Biografía escrita por Benito Madariaga de la Campa, académico correspondiente de la Real Academia de la Historia, ex presidente de la Sociedad Menéndez Pelayo, Galdosiano de Honor (2001) y Medalla de Honor de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (2004), es especialista en literatura española del siglo XIX y autor de José María de Pereda: biografía de un novelista (1991) y Menéndez Pelayo, Pereda y Galdós: ejemplo de una amistad (1984).


José María de Pereda y Sánchez de Porrúa. Costumbrista y novelista.

Polanco (Cantabria), 6.II.1833 – Santander, 1.III.1906.

Fueron sus padres Juan Francisco de Pereda y Fernández de Haro (1786-1862) y Bárbara Sánchez de Porrúa y Fernández de Castro (1787-1855), naturales, respectivamente, de las poblaciones cántabras Polanco y Comillas. Contrajeron matrimonio el 17 de septiembre de 1803, y tuvieron una larga descendencia. La madre procedía de una familia comillana de renombre y el padre, dedicado a las faenas del campo y la ganadería, contaba entre sus ascendentes directos y colaterales con miembros del Tribunal de la Inquisición y familiares del Santo Oficio. Su hijo mayor, Juan Agapito (1804-1870), emigró a Cuba en 1822, donde se dedicó a los negocios y regresó en 1854 con una gran fortuna. Fue el protector de la familia y el mentor de su hermano menor José María. Por consejo suyo, los padres se trasladaron en 1843 a vivir a Santander a la Cuesta del Hospital, calle próxima a los barrios de pescadores, cuya población de mareantes le sirvió al novelista de fuente de inspiración de algunos de sus escritos.

En el Instituto de Enseñanza Media de la ciudad cursó el bachillerato de Filosofía, que inició en el curso 1844-1845 y que constaba de cinco años más un preparatorio. En el otoño de 1852, se trasladó a Madrid para preparar el ingreso en la Academia de Artillería de Segovia, pero su preferencia por asistir al teatro, a las tertulias del café “La Esmeralda” y a los bailes de Capellanes le hicieron perder ese curso y dejar los estudios para los que —como él diría años después— no tenía vocación. Sin embargo, escribió entonces una comedia titulada La fortuna de un sombrero (1854), que no llegó a editar ni a representar.

De regreso a Santander, su fracaso estudiantil, la muerte de su madre en 1855 y el haber contraído el cólera, le hicieron caer en una crisis de melancolía que aconsejó su traslado por unos meses a Andalucía en 1857. A su vuelta a Santander, publicó su primer artículo el 28 de febrero de 1858 en el periódico semanal santanderino La Abeja Montañesa, donde colaboró con artículos de carácter costumbrista, de crítica teatral y de temas locales.

De 1861 a 1866 estrenó diversas piezas de teatro ligero y musical que publicó en 1869, en una corta tirada, con el título de Ensayos dramáticos. En el verano de 1861 formó parte de la Comisión que organizó diversos festejos locales en honor de la reina Isabel II, cuando todavía no se había declarado carlista.

La obra primera que dio a conocer su nombre fue Escenas montañesas, Colección de bosquejos de costumbres tomados del natural, libro de cuatrocientas páginas formado por colaboraciones en prosa y en verso, que se editó en 1864, con un prólogo de Antonio Trueba. Fue publicado a expensas de autor por S. Martín y Juvera, gracias a la gestión y sugerencia de su hermano Juan Agapito. En esas Navidades, realizó un viaje por unos días a París, cuyas curiosas impresiones publicó en carta dirigida a su amigo Eduardo Bustillo. A partir de este año, comenzó a publicar cuadros costumbristas en El Museo Universal de Madrid y figuró, ya en 1866, junto a prestigiosos autores, en el libro Escenas de la vida con el relato de la emigración titulado “A las indias”.

En 1858 fue cofundador del periódico novenario local El Tío Cayetano, en cuya primera etapa hasta febrero de 1859 publicó reseñas de teatro, notas diversas y artículos y cuadros de costumbres, algunos de los cuales, como “Las visitas”, “El jándalo” o “El trovador” pasaron luego a Escenas montañesas. En una segunda época del periódico, en los años 1868-1869, marcada por un carácter de crítica política opuesta a la Revolución de 1868, colaboraron con él destacados carlistas locales. Ya para entonces, Pereda se declaró partidario del carlismo, al que se vinculó oficialmente en 1870 como vocal de la Junta Provincial Católico- Monárquica de Santander, de la que formó también parte su otro hermano Manuel Bartolomé, que ostentó la vicepresidencia. En este año, colaboró en tres números del periódico local La Monarquía Tradicional. Su padre tuvo esa misma ideología, aunque no participara políticamente.

En 1869 contrajo matrimonio con Diodora de la Revilla, con la que tuvo ocho hijos, aunque sobrevivieron cuatro. Al año siguiente, en que murió su hermano mayor, viajó a Vevey (Suiza) para entrevistarse con el pretendiente al Trono don Carlos de Borbón. Su presentación como candidato a Cortes por el partido y por el distrito electoral de Cabuérniga (Cantabria), le obligó a visitar a los principales caciques de la región y a las familias tradicionalistas, que le ayudaron a obtener el acta de diputado en 1871, en la primera legislatura de Amadeo de Saboya. En este año publicó su segundo libro, Tipos y paisajes, y fue nombrado académico correspondiente de la Real Academia Española.

Al ser disueltas las Cortes, regresó a Santander y retornó al taller de escritor gracias al estímulo de sus amigos Marcelino Menéndez Pelayo y Gumersindo Laverde. La aparición en 1876 de Bocetos al temple, así como la reedición, modificada en parte, de Escenas y la publicación de Tipos trashumantes en 1877, le animaron a escribir de inmediato una novela, pues ya tenía un precedente de novela corta en algunas de las piezas publicadas, como “La mujer del César”, “Los hombres de pro” y “Oros son triunfos”, incluidas en Bocetos. Tipos trashumantes, de carácter costumbrista, recoge y describe los visitantes del Santander veraniego, libro demasiado crítico para estos forasteros, lo que ocasionaría una pequeña polémica provinciana en la que intervino Marcelino Menéndez Pelayo en defensa del autor por uno de los cuadros donde se ridiculizaba a un supuesto “sabio” krausista.

Ese paso a la novela, que le parece a Pereda difícil, le dio en 1878 con El buey sueltoCuadros edificantes de la vida de un solterón, en la que el autor insiste en ciertas ideas suyas sobre la mujer, el matrimonio, el amor y la soltería, y a la que la crítica, encabezada por Clarín, trató desfavorablemente. Los dos libros siguientes de 1879 y 1880 son dos novelas de tesis, Don Gonzalo González de la Gonzalera y De tal palo tal astilla, de intención política y moral, respectivamente, en las que el lector advierte enseguida la intención ideológica del autor, nada proclive al pensamiento liberal. De “Los hombres de pro” y de Don Gonzalo diría Galdós que eran “modelos de novela política” cruelmente sarcásticas. Ya asentado como novelista, no rompió del todo con el costumbrismo y publicó en 1881 Esbozos y rasguños, con cuadros de la vida local.

Su amigo Pérez Galdós, veraneante en Santander desde 1871, le prologó en 1882 El sabor de la tierruca, idilio campestre de ambiente y paisajes inspirados en el entorno de Cumbrales, nombre supuesto de su pueblo de Polanco, obra que provocó una polémica entre Menéndez Pelayo y Clarín por sus diferentes opiniones críticas. Su siguiente producción fue la novela Pedro Sánchez (1883), ambientada en Madrid y con bastantes datos autobiográficos. Recibió una generalizada crítica favorable por parte de primeras figuras, como Menéndez Pelayo, Emilia Pardo Bazán, Pérez Galdós y Clarín. Basándose en unos supuestos apuntes, el narrador cuenta la vida en Madrid del protagonista, primero con el triunfo en la política y después con el fracaso, incluso amoroso. En la novela se narra la revolución de 1854 que estuvo a punto de costarle la vida al autor. Es Pedro Sánchez un relato de aprendizaje y de retorno del protagonista al lugar de origen —aquí, su primitivo medio rural— que para algunos críticos semejaba un Episodio Nacional perediano.

Quizá la novela que suscitó mayor interés en Cantabria, sobre todo en Santander, fue Sotileza (1885), gracias al fiel retrato que hizo de la población mareante, con recuerdos de su niñez, dentro de un idilio de la protagonista con diferentes pretendientes y un final trágico de galerna marinera. Menéndez Pelayo le escribió una carta (4 de marzo de 1885) en la que hacía los mayores elogios de esta “novela admirable” que, a su juicio, era hasta ese momento la mejor obra suya, sin precedente en ese tema en la literatura castellana y que calificó de “epopeya marítima”. Pereda recibió con este motivo homenajes y sus amigos le regalaron el cuadro Jesús y adentro!, de Fernando Pérez del Camino, inspirado en la citada galerna, cuadro que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Santander. Este año, en representación de los escritores costumbristas, descubrió en Madrid una placa conmemorativa en honor de Mesonero Romanos, en el homenaje que le rindió la Sociedad de Escritores y Artistas. Como descanso, después del éxito de la novela, realizó, en compañía de Pérez Galdós, un viaje a Portugal en el que visitaron Lisboa, Cintra, Coímbra y Oporto, cuyas impresiones, curiosamente, fueron muy opuestas en cada uno de ellos, negativas en Pereda. De aquí pasó a Oviedo, donde saludó a Clarín, le fueron presentados intelectuales y escritores, fue recibido en la Universidad en un brillante acto académico y conoció diversas localidades asturianas.

Pereda, después de escribir una novela tan santanderina como Sotileza, creó otra de ambiente diferente, fuera del reducto local en el que se movían los personajes de casi todas las anteriores: La Montálvez (1888), donde pretende describir la vida de la alta sociedad madrileña con duras críticas a los vicios de una burguesía que, desde luego, no conocía Pereda. Y éste fue el motivo de las objeciones más unánimes a la nueva novela, aparte de que cierto sector de la crítica la considerara naturalista e inmoral. En este sentido se definieron autores como Luis Vidart, A. Rubió y Lluch e, incluso, Cánovas del Castillo. El triángulo amoroso de Verónica Montálvez y la caída de la protagonista en el adulterio motivó varias polémicas, aunque su autor dijera que su intención no había sido hacer una obra “tendenciosa”.  Los ataques de algunos escritores y amigos (entre ellos, Amós y Agabio Escalante) sumió sumieron a Pereda en una preocupación agravada por escrúpulos y dudas morales que le obligaron a pedir su opinión al padre Luis Coloma, quien defendió el propósito aleccionador de La Montálvez. Aunque pudo ser una buena novela, la clara intencionalidad ideológica del autor y la exageración de la censura de aquella sociedad la limitaron a ser una muestra más de su ingenio, ya que, como diría al respecto Galdós, las “transgresiones de la moral” se daban también en las clases medias y quizá más en las humildes.

Al año siguiente retornó Pereda a sus temas locales preferidos y que conocía bien. Así, La puchera, novela regional y costumbrista, fue considerada por los críticos como una de las mejores que había escrito Pereda, ambientada en Robleces, supuesto pueblo inspirado en su entorno nativo. No faltaban en ella el idilio y el ambiente campesino y costeño, así como la caricatura magistral de algunos personajes, como el del ex seminarista Marcones o el de la Galusa, que recuerdan un aguafuerte goyesco. Como en otras novelas suyas, hay una dicotomía de los personajes, riqueza de diálogo. En esta ocasión no hubo opiniones desfavorables ni objeciones y sí un común elogio. Emilia Pardo Bazán la consideró la mejor de las novelas de Pereda.

En 1890 intervino, con el cuento “Cutres”, bello y nostálgico recuerdo del oficio de la carretería, en el libro De Cantabria. Pereda decidió presentarse al año siguiente a senador por la Real Sociedad Económica de León, en cuya candidatura tuvo como contrincante a Montero Ríos. Pese a que viajó a Madrid, Palencia y León en busca de los votos, no salió elegido en esta ocasión.

En 1891 publicó dos novelas: Nubes de estío y Al primer vuelo. La primera es típicamente santanderina por el ambiente y en ella se hacía una crítica, enmascarada, de la sociedad mercantil con nombres supuestos, e incluso a la prensa y a los veraneantes madrileños. En el capítulo titulado “Palique” salió en defensa de los libros y escritores provincianos que, a veces, eran relegados injustamente por los críticos de Madrid. Emilia Pardo Bazán respondió, en un artículo en El Imparcial el 9 de febrero, a los que llamaba “resquemores” de Pereda, por la censura que hacía a la alta y adinerada sociedad de la capital, comentario al que en el mismo periódico contestó el día 21 el novelista de Polanco con otro titulado “Los Comezones de la señora Pardo Bazán”, lo que provocó la ruptura amistosa entre ambos.

La segunda novela, Al primer vuelo, fue escrita por encargo de la editorial catalana Henrich y Compañía y llevaba ilustraciones de Apeles Mestres. Recoge los amores entre dos primos, pero ella, Nieves, se siente atraída por su amigo Leto, que la salva de perecer ahogada. Aparece en ella la pintura del ambiente náutico y la maledicencia provinciana. Esta vez no hubo polémicas, aunque sí críticas solapadas sobre los males crónicos de la entonces provincia de Santander.

En 1892, invitado por los escritores catalanes, a raíz de la defensa que hizo de la expresión literaria en esta lengua, se trasladó a Cataluña como mantenedor de los Juegos Florales. Aquí y en otros escritos suyos, Pereda defendió la descentralización regional en unos términos afines a sus ideas carlistas: mantenimiento de los bienes comunales, de las ordenanzas y tradiciones y de la libertad de los concejos, así como un mayor respeto a los usos y costumbres y a la fisonomía propia de cada comarca. De este regionalismo dijo Roca en La Vanguardia (1891) que tenía más de literario que de político.

Ya para entonces, desde 1891, Pereda tenía previsto escribir una novela sobre la alta montaña que, como diría más tarde, le faltaba para completar los temas del costumbrismo y del paisaje de Cantabria, y así comenzó en 1893 Peñas arriba. Fue una obra de elaboración lenta que se vio interrumpida por el suicidio de su hijo mayor de veintitrés años, ocurrido en septiembre de 1893 durante un estado depresivo. La muerte del hijo le sumió en una profunda postración y desánimo. A duras penas, logró terminar la novela en diciembre de 1894. Aunque no conocía bien el lugar del puerto de alta montaña que describe, logró reflejar acertadamente el paisaje del entorno. Se sirve de un argumento que puede incluirse dentro de la tradición literaria del regreso a la tierra nativa, en oposición a la ciudad. La novela transcurre en el pueblo remoto de Tablanca, sin grandes complicaciones, al amparo patriarcal de don Celso. Menéndez Pelayo dijo de Peñas arriba que era una colección admirable de paisajes entre los más originales de España, que comparaba con los descritos por Walter Scott. José María de Cossío y Azorín alabaron después esta novela que, en vida del autor, fue acogida con las mayores alabanzas de la crítica y logró un gran éxito de ventas.

La que puede considerarse última producción de Pereda fue el cuento largo titulado Pachín González (1896), basado en la insistente búsqueda que un niño hace de su madre, que habría podido morir a causa de la explosión del vapor Cabo Machichaco, cargado de dinamita y atracado en el muelle de Santander. El suceso histórico, que presenció el autor, data del 3 de noviembre de 1893 y ocasionó numerosas víctimas y la destrucción de una parte de la ciudad.

En el escritor de Polanco, los argumentos son parecidos en gran parte de sus novelas y buscan en el desenlace un fin moralizador. El malo no gana nunca en las obras de Pereda. Sus personajes están ya retratados y predestinados desde el principio de una manera maniquea. Sin embargo, dominó el diálogo y figura entre los precursores del lenguaje popular y regional y del paisajismo, con abundantes elementos costumbristas.

En 1896 fue propuesto en la Real Academia Española en la que, el 21 de febrero de 1897, pronunció su discurso de ingreso sobre la novela regional, contestado por Pérez Galdós, quien le puso algunos reparos al tema, ya que, como dijo allí, “todos somos regionalistas, aunque con menos fuerza que Pereda, porque todos trabajamos en algún rincón, digámoslo así, más o menos espacioso de la tierra española”. A su juicio, la metrópoli era región y por ello opinaba su compañero canario que se podían imaginar y componer obras trascendentales en cualquier parte del territorio y que por esta razón no se debía regatear el sentido nacional a las creaciones. La contestación de Galdós en la Academia fue, además, un ejemplo de amistad y tolerancia entre unos amigos discrepantes en diversos aspectos de sus respectivas ideologías políticas y religiosas. Si bien Pereda aprobó el regionalismo literario, no fue de su gusto el modernismo, por el que no sintió ningún interés ni llegó a comprenderlo. Por su parte, los modernistas y los representantes de las nuevas generaciones literarias, de finales y principio de siglo, no se interesaron por su obra.

La revista Nuevo Mundo le dedicó el 4 de marzo una página entera del acto con un grabado de E. Porset y el pintor gallego Joaquín Vaamonde Cornide le hizo al pastel ese año uno de sus mejores retratos.

Todavía colaboró Pereda en el semanario Apuntes (1896-1897), dirigido por el arquitecto Félix de la Torre, donde publicó en los ocho primeros números el cuadro titulado “Las brujas”, de Tipos y paisajes, ilustrado por Sorolla con cinco dibujos al óleo, que no pudo terminar a causa de una enfermedad, por lo que fueron continuados por su discípulo Teodoro Andréu. Su desánimo se lo describía así el montañés a Galdós, en noviembre de 1898: “Me asombra esa fecundidad que ya le tiene con el tercer tomo entre manos. Bien sé yo quien, entre tanto, no encuentra la manera de poner una mala quilla en los vecinos astilleros de su pobre chirumen”. Al año siguiente en carta a Narciso Oller le decía en términos parecidos: “¡Dichoso usted que trabaja y produce y vive todavía en las altas regiones del arte! Nunca me han parecido más hermosas que ahora, que las voy perdiendo de vista, no sé si porque se me han cerrado sus puertas, o porque me faltan ya los alientos necesarios para llegar hasta ellas”. En ese mismo año escribió la narración corta “El reo de P” [Potes], basada en un hecho real. En abril realizó un viaje a Madrid. En la que se puede llamar última etapa de su vida, se intentó llevar al teatro algunas de sus obras más conocidas y así se representó en el verano de 1900, ajena a su autoría, “La leva” en el Teatro de la Zarzuela de Madrid. Luis Ruiz Contreras pretendió hacer lo mismo con La puchera, pero el autor no se atrevió a autorizar el ensayo, aún contando con su propia colaboración, ante un posible fracaso. Iniciado el nuevo siglo, Eusebio Sierra escribió el libreto de la zarzuela Blasones y talegas, con música del maestro Chapí, que no tuvo éxito.

En 1900 publicó dos artículos, uno de ellos “De mis recuerdos”, en El Lábaro, donde describe una de las escenas habituales de la Semana Santa de su pueblo, y el otro, titulado “La lima de los deseos”, en la revista Hispania, cuenta el declinar de la vida y hace un repaso de las edades del hombre y los insaciables deseos que persigue durante toda su vida. Aquí se muestra, una vez más, refractario a la teoría del darwinismo refiriéndose negativamente a “los sabios que han dado en engreírse con su ilustre progenie de gorilas y chimpancés”.

Un ataque apoplético que le dejó paralítico del lado izquierdo en la primavera 1904 le impidió valerse con normalidad. Al año siguiente declaró sus últimas voluntades y fue visitado por Azorín. Presintiendo su final, Victoriano Suárez le editó el tomo XVII de sus obras completas y el 1 de marzo de 1906 fallecía cristianamente como había vivido.

Dejó inconclusa la novela Hero y Leandro, cuyas páginas se publicaron en diversas revistas y boletines. Su obra suscitó, después de su muerte, el que muchos de sus admiradores le imitaran con cuadros costumbristas y novelas regionales. Entre ellos habría que citar a los escritores cántabros Delfín Fernández y González, Demetrio Duque y Merino, Domingo Cuevas, Fernando Pérez del Camino, Eduardo de Huidobro, Pascual del Riesgo y, sobre todo, los hispanoamericanos Carlos María Ocantos y el argentino Gustavo Martínez Zubiría, más conocido por el pseudónimo de “Hugo Wast”, al que se llamó el Pereda americano.


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