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Antonio de Capmany de Montpalau

Barcelona, 24.XI.1742 – Cádiz, 14.XI.1813. Historiador, filó­logo y político.

Descendía de una familia gerundense registrada en la clase de ciudadanos honrados desde 1495, empa­rentada en 1628 con la pequeña nobleza rural (los Montpalau, señores de Argelaguer desde 1216). El bisabuelo de Antonio de Capmany se distinguió en la defensa de frontera contra las sucesivas invasiones francesas de la segunda mitad del siglo XVII y obtuvo el título de caballero en 1671, con carácter de dis­tinción hereditaria. En la misma línea, el abuelo fue comandante de la milicia ciudadana de Gerona du­rante el sitio impuesto por el ejército francés en di­ciembre de 1710 y, a raíz de la capitulación ante el duque de Noailles en febrero de 1711, sufrió la incau­tación de bienes y tuvo que exiliarse, lo que ocasionó a la familia una pérdida de estatus irreversible. El pa­dre, nacido en 1708, y el hermano mayor de Cap­many, nacido hacia 1740, ambos llamados Jerónimo de Capmany, buscaron acomodo dentro del régimen borbónico; con éxito especialmente el segundo, que siguió la carrera militar y se distinguió como matemático; alcanzó el grado de teniente coronel y ayudante de campo del jefe de la expedición contra Argel, en cuya acción bélica falleció (1775). Tras esta desgra­cia familiar, el padre obtuvo la plaza de contador del Ayuntamiento de Barcelona, cargo que ejerció hasta su muerte (1776-1784). Antonio, que, como escri­tor adoptaría como segundo apellido el nombre de los ancestros nobles en detrimento del materno Surís, estudió en el Seminario Conciliar de Barcelona al pa­recer sin gran provecho, ingresó en la carrera militar hacia 1760 como cadete en los Dragones de Mérida y con diecinueve años participó en la campaña contra Portugal como lugarteniente en el 2.º Regimiento de Tropas Ligeras de Cataluña (1762).

Desplazado con su regimiento a Utrera y casado allí sin autorización de la superioridad (1768), en 1770 pidió y obtuvo la baja en el Ejército y se instaló en Sevilla, donde frecuentó el círculo ilustrado de Pa­blo Olavide. En enero de 1773 inició su trayectoria político-literaria polemizando con Cadalso en un en­sayo donde establecía ya el punto de vista que infor­maría toda su posterior carrera: reconocimiento de la superioridad de la cultura europea moderna y del acierto de una buena parte de las críticas ilustradas a la sociedad española y búsqueda en el patrimonio hispánico de aquellos elementos que permitiesen la modernización sin ruptura con las tradiciones nacio­nales. En junio de 1773 ingresó en la Academia de Buenas Letras de Sevilla con una disertación histórica sobre las lenguas, y especialmente sobre la castellana. Poco después ofreció a Olavide el proyecto de sumar agricultores y artesanos catalanes a la colonización de Sierra Morena, cuyo proyecto se llevó a cabo —no sin desacuerdos ya profundos con su jefe— durante los primeros meses de 1774, contando Capmany para ello con el auxilio paterno en Barcelona. La ruptura con Olavide motivó la marcha de Capmany a Ma­drid, donde buscó el favor de Floridablanca, quien le proporcionó una plaza de oficial de correos, que sir­vió durante nueve años (1775-1783) mientras relan­zaba su carrera de filólogo e historiador.

En noviembre de 1775 ingresó como supernume­rario en la Real Academia de la Historia, repitiendo en el discurso de entrada su ponderado balance entre tradición y modernidad, y donde fue desarrollando, entre otras, la función de censor de libros. Su instala­ción en la Corte coincidió con el momento de crisis subsiguiente al motín barcelonés contra las quintas de 1773, la situación de poder fáctico del Consejo de los gremios que se mantuvo en Cataluña hasta final de 1774 y la preparación teórica por parte de Cam­pomanes de la destrucción de las corporaciones y la dispersión de la industria barcelonesa (Discurso sobre el fomento de la industria popular, 1774, y Discurso so­bre la educación popular de los artesanos y su fomento, 1775). Antonio de Capmany sirvió de puente entre el ministro ilustrado y su propio padre, que desde el Ayuntamiento de Barcelona envió a Campomanes, por iniciativa propia, documentación acreditativa de la solidez del régimen corporativo (1776); por su parte, el joven Capmany asumió, no se sabe si por encargo directo del municipio barcelonés o de las corporaciones y seguramente antes de la aparición del segundo discurso de Campomanes —más mode­rado que el primero—, la composición de una apo­logía teórica de los gremios: Discurso político-econó­mico. Editado tardíamente y aun de forma anónima en 1788, el escrito muestra un gran dominio del mé­todo del racionalismo empírico en pugna contra el racionalismo puramente especulativo del ministro, y lo pone al servicio de la defensa de las estructuras eco­nómicas y sociales reales —las propias de la sociedad estamental, sin excluir los corolarios en materia de re­presentación política— y de una característica teoría gradualista: el progreso efectivo no se consigue con traumáticas revoluciones. Una versión mitigada del ensayo —Discurso económico político— fue publicada en 1778 bajo seudónimo, cuando la relación política entre la Corte y la sociedad catalana había quedado apaciguada y el propio Capmany había emprendido el desarrollo de su pensamiento bajo la forma de una historia económica de Barcelona en la Baja Edad Me­dia basada en fuentes primarias.

Pionero de la historia económica a escala europea —fue posiblemente el primer estudioso que empleó esa expresión para caracterizar una monografía his­tórica—, Capmany reconstruyó la génesis y desa­rrollo de la economía barcelonesa y catalana con un esquema que otorga a la política imperial de los mo­narcas medievales, con la formación de la marina de guerra, un papel esencial como estímulo inicial de la navegación comercial y presenta, a su vez, el comer­cio marítimo a larga distancia como el activador de la producción local, tanto la de una agricultura ca­talana que supera la pura economía de subsistencia como, sobre todo, la del artesanado urbano organi­zado en gremios, cuyos anhelos de representación po­lítica quedarán satisfechos por el régimen municipal del Consejo de Ciento. Sin duda, ese esquema histó­rico tuvo presente la experiencia y las polémicas del mismo siglo xviii, cuando la elección de Barcelona como base logística para las campañas italianas de Fe­lipe V contribuyó a activar la demanda sobre las in­dustrias locales. Pero, como será desarrollado sobre todo en el Suplemento a las Memorias históricas, Capmany —que, cercano a las fuentes del poder, se va consolidando como voz crítica dentro del régimen del despotismo ilustrado— opone a los discursos oficia­les sobre una causación lineal entre demanda estatal y renacimiento económico local la evidencia empírica­mente demostrable de que dicha demanda sólo pudo hallar satisfacción porque en Barcelona existía una es­tructura productiva desarrollada de antiguo, a dife­rencia de otras partes de España, y porque ese enrai­zamiento diferencial del trabajo —verdadero carácter nacional catalán— había descansado hasta 1714 en un sentimiento de honor social garantizado por la participación de los menestrales en los gobiernos mu­nicipales y de éstos en uno de los tres brazos reunidos en Cortes. Para la transcripción de pruebas documen­tales en los archivos barceloneses, Capmany recabó en 1776 una subvención de la Academia de la Histo­ria y contó, a partir de 1777, con el sostén decidido de la Junta de Comercio de Barcelona, que puso a su disposición el trabajo de diversos archiveros (Juglà, Caresmar) y recursos para la publicación de los dos volúmenes de las Memorias históricas, el primero de texto y el segundo de documentos. Durante esa etapa de profundización en las técnicas historiográficas y de construcción de su discurso históricoeconómico (1775-1779), Capmany cimentó su fama en la Corte con trabajos de índole filológica y una intención di­dáctica que les ha otorgado una larga vida: Arte de traducir el idioma francés al castellano (1776) y, sobre todo, Filosofía de la eloquencia (1777), obra muy de­pendiente de teorías divulgadas por el enciclopedismo francés, una cultura con la que estaba muy familiari­zado por su función de censor de libros. La aparición de las Memorias históricas en 1780 estableció su pres­tigio como historiador y editor de fuentes, le abrió las puertas de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona en 1782 y le valió hasta el final del régimen numerosos encargos oficiales, algunos de ellos —los de divulgación histórica— desempeñados con poco entusiasmo. Miembro numerario de la Academia de la Historia desde 1784, al año siguiente, ya liberado de su empleo en el servicio de correos, se desplazó nuevamente a Barcelona con el encargo regio de for­mar en el Archivo de la Corona de Aragón un diplo­matario de tratados de esa Corona con estados musul­manes, que sería publicado en 1786.

En 1782 había solicitado una pensión a cargo del Ayuntamiento de Barcelona en virtud de sus investi­gaciones sobre la historia de la ciudad, pero el vínculo más estable entre el municipio y el historiador no se formalizó hasta 1785, a raíz de esa estancia en la capi­tal catalana, ya fallecido su padre, y bajo la forma de encargo para representar permanentemente los inte­reses del Ayuntamiento ante la Corte, un cargo am­pliado ocasionalmente al de representante de todas las ciudades catalanas con voto en Cortes cuando és­tas eran requeridas (por ejemplo, en la creación del Banco Nacional en 1785) y que desempeñaría hasta la crisis de 1808. Su profesionalización como histo­riador y editor de documentos incidió en la vertiente filológica, dando lugar al Teatro histórico-crítico de la elocuencia española, cinco volúmenes de antología his­tórica de prosa castellana (1786-1794), antes de des­plegarse más plenamente en el Suplemento a las Me­morias históricas y en la edición y estudio del Libro del Consulado (1791-1792), empresas financiadas de nuevo por la Junta de Comercio barcelonesa. En estos trabajos de madurez, el racionalismo empírico carac­terístico de la mejor Ilustración, que había conducido a Capmany a estudiar el patrimonio institucional y cultural catalán y español en su dimensión histórica, da lugar a tempranas formulaciones de visiones pro­pias del romanticismo, tanto en el discurso prelimi­nar del Teatro histórico-crítico, con su exaltación del genio popular (no sin antecedentes rastreables hasta los discursos sobre los gremios e incluso en el pri­mer ensayo de 1773), como en el capítulo final de las Memorias históricas, basado en la estética sensualista y consagrado a la apología razonada de la arquitectura gótica, en polémica implícita con Antonio Ponz y su censura académica de las obras antiguas y las prácti­cas artísticas modernas en Barcelona (volumen XIV del Viage de España, 1788). Entre febrero de 1788 y enero de 1802 desempeñó, primero interinamente y desde 1790 como titular, el cargo de secretario de la Academia de la Historia, contribuyendo en 1796 al primer volumen de Memorias de la Real Academia con una extensa reseña histórica de la misma entidad.

A raíz del conflicto bélico con la Francia revolucio­naria en 1793, Capmany participó con entusiasmo en el movimiento de la sociedad civil catalana, que formó y financió cuerpos armados voluntarios para la Guerra del Rosellón, en un gesto que emulaba los mecanismos de colaboración y servicio de la Monar­quía en el seno de la Corona de Aragón, tan dife­rentes del reclutamiento forzoso que diera lugar al motín de 1773. Después de esta fase de exaltación patriótica que, frente al adversario tradicional de las dinastías medievales y austríaca, podía ser a la vez ca­talana y española, el cambio de alianzas patrocinado por el favorito Godoy en 1796 (primer Tratado de San Ildefonso) fue situando a Capmany en la oposi­ción política, manifestada en críticas públicas contra el afrancesamiento cultural, presentado ahora como la antesala de la introducción de los principios jaco­binos que, desde la perspectiva de la tradición cata­lanoaragonesa, venían a renovar y agravar los males del absolutismo de raíz francesa introducidos con Fe­lipe V (como explicitaría en ocasión del colapso del régimen borbónico en 1808). En 1802, ya jubilado de la Real Academia de la Historia, recibió el encargo regio de visitar y ordenar los archivos del Real Pa­trimonio en Cataluña, bajo cuya denominación re­unió e inventarió los antiguos archivos de la Bailía General de Cataluña y del Maestre Racional de Bar­celona como ingredientes fundamentales del Archivo de la Corona de Aragón (1804). En esta etapa pre­paró la revisión profunda de la Filosofía de la eloquencia, que sería editada en Londres en 1812, y publicó su diccionario francés-español (1805) y las Qüestiones críticas (1807), que vuelven sobre determinados as­pectos tratados en las Memorias históricas desde una perspectiva más escéptica, en particular sobre la su­puesta pujanza demográfica y económica de España en la antigüedad.

Durante los sucesos de marzo-mayo de 1808 en Madrid, Capmany se situó entre los críticos acérri­mos de Godoy y acometió, muy de acuerdo con sus antiguas tesis sobre la vitalidad popular, la tarea de activar la resistencia contra la ocupación napoleónica, a la que contribuyó, en primer lugar, con Centinela contra franceses, panfleto en dos partes redactado en­tre agosto y octubre de aquel año y objeto de edicio­nes diversas y de traducciones al portugués (1808), al inglés (1809) y al francés (1810), esta última respon­diendo a la curiosidad del mismo Napoleón. Obra considerada menor o incluso poco acorde con la tra­yectoria académica anterior por su deliberado uso del registro vulgar, Centinela contra franceses contiene, no obstante, una temprana teorización de la guerra de guerrillas e, íntimamente ligado con ella, un análi­sis político de la capacidad diferencial de resistencia en aquellos estados europeos donde la monarquía ab­soluta había absorbido todo el poder y enervado los sentimientos nacionales y una España donde la obra centralizadora de los Borbones desde 1707-1714 no había logrado anular los patriotismos locales y donde, ante la usurpación napoleónica aceptada mayoritariamente por las elites gobernantes, el pueblo, articu­lado en las nacionalidades históricas, había sabido reaccionar para salvar España, confirmando así su condición de nación de naciones. Tras la capitula­ción de Madrid ante las fuerzas napoleónicas en diciembre de 1808, Capmany huyó a pie hacia Sevilla, donde llegó con el nuevo año, para recibir inmedia­tamente de la Junta Central el encargo de redactar la Gaceta del gobierno resistente, que mantuvo entre enero y julio de 1809, fecha a partir de la cual se con­centró en la preparación de la convocatoria de Cortes al servicio de la Junta consultiva, para la que examinó las respuestas a la encuesta dirigida a tal efecto por la Junta central y cumplimentada por diversas persona­lidades y entidades del país. En octubre del mismo año presentó a la Comisión de Cortes una memoria sobre la necesidad de formar una constitución, en no­viembre pasó a formar parte de la Junta de ceremo­nial de Cortes y a principios de diciembre presentó un compendio histórico sobre las instituciones parla­mentarias de los reinos españoles antes de la irrupción del absolutismo, cuyo trabajo, más desarrollado, fue publicado póstumamente: Práctica y estilo de celebrar Cortes en el reino de Aragón, principado de Cataluña y reino de Valencia, y una noticia de las de Castilla y Navarra. Como su título revela, este trabajo insistía en la mayor madurez de las instituciones parlamenta­rias catalanoaragonesas, y ese importante matiz —que contaba con una base documental y un corpus juridicopúblico muy considerable— singulariza a Capmany dentro del grupo de pensadores políticos historicistas que intervinieron en el proceso constituyente, como, por ejemplo, Jovellanos o Martínez Marina, atentos sólo a la tradición castellana (por ello, y aunque no consta su participación directa en la redacción del cé­lebre Discurso preliminar de la Constitución de 1812, a Capmany debe atribuirse la mención destacada que en ese texto se hace de las instituciones parlamentarias de la Corona de Aragón). Con el traspaso de pode­res de la Junta central al Consejo de regencia en enero de 1810, fue encomendada a Capmany la restaura­ción de la Gaceta gubernamental. Nombrado dipu­tado a Cortes en agosto del mismo año por la Junta superior del Principado de Cataluña, Capmany fue una de las figuras eminentes en las Cortes de Cádiz desde su inicio en septiembre de 1810 hasta su falle­cimiento, a consecuencia de la fiebre amarilla, en no­viembre de 1813. Partidario de beber en las fuentes del parlamentarismo antiguo, como hizo patente en numerosos discursos que fueron escuchados con impaciencia creciente por los líderes liberales que con­sideraban más útil inspirarse en las modernas consti­tuciones francesas, Capmany, que veló especialmente por la separación de poderes y por el equilibrio entre ejecutivo y legislativo, se alineó, sin embargo, con los liberales en la tarea de desmontar los resortes de poder de la monarquía absoluta (libertad de prensa, supre­sión de la Inquisición), de manera que tampoco fue bien visto por los reaccionarios.


Obras de ~: Comentario sobre el Doctor festivo y Maestro de los eruditos a la violeta, para desengaño de los españoles que leen poco y malo, de “Pedro Fernández”, 1773 (ed. de J. Marías, 1963, págs. 181-218); Discursos analíticos sobre la formación y perfec­ción de las lenguas, y sobre la castellana en particular, c. 1773 (inéd. perdido; fragmentos en J. Sempere y Guarinos, 1785, págs. 139-144); Oración gratulatoria, leída al ingresar en la Real Academia de la Historia, 1775 (ed. de H. Juretschke, 1969, págs. 208-214); Discurso político-económico sobre la influencia de los gremios en el Estado, en las costumbres populares, en las artes y en los mismos artesanos, c. 1775 (ed. como anónimo por A. Valladares de Sotomayor, Semanario erudito, t. X, Madrid, Blas Román, 1788, págs. 173-224; reed. de L. Sánchez Agesta, 1949, págs. 67-109); Arte de traducir el idioma francés al castellano, Madrid, Antonio de Sancha, 1776; Filosofía de la eloquencia, Madrid, Antonio de Sancha, 1776 (2.ª ed. rev., Londres, H. Bryer, 1812); Discurso económico-político en de­fensa del trabajo mecánico de los menestrales y de la influencia de sus gremios en las costumbres populares, conservación de las artes y honor de los artesanos, de “Ramón Miguel Palacio”, Madrid, Antonio de Sancha, 1778; Memorias históricas sobre la marina, comercio y artes de la antigua ciudad de Barcelona, Madrid, An­tonio de Sancha, 1779, 2 vols.; Discurso pronunciado […] en la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona, 1782 (ed. de J. Antón Pelayo, 2001, págs. 167-173); Compendio cronológico-histórico de los Soberanos de Europa, Madrid, Miguel Escribano, 1784; Teatro histórico-crítico de la elocuencia española, Madrid, Antonio de Sancha, 1786-1794, 5 vols.; Descripción política de los Soberanos de Europa, Madrid, Miguel Escribano, 1786; Antiguos tratados de paces y alianzas entre algunos reyes de Aragón y diferentes príncipes infieles de Asia y África, desde el siglo XIII hasta el XV, Madrid, Imprenta Real, 1786; Ordenan­zas de las Armadas navales de la Corona de Aragón aprobadas por el rey D. Pedro IV, año de MCCCLIV, Madrid, Imprenta Real, 1787; Código de las costumbres marítimas de Barcelona, hasta aquí vulgarmente llamado Libro del Consulado, Madrid, Antonio de Sancha, 1791; Suplemento a las Memorias históricas sobre la marina, comercio y artes de la antigua ciudad de Barce­lona, Madrid, Antonio de Sancha, 1792, 2 vols.; “Noticia del origen, progresos y trabajos literarios de la Real Academia de la Historia”, en Memorias de la Real Academia de la Historia, I (1796), págs. I-CLXI; Colección de los tratados de paz, alianza, comercio, etc., ajustados por la Corona de España con las potencias extranjeras desde el reinado del señor Don Felipe Quinto hasta el presente, Madrid, Imprenta Real, 1796-1801; Comentario con glosas críticas y joco-serias sobre la nueva traducción castellana de las Aventuras de Telémaco, Madrid, Sancha, 1798; Nuevo diccionario francés-español, Madrid, Sancha, 1805 (2.ª ed. aum., Madrid, Sancha, 1817); Qüestiones críticas sobre varios puntos de historia económica, política, y militar, Madrid, Imprenta Real, 1807; Centinela contra franceses, Madrid, Gómez Fon­tenebro y Compañía, 1808; Centinela contra franceses. Parte segunda, Madrid, Sancha, 1808 (ed. de las dos partes reunidas: Manresa, Ignacio Abadal, 1808); Informe […] a la Comisión de Cortes, 17 de octubre de 1809 (ed. Álvarez Junco, 1967, págs. 533-551); Carta de un buen patriota que reside disimulado en Sevilla, escrita a un amigo suyo domiciliado hoy en Cádiz, 18 de mayo de 1811, Cádiz, Imprenta Real [1811]; Segunda carta del buen patriota disimulado en Sevilla, a un amigo suyo domi­ciliado hoy en Cádiz, 20 de junio de 1811, Cádiz, Imprenta Real, 1811; Manifiesto de D. Antonio de Capmany en respuesta a la contestación de D. Manuel José Quintana, Cádiz, Imprenta Real, 1811; Exposición que en favor de los Ayuntamientos leyó […] en la sesión pública de las Cortes el día 13 de junio de 1813, Cádiz, Vicente Lema, 1813; Práctica y estilo de celebrar Cortes en el reino de Aragón, principado de Cataluña y reino de Va­lencia, y una noticia de las de Castilla y Navarra, Madrid, José Collado, 1821.

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II, Barcelona, Bosch, 1951, págs. 148-170; L. Sánchez Agesta, El pensamiento po­lítico del despotismo ilustrado, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1953; M. Artola, Los orígenes de la España con­temporánea, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1959, 2 vols.; H. Juretschke, Los afrancesados en la guerra de la Inde­pendencia, Madrid, Rialp, 1962; J. Marías, La España posible en tiempo de Carlos III, Madrid, Sociedad de Estudios y Publi­caciones, 1963; A. de P. Ortega Costa y S. Díez Tejerina, “Catalanes en la colonización de Sierra Morena (Correspon­dencia entre Olavide y Capmany)”, en Boletín del Ilustre Cole­gio Nacional de Economistas, 43 (1964), págs. 3-12; E. Giralt, Ideari d’Antoni de Capmany, Barcelona, Edicions 62, 1965; N. Glendinning, “A note on the autorship of the Comen­tario sobre El Doctor Festivo y Maestro de Eruditos a la Violeta, para desengaño de los Españoles que leen poco y malo”, en Bu­lletin of Hispanic Studies, 43 (1966), págs. 276-283; J. 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Biografía escrita por Ramón Grau Fernández  procedente del Diccionario Biográfico Español.

 

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