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Fidel Fita i Colomé

Arenys de Mar (Barcelona), 31.XII.1835 – Madrid, 13.I.1918. Historiador y epigrafista, jesuita (SI).

Hijo de Antonia Colomé i Esparragó y de Félix Fita i Roura, un comerciante textil, realizó sus primeros estudios en Barcelona. Gracias a los oficios de su paisano el jesuita Francisco Forn y Roget, ingresó en 1850 en la casa de los jesuitas de Aire-sur-Adour (Landas), donde se inicia para él una sucesión de viajes y de exilios durante más de veinte años: se le encuentra en 1852 en Nivelle (Bélgica); enseñando Humanidades y Griego en Loyola en 1853; exiliado en Laval (Francia) durante el Bienio Progresista (1854- 1856); como profesor de Latín y Francés en Carrión de los Condes (Palencia) en 1857 y más tarde en Loyola (1858); de nuevo en Carrión (1859-1860), y, por fin, en el colegio de San Marcos en León (1860- 1866), donde fue ordenado en 1863. Se convirtió en uno de los mejores lingüistas de la Compañía de Jesús, pues dominaba el latín, el griego y el hebreo y podía mantener correspondencia en alemán, inglés y, por supuesto, francés. En León comenzaron sus estudios históricos, sus contactos con la Academia y su amistad con Eduardo Saavedra (1829-1912) y Ricardo Velázquez Bosco (1844-1923).

Entre 1866 y 1868, Fita vivió en Cataluña (Manresa, Balaguer y Tortosa), donde las revueltas de 1868 le forzaron a un nuevo exilio francés en Vals-prés-de-Puy; poco después, la guerra franco-prusiana de 1870 le obligó a regresar a España, esta vez al seminario conciliar de Gerona, para residir durante cuatro años en Banyoles (Gerona, 1870-1874). Allí comenzó su relación con Pere Alsius (1839-1915), al tiempo que crecía su interés por la historia de Cataluña y por las inscripciones hebreas, fundamentalmente gracias al contacto con Enrique Claudio Girbal. A finales de 1874, Fita residía ya en Barcelona (1874-1876) en casa de su hermano Antonio, dedicado al ministerio sacerdotal.

Fita vivió por y para la Real Academia de la Historia, primero como correspondiente en León desde 1865, más tarde en Barcelona, y luego como académico de número tras la propuesta realizada en 1877 por Fernández- Guerra, Barrantes, De la Rada y por su valedor Eduardo Saavedra; su discurso de ingreso, leído en 1879, trató sobre la vida y obra de Juan Margarit, obispo de Gerona del siglo XV y conocido como El Gerundense; en él abordaba ya la necesidad de restituir la historia del pasado a partir de lo particular, del sencillo dato revelado por una inscripción o un hallazgo arqueológico, lo que habría de ser una constante en toda su obra. Fita ocupó la Medalla número 4 en la Academia.

En Madrid, su trayectoria profesional se orientó de forma decidida hacia la epigrafía romana, fundamentalmente gracias a la frecuente correspondencia que recibió desde 1884; en la casa de la Compañía, su archivo llegó a ocupar varias habitaciones, como afirman sus compañeros. De la etapa anterior a 1875 se conocen muy pocas cartas, debido a los continuos cambios de domicilio; esto contrasta con las más de dos mil cartas de que se tiene noticia, correspondientes al período 1879-1918.

En la Real Academia de la Historia, Fita participó en las comisiones de la España Sagrada, Antigüedades, Boletín, Diccionario Biográfico, Estudios Orientales, Vías Romanas, Indias y Cortes y Fueros, fundamentalmente por leer “el antiguo idioma del Principado”; desde 1883 asumió la dirección del Boletín de la institución junto a Juan de Dios de la Rada y Antonio Delgado, y en él tuvo una constante presencia no sólo por sus artículos, sino como editor de las crónicas académicas con Antonio Rodríguez Villa y Cesáreo Fernández Duro. De su protagonismo da idea su elección para contestar diversos discursos de ingreso de nuevos académicos (Fernández Casanova, 1914; Solano, 1900; Mélida, 1906). En una Academia que reunía a las figuras de más talla científica de su época, Fita no brillaba de forma especial, como lo prueban las dificultades que tuvo para ser elegido anticuario perpetuo en 1909, frente a la candidatura del numísmata Antonio Vives, al que sólo superó por su mayor antigüedad. Finalmente, en el invierno de 1912, sustituyó a Marcelino Menéndez Pelayo como director de la Real Academia de la Historia.

A partir de 1912 se sucedieron homenajes y distinciones, de las que no siempre se conserva noticia: Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso XII, socio honorario de la Société des Études Juives de París, elegido para ocupar el Sillón Q en la Real Academia Española, académico de la Real de Bellas Artes de San Fernando, correspondiente del Instituto Arqueológico Germánico y del Instituto Arqueológico de Roma, etc. El último gran acontecimiento de su vida académica fue la reelección como director de la corporación el 10 de diciembre de 1915, respaldada por el voto unánime de los asistentes; para entonces ya colgaba en la galería de la Academia el retrato del sabio jesuita, obra de Lozano Sidro y pintado en 1913.

Superado un intento de sus superiores de trasladarle a Barcelona en 1880, la Compañía de Jesús toleró la dedicación casi exclusiva de Fita a la vida científica; a ello contribuyeron sus difíciles relaciones con el provincial Agustín Delgado y su proximidad a Miguel Mir y a los unionistas católicos, lo que aconsejaba alejarle de la actividad pastoral. Al mismo tiempo, este difícil clima le trajo algunas complicaciones accidentales, de las que puede ser ejemplo la negativa de la Compañía a que dirigiera la parte arqueológica de la representación española en la Exposición de Chicago de 1893, pese a la petición expresa de Antonio Cánovas.

Fita, que había sido un incansable viajero antes de su etapa madrileña, desde su llegada a Madrid, simultaneó sus investigaciones históricas con los viajes pastorales a otros puntos de España, pero poco a poco se fue haciendo sedentario, probablemente tras descubrir el valor documental de los archivos que tenía a su alcance y el inmenso caudal de noticias que enviaban sus corresponsales desde todos los puntos de España.

A partir de 1880, los viajes tuvieron como principales destinos Andalucía, Cataluña y Galicia, salpicados con excursiones epigráficas a las provincias de Toledo y Segovia. Debido a las delicadas condiciones físicas impuestas por su edad, en 1917 Fita había dejado de viajar fuera de Madrid y no pudo presenciar siquiera el homenaje que se le tributó en su ciudad natal el 25 de noviembre de 1917; el 2 de enero de 1918, comenzaron las primeras fiebres y murió el 13 de enero de 1918 a las tres de la tarde. Bernardino de Melgar afirma que unos minutos antes de morir, cuando sus compañeros de residencia sugirieron que necesitaba tranquilidad y sosiego, él se limitó a decir: “¡Yo lo que necesito es un amanuense!”.

Fidel Fita editó inscripciones de casi todas las regiones españolas, pero la heterogénea y poco uniforme red de corresponsales de que dispuso hace que existan zonas “oscuras” en su investigación, como ocurre con Aragón, parte de las dos mesetas, el litoral sur mediterráneo o la cornisa cantábrica. Fue respetado por multitud de eruditos extranjeros, entre los que hay que citar a Emil Hübner, Herman Dessau, Jules Tailhan, C. Sommervogel, Isidoro Loeb, Horace Sandars o George Bonsor. Entre los corresponsales españoles de Fita se encontraban el marqués de Cerralbo, Elías de Molins, J. Puig i Cadafalch, el marqués de Monsalud y Enrique Romero de Torres, por citar sólo a algunos.

Fuera del mundo profesional, mantuvo relación epistolar con personajes de la talla de Antonio Maura, Antonio Cánovas o Camilo García de Polavieja.

Ha sido definido como epigrafista, como historiador de la Iglesia y como documentalista, y son ciertas todas estas categorías y otras más que se quieran añadir, pues su producción bibliográfica abarca una enorme variedad de temas. Se desconocen textos impresos de Fita anteriores a su Epigrafía romana de la ciudad de León, con un prólogo de D. Eduardo Saavedra (León, 1866). Durante el exilio belga y francés de 1868-1870, publicó Tablettes historiques de la Haute- Loire (1870), y sólo tras su vuelta a España reemprendió los estudios sobre la Península Ibérica.

Entre sus primeras preocupaciones de la etapa de madurez en Madrid figuran los estudios célticos, estimulados por las obras de Joaquín Costa y por algunos trabajos de Aureliano Fernández-Guerra; su obra Restos de la declinación céltica y celtibérica en algunas lápidas españolas (Madrid, 1878), le permitió un generoso uso de propuestas etimológicas pero le valió críticas posteriores, incluida la de Unamuno. De aquellos primeros años madrileños data también Recuerdos de un viaje á Santiago de Galicia (Madrid, 1880; La Coruña, 1993), el libro escrito con Aureliano Fernández- Guerra y probablemente el trabajo histórico de mayor repercusión en su época. No fue Fita un hombre pródigo en monografías sobre inscripciones o antigüedades; casi toda su producción sobre epigrafía romana, con la excepción del librito leonés de 1866 y de lo recogido en Recuerdos de un viaje á Santiago…, debe seguirse en los más de doscientos artículos sobre este tema que se publicaron en el Boletín académico desde 1883.

Sorprende que Fita no se implicara más en los grandes acontecimientos arqueológicos de la España de comienzos de siglo; contemporáneo del también jesuita Julio Furgús, de Pierre Paris y en extraordinarias relaciones con Juan de Dios de la Rada, pasó sin embargo de puntillas por la arqueología de su tiempo, absorto permanentemente en estudios documentales y epigráficos. Su silencio al respecto es todavía más desconcertante si se tiene en cuenta que mantuvo contactos diarios con algunos de los protagonistas de los acontecimientos: es el caso de Juan Catalina García López, el marqués de Cerralbo, José Ramón Mélida o su mejor amigo, Eduardo Saavedra.

Fidel Fita creó en pocos años una tradición historiográfica en torno a la epigrafía romana peninsular y consiguió elevar a categoría científica el interés por las fuentes documentales de la Hispania romana.

Su obra, con todas las imperfecciones consustanciales al nivel de los conocimientos de la época, constituye un avance sustancial en la investigación y sirvió para crear en torno a la Real Academia de la Historia una tradición que continuó primero, Manuel Gómez Moreno y, más tarde, Joaquín María de Navascués.

A caballo entre el liberalismo religioso, el respeto a los postulados jesuitas y las buenas relaciones con casi todos los gobiernos que conoció, Fidel Fita fue heredero de los últimos ecos ilustrados, pero se sumó a los aires neopositivistas que llegaban de la Alemania prusiana y construyó un mundo privado en el que la página escrita constituyó una auténtica obsesión.

Aquellos que le conocieron destacan de él su pasión por el trabajo y su infatigable acumulación de conocimientos.

Educado para el estudio y volcado en la investigación, abrió las puertas editoriales a muchos hispanistas europeos que compartieron con él todos sus descubrimientos. Lector infatigable, su erudición es evidente en cualquiera de sus escritos de madurez, y Menéndez Pelayo le consideró el más fecundo historiador de su tiempo.


Obras de ~: Epigrafía romana de la ciudad de León, con un prólogo y una noticia sobre las antigüedades de La Milla del Río por D. Eduardo Saavedra, León, 1866; Reciente hallazgo del primitivo sepulcro de San Alvito, obispo de León, León, 1866 (ed. previa en el diario El Fomento en 1866 y posterior en F. Fita y A. Fernández-Guerra, Recuerdos de un viaje […], Apéndice XII, 148-150); Tablettes historiques de la Haute- Loire, Vals, 1870; El Papa Honorio I y San Braulio de Zaragoza, Madrid, 1870; Regia alcurnia de San José, Madrid, 1870; La Santa Cueva de Manresa; reseña histórica, Manresa, 1872; Los Reys de Aragó y la Seu de Girona desde l’any 1462 fins al 1482, Barcelona, 1873; Apuntes para formar una biblioteca hispano- americana del Sagrado Corazón de Jesús, Barcelona, 1874; Cartas de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, Madrid, 1874-1890; Panegírico de la Inmaculada Concepción, celebrado por la Iglesia española a fines del siglo IV. Discurso panegírico pronunciado en la Catedral-Basílica de Barcelona el día 8 de diciembre de 1874, Barcelona, 1875 (reed. en Tres discursos históricos, Madrid, 1909); Sermón de la Bula de la Santa Cruzada, Madrid, 1877; Restos de la declinación céltica y celtibérica en algunas lápidas españolas, Madrid, 1878; con E. Saavedra, El Gerundense y la España primitiva. Discursos leídos ante la Real Academia de la Historia en la recepción pública del R.P. Fidel Fita y Colomé, de la Compañía de Jesús, el día 6 de julio de 1879. Contestación de Eduardo Saavedra, Madrid, 1879; con A. Fernández-Guerra, Recuerdos de un viaje a Santiago de Galicia, Madrid, 1880 (La Coruña, 1993); Lo Llivre vert de Manresa, Manresa, 1880; Galería de Jesuitas ilustres, Madrid, 1880; Suplementos al Concilio nacional Toledano VI, Madrid, 1881; Actas inéditas de los siete concilios españoles celebrados desde el año 1282 hasta el 1314, Madrid, 1882; Le Codex de Saint-Jacques de Compostelle, Paris, 1882; Epigrafía romana. Colección de artículos escritos y publicados por el R. P. Fita en el Boletín de la Real Academia de la Historia, Madrid, 1883; con A. López Ferreiro, Monumentos antiguos de la iglesia Compostelana. Artículos escritos y publicados por el muy ilustre señor doctor D. Antonio López Ferreiro y el R.P. Fidel Fita, Madrid, 1883; Estudios históricos. Colección de artículos escritos y publicados por el R.P. Fidel Fita en el Boletín de la Real Academia de la Historia, Madrid, 1884-1887, 8 vols.; Fray Bernal Buyl o el primer apóstol del Nuevo mundo. Colección de documentos raros e inéditos relativos a este varón ilustre, Madrid, 1884; La Santa Biblia; Vulgata latina y su traducción al español por Felix Torres Amat, con notas de éste y del P. Felipe Scio de San Miguel; cronologías, comentarios y vindicias del P. Fidel Fita, Barcelona, 1885-1886; con F. de Cárdenas, Legis romanae Wisigothorum fragmenta ex codice Palimpsesto, Madrid, 1886 ( = Código de Alarico II. Fragmentos de las lex romana de los visigodos conservados en un códice palimpsesto de la Catedral de León. Prólogo de F. de Cárdenas y F. Fita, Madrid, 1991); La España hebrea. Datos históricos por el R. P. Fidel Fita, individuo de número de la Real Academia de la Historia, Madrid, 1888-1889; Bosquejo de la exposición histórico-europea, en el día de su apertura, Madrid, 1892; con B. Oliver y V. Vignau, Cortes de los antiguos reinos de Aragón, Valencia y Principado de Cataluña. Cortes de Cataluña, 24 vols. (con B. Oliver en vols. 1-13; con B. Oliver y V. Vignau en vol. 16; con V. Vignau en vols. 17-22), Madrid, 1897 ss.; con M. C. Solano Gálvez de San Pelayo, marqués de Monsalud, Arqueología romana y visigótica de Extremadura. Discursos leídos ante la Real Academia de la Historia en la recepción pública del Excmo. Sr. D. Mariano […] el día 3 de junio de 1900. Contestación de Fidel Fita, Madrid, 1900; con G. Llabrés, Privilegios de los hebreos mayorquines en el Códice Pueyo, Madrid, 1900; Cartas edificantes de los misioneros de la Compañía de Jesús en Filipinas 1898- 1902, Barcelona, 1903; Elogio de León XIII, Madrid, 1903 (reed. en Tres discursos históricos, Madrid, 1909); Catecismo Breve. Primera parte del Compendio de doctrina cristiana para las clases inferiores, Madrid, 1906; con J. R. Mélida, Iberia arqueológica ante-rromana. Discursos leídos ante la Real Academia de la Historia en la recepción pública del Ilmo. Sr. D. José Ramón Mélida el día 8 de diciembre de 1906. Contestación del R. P. Fidel Fita, Madrid, 1906; Elogio de la reina de Castilla y esposa de Alfonso VIII, Doña Leonor de Inglaterra, Madrid, 1908 (reed. en Tres discursos históricos, Madrid, 1909); Tres discursos históricos: Panegírico de la Inmaculada Concepción, celebrado por la Iglesia española a fines del siglo IV. Elogio de León XIII. Elogio de la reina de Castilla y esposa de Alfonso VIII, Doña Leonor de Inglaterra, Madrid, 1909; con J. López de Ayala, conde de Cedillo, Jovellanos en la Real Academia de la Historia. Número extraordinario del Boletín de la Real Academia de la Historia, Madrid, 1911; con A. Fernández Casanova, La catedral de Ávila. Discurso leído por A. Fernández Casanova en el acto de su recepción pública y contestación de D. Fidel Fita Colomé, el día 24 de mayo de 1914, Madrid, 1914; Autógrafos epistolares inéditos de Santa Teresa de Jesús, Madrid, 1916; Fraga: huellas ibéricas y romanas, Barcelona, 1991 (col. de artículos).

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Biografía escrita por Juan Manuel Abascal Palazón procedente del Diccionario Biográfico Español.

 

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