AugustoBiografía escrita por Pilar González-Conde Puente, profesora del Departamento de Prehistoria, Arqueología, Historia Antigua, Filología Griega y Filología Latina de la Universidad de Alicante. Autora, entre otras publicaciones sobre Romanidad, Antigua Roma e Imperio, de “El Principado de Augusto y el comienzo del Imperio”, en F.J. Fernández Nieto (ed.), Historia Antigua de Grecia y Roma, Valencia, Tirant Lo Blanch, 2005.


Augusto. Caius Octavius. Roma (Italia). Emperador de Roma.

23.IX.63 a. C. – Nola (Italia), 19.VIII.14 d. C.

Hijo de Caius Octavius, pretor en el 60 a. C., y de Atia. Su familia paterna, miembros de la elite de Velitrae (Velletri, Italia), pudo tener un rango ecuestre hasta la promoción de su padre, mientras que por línea materna su abuelo era un senador de Aricia (Ariccia, Italia) llamado Marcus Atius Balbus, cuñado de Julio César. Algunas noticias, sin embargo, le adjudicaron un origen humilde. Nació en Roma, en un lugar del Palatino llamado “las Cabezas de buey”, un lugar en el que se levantó un templo después de su muerte (Suetonio, Augusto, 5). Tuvo dos hermanas: Octavia la mayor (hermana de padre) y Octavia la menor. Con cuatro años perdió a su padre y se crió en Velitrae en casa de sus abuelos paternos, en donde se decía que había adquirido el apodo de Turino. Cuando contaba doce años, hizo el elogio fúnebre de su abuela Julia. El 18 de octubre del 48 recibió la toga viril (el paso a la edad adulta), alcanzando también un cargo sacerdotal (pontifex). En la primavera siguiente (abril/mayo del 47) fue nombrado responsable de las ferias Latinas (praefectus Urbi feriarum Latinarum causa). En septiembre del 46 fue condecorado (dona militaria) con motivo del triunfo de César en África y, poco después, acompañando a éste, realizó su primera visita a Hispania, sufriendo un naufragio durante el trayecto (Suetonio, Augusto, 8). Visitaron Tarraco, Gades y Cartago Nova, y en esta última administraron justicia (Nicolás Damasceno, La vida de Augusto, 10, 11). En otoño del año 45 a. C. fue a Apollonia (Vlorë, Albania), ciudad en la que se dedicó a los estudios. Comenzó el 44 a. C. con una designación como jefe de la caballería (magister equitum) y el 15 de marzo de ese año era asesinado Julio César. En su testamento adoptaba a Octavio y le convertía así en su heredero personal y político. Dos meses después, éste aceptaba oficialmente el nombramiento como César, un título que, a partir de entonces, tendrían todos los sucesores al trono, convirtiéndose en Caius Iulius Caesar Octavianus (aunque el uso del cognomen Octavianus no se acepta de forma general).

El joven Octaviano no tenía todavía la capacidad de aglutinar todas las ambiciones personales de los senadores romanos bajo el exclusivo gobierno de su persona, de manera que tuvo que pactar un sistema de reparto de poderes. El 27 de noviembre del año 43 a. C., el estado romano quedaba en manos de tres magistrados que, mediante la promulgación de una ley (lex Titia), se convertían en los miembros del Segundo Triunvirato (III viri rei publicae constituendae).

Los triunviros eran el futuro Augusto, Marcus Antonius (Marco Antonio) y Marcus Aemilius Lepidus (Lépido). Persiguieron a los “tiranicidas” (los asesinos de César) y les derrotaron en la batalla de Philippos (Grecia); a continuación, se repartieron el control de los territorios del estado romano: Marco Antonio en Oriente, en donde reorganizó los reinos helenísticos y encontró un apoyo político en la reina Cleopatra de Egipto; Octaviano en Italia y las provincias occidentales; y Lépido en el norte de África, aunque con una posición más débil y efímera que sus colegas. La situación generó una tensión política que desembocó, el 2 de septiembre del año 31 a. C., en la batalla de Actium, en la que Octaviano vencía definitivamente a Antonio y daba fin a la guerra civil. Tras la victoria en Actium, se iniciaba una etapa en la que Octaviano se dedicaría a definir la verdadera naturaleza de su poder y a reorganizar el interior del estado romano en todo su territorio: a finales del otoño, fue iniciado en Grecia en los misterios de Eleusis para comenzar luego el último acto del ataque a sus adversarios, consistente en la conquista de Alejandría (1 de agosto del 30 a. C.).

La gestión del estado, después de la crisis de la guerra civil, requería medidas urgentes. Ocupando repetidamente el consulado, Octaviano impulsó una serie de medidas financieras, como la condonación de deudas o la reducción fiscal. También organizó el asentamiento, en Italia y las provincias, de los veteranos que esperaban el licenciamiento y su recompensa. Desempeñó el cargo de censor (28 a. C.), que le daba la capacidad de decidir quiénes debían pertenecer a cada grupo social.

En enero del año 27 a. C., Octaviano renunció a sus poderes ante el Senado que, con el recuerdo todavía vivo de la guerra civil, rechazó su renuncia, confirmó su posición y amplió sus competencias. Junto al desempeño del consulado, recibió para diez años el imperium (con mando militar sobre las provincias de Hispania, Galia, Siria y Egipto), así como los títulos de Princeps y Augustus (evocaba la auguratio u observación de los presagios). Como símbolo de reconocimiento de su liderazgo político y moral recibió entonces la “corona cívica”. Los principios que presidían su programa político se recogieron en un clipeus virtutis (escudo de virtudes) en el que figuraban los valores que debían presidir el nuevo gobierno: virtus, clementia, iustitia y pietas. El Principado había comenzado.

Definido el nuevo papel del príncipe, Augusto pudo dedicarse, durante los años siguientes, a la conquista de los territorios del norte de Hispania, mientras ocupaba el consulado in absentia (estando fuera de Roma). El año 23 a. C., como respuesta a los movimientos de oposición política, forzó al Senado a concederle nuevos poderes: el imperium maius proconsularis sobre todas las provincias y con una duración de diez años; y la tribunicia potestas (el poder de los tribunos), de carácter anual y que a partir de ahora se aplicaría automáticamente a los príncipes cada año de su gobierno. Años más tarde (12 a. C.), a la muerte de Lépido, Augusto le sucedió como pontifex maximus (el más alto cargo religioso). Había esperado hasta entonces para mantener una ficción de legalidad republicana que requería el mantenimiento formal de las tradiciones. El nuevo cargo completaba los poderes religiosos del príncipe y le convertía en la cabeza de la religión oficial del estado. A esto unió después la concesión del título de pater patriae (padre de la patria), como reconocimiento del Senado, en cuya asamblea tenían que convivir los defensores del nuevo sistema del Principado con los defensores de la vieja República. Augusto redujo de mil a seiscientos el número de miembros de la Asamblea y estableció mecanismos de control del absentismo, encargándole el control del aerarium populi romani (el patrimonio del estado), de la elección de algunas altas magistraturas, de la administración de determinadas provincias, de la renovación de la titulatura imperial, de la acuñación de monedas (excepto las de oro y plata, que eran prorrogativa imperial). En la práctica, el Príncipe intervenía en todos estos asuntos del estado mediante la creación de un aparato burocrático complejo que permitía reformar la estructura política hasta adaptarla a la de un imperio territorial. El elemento ecuestre comenzaba a desempeñar un papel creciente en la carrera administrativa civil, ocupando nuevos cargos de relevancia considerable. Para ellos se crearon ahora nuevas prefecturas: prefecto de los vigiles (la policía de Roma), de la annona (sistema de aprovisionamiento alimentario), de la provincia de Egipto, y sobre todo del pretorio (jefe de la guardia imperial). La prefectura de la ciudad de Roma (praefectus Urbi), también de nueva creación, era ocupada por senadores. Mediante el desempeño del cargo de censor, que Augusto ocupó en varias ocasiones, pudo controlar la adscripción de los ciudadanos en los diferentes grupos políticos, lo que suponía una herramienta de poder. Dejó fijadas la fortuna y los distintivos necesarios para pertenecer a los órdenes senatorial y ecuestre (los grupos privilegiados de la sociedad romana), así como la conducta que se esperaba de ellos. El Príncipe se convirtió en garante del mantenimiento de los mores maiorum (las tradiciones romanas), mediante el desarrollo de una actividad legislativa orientada al mantenimiento del papel de cada individuo dentro del cuerpo social. El año 18 a. C., se aprobaron las leges Iuliae, que tenían el objetivo común de mantener el papel de la familia romana dentro de la más estricta observancia de las tradiciones y que incluía la limitación de matrimonios entre individuos de diferente rango social, el reconocimiento legal por el número de hijos y los castigos legales para los casos de adulterio (lex Iulia de maritandis ordinibus, lex Iulia de adulteriis coercendis, lex Papia Poppaea, ius trium liberorum).

Augusto llevó su política de conservación de las tradiciones romanas también al campo religioso. La asunción de poderes por parte del Príncipe tenía una vertiente religiosa que quedaba expresada por el propio nombre de Augustus. Pero el nuevo régimen político requería nuevas formas de relación entre la cabeza del estado y la estructura religiosa más oficial. Para ello, Augusto se convirtió en miembro de los más importantes colegios sacerdotales, como el de pontífices, el de augures o el de los Fratres Arvales. El sacerdocio de Júpiter, como una de las más importantes manifestaciones de la religión oficial, recibió un nuevo impulso, al ser nombrado un nuevo flamen dialis, un cargo sacerdotal vacante durante largo tiempo. La manifestación más clara de la vertiente religiosa del nuevo régimen era, sin embargo, el culto imperial. La devoción a los príncipes muertos y, en ocasiones, a sus familiares más cercanos, se convirtió en una herramienta eficaz en manos del poder, que proyectaba así las virtudes del gobernante desaparecido como justificación del papel asumido por su sucesor.

Las reformas afectaron también al sistema financiero. El estado romano había quedado seriamente dañado en lo que a los recursos públicos se refiere después de la guerra civil y el propio Augusto tuvo que ingresar una cantidad importante de su propia fortuna para sanear el tesoro público (aerarium populi romani). Sin embargo, los gastos generados por las campañas militares del Gobierno fueron enormes.

Augusto se encontró con un ejército que salía de una guerra civil, con unas necesidades de organización que garantizaran la eficacia, pero también la fidelidad y la disciplina. Las veintiocho legiones se redujeron a veinticinco a partir del 9 d. C., con un legado del Príncipe al mando de cada una de ellas. El año 6 d. C. se creó el aerarium militare, con la función de garantizar el pago de los gastos de mantenimiento del ejército y de las indemnizaciones de los licenciamientos.

En los años siguientes se fijó el sistema de financiación de este organismo.

En política exterior, el final de la guerra civil permitía la vuelta al expansionismo de conquista que, sin embargo, se completó con una tarea diplomática que produjo un entramado de reinos vasallos en las fronteras.

A lo largo de su gobierno se llevó a cabo una organización territorial que tenía por objetivo el control efectivo, fiscal y militar, de todas las regiones del imperio. La ciudad de Roma y el territorio de Italia fueron divididos, cada unos de ellos, en catorce distritos, diferenciados del mundo provincial. El resto de los territorios, tanto los que ya constituían provincias como los nuevos añadidos por el Príncipe, se dividieron en dos, atendiendo a su adscripción administrativa: provincias senatoriales y provincias imperiales.

Las primeras requerían una vigilancia especial y una presencia militar considerable, ya fuera por su condición de frontera inestable o por ser de reciente incorporación a Roma. El resto quedaba bajo la gestión directa del Senado. Augusto completó un mapa territorial del estado que sufriría pocas variaciones durante los gobiernos posteriores. En la frontera oriental, en el río Éufrates, el estado romano tenía un conflicto con el reino de los Partos (en el valle del Tigris) por la intervención de ambos en los asuntos dinásticos de Armenia. El 22 a. C., Augusto llegó personalmente a Oriente acompañado de Tiberio, el hijo de su esposa Livia y próximo sucesor en el trono de Roma. Solucionó el conflicto dinástico instalando en el trono a un aliado suyo y recuperó las insignias del ejército romano que habían sido arrebatadas con anterioridad.

Quedaba allí una inestabilidad latente y un problema fronterizo no resuelto, aunque el estado acuñó monedas celebrando la acción romana en aquella lejana frontera. En el resto de los territorios orientales se hicieron ahora algunas reformas. En Anatolia ya existían las provincias de Asia, Bithynia y Cilicia, mientras el resto de la península estaba integrado por estados clientes. Galatia y Judea fueron anexionadas al Imperio, convirtiéndose en nuevas provincias (en 25 y 6 a. C. respectivamente), la segunda gobernada por un procurator bajo la autoridad del gobernador de Siria.

En el norte de África, Egipto, que constituía un territorio de reciente adquisición, estratégicamente muy destacado y crucial para el abastecimiento de trigo a Roma, se convirtió en provincia imperial en el año 30 a. C., quedando bajo el mando directo de un prefecto de rango ecuestre nombrado por el príncipe; Augusto prohibió expresamente la entrada en esta provincia a los senadores que no tuvieran un permiso suyo. En cambio, el resto de provincias africanas, Cyrenaica y África Proconsular, quedó en la órbita del Senado. El reino de Mauretania formaba parte de la red de estados clientes con la que Roma completó sus relaciones exteriores.

En la Galia, la Narbonense era una antigua provincia romana que quedaba desde ahora bajo la administración senatorial. La Galia comata (“la de largos cabellos”, en referencia al aspecto de sus habitantes, a diferencia de la Galia ya romanizada), conquistada por César y anexionada al Imperio, experimentó ahora una división efectiva en tres provincias: Aquitania, Lugdunense y Bélgica. Siguiendo el modelo augusteo del Imperio, pasaron a la administración imperial como provincias de nueva adquisición y, en el caso de Bélgica, relativamente cercana al conflicto germano.

En el norte, la frontera del Rin constituía un territorio inestable, en continuo peligro por los enfrentamientos con los pueblos germanos de la margen derecha.

El conflicto provocó esporádicas incursiones militares del ejército romano, que se adentraba en territorio germano con mejor o peor fortuna. El año 9 d. C., Quintilio Varo atravesó el río y se adentró hacia el Este con tres legiones para sofocar una revuelta que los vecinos germanos estaban protagonizando contra Roma bajo el mando de Arminio. En el bosque de Teotoburgo (Karlkriese, cerca de Osnabrück, Alemania) sufrieron la derrota a manos de los germanos y las tres legiones fueron aniquiladas. El recuerdo de aquella derrota permaneció en Roma para las generaciones futuras y cambió probablemente la política fronteriza en el Rin. El proyecto inicial de Augusto, que pudo incluir la expansión hasta el río Elba, se abandonó, estableciendo una frontera fija en el curso del Rin. Los territorios de la margen izquierda del río fueron convertidos en dos distritos militares denominados Germania inferior y Germania superior, un estatuto especial para una región incorporada a Roma pero que constituía una frontera inestable necesitada de una presencia legionaria considerable (cuatro legiones en cada uno). Ambos territorios se administraban desde la Galia Bélgica. En los Alpes, se crearon tres pequeñas provincias procuratorias: de norte a sur, Alpes Peninos, Alpes Cottios y Alpes Marítimos.

La frontera norte del Imperio quedó definitivamente fijada en los ríos Rin y Danubio. El curso alto del Danubio fue objeto de una serie de campañas militares protagonizadas por Druso y Tiberio, los hijastros de Augusto, en 16-15 a. C. El resultado fue el control político-militar de los territorios hasta el Danubio, aunque no su inmediata incorporación a la Administración provincial. Mientras Raetia se convertía en una provincia gobernada por un procurator, Nórico se incorporó al imperio pero probablemente se mantuvo como reino cliente hasta época de Claudio. Las acciones militares de Roma alcanzaron también al curso medio del río, en donde más tarde se crearían las provincias de Panonia superior e inferior, así como el curso bajo y la desembocadura, en donde la provincia de Moesia tiene atestiguado un gobernador desde el 6 d. C., mientras Tracia permaneció como un estado vasallo hasta el 46 d. C. Todas las nuevas provincias establecidas a lo largo del curso del Danubio se colocaron bajo administración imperial, por su doble condición de fronterizas y de reciente adquisición. Finalmente, en el territorio del Ilírico se creó, en 9 d. C., la provincia de Dalmacia y, en Grecia, el Peloponeso se separó de Macedonia para constituir la provincia senatorial de Acaya.

En la Península Ibérica, Augusto heredó una frontera en el norte, en donde los pueblos de la cornisa cantábrica habían quedado fuera del dominio romano.

La conquista de los territorios peninsulares se había parado durante un siglo, dejando paso a conflictos políticos internos que se dirimieron con la fuerza de las armas. Hispania se convirtió en campo de batalla para las ambiciones políticas de los principales líderes republicanos y el proceso de conquista se detuvo porque Roma tenía entonces otras prioridades de orden interno. En los años siguientes al final de la guerra civil, la expansión se retomó, y con ello el modelo de política exterior republicana. En lo que afectaba a la Península Ibérica, esto significaba la conquista del norte y su incorporación al Imperio, una tarea emprendida casi desde los primeros momentos del Gobierno de Augusto, que iba a permitir la desaparición de una zona de peligro y la garantía de control de los recursos de todo el norte, especialmente la minería. El año 29 a. C. comenzó la guerra contra Cántabros y Astures o, más bien, contra el conjunto de pueblos que Roma agrupó bajo estas denominaciones. El propio príncipe viajó a la Península el año 27 a. C., acompañado de su hijastro Tiberio y de su yerno Marcelo (el primer marido de su hija Julia), para dirigir la contienda, para lo que fueron trasladados importantes contingentes militares a ese territorio. Al caer enfermo en el frente militar, por recomendación de su médico personal, Antonio Musa, fue trasladado a Tarraco (Tarragona), donde se estableció hasta enero del año 24 a. C. Desde allí llevó el mando de las operaciones y dirigió el Imperio, que durante dos años tuvo como centro político a esta ciudad hispana. El 24 a. C. Augusto volvió a Roma con sus generales y mandó cerrar las puertas del templo de Jano (que permanecían abiertas mientras se combatía en alguna guerra), como si la guerra ya hubiese acabado, debido a su necesidad de logros políticos. Es evidente que el conflicto continuaba, como se desprende de las noticias sobre revueltas y campañas de represión en los años siguientes. Este había sido su segundo viaje a Hispania (antes había estado con César el año 45 a. C.) pero el primero como gobernante y, durante su estancia, se fundan colonias como Augusta Emerita (Mérida) y se asientan nuevos veteranos en la colonia de Ilici (La Alcudia de Elche), que a partir de ahora se llamará Colonia Iulia Ilici Augusta. Los veteranos asentados en ambas colonias procedían de los ejércitos que habían participado en la guerra contra Cántabros y Astures en el norte de Hispania.

El año 19 a. C. Agrippa fue enviado a Hispania. Para entonces ya era el segundo marido de Julia y, por tanto, nuevo yerno del monarca. Agrippa consiguió terminar con la resistencia de estos pueblos, protagonizando episodios de una durísima represión. Terminada la guerra, Hispania se mantenía como una frontera a vigilar, como demostraba la permanencia de tres legiones en el norte: legio IV Macedonica, legio VI Victrix y legio X Gemina.

Augusto salió de Roma el año 16 a.C. para llevar a cabo un viaje por las provincias occidentales. Entre los años 15 y 13 a.C. estuvo por tercera vez en Hispania (segundo viaje realizado como Príncipe). A esa etapa corresponde un hallazgo que ha servido para modificar y completar el conocimiento de la realidad administrativa peninsular de época augustea. El descubrimiento en Bembibre (León) de la ya famosa inscripción en bronce que reproduce dos edictos de Augusto del 14/15 de febrero del año 15 a. C., prueba que para entonces había ya en Hispania cuatro provincias: la provincia Transduriana (mencionada en el documento), además de las ya conocidas Hispania citerior (Tarraconense), Lusitania y Bética, de las que la última estaba bajo control senatorial. La Transduriana agrupaba, como indicaba su nombre, los territorios al norte del Duero, que en parte habían sido anexionados con el final de la guerra contra Cántabros y Astures. En algún momento posterior, esta región fue incorporada a la provincia Hispania citerior, quedando a partir de entonces toda la Península dividida en tres provincias.

Se establecieron también catorce conventos jurídicos (conventus iuridici) para todo el territorio peninsular, cada uno de ellos con una capital a la que acudían los habitantes de un territorio para todos los asuntos relacionados con los litigios legales, tal y como describió Plinio en su Historia Natural. Las ciudades hispanas también se vieron afectadas por importantes cambios durante el período. Como continuación de la política municipal cesariana, Augusto elevó el rango jurídico de algunas comunidades indígenas, convirtiéndolas en municipios y colonias (éstas requerían el asentamiento de veteranos o, en menos ocasiones, de colonos civiles).

Ambas categorías poseían un estatuto derivado de una ley general que les confería un rango privilegiado con arreglo al Derecho Romano o Latino (el que los romanos habían dado a las ciudades del Lacio tras la conquista) y que las distinguía del resto de comunidades indígenas (peregrinas), reproduciendo el modelo urbanístico y jurídico romano. La mayoría de las colonias se concentraron en la Baetica. En el norte, Lucus Augusti (Lugo) se convirtió en municipio. Tras las guerras cántabras se fundaron colonias con los veteranos licenciados al final del conflicto; tal es el caso de Augusta Emerita (Mérida, Badajoz). En Lusitania se fundó la colonia de Pax Iulia (Beja). En la citerior aparecieron colonias como Caesaraugusta (Zaragoza), Salaria (Úbeda la Vieja), Acci (Guadix) o Ilici (La Alcudia de Elche). En cuanto a los municipios, se pueden citar los casos de Segobriga (Saelices, Cuenca) el año 15 a. C., Saguntum (Sagunto), Bilbilis (Calatayud) o Ilerda (Lleida), entre otros. El panorama de ciudades con rango jurídico privilegiado quedó desigualmente repartido al final del Gobierno de Augusto, de manera que la Baetica y la parte oriental de la Citerior tenían una mayor concentración, mientras que en el norte y en la meseta había grandes zonas desprovistas de una cabeza administrativa como los municipios o las colonias.

En Tarraco, Augusto dedicó un teatro a la ciudad y desde época de Tiberio hubo un templo consagrado a su figura ya divinizada.

Augusto inauguró un nuevo período de la historia de Roma que ha sido definido con el término de pax romana, no en el sentido de ausencia de guerra, sino de sistema de organización del Imperio territorial que organizaba la explotación de los recursos de las regiones bajo su dominio. En la imagen pública del régimen, la familia imperial se presentó como garante de estabilidad y continuidad, una idea proyectada en todos los canales posibles de la propaganda política. La construcción del Ara Pacis y el significado de sus relieves combinaban ambos elementos, dinastía y pax. Los motivos decorativos elegidos para la acuñación de monedas difundieron por todo el Imperio las imágenes de los principales miembros de la familia del Príncipe, acompañados por las leyendas que se referían a los valores del régimen. Las inscripciones honoríficas recordaban a Augusto y sus allegados y, en la mayoría de los casos, acompañaban a programas escultóricos que recordaban a la domus Augusta en los foros de las ciudades del Imperio. El nuevo régimen político encontró también apoyo entre los intelectuales. El círculo de Mecenas apoyaba, desde una posición cercana al poder, la producción literaria de Roma. La Aeneida de Virgilio, dedicada a ensalzar la grandeza del pueblo romano desde sus míticos orígenes, fue un instrumento eficaz para impulsar la popularidad del monarca.

Sin embargo, la imagen de continuidad dinástica se vio seriamente afectada por una larga serie de muertes prematuras entre los allegados de Augusto que levantaría sospechas de conspiraciones y asesinatos que implicaban especialmente a Livia, la última mujer del monarca, cuya línea familiar terminaría imponiéndose en el camino del trono (Tácito, Anales, 1, 3, 1 y ss.). Augusto sólo tuvo una hija, Julia, a la que casó primero con Marcelo y luego con Agrippa. Ambos murieron pronto (en 23 y 12 a. C., respectivamente), frustrando probablemente las expectativas del príncipe de tener un heredero de su propia familia. Entonces Augusto volvió la mirada a dos de sus nietos Cayo y Lucio (hijos de Julia y Agrippa), a los que adoptó el año 17 a. C., aunque su muerte en los años 2 y 4 d. C. suponía la desaparición de los posibles herederos en las dos siguientes generaciones. Estas circunstancias volvieron la mirada del príncipe hacia los hijos de su esposa Livia, Tiberio y Druso, quienes representaban la continuidad de la familia Claudia, vinculada ahora a la Corona por matrimonio y en la que Augusto encontró la continuidad familiar que había perdido.

El año 5 d. C., Augusto adoptó a Tiberio (y también a Agrippa Póstumo, el más joven de los nietos del príncipe, que sobrevivió muy poco tiempo a su abuelo), quien ya había disfrutado, en los años anteriores, de una situación privilegiada junto al Monarca, detentando como él el imperium maius y la tribunicia potestas. La batalla por la sucesión no estuvo exenta de dificultades, entre las que se cuentan sucesos no del todo bien explicados, como la acusación de adulterio y el destierro de las dos Julias, hija y nieta del monarca (el año 2 y el 8 a. C., respectivamente), o el retiro de Tiberio a Rodas (6 d. C.) cuando todavía no tenía asegurado el ascenso al trono.

Augusto gobernó durante cuarenta y un años, con el nombre de Imperator Caesar Divi filius Augustus. Se casó tres veces: con Clodia no tuvo hijos; con Scribonia tuvo una hija, Julia; y con Livia (desde el 17 de enero del 38 a. C.), que aportaba dos hijos al matrimonio, Tiberio y Druso. Aunque no tuvo hijos varones, el príncipe adoptó progresivamente a sus nietos Cayo y Lucio; a Tiberio, hijo de Livia; y a Agrippa Póstumo (su nieto menor). El 19 de agosto del año 14 d. C. murió Augusto durante su estancia en Nola. Su cadáver fue transportado por los decuriones (los magistrados de las ciudades por las que pasaba la comitiva) y después por los ecuestres, mientras los senadores preparaban el funeral en Roma. Fue incinerado en el Campo de Marte y enterrado en un mausoleo que se conserva aún hoy junto al Tíber. El Senado decretó honores divinos para el Monarca desaparecido y encargó a Tiberio la lectura del elogio fúnebre (Dión Cassio, 56, 35-41). El testamento, custodiado por las vestales (sacerdotisas de Vesta), incluía un inventario de los bienes del Imperio (Suetonio, Augusto, 101, 1 y ss.) y, según Tácito, también una recomendación de que no se siguieran extendiendo las fronteras del estado romano (Tácito, Anales, 1, 11, 3-4).

Las Res Gestae divi Augusti es una relación de los hechos más importantes de su Gobierno, hecha tras su muerte. Su vida y la historia del período han quedado también en las biografías de Suetonio (Augusto) y Dión Cassio (Historia Romana, libros 53-56). Precisamente por Suetonio se sabe que Augusto cultivó la elocuencia desde la infancia, que preparaba con gran cuidado sus discursos y tenía un estilo elegante y ponderado, con conocimientos de estudios griegos y latinos, aunque descuidaba la ortografía (Suetonio, Augusto, 84, 86, 88 y 89). El biógrafo se ocupó también de recoger las principales obras escritas por el príncipe (Suetonio, Augusto, 85), algunas de las cuales leyó ante sus amigos.


Obras de ~: Obras en prosa: Exhortaciones al cultivo de la filosofía; Réplica al Catón de Bruto; Vida de Druso; Descripción de Italia; Memorias; Cartas latinas y griegas; Discursos. Poesía: Aiax (tragedia); Sicilia; Libro de Epigramas.


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