ribaltaBiografía escrita por Leticia Ruiz Gómez. Jefe del departamento de Pintura Española del Renacimiento del Museo Nacional del Prado. Doctora en Historia del Arte y graduada en Restauración por la Escuela Superior de Restauración y Conservación de Madrid


Francisco Ribalta. Pintor.

Solsona (Lérida), 2.VI.1565 – Valencia, 13.I.1628.

La producción pictórica de Francisco Ribalta es ejemplo de la riqueza y variedad de influencias que conformaron la pintura española del primer cuarto del siglo xvii. La biografía y devenir artístico de este pintor resultan emblemáticos de su generación. Un grupo de artífices nacidos en torno a 1560 entre los que se debe destacar, además de Ribalta, Juan de Roelas, Bartolomé Carducho o Juan Sánchez Cotán; protagonistas todos ellos del llamado “primer naturalismo”. Una pintura cuajada entre el peso de las tradiciones pictóricas de la escuela veneciana, tan importante en las colecciones reales españolas, y los nuevos preceptos sobre las representaciones artísticas emanados del Concilio de Trento. Fue sin duda el Real Monasterio de El Escorial donde esos dos componentes convergieron de manera más coherente, haciendo que los pintores españoles que en algún momento se vincularon a la escuela madrileña en el último cuarto del siglo XVI y primeros años del XVII, participaran de esa atmósfera de múltiples estímulos que acabaría encauzando el devenir desarrollo de gran parte de la pintura española de ese último siglo, aunque matizada o transformada por las tradiciones e inercias locales. La trayectoria artística de Francisco Ribalta aparece como paradigma de esta aseveración, pues con enorme flexibilidad supo adaptar su inicial y fundamental formación escurialense con las tradiciones de la escuela valenciana en la que acabaría asentándose, hasta convertirse en el pintor de referencia de las generaciones posteriores de buena parte del siglo XVII.

Nació el 2 de junio de 1565 en Solsona (Lérida), en el seno de una familia de artesanos. Juan de Ribalta, su padre, fue sastre, profesión con la que crió a los cinco hijos, ocupando Francisco el tercer lugar. Fue su padrino de bautismo Juan Crexans, vicario general de la curia, un dato que podría explicar una acrecentada religiosidad familiar que justificaría la fama de hombre devoto que acompañó al pintor: según Jusepe Martínez, Francisco Ribalta “dio su alma a Dios con tan grande reputación que casi fue venerado por santo”. Ese halo de espiritualidad hubo de servir al pintor en su trayectoria personal y artística, puesto que los encargos artísticos más importantes de la época estaban vinculados a la Iglesia Entre 1571 y 1573 la familia Ribalta trasladó la residencia a Barcelona, ciudad que abandonó Francisco en 1581, tras la muerte de sus padres, pasando entonces a Madrid. Es probable que se iniciara en la pintura en la ciudad catalana; para algunos autores pudo estar cerca de la órbita de Isaac Hermes (Utrecht-Tarragona, 1596), un pintor holandés establecido en Barcelona desde 1573, y autor del retablo de la capilla del Palau Reial Menor, propiedad de Luis de Requeséns. Aunque desarrollada con una seca ejecución y unos prototipos flamencos, el tipo de pintura producida por Hermes puede ponerse en conexión con algunos de los aspectos que encontrará Francisco Ribalta a su llegada a la Corte, y especialmente en El Escorial: un manierismo nórdico con notas del mundo romano y lombardo, y una exposición narrativa inscrita en los principios ejemplarizantes dictados por el Concilio de Trento.

En Madrid residió un largo período, entre 1581 y 1598, tiempo en el que contrajo matrimonio con Inés Pelayo, una unión de la que nacieron dos hijas y Juan, pintor también. Fue en Madrid donde el artista, atento a los múltiples estímulos del entorno cortesano, obtuvo un complejo bagaje formativo. En el Monasterio de El Escorial absorbió imágenes y modos pictóricos de los que se valdría a lo largo de toda su producción: la riqueza cromática y la pincelada fluida de Tiziano, de los Bassano o de Navarrete el Mudo; el sentido dramático y monumental de Tibaldi y Bartolomé Carducho, de Sebastiano del Piombo, una de sus influencias más decisivas, la monumentalidad y sentido espacial, además de algunos modelos físicos; de Luca Cambiaso, también de Bassano y Piombo, la iluminación contrastada. Ribalta hubo de hacerse entonces con un rico repertorio de diseños y apuntes. Se sabe además que, como gran parte de los artistas de la época, manejó un buen número de estampas.

No son muchas las obras que del período madrileño de Ribalta que han llegado hasta nosotros, sin embargo, debió de tener un taller de cierta actividad, porque contó con dos oficiales: Juan Bautista Toribio y Andrés López. De las obras de ese momento destacan dos: la tela con los Preparativos para la Crucifixión (Hermitage), que está firmada en 1582, en la que la juventud del pintor explicaría la exhibición de escorzos en las figuras representadas, alardes formales que restan eficacia a una composición en exceso complicada, con un cromatismo a la veneciana y una iluminación crepuscular. También a ese momento se corresponde el Cristo crucificado, obra del Museo del Prado depositada en el Monasterio de Poblet, Tarragona.

Ribalta-preparativos_crucifixionPreparativos para la Crucifixión (Hermitage)

El recuerdo de la pequeña versión que de Tiziano se guarda en El Escorial, está presente en la monumental tela ribaltesca, de casi cuatro metros de altura, aunque Cristo aparece en el momento de dirigirse al Padre, antes de morir.

El mismo año de la muerte de Felipe II, en 1598, o a comienzos de 1599, el pintor dejó Madrid para instalarse en Valencia, donde ya en abril aparecía inscrito en la Cofradía de la Virgen de los Desamparados.

La ciudad era el epicentro de una de las escuelas pictóricas más notables de la Península, prendida aún de la influencia decisiva de Juan de Juanes, muerto en 1579, y con vínculos estrechos con la pintura italiana y una importante actividad artística ligada desde 1569 al protagonismo religioso de Juan de Ribera, patriarca arzobispo de Valencia hasta su muerte en 1611. Ribera, elevado a la condición de santo desde 1960, promovió en la ciudad, como previamente había ensayado en la diócesis de Badajoz, los valores espirituales y artísticos de Trento, en unas fechas en que se establecieron nuevas parroquias y conventos. El arzobispo Ribera promovió la reforma de la Universidad, el control doctrinal de las diócesis, la observancia de los sacramentos y la mejora formativa del clero. Patrocinó la construcción del Colegio de Corpus Christi, un seminario inmerso en los ideales trentinos, que en 1597 comenzó a decorarse con pinturas murales y retablos. En ese contexto, la presencia de Ribalta en Valencia resultó decisiva. Su formación escurialense facilitaba la renovación del lenguaje figurativo de la pintura local, aunque sin rupturas, amoldándose inicialmente al manierismo romanista de Juanes y su escuela.

De hecho, alguno de los primeros trabajos de Ribalta fueron copias, réplicas o versiones de obras de Juan de Juanes.

La capacidad de adaptación del pintor resultaría proverbial para llevar a cabo los requerimientos de Ribera y de la clientela valenciana. Más allá de la amalgama de influencias escurialenses que envolvían sus composiciones, imbuidas de un tono aleccionador, Ribalta no poseía aún un estilo definido propio, y así lo explicó el pintor y cronista aragonés Jusepe Martínez (1600-1682) al afirmar que Ribalta “hizo muchas obras en las cuales se conformaba con las intenciones de los dueños que se las mandaban hacer”.

Con todo, los primeros años de la vida familiar en Valencia conoció serias dificultades; la muerte de la esposa y de un cuarto hijo de muy corta edad obligó al pintor a compaginar la asunción de los primeros y decisivos encargos con el cuidado de sus tres hijos, pasando toda la prole por tres cambios de domicilio entre 1599 y 1601. Tras realizar varios trabajos, que se pueden juzgar de menores, retratos sobre todo, como el de Sor Margarita Agulló en éxtasis, realizado hacia 1600 (Colegio de Corpus Christi o del Patriarca), el primer encargo de empeño que ocupó a Ribalta está en Algemesí, a treinta kilómetros de Valencia, localidad para cuya parroquia se ocupó de realizar las diecinueve telas del retablo mayor, dedicado al apóstol Santiago. El conjunto es el más ambicioso encargo que hasta la fecha había conseguido el artista, en un momento de madurez plena y en donde recuperó de forma muy explícita las enseñanzas aprendidas en el Monasterio de El Escorial. Las composiciones derivan directamente de obras de Juan Navarrete el Mudo (La degollación de Santiago), de Durero (El lavatorio) o Tibaldi y Cambiaso (La batalla de Clavijo), incluyendo sugerentes efectos lumínicos y un sentido del color muy notable, así como una expresividad en las figuras en exceso forzada, pero de una enorme eficacia visual, teatral muy efectista y aleccionadora.

El encargo le obligó a residir hasta 1605 en Algemesí, adonde regresaría para completar en la misma parroquia los retablos de San Vicente Ferrer y San José, compaginando estas tareas con la producción de los lienzos de altar de la capilla del Corpus Christi: La aparición de Cristo a san Vicente Ferrer o la imponente Santa Cena del retablo mayor (1606). En este caso, la tela de Ribalta debía sustituir una anterior versión de escuela genovesa, una composición vertical muy semejante, enmarcada por una monumental escenografía que Ribalta simplificó, para dar mayor protagonismo al grupo apostólico, concebido con novedoso carácter naturalista y una variada gestualidad.

La vinculación con el patriarca Ribera y la solvencia artística y profesional demostrada en esos primeros años en Valencia convirtieron a Francisco Ribalta en una referencia en la ciudad. En 1607 fue uno de los impulsores de la fundación del Colegio de Pintores, un proyecto al que seguirían aspirando diez años después, cuando solicitaron el apoyo del Rey. Mientras tanto, el pintor fue asumiendo trabajos tan significativos como el Retablo de san Eloy para la parroquia de Santa Catalina, un encargo del gremio de los plateros en donde se debía rehacer otro anterior de Vicente Macip, que se había destruido parcialmente en un incendio de 1584. Quizá por esas fechas realizó también el espléndido Calvario para la Diputación de Valencia, una composición monumental, sin concesiones al paisaje o el entorno del Gólgota, con una sutil matización anatómica del cuerpo de Cristo y unas preocupaciones claroscuristas que evidencian lo mejor de la pintura que Ribalta desarrollará en la década siguiente.

En 1611 falleció el patriarca, iniciándose una nueva etapa para la ciudad y para el pintor, al que se descubre un año más tarde firmando el retrato del Padre Francisco Jerónimo Simó junto a Cristo camino del Calvario (National Gallery de Londres). El lienzo es un reflejo de la fama alcanza por este clérigo visionario, cuya representación se prohibió poco tiempo después.

También de Ribalta se conserva una estampa con diferentes viñetas diseñada por el pintor y grabada por Michael Lasne. Además de mostrarnos otra faceta creativa del artista, en la que mantiene su fidelidad a los modelos de Sebastiano del Piombo o de Tibaldi, la estampa resulta también interesante porque se adelantan algunos aspectos compositivos y formales que aparecerán en la decisiva y notable etapa final de su producción artística, la de la década de 1620.

En las fechas en que elaboró las imágenes de Simó, el pintor casó a una de sus dos hijas con su principal colaborador, el pintor Vicente Castelló; mientras que Mariana, su otra hija, ingresaba en el Convento de Santa Catalina de Siena. Juan, formado desde niño en el taller paterno, se mostró pronto como un pintor de talento que con dieciocho años firmó la tela de Los preparativos para la Crucifixión para la iglesia de San Miguel de los Reyes. Las noticias sobre Francisco Ribalta en ese momento desaparecen, seguramente a causa de una enfermedad, pues así lo declaró el artista en un pleito con la parroquia de San Andrés. Algunos autores han apuntado la posibilidad de un viaje a Italia, una posible explicación de la evolución final de la carrera de Ribalta.

Hubo, sin embargo, otras fuentes de estímulo para un pintor tan sensible y receptivo. Por un lado la llegada a Valencia de Pedro de Orrente, autor hacia 1516 del monumental lienzo con elMartirio de san Sebastián para la Catedral. El encargo a un artista foráneo suscitó recelos entre la comunidad artísticas valenciana, pero las novedades italianizantes que presentaba, una sugerente simbiosis de la pintura de Caravaggio, Guido Reni y el paisaje veneciano, debieron calar en la personalidad de Ribalta. Éste tuvo además la oportunidad de copiar una obra emblemática de Caravaggio, La crucifixión de san Pedro (1601, Roma, Santa Maria del Popolo), seguramente a través de otra copia presente en Valencia, en el Colegio de Corpus Christi. La de Ribalta está firmada y en la actualidad se conserva en una colección italiana (Mombello, colección Príncipe Pío).

También se ha aducido un viaje a Madrid, algo antes de 1620, como otro ámbito de renovación formal del artista, y especialmente por la asimilación del naturalismo ejercido por Vicente Carducho y Eugenio Cajés. Sea como fuere, en 1620 Ribalta reaparece en Valencia con un nuevo horizonte creativo, viviendo en compañía de su hermana Aldonza tras el matrimonio dos años antes de su hijo Juan. A partir de ahora, la pintura de Ribalta presenta un estilo renovado, un salto conceptual que le convierte en un pintor muy relevante, que ha equilibrado sus composiciones, haciéndolas más depuradas e intensas, ayudado por una iluminación matizada y una gama cromática reducida; la caracterización de las figuras se ha desprendido de la idealización manierista, convirtiéndose en tipos comunes, cercanos al espectador.

A este período maduro y ya final, pues el artista murió en 1628, se debe la obra de San Francisco confortado por un ángel músico, realizada para el Convento Capuchino de la Sangre de Cristo y actualmente en el Museo del Prado. Está basada en una composición de Paolo Piaza grabada por Sadeler en 1604, con elementos que sugieren una influencia directa de la tela de Bartolomé Carducho Muerte de san Francisco (Lisboa, Museu de Arte Antiga). La concreción física del santo, lleno de intensidad y contención, el pormenor con que se ha representado la celda que ocupa, terrenal y tangible, se contraponen con eficacia con la presencia del ángel y la iluminación contrastada, sumergiendo con naturalidad al espectador en la esfera de lo sobrenatural.

Ribalta-san_francisco-pradoSan Francisco confortado por un ángel músico (Museo del Prado)

También en el Museo del Prado, aunque procedente de la Cartuja de Porta Coeli, se conserva una de las más bellas composiciones de Francisco Ribalta: Cristo abrazando a san Bernardo; pintura llena de intensidad emocional donde el asunto representado queda definido por una iluminación cloroscurista que envuelve las dos figuras, la monumental e idealizada de Cristo y la realista e individualizada del santo. Antonio Ponz la juzgó como “de lo más bello, bien pintado y expresivo que puede darse de Ribalta: todo parece nada al lado de esta pintura”. En la misma Cartuja, Ribalta realizó entre 1625 y 1627 el retablo mayor, con dieciséis pinturas, en el que contó con la colaboración de su hijo Juan y de Vicente Castelló, su yerno y fundamental colaborador. Poco tiempo después, el 13 de enero de 1628 Francisco Ribalta murió, sólo unos meses antes de hacerlo su hijo Juan.

Francisco_Ribalta_1Cristo abrazando a san Bernardo (Museo del Prado)


Obras de ~: Preparativos para la Crucifixión, Hermitage, San Petersburgo, 1582; Cristo crucificado, Museo del Prado, Madrid; Sor Margarita Agulló en éxtasis, Colegio de Corpus Christi o del Patriarca, Valencia, c. 1600; Diecinueve telas del retablo mayor de Santiago, Algemesí (Valencia), 1605; Retablos de San Vicente Ferrer y San José, Algemesí (Valencia); La aparición de Cristo a san Vicente Ferrer, capilla del Corpus Christi, Valencia, 1606; Santa Cena del retablo mayor, capilla del Corpus Christi, Valencia, 1606; Retablo de san Eloy, parroquia de Santa Catalina, Valencia; Calvario, Diputación de Valencia; Padre Francisco Jerónimo Simó junto a Cristo camino del Calvario, National Gallery, Londres, 1612; Los preparativos para la Crucifixión, San Miguel de los Reyes, Valencia; San Francisco confortado por un ángel músico, Museo del Prado, Madrid; Cristo abrazando a San Bernardo, Museo del Prado, Madrid; con J. Ribalta y V. Castelló, Retablo Mayor, Cartuja de Porta Coeli (Valencia), 1625-1627.


Bibl.: A. Ponz, Viaje de España, t. IV, Madrid, Ibarra, 1772- 1794, carta VII, párrafo 7 (a propósito de la cita incluida en el texto); M. A. Orellana, Biografía pictórica valentina, Valencia, 1800 (Valencia, Ayuntamiento, 1967, págs. 99- 135); J. A. Ceán Bermúdez, Diccionario histórico de los más ilustres profesores de las Bellas Artes en España, t. IV, Madrid, Viuda de Ibarra, 1800, págs. 170-179; J. Martínez, Discursos practicables del nobilísimo arte de la pintura, Madrid, Manuel Tello, 1866, págs. 151-153; E. Tormo, “La educación artística de Ribalta padre fue en Castilla y no en Italia”, en Revista de Crítica. Hispanoamericana, II (1916), págs. 19-38 y 61-88; L. Tramoyeres, “Los pintores Francisco y Juan Ribalta”, en Archivo de Arte Valenciano, 3 (1917), págs. 93-107; D. F. Darby, Francisco Ribalta and his School, Cambridge, Harvard University Press, 1938; L. Gil Fillol, Ribalta, Barcelona, Iberia, 1948; D. M. Kowal, Ribalta y los ribaltescos: la evolución del estilo barroco en Valencia, Valencia, Diputación, 1985; F. Benito Doménech (comisario), Los Ribalta y la pintura valenciana de su tiempo, Madrid, Museo Nacional del Prado, 1987; F. Benito y J. Portús, Los genios de la Pintura Española. Ribalta, Madrid, Sarpe S.A. de Revistas, 1988; J. Brown, La Edad de Oro de la pintura en España, Madrid, Nerea, 1990, págs. 109-112.

 

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