la ligereza del navío capitana y de la Casilda, mandó Mazarredo que se largase toda la vela. Al arreciar el viento el navío lo aguantó bien no así la fragata que se escoró peligrosamente. Todos instaban a Escaño a  que cortase la vela, pero éste, repuso: “Al general le toca mandarlo él lo ha dispuesto y nos mira”. Continuó hasta que se rindió el mastelero mayor, y se terminó la prueba, adrizándose inmediatamente el buque. Terminado este crucero, Mazarredo se dedicó a la reforma de las Ordenanzas Generales de la Armada Naval, llevándose consigo a Escaño (1786), al que le encomendó especialmente el Tratado 3.º, Título 1.º, “Del cargo y obligaciones del comandante de un bajel”, que quedaron recogidas en doscientos dieciséis artículos, de cuya acertada redacción dijo Mazarredo: “es lo más completo de mi obra”. Estuvieron en vigor hasta el último cuarto del siglo xx y sirvieron de modelo a varias marinas. Escaño, en su larga estancia en la Corte, frecuentó los centros de cultura más importantes y cursó estudios de Historia Antigua y Moderna, Química y Botánica en los ratos que le dejaba libre la redacción de las Ordenanzas. Ya de capitán de navío (1789) y antes de terminar la recopilación, tomó el mando del navío Conde de Regla, en el que izaba su insignia Mazarredo como segundo jefe de la escuadra del marqués del Socorro (1790) reunida a causa de la crisis hispanobritánica originada por el incidente de Nutka, pasando luego al San Hermenegildo. Pero al no moverse la escuadra porque se llegó al acuerdo del Escorial, fueron enviados ambos a Madrid a continuar su trabajo (1791).

En junio de 1793, terminado éste y declarada ya la guerra a la República Francesa, se le dio a Escaño el mando del navío San Fulgencio, un navío de sesenta y cuatro cañones para cuyo armamento hubo de luchar mucho en el arsenal de Cartagena por falta de elementos y porque tuvo que dotarlo malamente con gente de levas. Una vez pudo obrar por su cuenta, implantó a bordo la nueva ordenanza. En la bahía de Rosas, el barco se integra en las fuerzas ligeras que debían apoyar al general Ricardos en su campaña del Rosellón y reforzando la dotación con veteranos de los jabeques, mantuvo un arriesgado y constante crucero cerca de la costa hasta la llegada de la escuadra del general Lángara, quien tomó el mando de la fuerza. En esta campaña pudo aplicar sus estudios de química en la lucha contra las calenturas pútridas que azotaban a las dotaciones. (Quadrado de-Roo recoge en su Elogio de Escaño una carta de un general de Marina desconocido que retrata muy bien a éste durante su mando del San Fulgencio.)

Estando Tolón en poder de la escuadra angloespañola, se ordenó al San Fulgencio llevar allí desde Rosas a los regimientos Mallorca e Hibernia con los que el general Ricardos apoyaba a las fuerzas de las escuadras de Lángara y de Hood que defendían aquel puerto contra los revolucionarios franceses. Luego pasó a Génova a hacerse cargo de un convoy de veintidós velas, con el que se remedió mucho la situación de la plaza ya sitiada. Al llegar a Tolón recibió orden de acoderar su navío cerca del arsenal para contribuir a la defensa, pero pronto salió en comisión urgente para Cerdeña en busca de trigo, a pesar del fuerte temporal que se avecinaba. Le cogió éste en el banco de las Casas, y dio balances tan grandes que en uno de ellos pereció el capellán del navío golpeado en las amuradas. Escaño también cayó en el alcázar, siendo arrastrado por un chillerón de municiones. El segundo comandante, para evitar un fatal desenlace, aconsejado por el práctico, decidió arribar a San Eustaquio, pero viendo Escaño —que había ordenado que le subieran a cubierta— que no era de confianza el fondeadero, mandó dar la vela y con gran presencia de ánimo hizo que el barco pasase rascando la restinga de Oristán, a la que lo aconchaba el viento. En Caller (Cerdeña), se presentaron grandes dificultades para obtener las veinte mil fanegas de trigo requeridas. Escaño se presentó en camilla ante el virrey, puesto que no podía moverse. Ante tal espectáculo, el virrey ordenó que se embarcase el trigo. Ya en Tolón, y aún no repuesto de sus lesiones, se le encargó que recorriese las líneas de defensa y diese un informe detallado, informe que no gustó porque no prometía éxitos, y se le mandó llevar a moler a Mahón el trigo que había traído de Cerdeña. En este puerto ordenó alistar socorros para la llegada de los buques de Tolón, cuya retirada preveía, y así sucedió, ya que al iniciarse el año 1794 llegó a Menorca la escuadra española con los fugitivos de aquella plaza. Trasladó luego emigrados a Cartagena.

Ascendió a brigadier por los méritos contraídos en la campaña (1794) y tomó el mando del San Ildefonso, sintiendo dejar el San Fulgencio que había puesto en tan buen estado. Todavía llevó emigrados franceses a Liorna y siguió hasta Gaeta, donde desembarcó tropa napolitana. El embajador de España en Roma, Nicolás de Azara, dijo de Escaño: “El comandante del navío San Ildefonso es una cabeza privilegiada; marino que nada tiene que envidiar al más engreído britano”. Regresó enfermo a Cartagena con la escuadra del general Juan de Lángara, que trajo a España al príncipe heredero de Parma, después rey de Etruria, que había de casar con la infanta María Luisa de Borbón. Dejó el buque y se fue a casa durante seis meses (15 de mayo de 1794). Ya repuesto, pasa a la Mayoría General de la escuadra del Océano, confiada al teniente general Mazarredo (1796), que arbolaba su insignia en el navío Purísima Concepción, fondeado en Cádiz. Más tarde, cuando se le dio a Lángara el mando del Departamento de Cádiz, pasaría Mazarredo a hacerse cargo de la escuadra del Mediterráneo, llevándose consigo a Escaño y al navío Concepción.

La Paz de Basilea (1795) y el posterior Tratado de San Ildefonso (1796) nos vuelven a ligar a Francia; el 6 de octubre España declara la guerra a Inglaterra, quien continúa con su habitual política de hostigamiento los navíos españoles. Escaño, que siguió de mayor general de todas las fuerzas, expuso a Mazarredo el mal estado de los barcos a él confiados, y éste lo elevó al Gobierno. El general y su mayor pusieron en vigor la ordenanza y, con ella, la disciplina, que estaba algo relajada. El nuevo ministro, Pedro Varela, malogró todos aquellos esfuerzos quitándole el mando por considerarle partidario del ministro anterior (18 de agosto de 1796), porque no quiso repetir el informe. Al verse Escaño destinado al Departamento, pidió licencia para ir a los baños de Alhama y terminó el año 1796 entregado al estudio y confección del Diccionario de Marina que redactaba con Churruca de orden superior.

A principios de 1797 se le da el mando del Príncipe de Asturias, un excelente navío de cieno doce cañones; con él participa en el combate del 14 de febrero contra los ingleses mandados por el almirante Jervis, frente al cabo San Vicente, arbolando la insignia del general Juan Joaquín Moreno en la escuadra de José de Córdoba, que navegaba con baja visibilidad y en desorden. El Príncipe se portó eficazmente en el combate, retrasó la progresión de los británicos, salvó a los navíos Santísima Trinidad y Soberano de ser apresados e impidió igualmente que los navíos Concepción y Mejicano fuesen batidos por fuerzas superiores. Se dejó diez muertos y diecinueve heridos en el combate y sufrió considerables averías en el casco y en el aparejo. En el Consejo de Guerra en que se juzgó la acción, sólo se habló de Escaño para alabar su conducta y el buen comportamiento de su barco. Recibiría por ello la Encomienda de Carrizosa de la Orden de Santiago (1799). También recibió de Napoleón, en nombre de la República, un brillante sable y un par de magníficas pistolas de la fábrica de Versalles.

Como consecuencia de este combate fue nombrado para mandar la escuadra el anciano general Borja, pero, por gestiones indirectas de varios mandos prestigiosos, se logró que el Rey designase al fin a Mazarredo y éste, como siempre, consiguió que Escaño embarcase con él de mayor (1 de abril de 1797) y, pocos días después, que tomase el mando del navío Concepción, que era el insignia. Escaño se dispuso a hacer de este barco un modelo como había hecho con los barcos anteriores. Se dedicó también a reorganizar la escuadra y a alistar las embarcaciones de la célebre fuerza sutil con que Mazarredo defendió Cádiz y que sirvió para neutralizar a los navíos ingleses de Nelson que bloqueaban el puerto. Esperaban a los franceses para marchar sobre Menorca en poder de los ingleses.

Cuando la escuadra francesa del almirante Bruix pasó de largo y embocó el estrecho de Gibraltar (12 de mayo de 1799), la española salió de Cádiz en su seguimiento, determinada a emprender en solitario la expedición de Mahón; mas un fuerte temporal que la cogió en el golfo de Vera la obligó a refugiarse en Cartagena para reparar los desperfectos, cosa que se hizo en un mes gracias a la tenacidad del mayor general. Con la llegada de los franceses a esta ciudad un mes más tarde se formó una escuadra combinada que salió con dirección a Cádiz, y de allí dio la vela para Brest, donde fondeó el 9 de agosto, quedando bloqueada por tierra por los realistas vendeanos y por mar por los ingleses. El mando de la escuadra recayó en Gravina al cesar el general Mazarredo por presiones del primer cónsul sobre Carlos IV, a causa de sus discrepancias con el general (1801). Escaño continuó como capitán de bandera y mayor general. Por fin, con la Paz de Amiens (1802), regresa la escuadra a Cádiz, dejando en manos de los franceses dos hermosos barcos de setenta y cuatro cañones, el Conquistador y el Pelayo, elegidos por ellos. Al deponerse a Mazarredo del mando, también se relegó a Escaño al Departamento de Cádiz.

Cesó en el Mediterráneo el ministro Caballero y fue relevado por el general Grandallana, quien, cierto día, se quedó sorprendido cuando el general Gravina lo llevó en presencia del Rey para decir al Monarca: “Señor, me creo obligado a hacer presente a un rey justo la injusticia que se ha cometido con el primer oficial de la Marina española, postergándolo en una promoción que acaba de publicarse; y, sin nombrarlo, V. M. y su ministro conocerán hablo del brigadier Escaño, tan digno de ceñir la faja, por lo que postrado a los reales pies no pido gracia sino justicia”. Dos días después, rayando en los cincuenta años de edad, era promovido a jefe de escuadra (1802). Se le destinó a Ferrol como comandante de los Tercios Navales del Norte (1803) para liquidar las cuentas que tenía atrasadas este Tercio. Allí estuvo hasta febrero de 1805, ya que, al haber declarado la guerra España a Inglaterra el 12 de diciembre pasado, a causa de las acciones ilegales y abusivas de este país, Gravina, nombrado para el mando de la escuadra, pidió llevar con él a Escaño como mayor general, pues conocía su alta competencia. Empezó éste a ejercer sus funciones en Cádiz el 19 de marzo a bordo del navío Trinidad, pasando al día siguiente al Argonauta con su general.

El 9 de abril apareció en Cádiz el vicealmirante Villeneuve con la escuadra francesa procedente de Tolón, levantando el bloqueo, y se incorporó a ella la división de Gravina con los seis mejores navíos españoles y una fragata, ambas escuadras transportando tropas de desembarco. Sale esta escuadra combinada el día 10 y se dirigió a la Martinica fondeando en Fort-Royal el 14 de mayo, atrayendo hacia allí a la escuadra inglesa de Nelson, como estaba previsto, y regresar a Ferrol y a Brest con objeto de hacer posible el proyectado desembarco en Inglaterra. Conquistaron el peñón del Diamante, en poder de los ingleses, y apresaron un convoy de dieciséis velas cerca de la isla Barbada. Al conocer que la escuadra de Nelson le seguía, Villeneuve, de acuerdo con Gravina, determinó regresar a Europa. Salieron el día 9 de junio y al amanecer del 22 de julio, con niebla muy espesa, entablarían combate, poco decisivo, con la escuadra inglesa de Calder a noventa millas al oeste de cabo Finisterre, en el que se perdieron los navíos españoles Firme y San Rafael. Y aunque en Inglaterra se publicó como una victoria, el almirante Calder fue separado del mando y juzgado en Consejo de Guerra. En palabras de Gravina, “el buen orden y disciplina fue debido en gran parte al mayor general Escaño”, de quien hacía particular elogio.

Villeneuve, fondeado en la ría de Ares (Ferrol), tenía orden de dirigirse a Brest, pero el 13 de agosto optó por llevar los barcos a Cádiz, donde entró el 20. Gravina, que tenía el mando de todas las fuerzas navales surtas en el puerto de Cádiz, una vez conocido el parecer de Escaño sobre si atacar a los ingleses que bloqueaban el puerto, o bien esperar su ataque en el fondeadero, le encarga a su mayor el armamento de una fuerza sutil similar a la ya empleada con eficacia en 1797. Pero Napoleón había ordenado a Villeneuve la salida urgente para Tolón, y así la escuadra, después de un borrascoso Consejo de Guerra a bordo del Bucentaure (8 de octubre de 1805), salió a la mar el día 20 con unos buques españoles mal armados y después de una permanencia en puerto de dos meses, para reñir al día siguiente la desgraciada acción del 21 de octubre. Gravina arbolaba su insignia en el Príncipe de Asturias, y en ese buque combatió heroicamente a su lado su mayor general. Le había dado una consigna: “pelear hasta morir”. Escaño le contestó con una sonrisa, y ya sucesor en el mando de esta agrupación, mandó arribar, presentando al enemigo toda la banda con que se rompe el fuego. Al ser herido, el general le dice: “Continuar sin descanso la pelea”; y así se hizo. Poco después recibió Escaño un astillazo en una pierna que le obligó a sentarse. Cuando le advirtieron que le rebosaba la sangre por la caña de la bota, dijo, “no es nada”, y acometido de vómitos cayó desmayado. Fue bajado a la cámara sin sentido por sus ayudantes y, una vez hechas las primeras curas y reanimado, quiso subir de nuevo al alcázar, donde perdió otra vez el conocimiento, que recuperó enseguida. En ese estado llamó a consejo a los comandantes de los navíos que estaban en sus proximidades, como manda la ordenanza, para acordar las medidas necesarias y tratar de socorrer a los navíos naufragados. El Príncipe estaba acribillado a balazos, particularmente en los palos mayor y mesana, y sin jarcias. No cesó el fuego ni se arrió la insignia, circunstancia precisa para rendir un navío. Así logró organizar la retirada de los buques que pudieron hurtarse al desastre y él mismo, tomado a remolque por la fragata Thémis, entrar en Cádiz el día 22 durante la noche con ocho barcos más. Una vez fondeados en el placer de Rota, manda hacer una salida, que se frustra a causa del mal tiempo, y salen de nuevo el 23 para salvar los restos de la escuadra y represar a los que habían quedado en manos de los ingleses. Regresan con el Santa Ana y el Neptuno español. Por estos hechos y en premio por su brillante modo de proceder, Escaño fue promovido a teniente general de la Armada (1805). Fue ésta su última campaña marítima, precisamente en el último gran combate naval de la marina de vela. Continuó desempeñando la mayoría general de la escuadra hasta el 1 de mayo de 1806. Gravina moriría en sus brazos en Cádiz de resultas de sus heridas pronunciando estas palabras: “Mi bastón de mando, aquel que nunca se ha separado de mi lado se entregue en cuanto fallezca, al dignísimo general Escaño, como prueba pública de haberlo empuñado bajo mi nombre”. Por no corresponderle ya el destino, desembarcó del Príncipe de Asturias (9 de mayo de 1806) y pasó al departamento de Cádiz.

Al año siguiente (3 de marzo de 1807), Escaño es designado por Godoy ministro del Consejo Supremo del Almirantazgo recién creado y, al mes siguiente, se le nombra individuo honorario de la Real Academia de la Historia, siendo director de ésta José de Vargas y Ponce. Al estallar el movimiento de independencia de 1808, se negó a jurar al rey intruso y rechazó varios destinos, entre ellos el ofrecido por el general Murat de mandar una escuadra que iba a llevar tropas de Ferrol al Río de la Plata, amenazado éste por una expedición inglesa. Se resistió hasta a los deseos de su maestro y amigo el general Mazarredo, quien marginado por una concatenación de injusticias, había abrazado la causa de José Bonaparte, el cual lo nombró su ministro de Marina.

Los franceses se retiraron de Madrid el 31 de julio y la Junta Central Suprema y Gubernativa del Reino que se instaló el 24 de septiembre en Aranjuez nombró a Escaño secretario de Estado y del Despacho de Guerra (15 de octubre de 1808); con este motivo pasó al Real Sitio y se encargó del Ministerio. En este cargo dio nuevamente pruebas de su gran valía; atendió incansable a todo lo que se refería a la defensa del país que dependiera de la Marina para la seguridad de puertos y costas. Cuando la Junta Central quiso recompensarle por su celo y lo nombró virrey y capitán general de las provincias de Buenos Aires (8 de febrero de 1809), Escaño pidió que se le eximiese de aceptar el cargo por hallarse la nación en peligro, poniéndose a disposición de la Junta, que lo confirmó en el Ministerio.

La “francesada” trajo consigo consecuencias militares y políticas encaminadas al establecimiento de un régimen constitucional en España, y fueron los jefes de la Armada los que influyeron en mayor proporción en el desarrollo de los principales acontecimientos. Entre los hechos políticos, merecen citarse las Regencias. En su composición entraron a formar parte casi siempre —y a veces con mayoría— oficiales de la Armada. Antes de disolverse la Junta Central a causa de las escisiones intestinas, después de la desgraciada batalla de Ocaña, nombra un Consejo de Regencia de España e Indias (29 de enero de 1810), traspasándole todos sus poderes, siendo Escaño uno de los cinco Regentes. A este Consejo se deben importantes medidas para la seguridad nacional y la reunión de las Cortes el 24 de septiembre para que redactaran la Constitución del Reino, urgiendo a éstas que nombrasen Gobierno. Después de pedir cuatro veces la renuncia, los regentes cayeron en desgracia, y estas mismas Cortes que ellos habían convocado, los desterraron, precisando que se trataba de una medida política que no envolvía censura ni punición, obligándoles a abandonar Cádiz y la Isla de León (28 de octubre de 1810). A Escaño se le mandó al reino de Murcia. No obstante, se aplazó indefinidamente la ejecución de esta orden y continuó en Cádiz siguiendo de cerca el desarrollo de los acontecimientos y abandonado por el Tesoro Público. “Todo mi consuelo y esperanza son las Cortes, de quien he sufrido tanto desdén”. En su retiro, continuó sus estudios y se dedicó a escribir sobre las acciones en las que había intervenido. En 1814, conociendo su próximo fin, otorgó testamento. La valiosa colección de instrumentos náuticos que poseía fue repartida entre personas que los apreciasen y los usasen. Murió el 12 de julio de un ataque de apoplejía cuando estaba sentado a la mesa para almorzar; contaba sesenta y un años de edad y llevaba cuarenta y siete de servicio. Aunque algunos dan como fecha de su muerte el día 11, Vargas Ponce, en su Elogio [] (Vargas Ponce, 1962: 114, n. 21), parece sugerir el día 12, y así consta en el acta de defunción.) Fue enterrado el día 13 en el cementerio general de San José de Extramuros. En el nicho se colocó una lápida en la que se esculpieron sus armas y un epitafio de Vargas Ponce: “Aquí yace D. Antonio de Escaño teniente general de Marina. Fue Regente del Reino. Por su valor y afabilidad, ciencia y rectitud, y por su perfecta hombría de bien, grato a todos y dignísimo modelo. Murió de sesenta y tres años, el de 1814. R. I .P. A.” [Hay un error en la edad]. En dos ocasiones posteriores sería cambiado de lugar. En 1978 se dispuso el traslado de sus restos mortales al Panteón de Marinos Ilustres, en San Fernando (Cádiz).

El 15 de julio de 1814 el director general de la Armada traslada a Escaño el nombramiento de capitán general de Cartagena que el Rey se ha servido conferirle, ignorando su defunción. Meses después (10 de enero de 1815), su albacea, el brigadier Ramón de Herrera, recibió del ministro de Marina un oficio pidiéndole la remisión del manuscrito original del Tratado de Táctica Naval de Escaño así como sus opúsculos y toda su obra inédita “para perpetuar la buena memoria del teniente general”, orden que el albacea cumplimentó el día 27 entregando los trece manuscritos que recoge Quadrado De-Roo en su Elogio. En la casa de la calle Medieras de Cartagena, donde nació, puede verse una lápida con la siguiente inscripción: “El 5 de noviembre de 1832 nació en esta casa el gran táctico D. Antonio de Escaño y García de Cáceres, héroe de Trafalgar, tenien te general de la Armada, ministro de Marina, regente de España e Indias, escritor y hombre altamente benéfico. Falleció en Cádiz el 11 [sic] de julio de 814”.

Antonio de Escaño murió soltero. Formado en la escuela de Mazarredo, fue uno de los generales de la Armada Real más preclaros de finales del siglo XVIII. A su clara inteligencia y tenacidad unía una vida austera y de gran desprendimiento. Era gran conocedor de la Historia y experto en organización naval y táctica. De valor probado a bordo de los buques en acciones de guerra, fue el encargado de comunicar al Gobierno y al Rey el resultado del combate de Trafalgar y de rendir los correspondientes partes, tanto a la salida a la mar como a su regreso. En cuanto al combate, escribe, “Estamos firmemente convencidos de que nada nos quedó por hacer; y que, en consecuencia, se salvó el honor” (Gaceta de Madrid, 12 de septiembre de 1805). Junto con Gravina, organizó las fuerzas sutiles para la defensa de Cádiz y de los ataques de los ingleses en los bombardeos del 2 al 5 de julio de 1797. Organizó, asimismo, la defensa de Cádiz frente a la invasión francesa. En 1807 escribió unas ideas sobre la reforma de la Marina, expresando ésta, entre otras: “Qué importa que hayamos construido excelentes navíos y fragatas, si en la parte principal y más importante de la ciencia naval militar hemos adelantado muy poco o, por mejor decir, nada con respecto a nuestros enemigos”. El director de la Academia de la Historia, coetáneo suyo, Martín Fernández de Navarrete, dejó escrito este retrato en su Biblioteca Marítima: “Su índole apacible y atenta sin artificio, aunque de mucha entereza, pero sin acrimonia, en actos del servicio; su pericia facultativa; beneficencia con familias menesterosas siempre que sus recursos y frugalidad le permitían remediarlas; su fineza en la amistad; su moral casi austera; su inmaculada honradez; todo hizo muy sensible el fatal corte de su existencia; todo merecía escribirse y publicarse en loor suyo y para ejemplo e imitación”.


Obras de ~: Ordenanzas generales de la Armada Naval, Madrid, 1793; “Parte de campaña del combate de Trafalgar”, 22 de octubre de 1805, ms. 1770, doc. n.º 5 (Col. doc. González- Aller, Museo Naval (MN), Madrid); Ideas del Excmo. Sr. D. Antonio de Escaño sobre un plan de reforma para la Marina Militar de España. Publícalas en honor de aquel general su ayudante que fue en el Almirantazgo, y actual teniente de navío de la Armada Nacional D. Manuel del Castillo y Castro. Cádiz, imprenta gaditana de D. Esteban Picardo, 1820; Cuaderno de instrucciones y señales de táctica naval y evoluciones en combate, con las que convienen también a escuadrillas y fuerzas sutiles. Con 140 figuras en la primera sección y 220 en la segunda, con su correspondiente explicación, y un apéndice de Principios de táctica, Madrid, 1835 (MN, sig. BMN 1783); Instrucción y señales de Táctica Naval y evoluciones en combate, con las que convienen también a escuadrillas y fuerzas sutiles, Madrid, Imprenta de D. Miguel de Burgos, 1835; “Un relato de Don Antonio de Escaño sobre los sucesos de España (1808-1811)”, en Revista General de Marina (RGM) (Madrid), t. LVIII (marzo de 1961), págs. 315-332.


Fuentes y bibl.: Archivo-Museo Don Álvaro de Bazán, Viso del Marqués (Ciudad Real), Relación de servicios de Escaño, brigadier de la Real Armada [], Sección Cuerpo General, leg. n.º 620/364; Historia de los principales acaecimientos marítimos de la guerra contra la Gran Bretaña declarada en 12 de diciembre de 1804, Madrid, MN, ms. 472; Museo Naval (Madrid), “Memoria sobre la conducta militar de Gravina y Escaño en el combate naval de 21 de octubre de 1805”, 1807, 4 h. de fol, MN, ms. 0148, doc. 014; Provicariato General Castrense, Cuartel General del Ejército, Difuntos, lib. 4.º, años 1801-1814, fol. 292, vuelto y 293 del t. 1958- 58; Servicio Histórico Militar, exp. personal, Secretaría delDespacho y Ministerio de la Guerra, N.º inv. 672, caja E-3, rollo 19. F. de Saavedra, Diario de las operaciones de la Regencia desde el 29 de enero de 1810 hasta el 28 de octubre del mismo año, Madrid, Real Academia de la Historia, 1810 (ms.); J. de la Graviére, Guerres maritimes sous la Repúblique et l’Empire, Paris, Charpentier, 1847; M. Marliani, Combate de Trafalgar (Vindicación de la Armada Española), Madrid, Imprenta y Librería de Matute, 1850; M. Fernández de Navarrete, Biblioteca Marítima Española, t. I, Madrid, Imprenta de la Viuda de Calero, 1851; F. de P. Quadrado de-Roo, Elogio del general Escaño, Madrid, Imprenta de la Real Academia de la Historia, a cargo de José Rodríguez, 1852; “Un relato de D. Antonio de Escaño sobre los sucesos de España (1808-1811)”, en RGM, t. CLX (febrero de 1961), págs. 0315-0332; P. Alcalá Galiano, “Gravina y Escaño”, en RGM, t. 108 (enero de 1931), págs. 5-16; J. de Vargas y Ponce, Elogio histórico de D. Antonio de Escaño, pról. de J. F. Guillén, Madrid, Revista General de Marina, 1962 (3.ª ed.) (Biblioteca de Camarote, 31); C. Fernández Duro, Armada Española desde la unión de los reinos de Castilla y de Aragón, t. VIII, Madrid, Museo Naval, 1973, págs. 309-312 (reimpr. de la 1.ª ed. de 1895- 1903); C. Martínez-Valverde, “Escaño”, en RGM, t. 193 (noviembre de 1977), págs. 469-501; A. M. Vigón Sánchez, Colección  Antonio de Mazarredo, Madrid, Museo Naval, 1987; J. M. Blanca Carlier, “Escaño en Cádiz”, en RGM, t. 196 (enero de 1979), págs. 43-48; J. A. G ómez Vizcaíno, Antonio de Escaño y García de Cáceres (1752-1814): teniente general de la Real Armada y regente de España, Cartagena, Fundación Emma Egea, 2000; J. I . G onzález-Aller Hierro, La campaña de Trafalgar (1804-1805). Corpus Documental, Madrid, Ministerio de Defensa-Armada Española, Caro, 2004.


 

Imagen CC Wikimedia Commons. Retrato de Antonio de Escaño. Copia de un original desconocido, pintado en 1850 por José Sánchez. 

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