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Manuel Alonso Martínez

Burgos, 1.I.1827 – Madrid, 13.I.1891. Jurista, político, ministro y presidente del Congreso de los Diputados.

Perteneció a una familia de clase media muy apreciada en Burgos, pues su padre Calixto Alonso Martínez, comerciante textil, ayudaba con sus rentas al mantenimiento del Instituto de Segunda Enseñanza de Burgos capital. Empezó a cursar los estudios elementales y medios, en el Colegio de San Nicolás de dicha capital, destacándose muy tempranamente por su interés y aplicación.

Apoyado por su padre, en 1841 se trasladó a Madrid en cuya Universidad cursó Derecho, obteniendo excelentes calificaciones, simultaneando estos estudios con los de Filosofía y Letras, —carrera recién creada en España—, por el afán de poner en práctica su idea de que un jurista debe saber expresar por escrito sus pensamientos. Durante los años de universidad también se interesó por el estudio de los idiomas. Frecuentó el Ateneo de Madrid, del que se hizo socio en 1871.

Al terminar sus estudios en la Universidad Central, comenzó a trabajar en el bufete de Manuel Cortina, quien le profesó gran amistad y al que consideró siempre su maestro. Al morir su padre en 1852, tuvo que regresar a Burgos para ayudar a su madre Casilda Martínez Alonso, y hacerse cargo de sus tres hermanos menores: Ángel, Juan y Josefa.

En 1854, se encontraba en Vizcaya como abogado de la Diputación Foral, cuando le llegó la noticia de la batalla de Vicálvaro (30 de junio de 1854). Regresó a Burgos y, a petición de sus paisanos, se presentó a las elecciones que tuvieron lugar en octubre de 1854, iniciándose en esa fecha su carrera política al contar con los votos de todos los partidos de la provincia de Burgos, como representante en las Cortes. Aunque acudía a ellas libre de compromisos políticos, él, por convicción propia y por sus antecedentes familiares, simpatizaba con las ideas progresistas.

Al comenzar su vida parlamentaria, y al no pertenecer a partido político alguno, se dedicó a observar el acontecer. Es evidente que inició su vida política dentro del progresismo, si se tiene en cuenta que progresistas eran sus amigos y protectores Manuel Cortina y Cirilo Álvarez, como también lo eran sus compañeros en el parlamento, Martín de los Heros y Manuel de la Fuente Andrés. En la primera legislatura, se sentó en el Congreso junto a otros políticos que llegaban al parlamento por primera vez y con los que compartió la tribuna el resto de su vida: Cánovas, Sagasta, Castelar y el marqués de la Vega de Armijo, entre otros. A partir de entonces, instalado ya en Madrid, donde permaneció hasta su muerte en 1891, Alonso Martínez tuvo una dilatada vida parlamentaria, siendo diputado desde 1854 hasta 1890, durante veinticinco legislaturas. En la última, la de 1889-1890, fue elegido presidente del Congreso de los Diputados. Desde su primera legislatura, se destacó por su brillante oratoria al intervenir varias veces con motivo de la proposición presentada por el diputado Sánchez Silva para la abolición del impuesto de puertas y consumos, de la que Alonso Martínez era contrario. Ante su destacada actuación, el Gobierno le ofreció el cargo de subsecretario del Ministerio de Gracia y Justicia, que él no aceptó. Poco después, se le propuso para vocal de la Comisión de Códigos, aceptando este cargo, ya que le permitía simultanearlo con sus investigaciones y estudios jurídicos. Sus intervenciones en el Congreso le fueron dando fama de gran orador parlamentario. De palabra fácil, destacó por su fuerza lógica y dialéctica y por su razonamiento sereno, pero contundente, siendo el autocontrol una de sus mayores virtudes oratorias, pues podía, sin alterarse, exponer sus ideas con la mayor brillantez, lo que favorecía su sonora voz.

Al iniciarse el Bienio Progresista (1854-1856), consolidado el general Espartero, duque de la Victoria, en el poder, éste ofreció a Alonso Martínez la cartera de Fomento que él rechazó varias veces, aunque aceptó en contra de su voluntad, pues se consideraba aún muy joven para ocupar ese cargo. Parece que, si accedió, fue para evitar una crisis provocada por la falta de entendimiento entre el presidente del Gobierno, el general Espartero y el ministro de la Guerra, el general O’Donnell. El 5 de julio de 1855, tomó posesión de la cartera de Fomento, convirtiéndose a sus veintiocho años en el ministro más joven de toda la Historia constitucional española.

Alonso Martínez fue un hombre de firme convicción monárquica, siendo fiel a esa idea —unida para él a la de patriotismo—, desde sus años juveniles hasta su muerte. La defensa de la Monarquía fue una constante en toda su vida, tanto en sus actuaciones políticas como en las privadas. Puede afirmarse que todos sus actos políticos estuvieron encaminados al fortalecimiento de la Corona, tan amenazada por los avatares de la política durante toda la segunda mitad del siglo XIX. Leal consejero de la reina Isabel II, —que le profesó gran afecto, aunque también recibió ingratitudes—, tuvo en el rey consorte, Francisco de Asís, uno de sus mayores enemigos.

Alonso Martínez, al tomar posesión de la cartera de Fomento —ministerio que después del de Hacienda era el que contaba con mayor presupuesto, pues desde 1851 reunía Comercio, Instrucción y Obras Públicas—, lo reorganizó. Presentó a las Cortes, en diciembre de 1855, un proyecto de Ley de Instrucción Pública, promoviendo las reformas en el ámbito de los estudios de ingenieros de canales y puertos y la creación de la Escuela Central de Agricultura en la finca La Flamenca del Real Heredamiento de Aranjuez. El 1 de septiembre de 1855, se creó, mediante Decreto Real, la carrera de Ingeniero Agrónomo, cuya primera promoción data de 1861. Además, redactó la Ley de Policía de los Caminos de Hierro y preparó las bases legales para la constitución de las sociedades de crédito que financiaron la construcción de las distintas líneas del ferrocarril. Poco después de ser nombrado ministro de Fomento, en el verano de 1855, con motivo del nuevo Reglamento de Palacio, se planteó un difícil problema que amenazó gravemente las relaciones de la Corona con el Gobierno. En este espinoso asunto, Alonso Martínez volvió a prestar una gran servicio a la Corona y a la reina Isabel II. El nuevo Reglamento modificaba la alta servidumbre de Palacio y terminaba con la camarilla que rodeaba a la Reina, quien influida por ésta y sobre todo por el rey consorte, Francisco de Asís, se negó a firmarlo.

Las visitas que hicieron a la Reina —que con la Corte se encontraba aquellos días en el Real Sitio de El Escorial—, primero por el ministro de la Guerra, el general O’Donnell, y después por el presidente del Consejo de Ministros, el general Espartero, fueron infructuosas, volviendo ambos a la capital desairados. Reunidos los ministros en Consejo, se decidió entonces que, dado su tacto y su lealtad a la Corona, fuese el ministro de Fomento, Manuel Alonso Martínez, quien se dirigiera al Real Sitio. Así lo hizo, logrando convencer a la Reina para que firmase el nuevo Reglamento, lo que hizo el 9 de septiembre de 1855.

Alonso Martínez también se destacó durante el Bienio Progresista como trabajador infatigable. Intervino en todos los asuntos de su competencia, discutidos en las comisiones del Congreso de los Diputados, al redactarse el nuevo texto constitucional, la Constitución nonata de 1856, destacándose especialmente en tres: la cuestión religiosa, la organización del Senado y la regulación de la Milicia Nacional.

Los gobiernos que se sucedieron desde 1854 hasta 1856 actuaron bajo el influjo de los que apoyaban al general Espartero y los que apoyaban al general O’Donnell. Había dos sectores de opinión que giraban en torno a estos dos generales de ideas antagónicas. Como la rivalidad se acentuaba cada día más, para intentar salvar la situación Alonso Martínez propuso a sus compañeros del Consejo de Ministros que se promulgase la nueva Constitución lo antes posible. Sin embargo, la falta de entendimiento del Gobierno con los progresistas puros de la comisión constitucional hizo que Alonso Martínez se viera abandonado por sus compañeros de Gabinete. Ante ello, decidió dimitir de su cargo el 15 de enero de 1856.

Libre de los compromisos de gobierno y de acuerdo con el general O’Donnell, Alonso Martínez se dedicó a dar forma a un nuevo partido político a partir de un grupo, El Centro Parlamentario, que fue en 1856 el germen de la futura Unión Liberal. Alonso Martínez participó plenamente en el proyecto y desde que la Unión Liberal empezó a funcionar un año más tarde —a partir de 1857—, como grupo parlamentario organizado, militó en él.

Las revueltas campesinas de junio de 1856 en la cuenca del Duero precipitaron el fin del Bienio Progresista. La disparidad de criterio entre el ministro de la Gobernación, Patricio de la Escosura, y el ministro de la Guerra, Leopoldo O’Donnell, por la forma en que se habían reprimido dichas revueltas, agravó el panorama político que evidenciaba una vez más las divisiones internas que existían dentro del Gobierno y que condujeron finalmente a la dimisión de su jefe, el general Espartero, el 13 de julio de 1856. Al día siguiente, 14 de julio, el general O’Donnell juraba ante la Reina su cargo como nuevo presidente del Gobierno y asimismo Manuel Alonso Martínez lo hacía de su cargo de gobernador civil de Madrid. Ésta fue la etapa de mayor acercamiento de Alonso Martínez con el duque de Tetuán.

La salida de Espartero del Gobierno causó una grave revuelta en Madrid, protagonizada por la Milicia Nacional. En los días 14, 15 y 16 de julio de 1856, de nuevo Alonso Martínez dio prueba de su servicio a la Monarquía y a Isabel II, poniendo en peligro su propia vida al atravesar Madrid lleno de barricadas y llegar hasta Palacio para estar al lado de la Reina y prevenirla de la gravedad de los acontecimientos.

En octubre de 1856, hubo una nueva crisis, la llamada Crisis del Rigodón (10 de octubre de 1856). Isabel II, tras desairar al general O’Donnell, ofreció la Presidencia del Gobierno al general Narváez. Alonso Martínez vivió el desengaño del duque de Tetuán como propio, pues la Reina le había asegurado que no pensaba prescindir de O’Donnell. El 12 de octubre presentó su dimisión del cargo de gobernador civil de Madrid, dedicándose durante tres años a su recién establecido bufete de abogado en Madrid. A partir de entonces, Alonso Martínez se distanció de Isabel II. Solamente en dos ocasiones, por lealtad a la Corona, aceptó un cargo ministerial. La primera fue en el Gabinete presidido por Manuel Pando Fernández de Pinedo, marqués de Miraflores, en el que ocupó la cartera de Fomento desde el 4 de agosto de 1863 al 17 de enero de 1864. La segunda, en el Gabinete de O’Donnell —con el cual ya se había reconciliado después de unos años de separación entre ambos, a consecuencia de la salida de Alonso Martínez de la Unión Liberal, por las diferencias surgidas entre éste y Posada Herrera respecto a la Ley Orgánica de Municipios—: ocupó la cartera de Hacienda desde el 21 de junio de 1865 hasta el 28 de mayo de 1866. Durante los once meses en los que permaneció al frente del Ministerio de Hacienda, tuvo que dar solución a las tres grandes cuestiones que habían originado la dimisión a sus antecesores: el presupuesto, la deuda pública y el estado económico del país. Para resolverlas, planeó la creación de dos grandes bancos. Uno de crédito territorial y otro de emisión. Además consiguió consolidar la desamortización eclesiástica y mejorar las relaciones con la Santa Sede, deterioradas al haber reconocido el reino de Italia. Redujo gastos en el ministerio de la Guerra, para lo que contó con el apoyo del propio O’Donnell. Con el fin de aumentar los ingresos de la Hacienda, efectuó una reforma fiscal de los impuestos de consumos, aranceles y contribución de inmuebles. Su último gran proyecto, la creación de un gran banco de emisión, fracasó por diversos motivos. Ante la gravedad de la situación económica dimitió el 28 de mayo de 1866.

El fracaso del Gobierno en lo económico provocó una crisis política que se reflejó pocos días después, el 22 de junio, en la sublevación de los sargentos del cuartel de San Gil de Madrid. A pesar de ser sofocada con éxito, Isabel II había resuelto prescindir de O’Donnell, y éste, ante la actitud de la Reina, le presentó la dimisión y, muy dolido, emprendió su exilio voluntario a Francia, instalándose en Biarritz, donde residió hasta su muerte en noviembre de 1867. Isabel II encargó a Narváez que formase gobierno (10 de julio de 1866). Desde entonces, Alonso Martínez se mantuvo alejado de Isabel II, repetidamente desengañado por su conducta, volviendo a Palacio tan sólo a petición de ésta, con motivo de haber sido comisionado como letrado junto con Manuel Cortina, para redactar el testamento de la Reina.

Al estallar la Revolución de 1868, La Gloriosa, que provocó el exilio de Isabel II, Alonso Martínez manifestó repetidas veces que él quería esperar a que el príncipe de Asturias, don Alfonso, pudiese colocarse a la cabeza de la oposición y sustituir a su madre.

Consumada la Revolución, inició un período de retraimiento, manteniéndose alejado de las Cortes Constituyentes y, por tanto, sin participar en la elaboración de la Constitución de 1869, ni en la elección del rey Amadeo I. Dada la lealtad siempre demostrada por Alonso Martínez a la Corona, Isabel II le consultó por escrito desde su exilio parisino, sobre la conveniencia de abdicar en su hijo Alfonso. Alonso Martínez, siempre leal a la institución monárquica y dejando a un lado sus resentimientos, respondió a la Reina con una extensa carta en la que afirmaba la necesidad de su abdicación en el príncipe Alfonso para la restauración de la dinastía borbónica. Finalmente, Isabel II, tras muchas vacilaciones, firmó el documento de abdicación el 26 de junio de 1870, en el palacio Basilewski de París. Durante el reinado de don Amadeo, Alonso Martínez fue elegido diputado el 3 de abril de 1871, por Castrogeriz (Burgos) en las primeras cortes amadeístas. En la primera oportunidad que tuvo en una de las sesiones del Congreso de los Diputados definió su postura política dejando bien claro que no había participado en la revolución de 1868 ni tenía lazo alguno con la dinastía que a la sazón ocupaba el trono, pero que, hombre de ley, no conspiraría, como no había conspirado nunca, contra los poderes públicos.

Después de la abdicación de Amadeo I, con el advenimiento de la Primera República, Alonso Martínez se retiró por completo de la vida política, para dedicarse a sus estudios de Legislación y Jurisprudencia.

Tras el fracaso de la Primera República, durante la Presidencia del Poder Ejecutivo del general Serrano, duque de la Torre (enero-diciembre de 1874), fue nombrado ministro de Gracia y Justicia, en la reorganización del Gabinete llevada a cabo por el general Zavala, que había sido designado por el general Serrano, presidente del Consejo de Ministros, al tener él que ausentarse para hacerse cargo personalmente del Ejército del Norte que combatía contra los carlistas. Como durante aquellos meses en España se vivió una situación política irregular, Alonso Martínez, como buen jurista, sintió la necesidad de configurar el régimen existente, por lo que le dio el nombre de Respública.

Durante la Restauración, Alonso Martínez volvió a participar muy destacadamente en política, colaborando en la consolidación de la obra restauradora. Cánovas, considerándole integrador, quiso atraérselo. En enero de 1875, tras ser proclamado rey Alfonso XII, el mismo día en que se formó el Ministerio Regencia bajo su presidencia, designó a Alonso Martínez para ir a recibir al Rey a Valencia en compañía del general Zavala. Unos meses después, en mayo de ese mismo año, Alonso Martínez manifestó a Alfonso XII su apoyo incondicional. Lo hizo por medio de un manifiesto que firmaron junto a él un grupo de disidentes del Partido constitucionalista, en el que él ahora militaba y cuya jefatura ostentaba su íntimo amigo Sagasta, ante la indecisión de éste a aceptar sin reservas la nueva Monarquía.

Próximo al Partido Liberal‑conservador de Cánovas, en 1876, Alonso Martínez participó muy activamente en la elaboración de la Constitución de 1876, siendo el presidente de la Comisión de Notables —formada por treinta y nueve individuos— encargada de redactarla, y secundando a Cánovas en llevar el peso de los debates parlamentarios mientras la Constitución era discutida en el Congreso de los Diputados. A consecuencia de los debates en el Congreso respecto al contenido del artículo 11 —relativo a la religión católica y a la práctica de las demás religiones— encabezó, junto con el marqués de la Vega de Armijo y otros diputados, un grupo de disidencia del Partido Liberal‑conservador que pasó a llamarse centralista o “grupo del reloj”, por el lugar que ocupaban sus miembros en los escaños del Congreso. No pudiendo mantenerse como partido independiente, Alonso Martínez y su grupo centralista se volvió a unir a Sagasta. Ante la perspectiva de alcanzar el poder, el Partido constitucionalista desplegó una gran actividad para consolidarse. Convocada una asamblea por los jefes de las principales corrientes del partido, en marzo de 1880 se consiguió unificarlas, dando origen al Partido fusionista, también llamado liberal‑fusionista. En la consolidación de todo este proceso, desempeñó papel decisivo Alonso Martínez. Al ocupar los liberales el poder por primera vez, en febrero de 1881, formó parte del primer gabinete liberal de la Restauración, siendo nombrado ministro de Gracia y Justicia por Sagasta, que era el presidente del Consejo. Desempeñando este cargo, tomó parte en la polémica suscitada sobre la concesión del título de princesa de Asturias a la infanta María de las Mercedes, hija primogénita del rey Alfonso XII y de su segunda esposa, María Cristina de Habsburgo- Lorena.

Tras la muerte del rey Alfonso XII, el 25 de noviembre de 1885, e iniciada la regencia de la reina María Cristina, durante los gobiernos liberales presididos por Sagasta —período conocido como el “Parlamento Largo”— Alonso Martínez formó parte de todos los gobiernos como ministro de Gracia y Justicia, desde noviembre de 1885 hasta junio de 1889, fecha en la que fue elegido presidente del Congreso de los Diputados. En estos años, como jurista experto, desarrolló su labor como ministro de Gracia y Justicia, lo que le dio talla de eficaz legislador. Una de sus empresas más arduas fue la redacción del Código Civil, que vio la luz el 26 de mayo de 1889 y que fue escrito con arreglo a las veintiséis bases establecidas por la ley de mayo de 1888, obra personal suya. Además, promovió la Ley de Imprenta, el establecimiento del juicio oral y público en las causas criminales, la fundación de tres laboratorios de Medicina legal en Madrid, Barcelona y Sevilla, como instrumentos auxiliares de la investigación judicial; estableció la separación de las jurisdicciones civil y criminal en las Audiencias de Madrid y Barcelona y presentó a las Cortes los proyectos de Ley del Jurado, de reforma del Código Penal y de la implantación del matrimonio civil.

María Cristina, conocedora de la rectitud y fidelidad a la Monarquía de Alonso Martínez, le trató siempre con gran consideración y depositó en él su confianza, por lo que mantuvo durante esos años muy buenas relaciones con la familia real.

Conocido por todos como hombre profundamente estudioso, Manuel Alonso Martínez fue un escritor infatigable. Además de redactar gran número de dictámenes e intervenciones parlamentarias, escribió sobre temas jurídicos como los derechos individuales, el Estado, la familia, la propiedad, el Código Civil y las legislaciones forales. También escribió sobre las principales tendencias filosóficas de su época, como el krausismo y el positivismo. Gran amante de la música, que fue su gran pasión, también se sintió muy inclinado hacia el teatro, la literatura clásica y la poesía.

Faceta poco conocida de Alonso Martínez fue su vinculación con los negocios. Desde 1868 hasta su muerte en 1891, formó parte del Consejo de Administración y presidió dos de las sociedades mercantiles más importantes de la época: El Crédito Mobiliario Español y La Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España.

Manuel Alonso Martínez padeció a lo largo de toda su vida una bronquitis crónica por lo que los médicos le tenían prescrito como tratamiento tomar aguas medicinales. A causa de ello, él visitaba con asiduidad el balneario de Betelu, situado al pie de la Sierra de Aralar, en Guipúzcoa, cerca de San Sebastián. Esto motivó que pasase en esta ciudad los veranos con su familia, en una villa de su propiedad en la que recibía a sus invitados, entre ellos a su gran amigo Sagasta, que acudía casi todos los veranos. San Sebastián se convirtió durante la segunda mitad del siglo XIX en la ciudad de moda donde veraneaban las familias adineradas madrileñas, las de la nobleza e incluso la propia familia real, que empezó a hacerlo en 1866 con Isabel II.

La enfermedad bronquial que padecía Manuel Alonso Martínez degeneró en un cáncer de pulmón que fue la causa de su muerte en Madrid, el martes 13 de enero de 1891. Su muerte fue muy sentida en la ciudad, tanto en los sectores políticos como en los jurídicos. La Reina regente sintió tan profundamente su muerte que suspendió todos sus actos oficiales y sociales mientras él estuvo de cuerpo presente. Su entierro y funeral fueron muy solemnes y a ellos acudió un gran número de personalidades y de público en general, pues Alonso Martínez gozó siempre de consideración y estima en Madrid, ciudad de la que había sido gobernador civil en el año 1856. Todos los periódicos publicaron en los días siguientes a su muerte, artículos necrológicos ensalzando sus cualidades y su adhesión a la Corona.

Manuel Alonso Martínez había contraído matrimonio a los treinta años con la señorita burgalesa Demetria Martín de Baraya, de veintidós, el 4 de julio de 1857 en la madrileña iglesia de San Sebastián. Esposo y padre ejemplar, siempre se mostró decidido defensor de la familia como institución básica de la sociedad. De este matrimonio nacieron nueve hijos: Vicente, que fue ingeniero agrónomo, diputado y senador, y director del Instituto Agrícola Alfonso XII; Severiano, abogado del Ministerio de Gracia y Justicia; Pilar, que murió siendo aún niña en 1873; Lorenzo, ingeniero de Minas y catedrático de Legislación de Minas de la Universidad de Madrid, director general de Agricultura e inspector general de Agricultura y quien sustituyó a su padre a su muerte, en su escaño de diputado por Burgos y, desde 1910 hasta 1914, fue senador; Antonio, abogado y juez de primera instancia en Cuba; Casilda, por la que sintió un gran cariño Alonso Martínez y que contrajo matrimonio con Álvaro Figueroa y Torres, conde de Romanones; Dionisio, abogado; Francisco de Paula, también abogado, y Manuela, que contrajo matrimonio muy joven con Gregorio de Jove, descendiente de una ilustre familia asturiana.

El 12 de junio de 1891, publicó la Gaceta la concesión, por la Reina Regente, del título de marqués de Alonso-Martínez para su viuda, Demetria Martín de Baraya y sus descendientes. Su viuda sobrevivió once años llevando una vida discreta y volcada en sus hijos, muriendo víctima de una penosa enfermedad el 2 de diciembre de 1902.

Alonso Martínez fue presidente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación desde el 2 de junio de 1869 y miembro de la de Ciencias Morales y Políticas, en la que ingresó como académico de número en 1870. Estaba en posesión de la Gran Cruz de Carlos III, otorgada por Real Decreto de 19 de noviembre de 1864. También perteneció a la Orden de Nuestra Señora de la Concepción de Villaviciosa, de Portugal, de la cual fue caballero.

Obras de ~: Estudios sobre Filosofía del Derecho, Madrid, Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, 1874; Los Derechos individuales y el Estado, Madrid, Academia Matritense de Jurisprudencia y Legislación, 1875; Discursos sobre el Divorcio, Madrid, Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, 1875; Movimiento de las ideas religiosas. Exposición y crítica del sistema krausista, Madrid, Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, 1876; Influjo del Positivismo en las Ciencias Morales y Políticas, Madrid, Ediciones Biley, 1880; Cuál es y cuál debe ser el estado de la legislación en España, Madrid, 1881; El Código Civil en sus relaciones con las legislaciones forales, Madrid, Estudio Tipográfico de P. Núñez, 1884; Examen del Derecho de propiedad, Madrid, Imprenta Eduardo Martínez García, 1886.

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Biografía escrita por Trinidad Ortúzar Castañer procedente del Diccionario Biográfico Español

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