Gertrudis-Gomez-de-AvellanedaBiografía escrita por Luz María Jiménez Faro. Fundadora y Directora de Ediciones Torremozas (editorial especializada en literatura escrita por mujeres). Autora de la biografía Gertrudis Gómez de Avellaneda, la dolorida pasión (1999).


Gertrudis Gómez de Avellaneda,  La Peregrina.  Escritora.

Camagüey (antes, Puerto Príncipe) (Cuba), 23.III.1814 – Madrid, 1.II.1873.

Su padre, Manuel Gómez de Avellaneda, sevillano, era capitán de navío, y su madre, Francisca de Arteagay Betancurt, criolla, descendiente de una de las familias más ricas de la isla, con grandes propiedades de tierras y esclavos. Siendo niña quedó huérfana de padre, y su madre se casó de nuevo en 1823 con Gaspar Escalada y López de la Peña, con el que nunca simpatizó Gertrudis. La juventud burguesa de la isla era aficionada a la lectura, especialmente de los autores franceses, y así lo fue la Avellaneda, aunque entre sus escritores predilectos guardará una especial devoción al gran poeta cubano José María Heredia, dedicándole a su muerte un sentido poema.

Desde niña Gertrudis escribió, y a los doce años ya tenía una novela de “fantasmas”. Preocupaba un poco a la familia el mundo fantástico e imaginativo de la muchacha, y su padrastro decidió prometerla en matrimonio con un pariente suyo, muy rico y mucho mayor que ella. Aceptó por obediencia y porque veía lejana la fecha de la boda, pero su primer amor sería un elegante joven de apellido Loynaz por el que, en vísperas de su matrimonio, abandonó su casa para ir a refugiarse en la de su abuelo, quien no supo comprenderla ni perdonarle el gran escándalo que desató este incidente dentro de una sociedad isleña llena de prejuicios e hipocresía. Ante esta situación decidió la familia venir a España, zarpando en la fragata Bellocham, de la bahía de Santiago de Cuba (9 de abril de 1836). El ritmo de las olas acompañaría no solamente la tristeza del desgajamiento de su querida Cuba, sino también las nuevas ilusiones de Gertrudis, haciendo realidad el sueño de conocer la tierra de su padre. Ese momento quedó plasmado en su soneto “Al partir”, que figuró en su primer libro.

Cuando la familia llegó a España fijó su residencia en La Coruña. Gertrudis vivía en un ambiente nostálgico y triste, y se enamoró intensamente de Francisco Ricafort, con el que decidió casarse. Varias circunstancias hicieron imposible este matrimonio: a él le asustaba una mujer tan inteligente. A ella le negó su padrastro la herencia que le correspondía y, además, el padre de Francisco, por razones profesionales, marchó de La Coruña y el hijo le acompañó. Se sentía Gertrudis presionada y triste, e ideó una nueva huida. Con su hermano Manuel, al que quería con locura, y que siempre estuvo cerca de ella, viajó a Sevilla, viviendo durante algún tiempo en la casa solariega de los Gómez de Avellaneda, en Constantina de la Sierra. Era feliz rodeada del cariño de la familia de su padre, pero su tío Felipe y su hermano Manuel intentaron casarla con “un buen partido”, y Gertrudis huyó una vez más, instalándose en Sevilla.

Deslumbraba en esta ciudad la belleza de “la divina Tula” —así la llamaban cariñosamente— y fue allí donde comenzó a colaborar en periódicos bajo el seudónimo de La Peregrina. Escribía mucho, leía y tradujo a Lamartine, Victor Hugo, y a otros autores, pero el amor desbordaba siempre el corazón de esta mujer apasionada y vitalista. Después de un romance con el joven Antonio Méndez Vigo, que la amenazó con suicidarse si no era correspondido, encontró al gran amor de su vida: Ignacio de Cepeda, guapo y rico señorito andaluz, estudiante de Leyes, a quien más le gustaba dejarse querer que comprometerse en una relación seria, y que después del amor vivido y de varios años de relación epistolar, se casó con otra mujer, María de Córdova y Goventes. Ignacio de Cepeda era hombre tibio que se asustaba de la pasión de la Avellaneda, llegando a prohibirle que empleara “el lenguaje del corazón” y “las expresiones que conmuevan demasiado”.

La correspondencia amorosa con Ignacio de Cepeda es apasionada y apasionante. Cartas llenas de un amor entregado y total que alimentaban la vanidad de Cepeda al tener el amor de una de las mujeres más bellas y admiradas del momento. Ignacio no cumplió la promesa de quemar todas aquellas cartas y, muertos los dos, se publicaron a expensas de la viuda de Cepeda (1907), quizá como la única victoria que pudo tener frente a la Avellaneda; pero consiguió el efecto contrario, pues a través de ellas se pudo tener una visión más completa del espíritu de entrega en el amor de esta mujer excepcional. Ramón Gómez de la Serna, en pocas palabras, trazó el perfil de Cepeda: “Hombre de mecedora y sonrisa, que se va a dejar querer pero que no tiene la heroicidad para atreverse a llevar en vilo por la vida a tan encantadora mujer”.

Había destacado ya en Sevilla como escritora, cuando se trasladó a Madrid. En una sesión matinal del Ateneo leyó José Zorrilla unos versos de Gertrudis que fueron del agrado de los asistentes y que le valieron ser acogida en el mundillo literario con entusiasmo. Zorrilla contaba que era “hermosa, de gran estatura, de esculturales contornos, de bien modelados brazos, su cabeza coronada de castaños y abundantes rizos, y gallardamente colocados sobre sus hombros. Su voz era dulce, suave y femenina; sus movimientos lánguidos y mesurados y la acción de sus manos delicada y flexible; pero sus serenos ojos azules, su escritura briosamente tendida sobre el papel y los pensamientos varoniles de los vigorosos versos con que demostró su ingenio, revelaban algo viril y fuerte en el espíritu encerrado dentro de aquella voluptuosa encarnación pueril. Nada había de áspero, anguloso, de masculino en fin, en aquel cuerpo de mujer, y de mujer atractiva: ni la coloración subida de la piel, ni la espesura excesiva de las cejas, ni bozo que sombreara su fresca boca, ni brusquedad en sus maneras. Era una mujer hermosa […]”.

Su belleza y su enorme talento lograron que se pusiera de moda. En 1841 editó Poesías, con un prólogo de Juan Nicasio Gallego. Estrenó dramas y publicó varias novelas, entre las que se citan Dos mujeres y Sab, con enorme éxito.

En este ambiente literario tan favorable y aunque desengañada del amor, no tardó en entablar relación con el poeta, también sevillano, Gabriel García Tassara, en 1844. Sabía Gertrudis que aquel hombre no sería capaz de amarla, y mucho menos con la intensidad con que ella se entregaba al amor, pero se sentía arrastrada hacia él. Celos, reproches, reconciliaciones y desencantos hicieron que esta tormentosa relación fuera un verdadero desastre. A los pocos meses Gertrudis quedó embarazada y le escribió una carta llena de angustia solicitándole una entrevista. No acudió él a esta llamada, ni a otras, sin duda queriendo eludir la posibilidad de casarse con ella, dado su carácter libertino y su escasa condición moral. Nació una niña de delicada salud, que padecía ataques de eclampsia. Es emocionante y doloroso comprobar la lucha de la Avellaneda para que el padre reconociera a la hija, que pronto murió. Tampoco en tan difíciles momentos acudió para acompañarla en su dolor.

El episodio de Tassara en la vida de Gertrudis enfrió un poco la estima en que el Madrid social y literario la tenía. Descorazonada, decidió contraer matrimonio con Pedro Sabater (1846). No hubo engaño por parte de ninguno de los dos. él conocía perfectamente la vida amorosa de Tula y estaba perdidamente enamorado de ella. Ella sabía que él tenía una enfermedad incurable de laringe, pero encontró la comprensión y el apoyo necesarios en un momento tan delicado de su vida. Le ofreció amistad, respeto y ternura, que él aceptó, como hombre enamorado, con enorme alegría.

Se puede seguir perfectamente la vida de la Avellaneda a través de su obra. Sus composiciones tienen un gran sentido del ritmo, con un manejo extraordinario de la métrica, siendo la forma del octosílabo y el endecasílabo de su predilección. Fue una precursora del Modernismo, atreviéndose con combinaciones desusadas e incorporando versos de nueve, doce y trece sílabas. Reunía un profundo conocimiento de la técnica con una vehemente inspiración nacida del sentimiento que dio como resultado una poesía de conmoción.

A los dos meses de la boda murió en Burdeos Pedro Sabater (volvían a España desde París, donde le habían practicado una intervención quirúrgica). Tras la muerte de su esposo, del que guardó siempre un grato recuerdo, ingresó en Burdeos en el convento de Nuestra Señora de Loreto, tratando de dar paz a su espíritu y allí escribió composiciones de tono y tema religioso. Había quedado Gertrudis en una posición económica desahogada, y su momento literario volvía a ser muy bueno y con una independencia muy deseada.

Es verdaderamente curioso que tanto a Ignacio de Cepeda —que murió colmado de honores—, como a Tassara —poeta destacado en su momento—, tan sólo se les recuerde hoy por su vinculación con la Avellaneda.

En 1855 contrajo un nuevo matrimonio, esta vez con el coronel de Infantería Domingo Verdugo. Tres años después estrenó en Madrid con enorme éxito su obra dramática Baltasar. Los periódicos le dedicaron grandes elogios y la reina Isabel II le regaló un brazalete de brillantes, pero poco después todo se vio empañado porque un reventador profesional echó un gato al escenario del teatro Novedades en plena representación, provocando risas y alboroto, aunque reaccionó el público con un gran aplauso. A los pocos días se encontró Domingo en la calle con el causante del incidente, y en la acalorada discusión, desenvainó éste un bastón de estoque y atravesó el pecho a Domingo Verdugo, causándole una herida gravísima. Se quejó Gertrudis a la Reina y ésta pidió al general Serrano que fueran enviados a Cuba los esposos, él como gobernador de la isla, esperando que un cambio de clima favoreciera su salud.

La llegada de la Avellaneda a Cuba fue apoteósica y le produjo una gran emoción que plasmó en poemas con cadencia cubana. El Liceo de La Habana celebró en el teatro del Gran Tacón el acto de la “Coronación Pública” de la poetisa (27 de enero de 1860). En el acto se ofreció a la escritora un concierto, y una corona de laurel de oro. Visitó también Puerto Príncipe, Matanzas, Cienfuegos, Sagua y otras muchas provincias y en todas encontró el calor y el homenaje de sus gentes. La muerte del esposo (1854) ensombreció de nuevo su vida y decidió volver a España, animada también por su hermano Manuel, tan amado por ella, viajando antes por Estados Unidos. Visitó la tumba de Washington y las cataratas del Niágara, que era una forma de rendir homenaje a los versos de su siempre admirado Heredia. En Nueva York embarcó hacia España, fijando primero su residencia en Sevilla, e instalándose definitivamente en Madrid, que no tenía para ella, mujer enlutada y triste, el ambiente de antes. Le quedaban pocos amigos y los sobrinos procuraron alejar las visitas de su tía rica y casi ciega. Murió en su casa de la calle Ferraz sin haber cumplido su sueño de entrar en la Real Academia Española, a pesar de su denodada lucha por su pretendida candidatura que no solamente fue rechazada, sino que fue atacada de manera cruel, incluso con versos obscenos del peor gusto. Pero un corazón tan desbordado tuvo también un gesto de generosidad; en su testamento, que es de por sí una pieza literaria, dice en su apartado 19: “Dono la propiedad de todas mis obras literarias que me pertenezcan, a la Real Academia de la Lengua, en testimonio de aprecio y rogando a mis albaceas que, al poner en conocimiento de la ilustre Corporación esta donación mía, expresen mi sincero deseo de que me perdonen sus dignos miembros las ligerezas e injusticias en que pude incurrir, resentida, cuando acordó la Academia, hace algunos años, no admitir en su seno a ningún individuo de mi sexo”.

Desde ese oscuro laberinto que fueron sus avatares amorosos, de su pasión desmedida por la vida y la palabra, de una poesía nacida de raíz veraz, de su prosa llena de fuerza e inteligencia, esta mujer de tan apasionante personalidad salió vencedora de la destrucción y el olvido. Su corazón, su desmedido corazón, la redimió de la indiferencia. Ese corazón al que ella hizo exclamar: “¡Con mi solo poder, haré, si quiero, / Mudar de rumbo al céfiro ligero / Y arder al mármol frío!”.


Obras de ~: Poesías de la señorita doña Gertrudis Gómez de Avellaneda, Madrid, Est. Tipográfico, Calle del Sordo, 26, 1841 (Poesías y epistolario de amor y de amistad, ed. de E. Catena, Madrid, Castalia, 1989); Sab, Madrid, Imprenta Calle del Barco, 26, 1841 [Barcelona, Orbis, 1989; ed. de L. Martul Tobío, Lewiston, E. Mellen Press, 1993; ed. de C. Davies, Manchester, University Press, 2001; ed. de C. Bravo-Villasante, Madrid, Cátedra, 2003; Sab and Autobiograpy, ed. de N. M. Scott, Austin (Texas), University Press, 1993]; Dos mujeres, Madrid, Gabinete Literario, 1842-1843 (ed. de A. Arrufat, La Habana, Letras Cubanas, 2000); La baronesa de Joux, La Habana, La Prensa, 1844; Espatolino, La Habana, La Prensa, 1844; El Príncipe de Viana, Madrid, Imprenta José Repullés, 1844; Egilona, Madrid, Imprenta José Repullés, 1845; Gutimozín, último emperador de Méjico, Madrid, Imprenta A. Espinosa, 1846; Manual del cristiano/Devocionario, ms. con licencia para impresión fechada en 1847 (ed. e introd. de C. Bravo-Villasante, con el tít. Manual del cristianismo: Nuevo y completo devocionario, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1975); Saúl, Madrid, Imprenta José Repullés, 1849; Poesías, Madrid, Imprenta Delgrás Hermanos, 1850; Dolores, Madrid, Imprenta V. G. Torres, 1851; Flavio Recaredo, Madrid, Imprenta José Repullés, 1851; El donativo del diablo, Madrid, Imprenta C. González, 1852; Errores del corazón, Madrid, Imprenta José Repullés, 1852; La hija de las flores o Todos están locos, Madrid, Imprenta C. González, 1852; La verdad vence apariencias, Madrid, Imprenta José Repullés, 1852; La aventurera, Madrid, Imprenta C. González, 1853; La mano de Dios, Matanzas, Imprenta del Gobierno, 1853; La hija del Rey René, Madrid, Imprenta J. Rodríguez, 1855; Oráculos de Talía o Los duendes de palacio, Madrid, Imprenta J. Rodríguez, 1855; Simpatía y antipatía, Madrid, Imprenta J. Rodríguez, 1855; La flor del ángel, La Habana, A. M. Dávila, 1857; Baltasar, Madrid, Imprenta J. Rodríguez, 1858 (ed. de C. Bravo-Villasante, Madrid, Anaya, 1973; Baltasar/ La hija de las flores, ed. de M. del P. Mas, Madrid, Asociación de Directores de Escena de España, 2000); Los tres amores, Madrid, Imprenta J. Rodríguez, 1858; El artista barquero, La Habana, El Iris, 1861; Catilina, Sevilla, Imprenta A. Izquierdo, 1867; Devocionario nuevo y completísimo en prosa y en verso, Sevilla, Imprenta A. Izquierdo, 1867; Leoncia, Madrid, Tipografía de Archivos, Biblioteca y Museos, 1917; Diario de amor, pról., ordenación y notas de A. Ghiraldo, Madrid, M. Aguilar, 1930 (La Habana, Instituto Cubano del Libro, 1969; ed. de B. Callejas, Nueva York, Letras Cubanas, 1981); Obras Completas, ed. de J. M.ª Castro y Calvo, Madrid, Atlas, 1974-1981, 5 vols.


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Imagen CC Creative Commons detalle del retrato realizado por Federico de Madrazo, cortesía del Museo Lázaro Galdeano – Google Art Project.

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