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Diego Antonio de León y Navarrete. Conde de Belascoaín (I).

Córdoba, 30.III.1807 – Madrid, 15.X.1841. Militar destacado durante la Primera Guerra Carlista.

Hijo menor de una familia noble, fueron sus padres Diego Antonio de León, marqués de las Atalayuelas, comendador de la Orden Militar de Calatrava, gentilhombre de Cámara del rey Fernando VII y coronel del Ejército de Andalucía, y María Teresa Navarrete y Valdivia.

Los primeros años de su infancia los pasó en Montoro (Córdoba), de donde procedía su familia. En 1815 su padre, destinado en la Corte, le inscribió en el colegio de las Escuelas Pías de San Fernando de Madrid, empezando sus estudios a los ocho años. Al trasladarse de nuevo la familia a Andalucía, en octubre de 1820 ingresó en el colegio de la Asunción de Córdoba. Desde niño sintió una gran inclinación hacia la carrera militar, por lo que finalizados los estudios, ingresó como teniente en el Regimiento de Granaderos Realistas de Montoro. En 1824, su padre solicitó para él una compañía de Caballería, previa entrega de sesenta y cuatro caballos por valor de 170 reales, como era costumbre en la época, convirtiéndose, a los diecisiete años, en capitán del Regimiento de Caballería de Castilla, 1.º de Ligeros, en el que permaneció dos años.

El 20 de diciembre de 1826, fue nombrado ayudante de campo del general Miguel de Ibarrola, marqués de Zambrano, destino que desempeñó hasta julio de 1827 en que ingresó en el Regimiento de Coraceros de la Guardia Real con el grado de capitán del Regimiento. En noviembre de 1829 obtuvo el grado de coronel y en diciembre de 1830 pasó al Regimiento de Granaderos de a caballo de la Guardia Real.

Tras la muerte del rey Fernando VII (29 de septiembre de 1833) y el estallido de la Primera Guerra Carlista, Diego de León, que había ascendido el 7 de octubre de 1834 a comandante de escuadrón en el Regimiento de Lanceros de la Guardia Real, se puso a favor de la legitimidad de Isabel II. Solicitó del Gobierno salir para el frente, siendo enviado con su escuadrón al ejército de Operaciones del Norte en diciembre de 1834. Así se inició su destacada participación en la Primera Guerra Carlista (1833-1840), en la que demostró las cualidades militares que le valieron el sobrenombre de la mejor lanza del Reino.

Su participación en la guerra se inició en diciembre de 1834, en Navarra, con la toma de Arcos y Puente de Lárraga, siendo general en jefe del ejército del Norte el general Espoz y Mina. Cuando éste, a causa de su salud, fue sustituido por el general Valdés, bajo su mando tomó parte en las acciones de Arróniz, Fuerte de Treviño, el Carrascal y Salvatierra. Pero su nombre empezó a sobresalir, al ser nombrado el general Fernando Fernández de Córdova, general en jefe del ejército del Norte, a cuyas órdenes tomó parte destacada en las batallas de Mendigorría y Arlabán.

El 12 de marzo de 1836 fue ascendido a coronel y nombrado jefe del Regimiento de Húsares de la Princesa.

Al frente de este Regimiento, Diego de León logró los mayores éxitos para la causa isabelina durante la Primera Guerra Carlista.

A partir de junio de 1836, los carlistas, mandados por el general Gómez, emprendieron una incursión por territorio liberal. Tras recorrer Santander, Asturias y Galicia, pasó a las dos Castillas, aproximándose a Madrid. Desde aquí marchó hacia el sur por Guadalajara, Cuenca, Albacete y Córdoba, cuya capital ocupó. Hizo una incursión por Extremadura y volvió a Andalucía, llegando en noviembre hasta Ronda (Málaga). En este punto puso fin a su temeraria expedición y retirándose por La Mancha y Castilla la Vieja, llegó a Orduña (Álava) en diciembre de 1836.

La División del general Espartero fue la encargada de perseguir al ejército del general Gómez en su incursión, y como formaba parte de esta división el Regimiento de Húsares de la Princesa que mandaba Diego de León, éste tomó parte en importantes enfrentamientos con el ejército de Gómez, siendo uno de los más destacados la batalla de Villarrobledo (Albacete), en septiembre de 1836. En esa fecha, por enfermedad de Espartero, mandaba la División el general Alaix, quien viendo la superioridad del ejército carlista, dio la orden a Diego de León para que maniobrara a discreción con sus ciento cinco húsares. León logró dispersar a once mil infantes y mil jinetes.

El valor demostrado en esta batalla le valió la concesión de la Cruz laureada de San Fernando de 2.ª Clase y ser promovido al empleo de brigadier, además de ser nombrado comandante general de la Caballería del ejército en campaña (2 de septiembre de 1836).

Siempre al mando del Regimiento de Húsares de la Princesa, Diego de León continuó acosando al ejército del general Gómez por Andalucía y Extremadura.

En ambas obtuvo grandes éxitos, pues expulsó a los carlistas de Córdoba capital, tomó Trujillo, Medellín y Villanueva de la Serena, persiguiendo al ejército carlista al entrar de nuevo en Andalucía, por Fernán Núñez, Montilla, Écija, Osuna, Ronda y San Roque, y al emprender el general Gómez el retorno hacia el Norte, continuó su persecución obteniendo una victoria clamorosa en los campos de Alcaudete (Jaén) (29 de enero de 1837), causando un número considerable de bajas en el ejército carlista y haciendo muchos prisioneros, además de apoderarse de armas, animales y munición. Finalmente hizo huir al general Gómez hasta Aranda de Duero (Burgos) y las provincias vascongadas.

Durante todos estos meses, otros regimientos habían sido relevados; sin embargo, el Regimiento de Húsares de la Princesa que mandaba Diego de León, no. En más de siete meses se había recorrido la Península de Norte a Sur y de Sur a Norte, tras las tropas carlistas sin descansar un solo día. Por ello a principios de 1837, León solicitó permiso para dirigirse con sus soldados a Palencia a reponer fuerzas. A los pocos días de estar allí, le llegó la orden de ponerse en marcha hacia Aragón. El objetivo era Barbastro, donde don Carlos tenía establecido su cuartel general. Diego de León, con su caballería, tomó la ciudad y persiguió al pretendiente por tierras de Cataluña, hasta vencerle en los campos de Grá (Cataluña) (12 de junio de 1837). Para muchos historiadores militares, la carga de León en esta batalla fue la más brillante de toda la Primera Guerra Carlista. Por esta actuación se le concedió la Gran Cruz de Isabel la Católica por Real Orden de 13 de agosto de 1837.

En octubre de 1837, se le ordenó unirse al ejército de Espartero, que estaba en Barcelona, siendo recibido en esta ciudad como héroe. Un mes más tarde, volvía a obtener otra victoria en los campos de Aranzueque (noviembre de 1837), arrollando por completo a los carlistas que se vieron obligados a huir hacia la provincia de Álava, siendo ascendido, por este nuevo éxito, al grado de mariscal de campo y nombrado comandante general de la división que operaba en Navarra.

La necesidad de asegurar la comunicación de la provincia de Navarra con su capital, Pamplona, apremiaba, pero los carlistas que dominaban el puente de Belascoaín cortaban el paso. Diego de León convencido de lo decisivo que era tomar este puente lo puso en conocimiento de su superior, el general Alaix, entonces virrey interino de Navarra, quien conocedor de lo arriesgado de la empresa y por miedo a que ésta fracasara, la desaprobó. Diego de León tomó sobre sí la responsabilidad de llevarla a cabo y lanzándose con un puñado de húsares, tras cuatro horas de duro combate consiguió tomar el puente de Belascoaín (28 de noviembre de 1837). Tan arriesgada acción le valió la concesión de la Gran Cruz laureada de San Fernando.

En septiembre de 1838 fue nombrado virrey de Navarra, obteniendo a los pocos días de su nombramiento una victoria contra las tropas del general Maroto en Arroniz. El arrojo y la pericia de Diego de León corría de boca en boca por toda España hasta el punto de que en diciembre de ese año, el Congreso de los Diputados, por decisión unánime de la Cámara, le envió un voto de agradecimiento de la Nación y la comunicación del acuerdo de la Cámara de concederle el título de caballero Gran Cruz de Carlos III.

En la primavera de 1839, los carlistas se volvieron a apoderar del puente de Belascoaín. En una acción rápida, el 1 de mayo de ese año, Diego de León y sus húsares volvieron a recuperar el puente, restableciendo la comunicación de Pamplona con el resto de Navarra. Esta acción le valió el título de conde de Belascoaín (Real Orden de 1 de junio de 1839). En julio y agosto de 1839, tras obtener las victorias por tierras navarras de Ramales, Guardamino, Areta, Alló y Dicastillo, entró triunfante en Durango (Vizcaya) y tras el Convenio de Vergara (31 de agosto de 1839), continuó persiguiendo al pretendiente, que buscó asilo en Francia.

Pero a pesar de la firma del Convenio, aún quedaron seguidores de don Carlos a las órdenes de Cabrera en el Maestrazgo. Fue con los últimos coletazos del carlismo, en los meses finales de 1839, cuando empezaron a manifestarse las graves diferencias entre el general Espartero, duque de la Victoria y conde de Luchana, entonces general en jefe del ejército del Norte, y el general Diego de León. Los grandes éxitos de éste y la fama adquirida por ellos, hizo concebir celos a Espartero que empezó a verle como a un rival.

En octubre de 1839, para separarle de un empleo tan importante como el virreinato de Navarra, el duque de la Victoria le dio el mando de la División de Infantería de la Guardia Real como comandante general.

Dos incidentes, uno militar y otro político, pusieron de manifiesto la tensión entre ambos militares. Diego de León, que había partido ese mismo mes con la citada División en persecución de los carlistas, quedó aislado y sin provisiones durante catorce días en Bordón (Teruel). Pidió al Cuartel General que se las enviase, pero la contestación de éste fue que se pusiese en camino con sus soldados hacia Acuavera, donde estaba situado el Cuartel General de Espartero. Para Diego de León esta orden era improcedente, pues retrasaba la guerra y envalentonaba a los carlistas, quienes, en efecto, interpretando la marcha de la División de León como una retirada, les atacaron con dureza costando todo un día el rechazarlos en la durísima acción de Peñacortada.

Por el camino hacia Acuavera, Diego de León tuvo conocimiento del Manifiesto de Más de las Matas, carta política en la que el general Linaje, secretario de campaña y amigo personal del duque de la Victoria, condenaba en nombre de su jefe, al Gobierno moderado de Pérez de Castro. Al llegar al Cuartel General, Diego de León intentó disuadir a Espartero y al grupo de militares afines a éste de que no se hiciese público el Manifiesto, razonándoles que aquel escrito suponía una intromisión militar en la política, pues se censuraba al Gobierno de la Nación, además de que el escrito asociaba al general Espartero con el Partido Progresista. El razonamiento de Diego de León fue escuchado en vano: el Manifiesto salió a la luz en el periódico El Eco del Comercio el 15 de diciembre de 1839. Diego de León, comprendiendo que había dos poderes enfrentados: el legal, representado por las Cortes y el Gobierno, y el militar, que residía en el Cuartel General del duque de la Victoria, que era de donde había salido el Manifiesto de Mas de las Matas, pidió licencia para irse a Madrid, que sólo le fue concedida ante la amenaza de presentar su dimisión.

Al llegar a la capital, León fue a visitar a la reina María Cristina que le recibió con grandes muestras de afecto, ofreciéndole en agradecimiento por sus triunfos el ascenso a teniente general, a lo que Diego de León contestó agradecido, que ese ascenso lo ganaría, como había ganado todos los de su vida, en el campo de batalla. La Reina Gobernadora entonces le nombró gentilhombre de cámara (29 de febrero de 1840).

Durante los dos meses que permaneció León en Madrid, Espartero le escribió repetidas veces apremiándole para que regresase al frente. Al duque de la Victoria le preocupaba la presencia de León en la Corte, entre otras cosas porque sabía que un grupo de militares descontentos pensaban ofrecerle la Jefatura del Ejército. El 11 de marzo partió León para el Cuartel General, poniéndose inmediatamente al frente de su División. Diez días después, tomó Castellote (Teruel), por lo que obtuvo la faja de teniente general en el campo de batalla, tal como le había asegurado días antes a la Reina Gobernadora. Después participó en el sitio de Morella y tomó Mora de Ebro, logrando expulsar a los últimos carlistas del fuerte de Santa María de Helaxs. De este modo consiguió lo que tantas veces había dicho a lo largo de la guerra, “dar la última lanzada de la guerra civil”.

A los pocos meses de terminar la Primera Guerra Carlista (julio de 1840), se inició la revolución de septiembre de 1840, que le costó la regencia a la reina María Cristina y convirtió al general Espartero en el nuevo regente. En su último intento de mantener la regencia, la Reina Gobernadora, desde Valencia, esperando hallar el apoyo del ejército del Centro, nombró a Diego de León capitán general de Castilla la Nueva (5 de septiembre de 1840). Tan pronto como recibió el nombramiento León se puso en marcha hacia Madrid. En el camino hacia la Corte, pidió al Cuartel General órdenes, pero éste le contestó que habiéndole dado el nombramiento la Regente, sólo de ella podía recibirlas. León comprendió que la revolución y el duque de la Victoria eran una misma cosa y ofreció a doña María Cristina su apoyo incondicional.

Pero ésta decidida a no abrir de nuevo una guerra civil abdicó la Regencia, partiendo para Francia el 17 de octubre de 1840, dejando a sus dos hijas Isabel II, reina de España, de diez años, y la infanta Luisa Fernanda, que aún no había cumplido los ocho, confiadas al duque de la Victoria.

Inmediatamente de la abdicación de doña María Cristina, el general Espartero escribió a Diego de León aconsejándole que hiciese dimisión de la Capitanía General que le había sido concedida por la ex regente. El conde de Belascoaín lo hizo al instante, además de solicitar licencia para viajar a Francia. Pasó unos meses en Burdeos, pues no quiso llegar a París, donde, acogida por su tío el rey Luis Felipe, se había instalado María Cristina, para evitar especulaciones, y volvió después a Madrid reuniéndose con su familia.

El 8 de mayo de 1841, las nuevas Cortes votaron a Espartero regente único. En el otoño de ese año, un grupo de militares que se le oponían iniciaron un levantamiento en el que Diego de León se vio implicado truncándose su carrera y su vida. Fue el primer pronunciamiento moderado, urdido en el círculo parisiense de doña María Cristina. Planeado por los consejeros civiles de la Reina exiliada y el general O’Donnell, el pronunciamiento tenía un triple objetivo: raptar a la reina niña Isabel y a su hermana la infantita Luisa Fernanda, apoderarse del duque de la Victoria y restablecer la Regencia de María Cristina, que sería proclamada por los generales sublevados, recogiendo la autoridad suprema del Estado, mientras ella llegaba de París, un Consejo de Regencia formado por Diego de León, Istúriz y Montes de Oca.

Contando con un elevado número de jefes y oficiales de alta graduación, el pronunciamiento debía estallar simultáneamente en Madrid y las provincias vascas, llevando el peso del pronunciamiento los generales: O’Donnell, en Pamplona; Borso di Carminati, en Zaragoza; Montes de Oca, en Vitoria; Diego de León y Manuel Gutiérrez de la Concha, en Madrid, y Narváez, que partiría desde Gibraltar. El proyecto original de los pronunciados, previsto para principios de septiembre, tuvo que modificarse por el aumento de tropas en la capital, pues el Gobierno estaba al tanto de lo que se preparaba, siendo éste el motivo por el que fracasó el golpe. Finalmente se decidió que el primero en pronunciarse fuera el general O’Donnell en Pamplona y a las veinticuatro horas se repetiría en Madrid y en el resto de capitales.

El 7 de octubre de 1841, a las ocho menos cuarto de la tarde, el general Manuel Gutiérrez de la Concha (que se vio envuelto en el pronunciamiento por la firme amistad que le unía desde la Primera Guerra Carlista con el conde de Belascoaín) llegó a palacio con el Regimiento del Príncipe y penetró en su interior por la escalera principal con un grupo de soldados.

Pero los dieciocho alabarderos de guardia ese día en palacio, mandados por el teniente coronel Domingo Dulce, les cortaron el paso impidiéndoles llegar hasta las reales niñas.

El asalto a Palacio duró desde las ocho de la tarde hasta las cinco y media de la madrugada del día siguiente.

Cuando Diego de León llegó a Palacio a media noche acompañado del general Juan de la Pezuela estaba ya todo perdido. Atravesando el Campo del Moro, emprendió la huida hacia Puerta de Hierro, cayendo herido con su caballo al saltar una zanja. Perdido por el camino de Colmenar Viejo, vio de lejos que le perseguía un escuadrón de Húsares de la Princesa y decidió esperar a que le alcanzasen. El escuadrón lo mandaba el comandante Laviña, antiguo ayudante del conde de Belascoaín, quien emocionado al verle le propuso huir a Portugal. Pero León le ordenó que cumpliese con su deber, siendo conducido preso a Madrid.

A su llegada a la capital se le confinó en el cuartel de Santo Tomás, que entonces era el cuartel de la Milicia Nacional. Se nombró un Consejo de Guerra formado por siete militares: el brigadier López Pinto, y los generales Cortínez, y Grases, que al final del proceso votaron en contra de la pena de muerte para León, y los generales Méndez Vigo, Ramírez e Isidro, que votaron a favor. El general Capaz, que actuó como presidente, al votar a favor de la pena de muerte, fue quien decidió la votación. Como defensor ejerció el general Federico Roncali, asistido por el joven abogado Luis González Bravo y como fiscal el brigadier Minuisir.

Este Consejo de Guerra, según demostró la prensa de la época, estuvo plagado de irregularidades, siendo la más llamativa que algunos de sus miembros, como el general Grases, gobernador de Madrid, y el general Méndez Vigo y el brigadier Minuisir, que mandaban la noche del 7 de octubre las tropas que acudieron a palacio en ayuda de los alabarderos, no eran competentes para asistir a aquella causa por ser al mismo tiempo jueces y testigos que tuvieron que declarar en el juicio.

Se procedió con la mayor rapidez en la instrucción del proceso, que el día 13 de octubre estuvo visto para sentencia. Ésta se dio a conocer el día 14, siendo Diego de León condenado a muerte acusado de sedición militar.

Al día siguiente, 15 de octub re fue fusilado a las dos menos cuarto del mediodía, muy cerca de la madrileña Puerta de Toledo, dando él mismo la orden al pelotón de fusilamiento. Tenía treinta y cuatro años.

Se le enterró modestamente en un nicho al ras del suelo en uno de los patios del cementerio de la puerta de Fuencarral, siendo trasladados sus restos en 1844 a la sacramental de San Isidro, en cuyo patio de San Andrés se encuentra actualmente su tumba.

Nadie esperaba que Espartero dejase cumplir la sentencia del Consejo de Guerra. La inflexibilidad del duque de la Victoria hizo disminuir su popularidad entre el estamento militar y reaccionar negativamente a la opinión pública, además de cometer un gran error político que desembocaría en el enfrentamiento de las dos España, la progresista y la conservadora.

Espartero no quiso ser clemente con León, aunque todos se lo suplicaron: su propia esposa, la duquesa de la Victoria, el defensor general Roncali y su hermano, el general Castaños, la marquesa de Zambrano, madre política de Diego de León, que fue a suplicar a la reina-niña Isabel II que escribiera una carta al Regente (lo que Argüelles, tutor de la Reina y de su hermana, y la condesa de Espoz y Mina, aya de las reales niñas, impidieron) y hasta el coronel Domingo Dulce, que al frente de los alabarderos había defendido el palacio la noche del 7 de octubre, pidió clemencia para León. Todo fue inútil. No hubo clemencia para León, como tampoco la hubo para los demás militares apresados: Montes de Oca, fue fusilado en Vitoria; Borso di Carminati, en Zaragoza, y los hermanos Fulgosio, en Madrid. Otros tuvieron más suerte y pudieron huir, como el general Manuel Gutiérrez de la Concha, que pudo alcanzar la frontera y ponerse a salvo en Italia. La ejecución de todos estos militares abrió posibilidades inéditas de popularidad a la ideología romántica, liberal y templada que los generales ejecutados representaban.

Diego de León contrajo matrimonio en 1826, en Madrid, con María del Pilar Juez Sarmiento y Mollinedo, hija de los marqueses de la Roca y dama de honor de la reina María Cristina. De este matrimonio nacieron dos hijos: José María y Antonio, a los que en su última carta escrita para ellos, muy niños aún, antes de ser fusilado, Diego de León les expresó el deseo de que no siguieran la carrera militar. María del Pilar Juez Sarmiento, condesa de Belascoaín, en el reinado personal de Isabel II fue nombrada dama de honor de la Reina (26 de abril de 1844), y por Real Decreto de 19 de mayo de 1844, se le concedió, como viuda del teniente general Diego de León, una pensión anual de 45.000 reales para ella y sus hijos, cantidad equivalente al sueldo que hubiese disfrutado en vida el teniente general Diego de León.

La condesa de Belascoaín, sobrevivió a su esposo seis años, muriendo el 7 de noviembre de 1847. Tras su muerte Isabel II concedió a cada uno de sus hijos una pensión anual de 10.000 reales. El primogénito, José María de León Juez Sarmiento, fue el II conde de Belascoaín y I vizconde de Villarrobledo. Siempre estuvo vinculado a la Casa Real, siendo nombrado por Isabel II gentilhombre de cámara (27 de octubre de 1844). En 1851, fue primer caballerizo del príncipe de Asturias y en 1860 mayordomo de semana, cargo que desempeñó hasta 1868, en que dejó de ocuparlo al tener que abandonar España Isabel II. En 1884, durante el reinado de Alfonso XII, fue rehabilitado en este cargo.

Fuentes y bibl.: Hoja de Servicios. Personalidades Célebres. Archivo General Militar de Segovia; Archivo General de Palacio (Madrid), Secc. Fernando VII, Caja 17, doc. 13, Memoria del Brigadier D. José Gavarre dirigida a la Reina M.ª Cristina; Personal, Caja 16.604, exps. 1-2-3; Archivo de la Villa (Madrid), legs. 3-386-10 y 3-386-14.

N. Pastor Díaz, Diego de León. Biografía, Madrid, 1843; C. Massa y Sanguinetti, Vida militar y política de Diego de León, Madrid, Est. Artístico y Literario de D. Juan Manini, 1843; J. S. Flórez, Historia de Espartero, t. IV, Madrid, 1844; P. Chamorro Baquerizo, Estado Mayor del ejército español. Historia del ilustre cuerpo de Oficiales Generales, Madrid, 1851; Historia de D. Diego de León, Primer conde de Belascoaín, Madrid, Imprenta de J. M.ª Marés, 1854; N. Pastor Díaz, Biografía de D. Diego de León, Primer conde de Belascoaín, Madrid, Imprenta Manuel Tello, 1868; M. Marliani, Historia de la Regencia de Espartero y sucesos que la prepararon, Madrid, Imprenta Manuel Galiano, 1870; I. Bermejo, La estafeta de Palacio, t. II, Madrid, Imprenta de R. Labajos, 1872; A. Pirala, Historia de la Guerra Civil y de los Partidos Liberal y Carlista, con la Historia de la Regencia de Espartero, Madrid, 1891; L. González Herrero, La noche trágica (7 de octubre de 1841), Madrid, Imprenta de Isidoro Perales, 1922; J. Albarracín y Arias de Saavedra, El proceso de D. Diego de León, conde de Belascoaín la primera lanza del reino, Sevilla, 1950; J. Buxó de Abaigar, Domingo Dulce, General Isabelino. Vida y época, Barcelona, Editorial Planeta, 1962; F. Fernández de Córdova, Mis memorias íntimas, Madrid, Atlas, 1966, 2 vols. (Biblioteca de Autores Españoles); J. L. Comellas, Los moderados en el poder, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1970; E. Christiansen, Los orígenes del poder militar en España. 1800-1854, Madrid, Aguilar, 1974; Condesa de Espoz y Mina, Memorias, Madrid, Tebas, 1977; J. M.ª Jover Zamora (dir.), Historia de España de Menéndez Pidal, t. XXXIV, Madrid, Espasa Calpe, 1981; J. Cepeda Gómez, Teoría del pronunciamiento: El intervensionismo militar en el reinado de Isabel II y el acceso de los generales al poder político, tesis doctoral, Madrid, Editorial Universidad Complutense, 1982; M. Alonso Baquer, El modelo español de pronunciamiento, Madrid, Rialp, 1983; C. Seco Serrano, Militarismo y Civilismo en la España Contemporánea, Madrid, Instituto de Estudios Económicos, 1984; J. Cepeda Gómez, El ejército español en la política española (1787-1843): Conspiraciones y pronunciamientos en los comienzos de la España liberal, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1990; C. Seco Serrano, “Milicia y política: el Marqués del Duero. Apuntes para su biografía”, en Boletín de la Real Academia de la Historia (Madrid), t. CLXXXIX, cuad. II (1992), págs. 203-250; B. Pérez Galdós, Episodios Nacionales, ts. III, IV y V, Madrid, Aguilar, 1995; J. Cepeda Gómez, Los pronunciamientos en la España del Siglo XIX, Madrid, Arco Libros, 1999; C. Seco Serrano, Historia del Conservadurismo español, Madrid, Temas de Hoy, 2000; T. Ortuzar Castañer, El General Serrano, Duque de la Torre. El hombre y el político, Madrid, Ministerio de Defensa, 2000. J. L. Comellas, F. Martínez Gallego, Trinidad Ortuzar, A. R. Poveda, G. Rueda, Los generales de Isabel II, Madrid, Ediciones 19, 2016.

Biografía escrita por Trinidad Ortúzar Castañer. Doctora en Historia de España Contemporánea. Catedrática de Historia de Enseñanza Media. Especialista en el reinado de Isabel II y en el general Francisco Serrano Domínguez, I duque de la Torre, sobre el que realizó su tesis doctoral. Es autora de: Inventario Duque de la Torre, Archivo de la Real Academia de la Historia, Madrid, 1985; El General Serrano, Duque de la Torre. El hombre y el político, Madrid, Ministerio de Defensa, 2000; “La actividad diplomática del duque de la Torre”, en Boletín de la Real Academia de la Historia, t. 208, cuad. 1, (2011), págs. 79-92; con otros autores, Los generales de Isabel II, Madrid, Ediciones 19, 2016.

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