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Francisco de Paula Martínez de la Rosa y Berdejo

Granada, 10.III.1787 – Madrid, 7.II.1862. Político y literato.

Sus padres fueron “personas distinguidas, de lo más ilustre y notable de la ciudad”, creciendo en un hogar de “comerciantes y terratenientes”. Inició sus estudios en el afamado colegio privado dirigido por Cristóbal de Urbina, de quien conservaría ulteriormente agradecida y afectuosa memoria, continuándolos, en régimen privado, con la enseñanza de las Humanidades a cargo de José Garci Pérez de Vargas, reputado catedrático de Latín. A continuación, con apenas doce años, se matriculaba en el colegio de San Miguel y en la Facultad de Letras de la Universidad de su ciudad natal, que, en las postrimerías del siglo XVIII, no atravesaba una coyuntura roborante, alicaído su antiguo fulgor y postrados sus claustros y aulas. Ello no obstante, evidenciada una singular capacidad para el estudio de las Matemáticas y Filosofía, a los quince años, después de una etapa de duro trabajo, era ya maestro y licenciado en Artes, granjeándose un sólido y bien acreditado prestigio entre compañeros y profesores.

De ahí que antes de obtener el grado de bachiller en Leyes en abril de 1803, regentara a partir de octubre de 1802 una cátedra de Filosofía. Logrado el doctorado en Derecho en abril de 1804, justamente un año más tarde fue designado catedrático propietario de una cátedra de Ética, a edad sorprendentemente temprana aun dentro de las costumbres de la alma máter de la época. Entregado por completo al estudio y al trabajo intelectual en un medio provinciano en el que era difícil conectar con el espíritu de la última fase de la Ilustración, sobrevino la crisis nacional que le catapultaría al principal escenario político e ideológico de la España fernandina. Opuesto desde el primer momento, como toda su familia, al gobierno josefino, se daría a conocer en todo el país por un poema sobre los sitios de Zaragoza, premiado de inmediato por la Junta Central y publicado en 1810 en Inglaterra. Su estancia gaditana en los meses finales de 1809 e iniciales de 1810 le abrió las puertas de la elite que se aprestaba a forjar en la ciudad de Hércules un nuevo sistema de convivencia y articulación social afín a su ideario y moderado carácter. Con la intención de ahondar en el conocimiento de las instituciones político-sociales más admiradas por gran parte de la minoría dirigente “patriótica”, las inglesas, se avecindaría durante un año en Gran Bretaña, dando a la estampa varios artículos en el célebre periódico del exclérigo sevillano Blanco White, El Español, origen en alguna ocasión de posteriores estudios de alto velamen, según confesión propia. Retornado a Cádiz y frente a la imposibilidad de formar parte por razones de edad del primer parlamento español contemporáneo, logró un empleo bien remunerado en la Comisión de Libertad de Imprenta, órgano de capital trascendencia en el momento así como de intenso trabajo. Éste, sin embargo, le permitiría cierto vagar para tejer en su insomne taller literario obras tales como el Bosquejo Histórico de la Guerra de las Comunidad y La Viuda de Padilla, muy a tono con el pensamiento que impulsaba la acción de las primeras generaciones del Nuevo Régimen. En tan decisiva tesitura personal y colectiva situará el Galdós de los Episodios Nacionales su irrupción en la gran Historia del país: “Más simpático en el trato que Quintana por carecer de aquella grandilocuente y solemne severidad, era don Francisco Martínez de la Rosa, recién llegado entonces de Londres, y que no era célebre todavía más que por su comedia Lo que puede un empleo, obra muy elogiada en aquellos tiempos inocentes.

Las gracias, la finura, la encantadora cortesía, la amabilidad, el talento social sin afectación, amaneramiento ni empalago, nadie lo tenía entonces, ni lo tuvo después, como Martínez de la Rosa. Pero hablo aquí de una persona a quien todos han conocido, y a quien una vida tan larga no imprimió gran mudanza en genio y figura. Lo mismo que le vieron ustedes hacia 1857, salvo el detrimento de los años, era Martínez de la Rosa cuando joven. Si en sus días había alguna diferencia, no así en su carácter que fue en la forma festivamente afable hasta la vejez, y en el fondo grave, entero y formal desde la juventud” (B. Pérez Galdós, 1950, I: 863).

En septiembre de 1813, al celebrarse las elecciones para las Cortes Ordinarias que sustituyeran a las Extraordinarias que redactaran y promulgaran la Constitución de 1812, Martínez de la Rosa trocó el comercio con las musas y la labor burocrática por la participación en las tareas parlamentarias. Intensa y destacada fue, desde luego, la del diputado granadino en los discursos y escritos que establecieron la doctrina y el programa a que habría de avenirse el Rey si deseaba mostrar su fidelidad a la obra doceañista y al sacrificio del pueblo inmolado en la defensa de una Monarquía constitucional, según lo fijado en marzo de 1812. Receloso de los verdaderos propósitos regios y refractario a cualquier extremismo, esta primera experiencia parlamentaria descubriría ya el núcleo esencial de su universo doctrinal y los talentos oratorios puestos al servicio de su despliegue en una Asamblea legislativa. Aprisionado en Madrid el 11 de mayo de 1814 por dicho protagonismo y creencias, padeció severo pero literariamente fecundo destierro en el Peñón de la Gomera por espacio de un sexenio.

Traducciones de su querido Horacio, poesías, comedias —La niña en casa y La madre en la máscara—, tragedias —Marayma— y escritos de varia lección testimonian de la sorprendente actividad intelectual del escritor granadino durante un período vertebrador de su personalidad literaria, en el que, sin renuncia traumática del pensamiento ilustrado que ahormara su juventud, recibiría y haría suya la sensibilidad e ideología románticas.

Vuelto a la Península a raíz del triunfo del pronunciamiento de Riego, fue elegido en junio de 1820 por sus coterráneos como miembro de la primera legislatura del Trienio. Desde su inauguración su figura destacó como uno de los jefes de fila del sector moderado de las Cortes, afanoso en conciliar tradición y progreso, el aura y ascendiente de la vieja Monarquía con los principios de la soberanía popular y las ansias de libertad, herencia irrenunciable del legado revolucionario para “un espíritu del siglo”. Como en su inicial y fugaz travesía parlamentaria del bienio 1813-1814, también ahora su indiscutida autoridad la aquistó mediante un agotador esfuerzo en las comisiones y plenos del órgano legislativo, con intervenciones tan asiduas como exhaustivas en los asuntos de más variada temática: docente, eclesiástica, castrense, económica, jurídica… No sorprende así que al comenzar las sesiones de la segunda legislatura del Trienio —febrero de 1822— su nombre fuese coreado en diversos ambientes como el más idóneo para impedir, desde la presidencia del Gobierno, el escoramiento del país hacia los extremismos a que semejaban abocarlo unas tendencias maximalistas den creciente e irrefrenable predicamento. Reacio, empero, a asumir tan difícil misión, cedería finalmente a insistentes peticiones y el 28 del citado mes constituía un gabinete, colmado de competencia y sensatez, que no habría de tardar en entrar en colisión con los partidarios del radicalismo desenfrenado y los fanáticos del absolutismo. Pese al bloqueo que los primeros sometieron en el parlamento a su gestión y programa, el gobierno pudo implementar algunas de sus grandes líneas en materia económica y administrativa; aumentando la contribución fiscal cara a una reactivación de las obras públicas, diseñando una reforma a largo plazo del texto la Carta Magna gaditana tendente a reforzar el poder ejecutivo e introduciendo una segunda Cámara, conforme al modelo británico tan querido por el gobernante andaluz; y desarrollando finalmente una enérgica política de salvaguarda del orden público cara a motines, asonadas, partidas y guerrillas, sin olvidar la presencia en una escena internacional configurada en torno a la mayor aplicación que recibieran nunca los postulados de la Santa Alianza. La posición avant la lettre centrista del gabinete, calificada de yerma y claudicante por sus polarizados y contrapuestos adversarios, saltó por los aires el 7 de julio de 1822, con motivo de la sublevación de los regimientos de la Guardia Real, alentados subrepticia y alevosamente por el mismo Monarca. La digna postura adoptada por todos los integrantes de aquél —objeto de un auténtico secuestro en las estancias palatinas por los propios servidores del Rey— le impelió a su resuelta dimisión —5 de agosto de 1822—, frustrado el pronunciamiento, a pesar de la voluntad en contrario del Soberano, medroso frente a un recambio radical, como así sucediera.

Exiliado en la primavera de 1823, la indeficiente protección francesa propició su arraigo en la capital del Exágono, después de un prolongado y deslumbrador viaje por Italia y con varias escapadas a Suiza y la baja Alemania. Nuevamente, el paisaje del destierro estimuló su vena creadora. En plenitud de todos sus dones de artista y pensador, tanto la crítica doctrinal y el ensayo como la poesía, el teatro y la narración recibieron un cultivo intensivo de la pluma infatigable del autor de El Espíritu del siglo. Considerado acertadamente por Carlos Seco Serrano tan voluminoso y desconocido tratado ideológico-filosófico como una de las grandes obras del pensamiento español contemporáneo, comparable por su robustez arquitectónica, fuerza mental y vigor conclusivo con los de mayor gálibo del ochocientos, en sus densas páginas se halla toda una teoría del régimen y la sociedad liberales desde las perspectivas del juste milieu, consagradas en la literatura de los doctrinarios franceses, muy próximos a sus gustos y sensibilidad. Los celos infundados o el marido en la chimenea, La boda y el duelo, Edipo, Abén Humeya o La conjuración de Venecia hablan igualmente con alta voz del laborar afanoso que en todos los terrenos literarios llevara a cabo con pulsión y estro de permanente y poderosa secuencia el ilustre exiliado, al paso que sorbía por todos los poros de su ánimo el trepidante movimiento desplegado por el romanticismo de mayor influencia en las letras europeas. Templado su espíritu por la dura y doble prueba de la adversidad de la expatriación, cristalizado ya definitivamente su orbe político e ideológico, a la husma incesable de encontrar la solución definitiva del problema en que se debatían los hombres de su misma prosapia y linaje: ¿cómo conciliar el orden con la libertad?, el reclamo de la tierra natal le haría aprovechar la primera oportunidad para el regreso.

Éste tuvo lugar en los postreros días de 1831. Establecido en su ciudad natal a poco de haber conocido ésta los dramáticos sucesos del proceso y ejecución de Mariana Pineda, su actividad quedaría reducida al ámbito familiar, produciéndole el reencuentro con la atmósfera y sociedad granadinas una honda remoción de su mundo afectivo y poético, empujándolo a nuevas empresas literarias. Reencontrado con Madrid en mayo de 1833, cuando la capital ardía en las fiestas que preparaban la jura de la princesa Isabel como futura reina de España, de acuerdo con la Pragmática Sanción de 30 de marzo de 1830, atisbó con precisión la agonía del reinado fernandino, aprestándose a una nueva andadura en su carrera política, torpedeada por antiguos correligionarios y sedicentes amigos, afanados en su orillamiento. Apenas un semestre más tarde, el 15 de enero de 1834 el prohombre granadino volvía a ocupar la presidencia del Consejo de Ministros, desempeñándola por espacio de año y medio en un país envuelto ya en la primera de sus cruentas guerras civiles contemporáneas. De forma, pues, que, en una personalidad de su temperamento y mentalidad, el anhelo angustioso de paz mediante la instauración de un sistema político de convivencia que primase la conciliación y el consenso se convertiría en la piedra angular de su afán gobernante. Tan honda aspiración se plasmó, según es bien sabido, en el Estatuto Real de mediados de abril del primer año de su mandato ministerial. Sin duda basado en más de un aspecto en el régimen de la Carta vigente en la Francia de la Restauración borbónica y muy estudiado y conocido por él, el texto mencionado, sin embargo, no responderá a sus mismas premisas ni albergará iguales intenciones, inspirándose en su contexto general en la filosofía política inglesa, conforme al pensamiento acariciado por el prócer granadino desde su estadía juvenil en el Reino Unido. La Cámara de Procuradores hará así los oficios del Congreso de los Diputados elegidos por rigurosa y de los Próceres, constituida por los Grandes y dignidades del reino, ejercerá en la práctica de Cámara Alta, con arreglo a una idea axial del universo doctrinal del autor de “El espíritu del siglo”. Éste se verá, en su deseo último, encarnado en el Estatuto en franca e inteligente alianza con la tradición viva del país, recogiendo así igualmente los ecos del más ilustre miembro de la familia política y doctrinal en cuyo surco se alinea el prohombre andaluz: Jovellanos. “La gran diferencia con la carta francesa —escribirá L. Díez del Corral— es que la Corona no concede en España como en el caso de Francia […] la constitución de un organismo político nuevo que ponga en ejercicio determinadas facultades concedidas. A diferencia de las Cámaras francesa, las Cortes españolas no tienen su origen en el Rey; éste las encuentra formadas por el curso de la historia y no hace, al convocarlas, sino reconocer un poder ya existente, sólo que en suspenso por el uso, y al reorganizarlas se limita a adaptar a las circunstancias cambiantes algo cuya esencia permanece” (L. Díez del Corral, 1945: 514).

En el frecuente maridaje de literatura y política característico de la era romántica, el Estatuto se promulgaría al tiempo en que se estrenaba con gran aplauso en Madrid La Conjuración de Venecia, uniendo por un instante su autor la gloria literaria con la política.

La cúspide de ésta vendría dada en el mismo mes de abril con la firma —el día 22— en Londres de la Cuádruple Alianza, que significaba en buena parte el fin del aislacionismo hispano tras la guerra de la Independencia y el consiguiente incardinamiento de la España isabelina en el núcleo duro del liberalismo europeo, permitiendo de inmediato conjurar el peligro que para el consolidamiento de la regencia de María Cristina representaba la presencia en Portugal del pretendiente Carlos, expulsado del vecino país tras la exitosa expedición comandada por Rodil en aquella misma primavera de 1834. Con todo, este estado de gracia del gabinete del político granadino habría de pasar pronto. Los sucesivos fracasos en el frente militar por terminar con el conflicto fratricida, su impericia y desmaña en lograr un acuerdo de mínimos con una Santa Sede maniatada por el reducto granítico de la santa Alianza —los Imperios ruso y austríaco-, y la crecida de la embestida anticlerical animada por las logias y los círculos maximalistas de un progresismo para el que nunca el gobernante andaluz fuera criatura grata, condujeron finalmente a su abandono del poder, en el que también representaría un destacado papel su negativa a enfeudarse en el terreno bélico al eje París-Londres. En medio de una violencia que había alcanzado su pleamar con las execrables matanzas de frailes de Madrid y la que, con grave peligro de su propia vida, enrostró gallardamente “Rosita, la pastelera” —inicuo remoquete puesto por los periodistas y la plebe enemiga de su centrismo, aludiendo a una supuesto y falsa delicuescencia personal e ideológica—, el segundo primer ministro de la reina gobernadora María Cristina presentó a ésta su dimisión irrevocable —7 de junio de 1835—. El más independiente de sus colaboradores en el gabinete y acaso también el más esperanzado e identificado con su proyecto, el general marqués de las Amarillas, escribiría, con caracteres un punto tahitianos, quizá el más desinteresado y cabal juicio de su actuación y personalidad: “Jamás ocupó la silla del primer Ministerio español hombre de más pura intención, de más ilustrado y cuerdo amor a la libertad, de mayores talentos, de más afables maneras; hasta sus enemigos le oían con gusto cuando desde los escaños ministeriales dejaba correr el torrente de su elocuencia, florido sí, pero lleno de ciencia, de erudición y de cordura. Convengo en que como hombre de estado, habrá podido incurrir en algunas faltas, que hará juzgado demasiado a los demás por sí propio, y que una nacionalidad llevada al exceso le habrá llevado a desdeñar el único medio de salvación posible en el tiempo en que gobernó; pero ¿cuál es el político que puesto en iguales circunstancias, ocupando su propia silla, hubiera errado menos, y dado más resultado? Fácil es de regir un Estado desde el fondo de un despacho, o desde la mesa de un café, pero regirlo en el hecho y regirlo en la revolución es obra más que difícil, es imposible. Don Francisco Martínez de la Rosa contuvo el torrente revolucionario más tiempo del que podía esperarse y cuando dejó de oponerle su probidad, su amor al bien, su integridad, sus virtudes todas, pronto rompió los diques que le quedaron y, trastornándolos con violencia, se despeñó por todas partes. No será necesario recurrir a la imparcial posteridad para que se haga de este benemérito ciudadano el aprecio que se merece; la revolución lo ha reprobado, pero el genio de la verdadera libertad lo eleva sobre sus conciudadanos y le ofrece el aprecio y el respeto de los hombres de bien. Si Martínez de la Rosa no es como político un grande hombre, es bajo todos los aspectos un hombre poco común, y como orador, como literato, como patriota, como hombre de bien, honra al país que le vio nacer” (P. A. Girón, marqués de las Amarilla, 1978-1981, III: 107-108).

Vocación, responsabilidad y una indudable querencia por permanecer en el centro de las decisiones determinaron la continuidad de la acción pública del prohombre granadino en el primer plano de los acontecimientos políticos. Figura capital en la conformación del partido moderado ejerció el liderazgo sobre algunas de sus esferas, erigiéndose en uno de sus principales oráculos en la tribuna parlamentaria y en la prensa y sirviendo de modelo y guía para la porción juvenil quizá más ilustrada del partido. La regencia esparterista le obligó a su segundo exilio, transcurrido esta vez íntegramente en París, dedicado casi con exclusividad a tareas intelectuales —avance decisivo de la obra encetada tiempo atrás El espíritu del siglo—. No por ello, claro es, dejó de observar con atención el curso de la monarquía Luis Felipe y de su admirado Guizot, en cuyo sistema veía encarnado su desideratum político.

Y justamente en diciembre de 1843, después de su retorno a España en septiembre del mismo año, sería nombrado embajador ante la monarquía orleanista, con suma complacencia de las personalidades susomentadas. Comenzaba a echar ya algún fruto su labor cuando en septiembre de 1844 su coterráneo Narváez le reclamaba para rectorar la más importante cartera en la primera remodelación de su primer gobierno. Pero más que como ministro de Estado, actuó como el miembro del gabinete más comprometido en la redacción de la Carta Magna de 1845, uno de los textos constitucionales de mayor trascendencia en la historia española contemporánea, conforme es harto sabido. Acaso no fue ésta la mejor hora de su larga trayectoria política, debido a la impaciencia banderiza que aboliría una constitución como la muy notable de 1837 en pleno rodaje y llena aún de virtualidades. No obstante la censurable actitud del moderantismo —con Martínez de la Rosa a la cabeza, desde luego—, el texto del 45 satisfizo gran número de los anhelos doctrinarios del político andaluz, sin decantarse por ello hacia un reaccionarismo estéril y antiliberal. Durante esta etapa, su gestión más profesional y atenida al contexto de su cartera estribó en la tentativa de reanudar las relaciones diplomáticas con la Santa Sede, rotas desde los comienzos de la guerra civil. Aprovechándose de su conocimiento del secretario de Estado, cardenal Lambruschini, antiguo nuncio en Francia, dio instrucciones al sevillano Castillo y Ayensa para la firma de un Concordato que sustituyera al de 1753, rechazando finalmente el texto acordado por el plenipotenciario español, por no responder a las directrices que le dictara su superior desde Madrid.

Terminada la etapa inicial del narvaízmo en el poder en febrero de 1846 después de haber echado todas las bases del período denominado “década moderada”, otra vez se produjo su vuelta a París como representante de Isabel II ante la monarquía burguesa de Luis Felipe, embajada mantenida hasta diciembre del mismo año, llena toda ella por la enmarañada y delicada cuestión de los “matrimonios reales”, en cuya tramitación alcanzó el granadino el virtuosismo en el arte de la diplomacia, evitando el desaire y enojo del Monarca francés ante sus frustradas expectativas de casar a la Reina con su hijo Antonio. Designado en noviembre de 1847 agente de Preces en Roma no llegaría a la Urbe sino en julio de 1848, cuando la fase “liberal” del flamante pontificado del joven Papa Mastai se encontraba en su fastigio, tramutado casi sin solución de continuidad en el no menos famoso tournant de Pío IX tras el asesinato de su primer ministro, el conde Peregrino Rossi, en noviembre del mismo año. Como en la más inflamada de sus narraciones o reconstrucciones históricas parto de su incesable pluma, el diplomático español vivió junto al Papa la más novelesca aventura en su huida de la Ciudad Eterna y en las múltiples peripecias que desembocarían en su regreso triunfal a Roma en abril de 1850, siendo en todos estos sucesos Martínez de la Rosa un verdadero deus ex machina. Retornado a España a finales de 1850 aún tuvo tiempo de participar de modo sobresaliente en la crisis que provocó la caída del tercer gabinete Narváez, a consecuencia de un célebre discurso parlamentario de Donoso, contestado por Martínez de la Rosa en su calidad de presidente de la Comisión de Presupuestos del Congreso enero de 1851. Desde esta fecha hasta su última experiencia ministerial en 1857, ocupó por elección a menudo masiva la presidencia de la Cámara Baja, con la lógica excepción de las Cortes Constituyentes del bienio progresista. Ministro de Estado y Ultramar en el gabinete dirigido por el marino sevillano Francisco Armero —del 26 de octubre de 1857 al 14 de enero de 1858—, su actividad se limitó a restablecer un clima de buen entendimiento con Roma y a inspirar su presidente un vasto plan reformador que no halló oportunidad de materializarse. A finales de noviembre de 1857, tuvo lugar el nacimiento de su hija natural Francisca Petra Martínez de la Rosa Gaye, reconocida como tal.

Reincorporado a la vicepresidencia del Consejo de Estado, cargo que ostentara durante varios decenios, el período de la Unión Liberal lo recuperaría para la presidencia del Congreso de los Diputados en las varias legislaturas del odonellismo, en cuya última le alcanzaría la muerte.

Miembro de las Reales Academias Española y de la Historia, poseyó el Toisón de Oro, varias condecoraciones pontificias y francesas y casi todas las nacionales.


Obras de ~: Los zelos infundados, o el marido en la chimenea: comedia original en dos actos, Madrid, Imprenta de Repullés, 1803; Carta al buen patriota disimulado en Sevilla, gramática por excelencia, Cádiz. Imprenta del Estado Mayor General, 1811; “La revolución actual de España”, en El Español, 7-8 (1813); Lo que puede un empleo: comedia en dos actos en prosa, Madrid, Imprenta que fue de García, 1814; La revolución actual de España, Madrid, Imprenta que fue de García, 1814; La viuda de Padilla: tragedia en cinco actos, Valencia, Imprenta de Domingo y Mompié, 1820; Memoría leída a las Cortes en la sesión pública de 3 de marzo de 1822 por el Sr. Secretario del Despacho de Estado, impresa de orden de los mismos, Madrid, Imprenta Nacional, 1822; Edipo: tragedia original en cinco actos, Barcelona, Juan Francisco Piferrer, 1829; Traducción de la epístola de Horacio a los Pisones sobre el Arte Poético, París, Julio Didot, 1829; Efectos del mal ejemplo y la madre descuidada, Barcelona, Imprenta Juan Francisco Piferrer, 1830; Morayma. Tragedia original en cinco actos, Barcelona, Juan Francisco Piferrer, 1830; Zaragoza: poema, Londres, R. y J. E. Taylor, 1843; Hernán Pérez del Pulgar, Madrid, García Enciso, 1955; Obras Completas de Martínez de la Rosa, intr. de C. Seco Serrano, Madrid, Atlas, 1962, 8 ts.; Obras dramáticas, Madrid, Espasa Calpe, 1964; La conjuración de Venecia, Barcelona, Orbis, 1984.

Bibl.: J. de Burgos, Anales del reinado de Isabel II, Madrid, Imprenta Mellado, 1850-1851, 6 vols.; J. Sarrailh, Martínez de la Rosa: Un homme d’Etat espagnol (1787-1862), Paris, 1930; L. de Sosa, Martínez de la Rosa, Madrid, Espasa Calpe, 1930; L. Díez del Corral, El liberalismo doctrinario, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1945; B. Pérez Galdós, Obras Completas. Episodios Nacionales. Cádiz, El liberalismo doctrinario, ed. de F. C. Sáinz de Robles, Madrid, Aguilar, 1950; J. L. Comellas, El Trienio Constitucional, Pamplona, Eunsa, 1963; J. Tomas de Villarroya, El sistema político del Estatuto Real (1834-1836), Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1968; P. Ojeda Escudero, El justo medio: Neoclasicismo y Romanticismo en la obra dramática de Martínez de la Rosa, Burgos, Universidad, 1978; P. A. Girón, marqués de las Amarillas, Recuerdos (1778-1837), intr. de F. Suárez, ed. y notas de A. M.ª Berazaluce, Pamplona, Eunsa, 1978-1981, 3 vols.; J. Tomás de Villarroya, Breve historia del constitucionalismo español, Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1985; J. M. Cuenca Toribio, Parlamentarismo y antiparlamentarismo en España, Madrid, Congreso de los Diputados, 1995; A. Nieto García, Los primeros pasos del Estado constitucional: historia administrativa de la Regencia de María Cristina de Borbón, Barcelona, Editorial Ariel, 1996; P. Ojeda Escudero, El justo medio: Neoclasicismo en la obra dramática de Martínez de la Rosa, Burgos, Universidad, 1997; J. L. Comellas, Isabel II. Una reina y un reinado, Barcelona, Editorial Ariel, 1999; J. Gay Armenteros, Javier de Burgos, Granada, Servicio de Publicaciones de la Universidad, 1999; C. S eco Serrano, Historia del conservadurismo español. Una línea política integradora en el siglo xix, Madrid, Ediciones Temas de Hoy, 2000; G. Rueda Hernanz, Isabel II, Madrid, Arlanza Ediciones, 2001; J. M. Cuenca Toribio, Ocho claves de la historia española contemporánea, Madrid, Ediciones Encuentro, 2003; B. Pellistrandi, Un discours national? La Real Academia de la Historia entre science et politique (1847-1897), Madrid, Casa de Velázquez, 2004, págs. 402-403; P. P érez de la Blanca Sales, Martínez de la Rosa y sus tiempos, Barcelona, Editorial Ariel, 2005.


Biografía escrita por José Manuel Cuenca Toribio procedente del Diccionario Biográfico Español.

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