Biografía escrita por Gregorio de la Fuente Monge.


Ernesto García Ladevese.  Escritor, abogado y político republicano.

Castro Urdiales (Cantabria), 2.VI.1850 – Madrid, 21.VIII.1914.

De temprana vocación literaria, publicó siendo estudiante sus primeras composiciones poéticas en las revistas madrileñas La Violeta El Museo Universal en 1865. En 1867 editó su colección de poesíasBaladas y cantares, prologada por Jiménez Delgado, y al año siguiente Fuego y cenizas, bajo la influencia poética de Bécquer. Al producirse la Revolución de Septiembre de 1868 era alumno de Derecho en la Universidad Central y, al iniciarse el nuevo curso, fue elegido presidente de la asociación de estudiantes demócratas, que apoyó la liberalización de la enseñanza del ministro Ruiz Zorrilla. Frecuentó los círculos literarios y los clubes monárquicos exaltados de la capital y colaboró con poesías y algunos artículos en el diario progresista Las Novedades y en las revistas El Siglo Ilustrado, Don Diego de Noche, Gil Blas y, posteriormente, El Bazar. Con su libro de poemas Meditaciones (1869), abandonó la rima becqueriana por el estilo romántico esproncediano, más adecuado para exaltar el triunfo de la libertad y expresar la pasión política de aquellos días.

En 1871 ingresó en las filas monárquicas del progresismo radical de Ruiz Zorrilla, convirtiéndose a las ideas republicanas unitarias durante la República de 1873. Tras la Restauración, formó parte de los partidos republicanos fundados por Ruiz Zorrilla desde su exilio, iniciado en 1875, en París. Pronto siguió los pasos de su jefe político y marchó también a la capital francesa, realizando varios viajes por Europa. Recogió sus impresiones viajeras y sus nuevos sentimientos políticos en Fuera de la Patria (1880), obra miscelánea que incluía una colección de poesías, lamentando el destierro y añorando los días de libertad en España, junto a unas notas descriptivas e históricas de los lugares visitados y un interesante retrato de la vida parisiense. Fue secretario e íntimo amigo de Ruiz Zorrilla en París y tomó parte activa en las conspiraciones republicanas dirigidas por éste, narrando sus vicisitudes hasta el fracasado pronunciamiento del brigadier Villacampa en Memorias de un emigrado (1892), libro que constituye una importante fuente para el estudio de las tramas revolucionarias y militares del republicanismo español entre 1875 y 1886. Durante los años de emigración se dedicó a la literatura y el periodismo, colaborando en diversos periódicos franceses y siendo desde entonces corresponsal de La Nación de Buenos Aires. En contacto con los círculos intelectuales y literarios hispanoamericanos de la capital francesa, conoció al poeta Rubén Darío en su visita de 1893, al que volvería a ver cinco años más tarde en Madrid.

Semanas después del regreso de Ruiz Zorrilla a España, por encontrarse ya muy enfermo y debido a un gesto humanitario del gobierno Sagasta, él también volvió amnistiado, siendo recibido con gran alborozo a su llegada a Tolosa y Bilbao en marzo de 1895, a tiempo de participar en la asamblea del Partido Republicano Progresista en Madrid. El objeto de esta reunión republicana unitaria, con el trasfondo de la sucesión de Ruiz Zorrilla, fue la definición de la línea política que debía adoptar el partido en el futuro. Frente a los partidarios de la vía revolucionaria para instaurar la República (Lerroux, Asensio Vega, Casero), se alineó con la mayoría moderada que votó por la legalidad parlamentaria, encabezada por Muro, Sol y Ortega, Dualde e Hidalgo Saavedra. Producida la escisión republicana a la muerte de Ruiz Zorrilla, siguió al ex ministro José Muro, y a su nuevo aliado Miguel Morayta, en la creación del Partido Republicano Nacional (1895), siendo cofundador, más tarde, del Partido de Fusión Republicana (1897), dirigido por Salmerón, Azcárate y el propio Muro. Dentro de su intensa actividad política de ese final de siglo marcado por el Desastre, destacó su intervención en el mitin republicano de Madrid del 29 de septiembre de 1899, aniversario de la Revolución Gloriosa, en el que pronunció un discurso evocando los valores democráticos y de regeneración nacional de 1868.

Desde su vuelta a España ejerció la abogacía en su bufete de la calle Espoz y Mina de Madrid. Tras el atentado con bomba de Mateo Morral contra la comitiva de la boda real y la detención de Francisco Ferrer como inductor del frustrado regicidio, no aceptó la defensa de éste que le propuso Alejandro Lerroux en 1907, a pesar de su antigua amistad con el director de la Escuela Moderna. Durante esos años colaboró, especialmente con cuentos, en El Liberal, Blanco y Negro La Ilustración Española y Americana. En la última etapa de su vida siguió estando presente en los ambientes culturales y políticos y en las tertulias literarias, como la del saloncillo del teatro Español, aunque prácticamente había abandonado su carrera de escritor con el cambio de siglo. Su producción de libros de poemas no fue muy abundante y se cerró con Olas del mar, obra prologada por Manuel Ibo Alfaro y dedicada a su villa natal, en 1870, correspondiendo la misma con su momento juvenil revolucionario, a su vez coincidente con los años de cohesión de la elite revolucionaria monárquica en el poder (Prim, Sagasta, Ruiz Zorrilla, Rivero). A partir de entonces, la mayor parte de su obra literaria fue narrativa. Entre sus novelas de costumbres, cabe citar las dos primeras, La carcajada (1872), ilustrada por Eusebio Planas, y La honra de la mujer (1872), que incluía poesías de Victor Hugo traducidas por Nicanor Zuricalday y por él mismo.

La división de los progresistas a la muerte de Prim, entre los seguidores de Sagasta y los de Ruiz Zorrilla, el fracaso de la Monarquía de Amadeo I y de la experiencia republicana de 1873, la guerra civil y los golpes militares de 1874, que acabaron con la conquista de la libertad que había traído poco antes la Revolución de 1868, hicieron que su expresión literaria perdiese su optimismo inicial. Entre sus últimas novelas destaca El ídolo (1897), ilustrada por Méndez Bringa. Sus novelas fueron de tipo costumbrista, sentimental y folletinesco, propias de un autor revolucionario que, mediante melodramas, títulos sugerentes, sermones moralizantes y peticiones de justicia social, proclamaba sus ideales políticos. Según José María Cossío, si bien por razones de estilo y temática su obra entronca con la llamada “Escuela Montañesa”, razones ideológicas y de alejamiento geográfico le separan de dicho grupo al que caracterizaba un fuerte conservadurismo y un acendrado localismo.


Obras de ~: Baladas y cantares, Madrid, Est. Tipográfico de Eduardo Cuesta, 1867; Fuego y cenizas: baladas, Madrid, Imprenta de T. Núñez Amor, 1868; Meditaciones: páginas en verso, Albacete, Imprenta de Sebastián Ruiz, 1869; Olas del mar. Poesías, Madrid, Imprenta de T. Núñez Amor, 1870; La carcajada (historia de un buen hijo). Novela de costumbres, Madrid, José Astort, 1872; La honra de la mujer. Novela de costumbres, Madrid, Imprenta de Roque Labajos, 1872, 2 vols. (2.ª ed., 1872-1873); Dramas ocultos de Madrid: Las grandes miserias. Historia de dos crímenes, Madrid, R. Labajos, 1874; El corazón de una madre, Madrid, Est. Tipográfico de R. Labajos, 1875; Fuera de la patria, París, Biblioteca Moderna, 1880; La hija del corsario. Novela, Pontevedra, Imprenta de la Viuda e Hijos de Madrigal, 1887; Memorias de un emigrado, Madrid, Imprenta de Ricardo Fe, 1892; El ídolo. Novela contemporánea, Barcelona, Montaner y Simón, 1897; Los misterios de Madrid. Novela, Madrid, M. Núñez Samper, 1910; Una audiencia (zarzuela).


Bibl.: M. Ossorio y Bernard, Ensayo de un catálogo de periodistas españoles del siglo xixMadrid, Imprenta de J. Palacios, 1903, pág. 159; J. P. Wickersham Crawford, “Ernesto García Ladevese”, enModern Language Notes, vol. XXV, n.º 1 (1910), pág. 32; J. M. Cossío, Estudios sobre escritores montañeses, t. II, Santander, Institución Cultural de Cantabria, 1973; L. Rodríguez Alcalde, Retablo biográfico de montañeses ilustres, Santander, Estudio, 1978; J. Álvarez Junco, El Emperador del Paralelo, Madrid, Alianza, 1990.

 

 

 

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