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Antonio Romero-Ortiz García

Santiago de Compostela (La Coruña), 24.III.1822 – Madrid, 18.I.1884. Político, literato, periodista y coleccionista.

Antonio Romero García nació en el seno de una familia acomodada. Era hijo de Domingo Manuel Romero, notario, y de Rita García y Mariño. Su segundo apellido, Ortiz, que utilizó en sus primeras andanzas en el mundo de las letras, y que no correspondía a ninguno de sus antecesores, lo legitimó en 1873. Según uno de sus contemporáneos —Aureliano Linares Rivas—, era un hombre aparentemente adusto, aunque realmente afable y cortés, poco vanidoso, de escasas necesidades y sobrio en sus costumbres, pero un tanto apático e indolente. Se formó en pleno Romanticismo bajo el influjo de un ansia ilimitada de libertad. Su juventud transcurrió en Galicia donde pronto empezó a poner en práctica las tres actividades que conformaron su vida: la literaria, reflejada en el mundo del periodismo, el teatro y el ensayo; la política, que culminará con su nombramiento de ministro de Gracia y Justicia en la Revolución de Septiembre, y la de coleccionista, que se manifestó en un museo que montó en su propia casa.

En 1837 se le concedió el título de bachiller de Filosofía por la Universidad Compostelana. Se inició en el periodismo a los diecisiete años creando, con su inseparable amigo Rúa Figueroa, el semanario de ideas liberales y estilo procaz Santiago y a ellos que pronto fue clausurado por la autoridad gubernativa.

La misma suerte correría el El Porvenir, que duró sólo desde el 3 de febrero al 28 de agosto de 1845. Inició la carrera de Derecho en 1838, actividad que simultaneó con otras literarias y regionales. En 1841 hizo sus primeros ensayos en el mundo teatral escribiendo, en colaboración con Rúa Figueroa, la comedia Quien pierde son ellas. Dos años más tarde obtuvo el título de licenciado en la Facultad de Leyes de su ciudad natal.

Posteriormente continuó en Madrid sus estudios en la Escuela Especial de Administración, donde consiguió el certificado que le habilitó para ejercer la abogacía e ingresar en el Colegio de Abogados de Madrid a principios de 1844.

Después del alzamiento del coronel de Estado Mayor Miguel Solís y Cuetos en Lugo, con el que comenzó la Revolución gallega de 1846, se formó una Junta Revolucionaria en Santiago cuyo secretario fue Romero Ortiz. Dicha junta organizó de nuevo la extinguida Milicia Nacional y decretó la nulidad de los actos del Gobierno. Gran parte de Galicia se unió al alzamiento convocándose una Junta Suprema en Santiago, que designó a Romero Ortiz para incitar a los estudiantes a tomar las armas. Su arenga, durante la cual enarboló la bandera bajo la cual había combatido la legión de los literatos compostelanos contra las tropas napoleónicas en Rioseco, consiguió arrastrar a más de trescientos estudiantes que formaron la Legión Literaria. Esta unidad se dividió en dos compañías, de las cuales, la segunda fue mandada por Romero Ortiz. Después de que la división de Solís fuera batida en Cacheiras por el general Concha, Romero Ortiz fue condenado a muerte, aunque logró huir a Portugal. A su llegada a Oporto se encontró con otra sublevación y fue deportado por el Gobierno lusitano a Peniche, de donde logró escapar, aunque no sin dificultades.

En 1847 se le comunicó la amnistía y volvió a su ciudad natal. A finales de ese mismo año, entró a formar parte de la Sociedad Artística y Literaria de La Coruña, a la que dedica su comedia El poeta y la poetastra. Pero en 1848 fue acusado de tener cartas de Rúa Figueroa que le incriminaban como sabedor de los acontecimientos revolucionarios de Madrid y fue encerrado en el castillo de San Antón de La Coruña —donde cayó gravemente enfermo—, quedando a disposición de la comisión militar de Madrid. Por fin, en agosto se le puso en libertad bajo vigilancia y, poco después, sobreseída su causa. Sin embargo, Narváez, receloso de los participantes de la Revolución gallega, le deportó a Filipinas, aunque más tarde revocó la orden gracias a la mediación de una dama.

Ya en Madrid, escribió con Eduardo Chao y Manuel Ruiz de Quevedo el Diccionario de la política, enciclopedia de la lengua y de las ciencias políticas y de todos los sistemas societarios, publicado en 1849, dentro de la corriente más avanzada de la época. Pasó a formar parte de la redacción de La Nación, periódico progresista, en el que riñó duras campañas contra el Gobierno moderado y arremetió contra la injusta política del Gobierno respecto a Galicia. Con Rúa Figueroa cambió el rumbo del periódico a partir del 1 de agosto de 1852 y firmó el manifiesto de la Prensa que fue el primer grito de la Revolución de Julio. Combinó sus actividades políticas con las literarias, en las que se declaraba hijo de Larra y Espronceda. Ese mismo año hizo un arreglo del drama Ricardo III, que fue estrenada en el Teatro del Príncipe el 16 de febrero de 1853 y protagonizada por Julián Romea. En este ambiente literario conoció a Gertrudis Gómez de Avellaneda, con quien tuvo una historia de amor. “Tula”, entonces en la plenitud de su fama, pero a la que varias desgracias personales —la muerte de su hermana, la enfermedad de su madre y la negativa de la Real Academia Española a que entrase en su seno por causa de su sexo— y profundos desengaños amorosos, inclinaron su estado de ánimo a este encuentro. Las encendidas cartas románticas de Tula fueron conservadas como correspondencia reservada por el joven Romero Ortiz.

El bienio progresista significó el comienzo de la carrera política de Romero Ortiz. En agosto de 1854 fue nombrado jefe de administración civil y secretario del Gobierno de Madrid. El 7 de septiembre pasó a ejercer el cargo de gobernador civil de la provincia de Oviedo, donde se encontró con una epidemia de cólera. Por sus méritos en este cometido la Reina le impuso la Orden de Carlos III en 1855 y un año más tarde la de Isabel la Católica. Por entonces también recibió el diploma de la Cruz de las Barricadas y la del valor y la Constancia por haber acreditado, en los días 17, 18 y 19 de 1854, en Madrid, con las armas en la mano, su amor por la libertad. El 23 de febrero de 1856, aceptó el Gobierno Civil de Toledo. Debido a la reacción de O’Donnell de julio, se refugió en París con sus compañeros progresistas y demócratas. Pero al darse cuenta de la debilidad del Partido Progresista y la apertura de la Unión Liberal, convencido de que no servía a su Patria conspirando desde el extranjero, regresó a Madrid. A instancias de Ríos Rosas, en septiembre de ese mismo año, es nombrado gobernador civil de Alicante, provincia que como las anteriores conservaron un buen recuerdo de sus desvelos, sobre todo en el fomento de las vías públicas. Por entonces fundó La Península, periódico de la Unión Liberal y con ocasión de la ley de prensa de Nocedal, escribió un artículo defendiendo la libertad de prensa y anunciando su renuncia al periodismo mientras no existiera plenamente. Desde 1858 hasta su muerte fue diputado, excepto en el paréntesis de 1866 a 1868.

En 1859 fue jefe de la Sección de Estadística Criminal que había creado el ministro de Gracia y Justicia, Santiago Fernández Negrete, expresamente para él.

Dos años más tarde fue designado vocal de la Junta General de Estadística, cargo que desempeñó hasta la República. Como fruto de su trabajo se publicó un tomo sobre la estadística criminal en España. En 1862 pasó a ser director general del Registro de la Propiedad. Tres años más tarde fue subsecretario del Ministerio de Gracia y Justicia. A finales de año empeoró la situación política y también su salud por lo que tuvo que dimitir en julio de 1866. En abierta oposición a la creciente reacción, Romero Ortiz firmó la célebre protesta de algunos diputados a la caída de la Unión Liberal y fue desterrado, por conspirar contra Isabel II en enero de 1867, marchando a Portugal, donde permaneció hasta 1868.

En este tiempo preparó su obra La literatura portuguesa en el siglo xix, publicada en 1869, con la que pretendía dar a conocer al público español la literatura, casi totalmente desconocida, de un pueblo hermano por la lengua, raza y costumbres. En 1871 pasó a ser miembro de las sociedades científicas y literarias portuguesas más prestigiosas: Real Academia de Ciencias de Lisboa y del Instituto Vasco de Gama, Asociación de artistas de Coimbra y del Gremio Literario “D’Andra do Heroísmo”. Fue después vicepresidente de la sección artística de la “Asociación Hispano-Portuguesa”, cuya presidencia ostentaba Pi y Margall. Dentro de sus actividades fue encargado con este último y Canovas del Castillo del estudio comparado de las legislaciones española y portuguesa.

Como dice Linares Rivas: “[…] se hizo notable por la madurez de su juicio, por lo nervioso y contundente del estilo, por la precisión y energía de las frases, por la severidad y fuerza de su lógica avasalladora”. Varela Jacome le incluye dentro de la prosa romántica gallega y en la generación de 1838 que marca el comienzo de una nueva era literaria. El Ateneo de Madrid, Fomento de las Artes y otras sociedades le invitaron a sus cátedras. Su casa fue centro de reunión de tertulias políticas y literarias.

Cuando volvió a España con el triunfo de la Revolución de Septiembre de 1868 aceptó la cartera de Gracia y Justicia a instancias de Serrano. El nuevo ministro de Gracia y Justicia, en octubre de ese año, suprimió seiscientos de los novecientos conventos existentes por entonces y la Orden de los Jesuitas, disolvió las Conferencias de San Vicente Paúl y suspendió la ayuda económica a los seminarios. Reconoció de hecho el matrimonio civil y la libertad de cultos —al autorizar a un súbdito inglés para construir un templo protestante en Madrid—, aunque no se atrevió en ambos casos a hacerlo en la esfera del derecho. Estas medidas le dieron fama de anticlerical, ganándose el apodo de “Lutero Ortiz”. Sin embargo, evitó la separación de la Iglesia y el Estado, aunque fue sobre todo por razones económicas. Su política secularizadora, como era de esperar, ocasionó la protesta unánime de los obispos, que denunciaron la vulneración del Concordato.

La Asociación de Católicos movilizó a toda España. Él intentó justificar algunas de estas actuaciones por la caótica situación económica que se había heredado del régimen caído y porque de los conventos habían salido muchos a engrosar el Ejército carlista.

En ese mismo año estableció la unidad de fueros y abolió el tribunal de las Órdenes Militares, refundiendo su jurisdicción dentro del Tribunal Supremo.

Del 15 de octubre es el decreto que garantizaba la seguridad individual, la inviolabilidad del domicilio y el respeto a la propiedad. Para evitar el caos que se extendía hasta en el mismo ejército, el Gobierno en pleno impuso medidas que en el ramo de Justicia se concretaron, el 29 de noviembre, en excitar el celo del ministerio fiscal para que no quedasen impunes los actos delictivos que se cometieran, aunque indultó a treinta y dos sentenciados a la pena capital. Siguieron otras disposiciones sobre la libertad de imprenta y el proyecto de ley del primer libro del Código Civil.

Creó también la Sala de lo Contencioso del Tribunal Supremo de Justicia y organizó la Sección Legislativa del Ministerio, así como tuvo un papel importante en la redacción de la Constitución de 1869. Después de constituidas las Cortes, Serrano fue ratificado como jefe del Poder Ejecutivo y, el 25 de febrero de 1869, confirmó a Romero Ortiz en su cargo.

Tras una votación en el Congreso, al considerar que se había retirado la confianza en él, Romero Ortiz pidió la dimisión, que fue aceptada el 18 de junio por Prim, quien había sido, por entonces, nombrado presidente del Gobierno por Serrano. Permaneció retirado de la vida pública por motivos de salud hasta que el asesinato de Prim le impulsó a acudir al Congreso y pronunciar un breve discurso en elogio del insigne militar. Romero Ortiz había apoyado la elección del duque de Montpensier para la Corona de España y fue invitado por él en 1870 a su palacio de San Telmo primero y durante los meses de julio y agosto a su casa de Madrid. Una interesante correspondencia entre ambos personajes recuerda sucesos como el asesinato de Prim, comunicado por Romero Ortiz al duque, o las sospechas de la participación de este último en él a través de su ayudante, Felipe de Solís. Vuelto a la palestra parlamentaria en 1872, el 28 de mayo contestó al discurso del conde de Toreno, defendiendo las conquistas de la Revolución y el sufragio universal frente a las propuestas del Conde, con gran aplauso de los liberales. Venida la República, la Asamblea Nacional le nombró miembro de la comisión permanente, que en unión de la Mesa había de representar a la Cámara hasta la reunión de las próximas Cortes Constituyentes.

Siendo Serrano presidente del Poder Ejecutivo, el general Zabala reorganizó el gabinete el 13 de mayo de 1874, entrando Romero Ortiz, “el único que se obstinaba en mantener viva la llama del 69” —escribe Fernández Almagro—, como ministro de Ultramar.

Después de que Zabala, en sustitución de Serrano, tomara el mando del Ejército del Norte, descontento por su fracaso en las operaciones y por la situación política, planteó la crisis el 3 de septiembre, a pesar de lo cual Romero Ortiz continuó en el mismo cargo con el Gabinete de Sagasta. En este puesto tuvo que enfrentarse con las dificultades económicas de Puerto Rico y a la petición de dimisión del general Concha en Cuba, debida a la escasez de reemplazos. Al día siguiente de que Martínez Campos proclamara a Alfonso XII en Sagunto, firmó el manifiesto del Gobierno frente al levantamiento, siendo aceptada su dimisión el 4 de enero de 1875. Con Sagasta y Ulloa formó Romero Ortiz el triunvirato de la minoría constitucional. El 10 de marzo de 1876 intervino en las Cortes para criticar el proyecto del discurso de la Corona.

La Junta de la Asociación de Escritores y Artistas le nombró presidente a principios de 1879. La Real Academia de la Historia, por ser autor de la Historia de la literatura portuguesa, le propuso para académico en la Junta del 5 de marzo de 1880, para ocupar la plaza vacante por el fallecimiento de Pedro Sabau, de la que tomó posesión el 30 de enero del año siguiente.

Su candidatura fue presentada por los señores Cánovas del Castillo, Moreno Nieto, Barrantes, Fabié y Balaguer.

En la recepción pública pronunció el discurso de recepción titulado Historia y vicisitudes de la magistratura conocida con el nombre de Justicia de Aragón, significando el progreso de esta institución dentro de los diversos sistemas representativos de la Europa de entonces. En noviembre de 1880, Romero Ortiz, fue elegido, sustituyendo a Sagasta, como Gran Maestre de la Masonería de España, puesto que ocupó hasta su muerte. En 1881 aceptó ser mantenedor y presidente del Jurado de la Sociedad de Juegos Florales de Pontevedra. En su discurso, que se centró sobre la historia de los citados Juegos, manifestó también su visión de la Historia de España, nación que tras la “noche de los tiempos” iniciada en el siglo XVI, despertó, zarandeada en la Guerra de la Independencia, a la libertad y al progreso científico y literario. Otros de sus grandes méritos artísticos es la organización del bicentenario de Calderón. Entre los artistas participantes en una velada lírico-literaria que había de celebrarse en el Teatro Real se encontraban Mesoneros Romanos y Sarasate. Julián Romea fue el encargado de la parte teatral. El 27 de mayo de 1881 tuvo lugar un desfile histórico con trajes de la época que contribuyó a engrandecer el nombre de España en el extranjero. Es también destacable su interés por Galicia que se manifestó especialmente en relación con las obras públicas desde 1863 hasta 1882.

Fue elegido presidente de la Junta Directiva de Senadores y Diputados gallegos en 1881. No siendo buen orador, Romero Ortiz no solía prodigarse mucho en la tribuna y tendía a acortar los discursos que desarrollaron su temperamento sintético, el gusto por los pensamientos sentenciosos, la sobriedad de imágenes y lo rotundo de su argumentación. Como decía un testigo de la época, “su voz era dulce, pero apagada y vibrante; de forma que era necesario forzar un poco la atención para seguirle […] el porte es digno, y el ademán reposado […]”. Francisco Cañamaque decía también: “[…] tiene la elocuencia del sentimiento y aún del arte; agrada, entusiasma, conmueve en ocasiones.

Sus apóstrofes, aunque estudiados, como sus discursos, son concluyentes, magníficos, no admiten réplica ni defensa”.

Junto a su afición por la literatura y su pasión por la política, el coleccionismo conformó la tercera dimensión de su personalidad. Inició su colección hacia 1868 y fundó un museo en 1870 en su casa de Serrano, n.º 22, que hacía esquina con Jorge Juan. Tenía un gabinete dedicado a numismática. Otra sala estaba ocupada por porcelanas y orfebrería, pero lo más valioso de su colección eran los recuerdos históricos que tenía en la sala principal. El Museo “Romero Ortiz” evoca el gusto del siglo XIX por lo exótico y revela el exquisito gusto, la inteligencia y las aficiones patrióticas de su dueño. Lo que queda de la colección, en gran parte destruida en el Alcázar de Toledo durante la Guerra Civil Española, se conserva en el Museo del Ejército.

Cuando el 7 de febrero de 1881 presentó Cánovas la dimisión, sucediéndole Sagasta, los fusionistas de extrema izquierda presentaron la candidatura de Romero Ortiz para la presidencia del Congreso frente a la ministerial, representada por Posada Herrera, la cual prevaleció gracias al prestigio personal de Serrano.

Aceptó, en marzo, el importantísimo y lucrativo cargo de gobernador del Banco de España. Durante su gobierno, en 1882, se compró la casa-palacio del marqués de Alcañices, en la calle de Alcalá, n.º 74, por algo más de tres millones de pesetas, para la nueva sede del Banco. Pero debido a su mala salud tuvo que abandonar su puesto el 27 de octubre de 1883. El día en el que cayó el gabinete de Posada Herrera y con él el ensayo liberal, murió Romero Ortiz en el seno de la Iglesia católica. El entierro fue presidido por Sagasta con comisiones del Banco de España, Asociación de Escritores y Artistas, Academia de la Historia y de las logias. Un periódico escribía poco después: “su entierro ha sido el entierro de su partido”.


Obras de ~: con J. Rúa Figueroa, Quien pierden son ellas, Santiago, 1841; El poeta y la poetastra, La Coruña, 1847; con E. Chao y M. Ruiz de Quevedo, Diccionario de la política: enciclopedia de la lengua y de la ciencia políticas y de todos los sistemas societarios, Madrid, Andrés y Díaz, 1849; Ricardo III, Drama en cinco actos y en prosa, Madrid, Círculo Literario Comercial, 1853; Droguero y Confitero: comedia en un acto y en verso, Madrid, Vicente de Lalama, 1855; Toros y literatura costumbrista, Semanario Pintoresco Español, Madrid, Unión de Bibliófilos Taurinos, 1863; La literatura portuguesa en el siglo xix: estudio literario, Madrid, Tipografía Gregorio Estrada, 1869; Memoria presentada a las Cortes Constituyentes por ~ en 2 de junio de 1869, Madrid, Imprenta Ministerio de Gracia y Justicia, 1869; Estudio Literario, Madrid, 1870; Baladas de Eduardo Álvarez Pertierra, Santiago, Est. Tipográfico El Diario, 1876; Diario de las sesiones de las Cortes. Congreso de los Diputados (2.ª legislatura de 1872, págs. 502 y ss.; Legislatura de 1876 a 1877, I, pág. 336); Discursos pronunciados en el Congreso de los Diputados por los señores […] y D. ~ con motivo de la interpelación sobre la política del Gobierno en las sesiones de los días 13, 14, 15, 16 y 17 de julio de 1878, Madrid, Imprenta Central, 1878; Discurso pronunciado por el Excmo. Sr. D. ~ en los juegos florales celebrados en Pontevedra en 1880 […], Santiago, 1880; Discursos leídos en la recepción pública del Excmo. Sr. D. Antonio Romero Ortiz el día 30 de enero de 1881, Madrid, Real Academia de la Historia, Imprenta Manuel G. Fernández, 1881; Discursos dados en la recepción pública del Excmo. Sr. D. ~, Madrid, M. G. Hernández, 1881; Carta de Miguel de Cervantes a D. Antonio Romero Ortiz con motivo del segundo Centenario de Calderón, Madrid, Imprenta A. J. Alaria (1881).

Fuentes y bibl.: Museo del Ejército, Fondos, Colección “Romero Ortiz”: Carpetas 212 y ss.; Ministerio de Justicia, Expediente “Romero Ortiz”; Presidencia del Gobierno, Expediente “Romero Ortiz”; Archivo General de la Administración (Alcalá de Henares), Expediente “Romero Ortiz”, P. G. caja 3059, exp. 1310; Real Academia de la Historia, Secretaría, Expediente “Romero Ortiz”, leg. 101, carpeta 22; Banco de España, Secretaría, Expedientes Personales, Gobernadores, caja 726, exp. “Romero Ortiz”; Intervención, Bienes Inmuebles, Caja 2292, Leg (a. 842) m. 2292; Actas del Consejo de Gobierno del Banco de España.

J. Rico y Amat, El libro de los diputados y senadores […], Madrid, Est. Tipográfico de Vicente y Lavajos, 1862-1866; S. Llanta, Los diputados pintados por sus hechos […], Madrid, Ed. Labajos, 1869; Ministros, Los Ministros en España desde 1800 a 1869, por uno que siendo español no cobra del presupuesto, Madrid, R. Labajos, 1869-1870; E. M. Vilarrasa y J. I . Gatell, Historia de la Revolución de Septiembre […], Barcelona, Herederos de Pablo Riera, 1875; E. Escalera, Los constitucionales en ambas cámaras, Madrid, Imprenta E. Beteta, 1878; A. Linares Rivas, “La primera Cámara de la Restauración. Retratos y Semblanzas”, en Revista de España (Madrid), LVIII-LXV (1877-1878); F. Cañamaque, Los oradores de 1869 […], Madrid, M. G. Hernández, 1879; V. de la Fuente, Historia de las sociedades secretas […], Lugo, Imprenta Soto Freire, 1882; Diario de sesiones de las Cortes […], Madrid, Imprenta J. A. García, 1854-1883; P. Pérez Costanti, Historia del periodismo santiagués, Santiago, 1905; F. Tettamancy Gastón, La Revolución gallega de 1846, La Coruña, Librería Regional de Carré, 1908; C. Cambronero, “Las Cortes de Isabel II. Crónicas parlamentarias”, en La España Moderna (Madrid), t. 259 (agosto de 1910), págs. 69-92; M. Morayta y Sagrario, Masonería española. Páginas de su historia, Madrid, Est. Tipográfico Pasaje del Comercio, 8, 1915; H. González, “¿Quién fue Romero Ortiz?”, en Memorial de Infantería, Toledo, Imprenta del Colegio de María Cristina, 1923, t. 23, págs. 8-14 y, 94-104; Marqués de Lema, De la Revolución a la Restauración, Madrid, Editorial Voluntad, 1927; N. Rivas, Narraciones históricas contemporáneas […], Madrid, Editora Nacional, 1949; L. de Taxonera, Políticos del siglo xix, Barcelona, Argos, 1951; B. Varela Jacome, Historia de la literatura gallega, Santiago de Compostela, Porto y Cía., 1951; A. Couceiro Freijomil, Diccionario bio-bibliográfico de escritores, Santiago, Bibliófilos, 1951; C. Llorca, Emilio Castelar. Precursor de la Democracia Cristiana, Madrid, Biblioteca Nueva, 1966; M. Fernández Almagro, Historia política de la España contemporánea, 1868/1885, Madrid, Alianza Editorial, 1969; J. Priego Fernández del Campo, Gertrudis Gómez de Avellaneda. Cartas inéditas existentes en el Museo del Ejército, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1975; Marqués de Siete Iglesias, “Real Academia de la Historia. Catálogo de sus individuos. Noticias sacadas de su archivo”, en Boletín de la Real Academia de la Historia (Madrid), t. CLXXVI, cuad. II (mayo-agosto de 1979), págs. 290-291; J. F. Lasso Gaite, El Ministerio de Justicia. Su imagen histórica (1714-1981), Madrid, Imprenta Sáez, 1984; E. Santos Gayoso, Historia de la prensa gallega. 1800-1986, La Coruña, Ed. do Castro, 1990; J. M. Cuenca Toribio y S. Miranda García, El poder y sus hombres. ¿Por quiénes hemos sido gobernados los españoles? (1705-1998), Madrid, Editorial Actas, 1998, págs. 778-781; B. Pellistrandi, Un discours national?: la Real Academia de la Historia entre science et politique (1847-1897), Madrid, Casa de Velázquez, 2004, págs. 416-417.


Biografía escrita por José Priego Fernández del Campo procedente del Diccionario Biográfico Español.

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