Biografía escrita por Mariano Esteban Piñeiro, licenciado en Derecho y Doctor en Ciencias Físicas. Profesor titular de Matemática Aplicada en la Facultad de Ciencias, Universidad de Valladolid). Director del Instituto de Historia de la Ciencia y de la Técnica (Instituto de Historia Simancas). Universidad de Valladolid. Miembro Extranjero de la Academia de Historia de Portugal. Miembro Correspondiente de la Academia da Marinha de Portugal.


¿Toledo?, 1555 – Cádiz, 11.X.1614.

Se ha mantenido, con escaso fundamento, que fue Toledo el lugar de su nacimiento y que estudió en el Colegio de Santa Catalina de la ciudad imperial. En realidad se desconoce todo lo relativo a su infancia y juventud, por lo que caben diversas conjeturas. Así, si se admite un posible origen andaluz, podría ser hijo o nieto del notable maestro cantero Gonzalo de Roxas o Rojas, que trabajó en las obras de la Catedral de Sevilla entre los años 1507 a 1524, y con quien pudo aprender Cristóbal de Rojas los fundamentos de su oficio. Los primeros datos documentados son ya de 1584, en que consta su presencia en las obras de El Escorial, trabajando como experto en cantería bajo las órdenes de Juan de Herrera, por quien siempre mantuvo una gran admiración. Al concluirse la construcción del Monasterio, Rojas se trasladó a Andalucía, en donde fijó su residencia, realizando en zonas de Sevilla y Cádiz “algunas obras grandes de arquitectura”, como atestigua un informe del capitán general de Artillería de 1589. Esas obras, desconocidas todas salvo la relativa a la reconstrucción de un molino con su presa en el río Guadajoz, le proporcionaron el prestigio suficiente para que en 1588 recibiera el nombramiento de arquitecto maestro mayor de las obras de Sevilla. Dos años antes Rojas había conocido e iniciado una estrecha relación con el célebre ingeniero fray Tiburcio Spanocchi, quien por entonces y por encargo de Felipe II inspeccionaba las fortificaciones de Gibraltar y Cádiz. Bajo la influencia del ingeniero italiano, Rojas dio un giro a su actividad, hasta ese momento limitada a la arquitectura civil, dirigiéndola hacia la arquitectura militar o fortificación.

Su primer trabajo en este campo consistió en revisar, en los últimos meses de 1588, el estado de las obras de las fortificaciones de Pamplona comisionado por el Consejo de Guerra. Al concluir su misión marchó a Madrid, en donde permaneció unos meses acudiendo a la Academia Real Matemática para oír las lecturas de Labaña sobre Cosmografía y las de Ondériz sobre Geometría. Solicitó al Rey (1589) un nombramiento de ingeniero, pero el Consejo de Guerra estimó que, aunque poseía experiencia en las obras y tenía un buen conocimiento de la matemática, necesitaba aún completar su formación trabajando cierto tiempo con ingenieros. En consecuencia, fue enviado a servir en las obras de fortificación de Cádiz como maestro mayor de Obras, en donde trabajó hasta 1591, dejando confeccionado un plano de la bahía que se conserva en el Archivo General de Simancas. En los primeros meses de ese año se le ordenó ir con el Ejército Expedicionario a Bretaña para ocuparse de sus defensas. En la escala que hizo en Santander tuvo que elaborar un proyecto para la reedificación del fuerte de San Martín, que remitió a Felipe II en junio de 1591. En ese mismo mes llegó a Bretaña y se encargó de la dirección de las obras defensivas de Blavet, construyendo dos fuertes a la entrada del puerto, pertrechándolos con fosos abiertos en la peña y de todo tipo de defensas por la parte de tierra. Pero Cristóbal de Rojas no se limitó a actuar como ingeniero, sino que participó en distintos asaltos a fortalezas enemigas llegando incluso a ser herido, como él mismo indicó unos años más tarde al Rey, “derramando mi sangre y aventurando mi vida” por su Corona. Apoyándose en todos estos servicios, volvió a solicitar (1593) que le dieran la plaza de ingeniero, pero pidió también el título de capitán ordinario, argumentando que, al tener que tratar siempre con soldados, estos “de mala gana ovesdecen a quien no tiene este nombre”, lo que perjudicaba el servicio al Rey; sin embargo, su solicitud no fue atendida.

Dos años más tarde envió al Monarca una memoria en la que demostraba la falta de fundamento de las modificaciones que el ingeniero siciliano Giulio Lasso había propuesto para el revestimiento de las escarpas, memoria que Juan de Herrera informó favorablemente. A mediados de ese año (1595) se le ordenó volver a España y quedarse en la Corte al servicio del Consejo de Guerra. En octubre Rojas recibió, por fin, el nombramiento de “ingeniero real”, pero no el de capitán, y se le encargó leer “la materia de fortificación” en la Academia Real Matemática. En julio de 1596 se le mandó trasladarse a Cádiz para dirigir la reconstrucción de sus defensas después de haber sido destruidas por la flota inglesa del almirante Olard y del conde de Essex. Posteriormente inspeccionó las fortificaciones del Guadalquivir y las de Gibraltar, Ceuta y Tarifa, volviendo a Madrid en abril de 1597 con diversos informes sobre su trabajo. En una Real Cédula fechada el día 30 de ese mismo mes recibió por fin Rojas el nombramiento de capitán ordinario, pero sin sueldo adicional, junto con  la orden de regresar a Cádiz para comenzar las obras de su nueva fortificación. En julio de 1599 tuvo que abandonar esa tarea, aunque sólo temporalmente: tuvo que embarcarse en la armada de Pedro de Ciaburu para inspeccionar, asistido por el licenciado Juan Cedillo Díaz, las defensas de Lisboa, La Coruña, Islas Terceras y otras plazas atacadas o amenazadas por los ingleses. El resultado de la misión, que duró cuatro meses, fue un conjunto de informes y trazas sobre las fortificaciones necesarias que remitió al Rey al finalizar ese año, regresando luego a Cádiz.

La construcción de las defensas de Cádiz sufrió frecuentes paralizaciones, unas veces por falta de recursos económicos y otras por desacuerdos surgidos entre Cristóbal de Rojas y otros ingenieros con las autoridades civiles y militares de la zona. Pero esos problemas no le impidieron diseñar y ejecutar diversas obras civiles en la región, como la ermita de San José, una hospedería y un abrevadero en la ciudad de Cádiz o el Pósito de Medina Sidonia. También elaboró los proyectos de reforma de la Iglesia Mayor de Cádiz y del muelle de Gibraltar, el de construcción del muelle del Tuerto, y en 1609 levantó el plano de la ciudad de Cádiz. En 1611 inspeccionó las defensas de Orán y Mazarquivir y redactó un informe sobre las reformas que debían realizarse para fortalecerlas. Ya en 1614, embarcó como ingeniero en la armada mandada por el capitán general del Mar Océano, Luis Fajardo, que tomó el puerto africano de la Mámora, refugio de piratas y corsarios. Una vez ocupada la plaza, Cristóbal de Rojas proyectó la nueva fortaleza que debía protegerla. A principios de octubre, cuando había iniciado su construcción, enfermó de gravedad por lo que obtuvo licencia para regresar inmediatamente a su casa en Cádiz, en donde falleció nada más llegar.

Cristóbal de Rojas estuvo, pues, hasta su muerte dedicado esencialmente a las tareas que aparecían explicitadas en su nombramiento de ingeniero real: “Asistir a todas las fábricas de las fortificaciones de castillos, torres y fortalezas que por mi mandato se han hecho y ordenare que se hagan en cualesquiera parte de mis Reinos”. Pero también empleó parte de su tiempo en cumplir con otra obligación vinculada a la anterior, la de formación de futuros ingenieros. Juan Cedillo Díaz y Andrés de Castillejo son los nombres que destacan entre los que aprendieron ese oficio con Cristóbal de Rojas. Y aún tuvo tiempo y ánimo para escribir varios tratados sobre fortificación, consiguiendo publicar dos de ellos.

En 1598 apareció su Teórica y practica de fortificación, conforme las medidas y defensas destos tiempos, repartida en tres partes. Lo escribió dos años antes, animado  por el éxito que habían tenido sus clases en la Academia Real Mathematica, y previamente a mandarlo a la imprenta lo sometió a las críticas de dos de sus más apreciados maestros, Juan de Herrera y Tiburcio Spanochi, y también a la revisión de Cedillo Díaz, experto conocedor de la geometría de Euclides. El tratado, considerado como el más importante de los aparecidos en la España del siglo XVI sobre el tema, se abre con un prólogo y se divide en tres partes. La primera de ellas, está consagrada a los conocimientos matemáticos que debe poseer un ingeniero. Comienza ocupándose de la aritmética y advierte “que todas las medidas y defensas de fortificaron que están escritas de los ingenieros antiguos no nos sirven en este tiempo, conforme al arte militar presente”; pero incide que debe dominarse “para dar cuenta del gasto que se ha de hacer en la fábrica, se ofrecerá antes que se haga, o después de hecha, y en su construcción para las medidas de distancias y proporciones”. A continuación, y con mayor amplitud, expone la geometría, a la que considera aún más necesaria, pues “con ella absolverá todas las dudas que se le ofrecieren, assi de medidas como de proporciones, y para el disponer los planos y fundamentos de los edificios, y medir las fábricas y murallas…”. La segunda parte trata de los principios generales de fortificación, empezando por la traza, aspecto en el que radica la especial relevancia del libro, vinculada a una cuestión aún más importante, según el autor: el saber elegir el lugar idóneo en donde se debía levantar la fortaleza. Para ello, recalca el autor, se requería poseer la experiencia de un soldado. A continuación se estudian diversos problemas técnicos de la construcción de fortificaciones y del modo de levantar planos y manejar instrumentos. La tercera parte, “Arquitectura y las fábricas”, se ocupa principalmente del reconocimiento y adquisición de materiales, así como de ciertas técnicas, como el corte de piedras, o la cimentación del terreno. Defiende la realización de los modelos y maquetas como ayuda previa a la ejecución de la obra. Las descripciones sobre las propiedades de los materiales, cómo mezclarlos y cómo “ahorrar algunos gastos en las fábricas” muestran la formación autodidacta del autor, forjada esencialmente en el trabajo directo en todo tipo de obras de arquitectura y de ingeniería”.

A lo largo del texto Rojas resalta la importancia de la colaboración entre el ingeniero y el militar, pero sólo cuando aquél no tenga suficiente experiencia en los asuntos de la guerra o cuando el soldado desconozca las matemáticas y la práctica de la construcción. Esta fusión de soldado y arquitecto en una sola profesión, que es la de ingeniero, y en una única persona es la que pretende plasmar en la imagen que abre el libro: su propio retrato portando la coraza, con los Elementos de Euclides en su mano derecha mientras con la izquierda, que reposa sobre el yelmo, sujeta un compás. Dos fortalezas estrelladas, una pentagonal y otra cuadrada, ocupan los ángulos superiores y flanquean una esfera terrestre mostrando África y las Indias.

La obra de Cristóbal de Rojas fue la primera editada en España sobre fortificación, pero ya circulaban por Europa cerca de una veintena de tratados sobre esa materia. Posiblemente Rojas se apoyó fundamentalmente en dos textos italianos, a los que cita reiteradamente, el Discorsi di fortificationi de Carlo Tetti (1569) y el Libro di fortificare, ofendere e diffendere de Girolamo Cattanneo (1564), además de en diversos tratados de arquitectura como los debidos a Vitruvio, Vignola, Serlio, Alberti y Palladio. Y tiene también la virtud de abrir el texto de Rojas la amplia serie de ediciones españolas que aparecieron sobre fortificación en las décadas siguientes. Rojas publicó más tarde un resumen de su Teórica y practica de fortificación destinado a los militares sin una preparación técnica especial. Bajo el título de Compendio y breve resolución de fortificación, ofreció en ocho capítulos y poco más de cien páginas, una breve síntesis divulgativa de la materia. Otro texto suyo de mucha menor importancia fue un pliego, publicado en 1611, que trataba sobre un problema muy concreto, “de que sean vacíos los baluartes de la fortificación y no macizos”.

Quedaron manuscritas varias memorias técnicas de Rojas, entre ellas la antes citada de 1595, en que criticaba los planteamientos del ingeniero Giulio Lasso, o de 1609 relativa a “la fortificación del Puntal y Matagorda de la Bahía, de la ciudad de Cádiz”. Mucho más importancia tiene el Sumario de la milicia antigua y moderna (1607), libro que circuló a través de copias manuscritas. Su primer capítulo está dedicado al tratado del arte militar De re militari de Vegecio, escrito entre el siglo iii y el iv, y en él compendia los institutos y reglas militares establecidos por el tratadista romano sobre la organización del Ejército. Pero más relevante es la inclusión de unas “Reglas de la Fortificación moderna”, una exposición monográfica sobre “un modo nuevo de fabricar dentro en la mar las torres a menos costa y la obra más firme”. En estos capítulos amplía algunos aspectos de su obra de 1598, recogiendo sus experiencias en Cádiz y Gibraltar y concluye con un interesante “Tratado de la artillería” ilustrado con varios dibujos muy detallados.


Obras de ~: Teórica y practica de fortificación, conforme las medidas y defensas destos tiempos, repartida en tres partes, Madrid, L. Sánchez, 1598; Compendio y breve resolución de fortificación, conforme a los tiempos presentes, con algunas demandas curiosas, provandolas con demostraciones Maíhematicas, y algunas cosas militares, Madrid, J. de Herrera, 1613; Sumario de la milicia antigua y moderna […] Por el Capitán ~, su Ingeniero Militar. Año de 1607 (Biblioteca Nacional de Madrid, ms. 9286) (las tres obras eds. con el título de Tres tratados sobre fortificación y milicia comentario prelim. de R. Gutiérrez, Madrid, Centro de Estudios y Experimentación de Obras Públicas, 1985); Un breve discurso […] sobre una opinión nueva que a salido, de que sean vazios los baluartes de la fortificación y no macicos, Madrid, 1611 [Archivo General de Simancas (AGS), Proyecto de fortificación, 1594, M.P. y D. V-59; Fortificación de Gibraltar, 1597, M.P. y D. VI-45; Estado de la fortificación de La Coruña, 1599, M.P. y D. XLII-59; Casa de Juan de las Heras en el Puerto de Santa María, 1603, M.P. y D. XLII-64; Plantas y frentes de almacenes y tabernas para el puntal de la Ballena, Cádiz, 1604, M.P. y D. XLII-67; Planta y perfil del muelle de Gibraltar, 1608, M.P. y D. XLII-71; Planta del reparo de la Iglesia Mayor de Cadiz, 1608, M.P. y D. XLII- 74; La ciudad de Cádiz, 1609, M.P. y D. XIX-124; Plano de la ciudad de Cádiz, s. f., M.P. y D. VII-12; Sitio de Craon, s. f., M.P. y D. XXIV-40].


Bibl.: J. Aparici y García, Continuación del informe sobre los adelantos de la comisión de Historia en el Archivo de Simancas, Madrid, Imprenta del Memorial de Ingenieros, 1851; J. Almirante, Bibliografía militar de España, Madrid, M. Tello, 1876; E. de Mariátegui, El Capitán Cristóbal de Rojas, ingeniero militar del siglo XVI. Apuntes históricos, Madrid, Imprenta del Memorial de Ingenieros, 1880; F. Picatoste, Apuntes para una biblioteca científica española del siglo XVI, Madrid, Tello, 1891; J. M. López Piñero, Ciencia y Técnica en la sociedad española de los siglos XVI XVII, Barcelona, Labor, 1979; “Rojas, Cristóbal de”, en J. M.ª López Piñero, Th. F. Glick, V. Navarro Brotons y E. Portela Marco, Diccionario histórico de la ciencia moderna en España, vol. II, Barcelona, Editorial Península, 1983, págs. 259-262; I. Vicente Maroto y M. Esteban Piñeiro, Aspectos de la Ciencia Aplicada en la España del Siglo de Oro, Valladolid, Junta de Castilla y León, 1991; A. Cámara, Fortificación y ciudad en los reinos de Felipe II, Madrid, Nerea, 1998; M. Esteban Piñeiro y M. Jalón Calvo, “Juan de Herrera and the Royal Academy of Mathematics”, en VV. AA., Scientific Instruments in the Sixteenth Century. The Spanish court and the Louvain School, Madrid, Fundación Carlos de Amberes, 1998, págs. 33-42; M. Esteban Piñeiro, “Matemáticas y Academias en el Madrid de los Austrias”, en M.ª del C. Esribano Ródenas (coord.), Matemáticos madrileños, Madrid, Anaya, 2000, págs. 43-104; M. Esteban Piñeiro “Las Academias técnicas en la España del siglo xvi”, en Quaderns d’Historia de  l’Enginyeria, vol. 2002-2003 (2003), págs. 13-25.


 

Imagen CC de Flickr del Fuerte Castillo de Santa Catalina de Cádiz, cortesía de Luis Eduardo P Tavares

 

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