Fernando I de AustriaAlfredo Alvar Ezquerra. Profesor de Investigación en el Instituto de Historia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Académico correspondiente de la Real Academia de la Historia y presidente del Instituto de Estudios Madrileños.


Fernando I de Austria. Rey de Romanos, rey de Hungría, rey de Bohemia, emperador de Alemania.

Alcalá de Henares (Madrid), 10.III.1503 – Viena (Austria), 25.VII.1564.

Fernando I, hermano de Carlos V, tuvo una vida azarosa y su actividad política se vio marcada por la obligación de discernir entre religión y gobierno civil.

Nacido en Alcalá de Henares el 10 de marzo de 1503, vio, cuando casi no sabía hablar, cómo morían su abuela Isabel y su padre, Felipe I de Austria; al tiempo, la enajenación de su madre Juana le privó de tan trascendental referente existencial. Por ello, su vida se vio marcada en adelante por dos asideros: uno personal, su abuelo Fernando el Católico, y otro institucional, la pertenencia a la familia Habsburgo. Rey de Hungría (16 de diciembre de 1526) y de Bohemia (21 de febrero de 1526) y electo Rey de Romanos (5 de enero de 1531), sucedió en el trono imperial a Carlos V en 1558 (tras ser elegido el 24 de febrero de 1556) y murió en Viena el 25 de julio de 1564. Hoy sus restos reposan en Praga.

Hasta cumplirse los quinientos años de su nacimiento, Fernando I ha pasado inadvertido en el mundo hispánico, consolidándose así una suerte de olvido que, nacido en la historiografía española ya en el siglo XVI, podría tenerse como ejemplo o modelo de desplazamiento de una figura histórica; el primer congreso dedicado a él se celebró en 2003 (Alvar, 2004).

Porque convendría tener presente que Fernando I no fue sólo el hermano de Carlos V, sino ni más ni menos que su sucesor en el trono imperial.

La reina Isabel, en el año de vida que compartió con el nieto, le procuró dos cosas importantes: una, montarle casa en Arévalo, regida en lo civil y en lo espiritual por Osorios y Guzmanes; la otra, dejarle una renta en las mandas testamentarias, como correspondería a un infante de Castilla.

Su padre le conoció al fin cuando tenía tres años de edad, y el encuentro duró poco. Se dispuso, entre otras cosas, el traslado del niño a Simancas. Falleció el progenitor y volvió a España el abuelo Fernando.

Aquellos meses de vacío político fueron muy inestables para el infante. Al fin, el rey Fernando decidió apartarlo de su madre y educarlo en política.

Desde entonces, y en los años siguientes, no se separaron abuelo y nieto. Juntos anduvieron por Castilla y por Andalucía; juntos se irían descubriendo recíprocamente y el Fernando mayor iría adiestrando al menor en algunas cosas inteligibles de gobierno. Coincidieron en estos años la reclusión de Juana en Tordesillas (1509), la anexión de Navarra, el testamento secreto de Fernando II de Burgos por el que se le hacía gobernador, aunque el rey fuera Carlos, la destrucción de ese documento, la muerte del abuelo…, y con trece años, a esperar, de nuevo, un cambio en el destino. Por cierto, para entonces, ya había habido unos primeros contactos entre Fernando el Católico y Adriano de Utrecht, con el fin de sacar al nieto de España tan pronto como Carlos, el heredero legítimo, pisara la Península.

El caso es que, a la altura de 1516, la otrora refulgente estrella de Fernando empezaba a eclipsarse porque las presiones palatinas así lo imponían, aun a pesar del abuelo. Y es que, en aquellos convulsos años, podía ocurrir que un grupo, apoyándose en la popularidad de Fernando, pretendiera elevarle al trono con menoscabo de Carlos, extranjero ignoto en España; otros, por su parte, amparándose en la legitimidad, aunque Carlos no estuviera por la labor de venir a España, no deseaban ver a Fernando en estas tierras. Y tal situación se desencadenó claramente, como recogieron en su día testigos de vista, o de oídas, tales como Santa Cruz, Galíndez de Carvajal o Mejía.

La expulsión de Fernando de la Península —tras la supresión de su casa en 1516 y un grave enfrentamiento con Cisneros— se debió a cuestiones estratégicas dinásticas, así como al modo que se encontró más rápido para acabar con un peligroso o intrigante grupo nobiliario profernandino. A nadie se le oculta, ni se le ocultaba, que si uno de los dos hermanos, Fernando, era conocido y querido en la Península, el otro tenía una baza a su favor que, si bien es cierto que no era pequeña, no resultaba excluyente: la legitimidad.

Y es que en Castilla se tenía mucha práctica en eso de corregir la legitimidad, o subir al trono en circunstancias un tanto peculiares y jugárselo todo a la legitimación del reinado con los hechos. Así que, unos porque verdaderamente creyeran en ella, otros porque, so pretexto de defenderla, estrangulaban a los grupos enemigos, el caso es que, tras la reunión de Aranda de 4 de abril de 1517, Fernando abandonó España (18 de abril, desde Portugalete, según diversos cronistas españoles) y llegó a Flandes unos meses después (16 de junio, según Lorenzo Vital).

Un par de testimonios permiten atisbar la situación: Alonso de Santa Cruz anota que “el rey don Carlos era aborrecido de muchos, y el Infante su hermano, amado de todos, al cual tenían por Príncipe natural y a su hermano por rey extranjero” (A. Santa Cruz, 1925: parte II, cap. V, vol. I, págs. 182-183).

El cronista Mejía, de cuya lealtad a Carlos no se puede dudar, describe con grave calidad y elocuencia la situación: “De la yda del infante destos reynos [nos] pesó a muchos, y se comenzó a murmurar de ello, porque les paresçía que no se deviera hazer hasta que el Rey se casara y oviera hijos” (P. Mexía, 1945: lib. I, cap. XIX). Muchos escritores del XVI llegaron muy lejos, al afirmar que los seguidores de don Fernando se hicieron comuneros (Santa Cruz, Girón, Mejía o Sandoval): en muchos casos fue así, como ocurrió con los antecesores de su propio embajador ante Felipe II, Martín de Guzmán.

Antes de embarcar hacia Flandes, Fernando empezó a familiarizarse con los gustos cortesanos borgoñones y con la lengua francesa, en el primer cambio socializador que iba a conocer en su vida. Al parecer, algunos miembros flamencos de esa corte de la expulsión (como cabe llamarla) seguirán en Austria; otros no llegarán a la Europa centro-oriental; no así los pocos españoles (Cuéllar, Salinas, Tovar, Meneses y sobre todo Salamanca, el temido, odiado y respetado, que llegó a conde de Ortenburg, jefe de la Cancillería Áulica y tesorero general) que le sirvieron constantemente. Pero lo que resulta muy llamativo y debe tenerse en cuenta para valorar el enorme golpe de mano de los francófonos en la Corte española en esos años, y así entender mejor el sentido de las Comunidades y la fobia (que no xenofobia) a los extranjeros, es la cantidad de apellidos flamencos de su séquito: Croy, Marcke, Bouton, Salins, Hemricourt, Rogendorf, Berchem, Ranck, Douvrin, Dalem, Jannet, etc.

Don Fernando anduvo por varias ciudades de Flandes, sobre todo por Bruselas y Malinas, manteniéndosele alejado de los grandes encuentros europeos del momento, tal Aquisgrán, tal la reunión de Carlos I con Enrique VIII. Aún seguía habiendo miedo o prevención.

En efecto, hasta los sellos de Fernando los controlaban cortesanos de la confianza de Carlos y al hermano menor se le mantuvo entretenido con la caza, la destreza física, los pasatiempos y la formación cultural con Erasmo (como defienden Dickens y Jones).

Tan es así que hasta 1520, como pronto, esto es, cuando el joven tenía diecisiete años, no se había decidido su matrimonio aún: y es que en él tenían las miradas puestas muchos como posible heredero imperial, rey de Nápoles, rey de un nuevo reino en Italia; rey de tantos sitios, pero de ninguno. Aun en Flandes, su presencia seguía siendo incómoda. La coincidencia en la resolución de la elección imperial y los pactos con Carlos de Worms de 1521 invitan a pensar que hasta que Carlos fue electo, vivió con intranquilidad la existencia de su hermano, la cual se montó alrededor de una vida placentera para así mantenerle entretenido.

Luego, todo cambió.

Se casa con Ana Jagellon, en Linz, el 25 de mayo de 1521 para cumplir así con los pactos de 1515, promovidos por su hábil abuelo Maximiliano. Del matrimonio con Ana de Hungría, nacen quince hijos, de los que sobreviven tres varones: el emperador Maximiliano II (nacido el 1 de agosto de 1527 y fallecido el 12 de octubre de 1576, [1564-1576]), Fernando II (Fernando del Tirol, nacido el 14 de junio de 1529 y muerto el 24 de enero de 1595, conde del Tirol [1564-1595]), y Carlos II (Carlos II de Austria Interior, nacido el 3 de junio de 1540 y fallecido el 10 de julio de 1590, padre de Margarita de Austria, esposa de Felipe III); las hijas son Isabel (nacida el 9 de julio de 1526 y muerta el 15 de junio de 1545, casada en 1543 con Segismundo II de Polonia), Ana (nacida el 7 de julio de 1528 y fallecida el 17 de octubre de 1590), María (nacida el 15 de mayo de 1531 y muerta el 1 de diciembre de 1581, casada en 1546 con Guillermo V de Gulich, aliado de Felipe II), Magdalena (nacida el 14 de agosto de 1532 y muerta el 10 de diciembre de 1590), Catalina (nacida el 15 de septiembre de 1533 y muerta el 29 de febrero de 1572, casada en 1549 con Francisco III, duque de Mantua, y en 1553 con Segismundo II de Polonia), Leonor (nacida el 2 de noviembre de 1534 y fallecida el 5 de agosto de 1594, casada en 1561 con Guillermo, duque de Mantua), Margarita (nacida el 16 de febrero de 1536 y muerta el 12 de marzo de 1566), Bárbara (nacida el 30 de abril de 1539 y muerta el 19 de septiembre de 1572, casada en 1565 con Alfonso II de Ferrara), Elena (nacida el 7 de enero de 1543 y fallecida en 1574); Juana (nacida el 24 de enero de 1547 y muerta el 11 de abril de 1578 —la madre muere en el parto—. Juana se casa con Francisco I, gran duque de Toscana en 1566). Los matrimonios italianos sirvieron para consolidar la presencia feudoimperial —o no— en la península itálica.

Cuando en 1521 llegó Fernando a Austria, su proceso de germanización cultural era tan escaso como el de hispanización de su hermano Carlos. En el mismo orden de similitudes, para aquellas tierras el nombre de Fernando era tan extraño como en éstas el de Carlos, o el de Felipe; y del mismo modo que la ausencia del Rey fue un detonante en la revolución comunera, Fernando hubo de aplacar con la misma severidad el levantamiento vienés encabezado por Martin Siebenbürger.

Son varias las circunstancias que permiten analizar su germanización, que fue indudable, al mismo tiempo que mantenía sus raíces hispanas. Por ejemplo, su capacidad de negociación con los luteranos, sus vasallos imperiales germanohablantes, antes que continuar el enfrentamiento religioso; el poco peso en la política efectiva de los borgoñones o de los españoles (salvo Salamanca y Martín de Guzmán) en su entorno; el tratamiento de los problemas del Imperio en alemán… Al mismo tiempo —y por el contrario— las cartas con su embajador Martín de Guzmán están en español, aunque a Carlos le escribía en francés; conocía perfectamente la situación y a los personajes de España (como se ve en la correspondencia vienesa) y su propio hijo Maximiliano y luego sus nietos Rodolfo y Ernesto fueron a España: incluso Maximiliano, en calidad de gobernador, durante una ausencia de Carlos. Ciertamente, Laferl puso de manifiesto cómo permanecieron cerca de Fernando algunos españoles, con cargos no políticos, pero sí de proximidad al Rey: una treintena en los años en que más hubo; no alcanzaban a diez en 1564. Al parecer, en su lecho de muerte recordó sus tierras de nacimiento y al apóstol Santiago, según la leyenda propagada por Brus. Quien pasee por Viena aún podrá ver en alguna que otra inscripción su condición de “Infans Hispaniae” (no “Infans Castillae, Leonis, Aragonis, etc.”) y, desde luego, la correspondencia diplomática que aún se conserva, tiene un tono muy distinto entre la de Fernando o la de Maximiliano, su hijo y sucesor.

“Germanización” política sí, no tanto cultural; menos aún, sentimental.

El 29 de agosto de 1526, en las llanuras de Mohacs, en una durísima batalla entre los húngaros y los otomanos, moría la flor y nata de la sociedad húngara y su rey Luis II Jagellón. Él estaba casado con María (de Austria), hermana de Carlos y de Fernando.

Por los acuerdos de 1515 —el doble matrimonio entre miembros de la Casa de Austria, Luis II con María de Austria y Fernando I con Ana Jagellón y el pacto de recíproca sucesión en caso de extinción de alguna de las dos familias—, Fernando aspiró, y de hecho consiguió, el trono de Hungría: el 23 de octubre de 1526 fue coronado rey de Bohemia y el 17 de diciembre de ese año, rey electo de Hungría, a pesar de haber ya otro, cuya legitimidad se discutía. En efecto, aunque Fernando fue coronado rey de Hungría el 3 de noviembre de 1527, tenía que vencer la resistencia de otro rey electo, Juan Szapolyai (Zapolya), vaivoda de Transilvania, que había sido también coronado como rey de Hungría el 11 de noviembre de 1526 en Székesfehérvár, o nuestra “Alba Real”.

Durante el año de 1527, desde su elección hasta su coronación, hubo de ganarse a la sociedad húngara, con cuyo apoyo no contaba porque era un extranjero desconocido. Por fin en el verano de 1527, cuando derrotó al ejército de Juan, pero no a todos sus pretendientes, pudo empezar a pelear por sus derechos, en una guerra civil que se prolongó, en un primer período hasta 1538 —paz de Varad—, guerra animada con la presencia otomana en Hungría, territorio que consideraban propio y en el que tenía un buen servidor, por los pactos secretos con él, que era el propio Juan Szapolyai. Muerto el pretendiente Juan en 1540 y coronado, por algunos de sus partidarios, su hijo Juan Segismundo, Fernando decidió hacerse con Buda… y Solimán también. El mismo día del aniversario de Mohacs en 1541 (el mismo año del desastre de Argel), el Turco conquistaba la capital de Hungría, que no fue liberada hasta 1686.

La actividad política del rey Fernando en Hungría, inspirada probablemente en los sabios consejos que le diera al principio su hermana, consistió esencialmente en vincular a la esfera imperial los restos que iban quedando de Hungría (adviértanse los dos avances contra Viena de 1529 y 1532 y la caída de Buda en 1541) y, por medio de una acertada política financiera y a cambio de lo anterior, dotar a las fronteras del Imperio de una barrera defensiva antiotomana.

Gracias a Fernando de Austria, Hungría nunca ha dejado de ser Europa y, del mismo modo, aquella tediosa guerra civil provocó que Fernando nunca lograra el éxito necesario y total para ser considerado un Rey soberano y verdaderamente independiente de su hermano Carlos.

La presión otomana sobre Hungría, a veces aminorada por las campañas de Solimán contra los persas, condicionaron en buena medida la política militar de Fernando: siempre predispuesto a pactar con el Turco, temía irremisiblemente su enorme potencia bélica. Por fin, en 1547 se firmó una paz entre Carlos, Fernando y Solimán relativa a Hungría: se sancionaba su división y se reconocía a los Austrias. Al mismo tiempo, Fernando habría de pagar una elevadísima cantidad a Solimán para mantener la paz, cantidad que nunca se quiso ratificar como “tributo”. La paz se rompió en 1551, con Transilvania y Juan Segismundo de por medio, como casus belli.

Nuevamente se pudo firmar otra paz 1559 a 1562.

Los pactos de Fernando con Solimán eran poco honorables para el primero; no obstante lo cual, también parece ser que había que firmar a toda costa para mantener sosegada la frontera del Imperio con Oriente. Habitualmente, la historiografía austríaca reconoce en esta aptitud el mantenimiento y ulterior reconquista de toda Hungría para el mundo europeo.

Con respecto a la política religiosa, se debe contemplar desde dos ópticas: la paz de Augsburgo (1555) y el concilio de Trento. La paz de 1555 manifestaba un claro distanciamiento entre los dos hermanos. Cansado Carlos de la Reforma, se abandonó a lo que su hermano, en último término ya señor de los luteranos, quisiera hacer. Así que este pacto fue, sobre todo, un acuerdo político más que un acuerdo religioso; más aún, téngase en cuenta que en la Dieta imperial de Augsburgo no estuvieron ni Carlos ni el Papa; pero sí el Rey de Romanos. Como reunión particular y no con otro sentido, podía entenderse en Roma o en la mente de Carlos aquella Dieta que, a diferencia de lo pactado en Nassau en 1552, iba a hacer concesiones a los protestantes. En ello estribó la importancia de la paz de 1555, en el reconocimiento de que los problemas religiosos eran políticos y que un territorio podía solucionar los conflictos que, durante décadas, habían sido incapaces de arreglar los grandes príncipes terrenales o eclesiásticos. Entonces, ¿se estaba fracturando la religión en sí, esto es, la universalidad del catolicismo? En Augsburgo, por muchas causas, hablaron más los juristas y los políticos que los teólogos.

Si tanto lo católico cuanto lo protestante eran, en sí, buenos, la unidad cristiana ya no tenía sentido, y con ella tampoco el Imperio como hasta entonces se había concebido: Sacro, sí, pero no Romano. En Augsburgo se reconocía la capacidad de cada príncipe de imponer en su territorio su propia religión; a los protestantes se les reconocían los derechos derivados de las expropiaciones a la Iglesia; también se reconoció el derecho de emigración para los no creyentes en la religión del príncipe. En Augsburgo se sancionaba algo hasta entonces poco común: al príncipe seguía una ley y a ésta una fe; hasta entonces había sido al revés, la fe marcaba la ley que daba legitimidad al príncipe, que, en fin, sólo gobernaba en función de ese fe. Frente a lo que el mundo protestante ha querido decir tantas veces, en Augsburgo no se avanzó hacia la tolerancia religiosa, sino al contrario, porque lo que allí quedó claro fue que quien marcaba la práctica religiosa en un territorio era el príncipe. Exactamente igual que ocurría en la España de los Reyes Católicos; era en definitiva, la defensa de la tradición, ahora con traje nuevo. Augsburgo sólo sirvió para los territorios imperiales: el calvinismo y el catolicismo, seguían pensando en la necesidad de imponer su fe verdadera y única, de recomponer la unidad, la Universitas, que Lutero había fragmentado. El enfrentamiento continuaría.

Por otra parte, con el Imperio de Fernando sólo coincidió la tercera parte del concilio de Trento, de 1561 a 1563. Claro que la situación entonces había cambiado sustancialmente: el Emperador había logrado cierta paz con sus súbditos luteranos; el rey de España, ahora más que nunca, se convertía en paladín de la ortodoxia católica y el Papa…, el Papa velaba por sus intereses y los de la fe, que a veces chocaban con Felipe II, que a pesar de lo que él y muchos de sus más leales servidores creyeran, no era la fe (“Estos días pasados convidó el arzobispo de Sevilla, Inquisidor Mayor al Nuncio de el Papa Tarrachina y estando así comiendo le dijo el Arzobispo al Nuncio, ‘Monseñor Reverendísimo, paréceme que su Santidad favorece mucho los herejes’. El Nuncio pensando que se burlaba, no le respondió nada; sin embargo, después de haber comido, volvió el Arzobispo con el tema y el Nuncio contestó que por una vez valía, pero que a la segunda: ‘Ahora veo que lo decís de veras. Os respondo y digo que no tenéis razón y que si decís que el Papa favorezca herejes, que mentís por la gola y esto yo lo escribiré a Su Santidad’ […] El Arzobispo quedó y está con harto miedo de cómo el Papa haya de tomar este negocio” (Martín de Guzmán al Emperador. Desde Madrid a 20 de agosto de 1561. HHSA, Spanien. Diplomatische Korrespondenz, 6/5, 52v. y 53).

El caso es que la convocatoria, aun pedida in illo tempore por Fernando, se demoró porque él, precisamente, no paró de poner problemas a la reapertura del concilio. Lo que quería era uno nuevo, no una continuación del anterior y, por ende, en otro sitio que no fuera Trento; además, que no estuviera condicionado por los acuerdos conciliares previos, aquellos que, precisamente, habían condenado a los luteranos.

Finalmente, aunque con sólo un obispo germanohablante, se reanudó el concilio. En un primer momento, Pío IV se apoyó en Felipe II; luego se dejó llevar por el frente común franco-imperial que anhelaba la clausura del concilio y muchas más cesiones a los luteranos de lo que podía imaginar Felipe II, a cambio de paz. Fue admitida —con ciertas condiciones— la comunión utraquista a los laicos y, cuando Pío IV analizaba la posibilidad del matrimonio sacerdotal, por cuestiones de índole política, murió. Pío V ni siquiera estudió el tema.

El concilio necesario (lo era para los territorios imperiales o los franceses), dio a Fernando I un escenario de gran importancia para presentarse como negociador ante sus súbditos y afianzar la paz que no se había tenido en tiempos de Carlos V. Y ése fue un logro suyo, aun a pesar del enfrentamiento con Felipe II al optar Fernando I por un camino propio: así queda claro cuando Felipe II decide mandar a sus conciliares en 1561 a Trento, sin negociar ni pactar nada con el Emperador. El embajador se queja y, entre otras muchas e interesantes cosas, éste informa a su señor que “respondióme [Felipe II] que a él le pesaba mucho que se hubiese ofrecido ocasión en que Su Majestad hubiese de seguir contrario parecer de el de Vuestra Majestad, teniéndole como le tiene por padre, mas en este negocio no pudo hacer otra cosa de la que ha hecho y habiéndolo primero muy bien consultado y tratado [con sus prelados] se halló que lo que una vez aquel Concilio había ordenado y concluido, por ninguna vía se debía volver a poner en disputa” (Martín de Guzmán al Emperador, desde Madrid, a 28 de julio de 1561. HHSA, Spanien Diplomatische Korrespondenz, 6/5, 45).

Por otro lado, Fernando actuó más volcado en sus necesidades políticas que en las religiosas, lo cual provocó que Felipe II encarnara la defensa del enfrentamiento antiluterano y la más radical ortodoxia católica…, tanto, que rompió las relaciones diplomáticas con Pío IV.

En definitiva, Fernando fue, en su visión política del mundo un europeo pleno (pues en su mente se conjugaban los verbos mediterráneos y los continentales); en su visión institucional, un gran Monarca centroeuropeo.

Otro aspecto que debe ser expuesto, es el de la sucesión dinástica al Imperio. Desde 1531 y por mediación de Carlos, el título electo de Rey de Romanos había pasado a Fernando, en vez de a Felipe, futuro Felipe II. Corrían, allá por 1550, fechas en las que determinar quién sucedería a Fernando: hubo durísimas reuniones en Augusta y, al final, se optó por la extraña, pero conocida fórmula de que a Carlos sucediera Fernando y a éste, Felipe, y a éste, finalmente, Maximiliano (Pacto de Familia de Augusta de 1551). No obstante la unidad palpable, la realidad era otra.

Todavía en Augusta, Maximiliano no dejó de criticar a Carlos y Felipe. Luego vinieron los tumultuosos años en que se sublevó Mauricio de Sajonia, en que se preparó la paz de Augusta, en que Carlos V acabó tan desprestigiado en el Imperio… Enmedio de esta situación y, tras la boda inglesa de 1554, Felipe II comunicó que abandonaba sus pretensiones imperiales y el Pacto de Familia. El camino quedaba libre para el intrigante Maximiliano. La Casa de Austria se partía, definitivamente, en dos.

Cabe concluir estas páginas con una alusión y una reflexión: la primera es de Cervantes, poco antes de la Defenestración de Praga: “Salí, como digo, de nuestro pueblo, entré en Francia, y, aunque allí nos hacían buen acogimiento, quise verlo todo. Pasé a Italia y llegué a Alemania, y allí me pareció que se podía vivir con más libertad, porque sus habitadores no miran en muchas delicadezas: cada uno vive como quiere, porque en la mayor parte della se vive con libertad de conciencia” (Quijote, II, cap. LIV).

La segunda, por fin, cuando Carlos V murió, fue sucedido por Fernando I (1558) y, cuando éste falleció en Viena en 1564, ocupó el trono imperial Maximiliano II; aquel que, expulsado, había sido privado en su juventud del conocimiento de los asuntos de Estado, dejaba esta vida siendo emperador y rey de Hungría y Bohemia, archiduque de Austria y, siempre, siempre, infans Hispaniae.


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