Biografía escrita por Emiliano González Díez, Profesor de la Universidad de Burgos. // 


Medina de Pomar (Burgos), 30.V.1814 – Madrid, 8.XI.1883.

Nació en el seno de una familia militar de una buena posición social y económicamente desahogada. Su padre, natural de la ciudad de Burgos fue Pedro Pablo Álvarez y Alonso Pérez de Guzmán el Bueno que, además de ganar la distinción de comendador de la Orden de Carlos III, logró alcanzar el empleo de brigadier de los ejércitos con ocasión de la Guerra de la Independencia. Era su madre, doña María Martínez y Sáez de Villegas, la oriunda del solar medinés donde se asentaban sus cuantiosos bienes raíces.

En lo atinente a su período inicial de instrucción hay escasa información; apenas se dispone de los propios del entorno de una escuela. Fernando Álvarez cursó sus estudios superiores de Filosofía y Derecho en la cercana Universidad de Valladolid. Ya para estas para estas fechas hace patente su militancia con la causa liberal al punto de decidir suspender temporalmente la carrera universitaria para alistarse en la compañía de voluntarios denominada Minerva con motivo de la primera guerra carlista (1833-1840) al mando del zamorano Claudio Moyano y Samaniego en la célebre expedición contra el carlista Batanero, por cuya intervención fue premiado por la reina Isabel II con la Cruz que lleva su nombre.

Tras este paréntesis que denota su nivel de compromiso político, en 1836 se reincorpora a las aulas pucelanas para de nuevo repetir actitud y unirse con premura a la llamada de emergencia nacional, esta vez promovida por la Diputación burgalesa, ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos en el frente del Norte. Ahora acredita pronta disposición, experiencia forjada en los años anteriores y, sobre todo, innatas dotes de mando; todo lo cual le colocan en las mejores condiciones para obtener el nombramiento de capitán con mando en cuatro compañías. Concluida la expedición, con veinte y pocos años y sin terminar sus estudios universitarios, decide concluir el ciclo académico en la universidad alcalaína donde logra graduarse y colacionar el grado de doctor en Derecho.

Aquí cierra una etapa y abre una nueva a la que a todo joven le inquieta por la incertidumbre que le espera a la hora de enfrentarse en las mejores condiciones para labrarse un porvenir. Se trata de una persona persuasiva, con inquietudes, decidida, segura de su capacidad, nada autocomplaciente por su presente y, por ello, resuelta a afianzar su futuro.

Ante esta expectativa se traslada a Madrid y es aquí donde decide aprender árabe y adiestrarse en el conocimiento de idiomas y lenguas modernas como medios de mejora para la promoción personal. Pero lo que destaca en este tiempo en la Corte es su ansia por conocer y escudriñar el más viejo tiempo de nuestra historia, bien estudiando los materiales arqueológicos extraídos de las excavaciones oficiales, bien leyendo con empeño e interés las fuentes y los libros históricos que llegaban a su alcance a los que brindó una afición y una curiosidad impenitentes. Fue esta cultura refinada la que, sin duda, reforzó no sólo su fuerte personalidad, sino el gusto por el saber y el conocer, del que no declinó hasta su fallecimiento; de tal suerte que esta manera de conducirse, unido a la frecuentación de clubes, ateneos científicos y literarios y círculos académicos, propició su ingreso en estos ámbitos del saber oficial institucionalizado.

En efecto, su posición política y rica formación le alzaron a formar parte de la entonces llamada Academia Matritense de Jurisprudencia y Legislación como académico, desempeñando tareas de censor, bibliotecario y secretario. Obtuvo un premio con ocasión de su discurso plagado de erudición acerca del Examen filosófico de los actos de Don Alfonso X como legislador. Luego en 1857 logró ingresar en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, con la medalla número 26, donde ejerció como secretario académico en plena explosión revolucionaria desde el 8 de enero de 1878 hasta su muerte. Igualmente fue secretario primero del Ateneo Científico y Literario de Madrid al menos desde 1840.

A ello debería añadirse su vocación literaria y publicística. Más allá de su colaboración habitual a finales de los treinta, en el periódico El Mensajero, ofreció toda una suerte de artículos y reseñas de distinta factura y oportunidad jurídica en la Enciclopedia Española de Derecho y Administración, que su salvaguarda político Lorenzo Arrazola dirigía. Además es autor de distintas semblanzas de personajes políticos en la Biografía Contemporánea Universal, de la que fue él mismo director, y otras obras impresas presentadas como libros, dictámenes, informes y memorias que se recogen en la bibliografía.

En cuanto a sus responsabilidades políticas y administrativas, su cursus honorum principia en 1839 cuando después de doctorarse ingresa en la Secretaría de Gracia y Justicia como auxiliar y oficial de la mano del que será su padrino, amigo y avalista político Lorenzo Arrazola. Este destacado jurista, presidente del Tribunal Supremo, catedrático y rector de universidad, y político conservador liberal (1795-1872), ocupó durante seis ocasiones el Ministerio de Gracia y Justicia, dos veces más el de Estado y fue presidente del Gobierno en 1864; pertenece a la generación de “ministros burócratas”, según feliz expresión de Alejandro Nieto.

El itinerario político de Fernando Álvarez Martínez va a estar marcado por los cambios políticos que la España de mediados de siglo soporta reiteradamente. Pero sus principios ideológicos conservadores y su ascenso y encumbramiento cenital coinciden prácticamente con la década moderada (1844-1854) del general Ramón María Narváez como hombre fuerte del régimen isabelino.

Así, después de ser destituido tras los sucesos de septiembre de 1840, recobra su presencia administrativa tras la caída de la regencia de Espartero en el departamento de Gracia y Justicia siendo comisionado como notario mayor del reino con motivo del traslado de los restos mortales de la infanta Luisa Carlota de Borbón-Dos Sicilias, tía y suegra de la reina Isabel II, al panteón regio de El Escorial el 29 de enero de 1844.

Su poder fáctico y control social propiciaron su carrera parlamentaria desde el distrito burgalés de Villarcayo, que desde las elecciones de 1844 ya obtendría la credencial de diputado nacional y en esta condición parlamentaria se sucedió ininterrumpidamente hasta 1877 que optó a la Cámara del Senado por derecho propio, pues sería designado por Alfonso XII presidente del Tribunal Supremo y en tal condición ocupó un escaño hasta su muerte. Al mismo tiempo simultaneaba su estatuto parlamentario con el ejercicio administrativo: primero como secretario de Gracia y Justicia y Asuntos Eclesiásticos en diciembre de 1846, luego en 1847 ocupó el cargo de subsecretario de dicho Ministerio participando directamente en las negociaciones del futuro Concordato con la Santa Sede de 1851. Miembro del Consejo Real en 1848, la carrera administrativa se consolida con el feliz nombramiento el 17 de enero de 1864, bajo la presidencia de Gobierno de su auspiciador y protector Lorenzo Arrazola García, de ministro al frente de la cartera de Gracia y Justicia, que ya siete años antes, en 1857, había desempeñado ocasional e interinamente.

Interesa subrayar su actividad parlamentaria, Fernando Álvarez ganó el acta de diputado bajo la bandera del partido moderado en 1844 y como tal diputado de la nación sirvió en la Cámara Baja hasta las primeras elecciones de la Restauración borbónica en 1876, después de su alejamiento obligado de la política tras la revolución de 1868, y en cuyas vísperas aparece como senador vitalicio, legislatura 1866-1867, por Real Decreto de 29 de marzo de 1867.

En el Congreso de los Diputados, a tenor de las actas y del Diario de Sesiones, se desenvuelve como un parlamentario dinámico y participativo en muchas comisiones y con algunas iniciativas legales importantes. Sin que destacara sobremanera por su elocuencia en el arte de la oratoria, sin embargo, realizó una buena e ilustrada argumentación que defendió arduamente y con vehemencia, desde su posición ideológica, como fue el caso del proyecto de ley de naturalización de extranjeros, que generó la consabida polémica, donde proponía como uno de los requisitos para la obtención de tal carta de naturaleza civil la profesión de la confesión católica por parte del solicitante, arguyendo que esta religión era “un dique todopoderoso contra el comunismo, el socialismo y todas las creencias peligrosas”.

Después de varias legislaturas como congresista, desde la Década Moderada y sin solución de continuidad, bajo el gobierno unionista de O’Donnell, el 8 de marzo de 1865 fue nombrado por ciento cincuenta votos a favor, de un total de 251, presidente de las Cortes, pronunciando un breve discurso formal donde hace un llamamiento a la cooperación de todos y a “la rectitud de miras y la tolerancia mutua de ambos lados de la Cámara, la deferencia de la mayoría y la minoría”. Fernando Álvarez ocupó este alto cargo del Estado apenas cuatro meses. Senador vitalicio, recupera su condición senatorial por derecho propio con motivo del nombramiento al frente del Tribunal de Cuentas el 7 de julio de 1877. También ostentó la presidencia de la Junta de Pensiones Civiles.

Se casó en los primeros años de la década de los cuarenta con Manuela Guijarro y Gonzalo del Río, hija del noble Francisco Guijarro de Ripio que había sido capitán de Infantería, administrador real y secretario de S. M. la Reina; de cuyo matrimonio nacieron media docena de hijos. Al final de sus días y como justo tributo a su densa hoja de servicios prestados al Estado, fue distinguido con la Encomienda de la Orden de Carlos III y la de San Gregorio Magno.

Moría en Madrid a los sesenta y nueve años de edad.

Este personaje condensa la filosofía de la elite provincial burgalesa de esa primera generación de políticos de época isabelina cuya estela la siguen con menor entusiasmo y éxito sus hijos Fernando y en mayor medida Carlos Álvarez Guijarro, diputado en 1884 y más tarde senador. Aunque de continuo residía, en Madrid seguiría muy relacionado con su distrito político de la tierra de Villarcayo, donde aún mantiene el arraigo familiar y hace público un sentimiento patrimonial del poder. Conservador en los principios refuerza su poder con clientelas y redes de presión local y sobre todo con la práctica hereditaria de transmitir el ejercicio político.


Obras de ~: Descripción del monasterio y palacio de San Lorenzo,casa del príncipe y demas notable que encierra bajo el aspecto histórico, literario y artístico del real Sitio del Escorial, para uso de los viajeros y curiosos que la visiten, Madrid, Imprenta de V. de la Llana, 1843; Memoria leída en el Ateneo científico de Madrid, en la junta general de 21 de diciembre de 1840, por el Secretario primero D. Fernando Álvarez, Madrid, Imprenta Colegio de Sordomudos, 1843; Memoria leída en el Ateneo científico y literario de Madrid, en la junta general de 29 de diciembre de 1842, por el Secretario primero D. Fernando Álvarez, Madrid, Imprenta de J. Suárez, 1843; Memoria leída en el Ateneo científico y literario de Madrid, en la junta general de 30 de diciembre de 1843, por el Secretario primero D. Fernando Álvarez, Madrid, Imprenta de la Sociedad Literaria, 1844; Informe dado a la Academia de Ciencias Morales y Políticas sobre el manuscrito anónimo titulado “De la Divina Providencia” atribuido a D. Joaquín Lorenzo Villanueva y remitido por el Gobierno para el examen, Madrid, Imprenta Nacional,1864.


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Imagen CC Wikimedia Commons. Escena parlamentaria en el Salón de Sesiones del Congreso de los Diputados, de Eugenio Lucas Velázquez. h. 1854-1855. Fondos del Congreso de los Diputados.

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