Biografía escrita por Luis Garrido Muro. Es doctor en historia contemporánea por la Universidad de Cantabria y profesor visitante en la actualidad de la Fundación Ortega-Marañón.


Ignacio de la Pezuela Sánchez Político.

Entrambasaguas (Cantabria), 1.II.1764 – Madrid, 16.XI.1850.

Pezuela nació y se crió en el seno de una familia que combinaba la hidalguía y las armas a partes iguales.

Su padre, Juan Manuel de la Pezuela y Muñoz, nacido también en Entrambasaguas, el 3 de marzo de 1733, siguió la carrera militar alcanzando al grado de teniente de Reales Guardias Españolas. Fue declarado hijodalgo en los padrones de 1748 e ingresó en la Orden de Santiago en 1755. Su madre, Mariana Sánchez Capay, hija de otro ilustre militar, Pablo Sánchez, capitán del Regimiento de Dragones de Numancia, también noble según lo padrones de 1715, 1729 y 1733, era natural de Mataró (Barcelona). Ambos tuvieron cuatro hijos: Juan Manuel, Joaquín, el citado Ignacio y José.

Pezuela estudió las primeras letras en su provincia natal, cursó luego estudios universitarios en un centro indeterminado y terminó instalándose en el Seminario Conciliar de Cuenca en torno a 1790, donde ejerció de catedrático en varias Facultades. Allí permaneció quince tranquilos años —“una larga carrera literaria”, como dijera él mismo—, hasta que fue nombrado comisario regio para la venta de bienes eclesiásticos en los arzobispados de Segovia y Santiago de Compostela el 5 de agosto de 1805. Las novedades profesionales parecieron influir en su vida personal y dos años más tarde, el 21 de abril de 1807, contraía matrimonio en la parroquia de San Ildefonso de Madrid con María de los Remedios Lobo Bermuda, una joven nacida en Ronda el 19 de enero de 1791, veintisiete años más joven que él, por lo tanto. Su plácida vida de catedrático de provincias, de marido recién casado, estaba a punto de cambiar, sin embargo. De estancia en Santiago en 1808 para la venta de bienes eclesiásticos, fue nombrado por unanimidad vocal de la junta de defensa organizada en la ciudad con motivo del levantamiento de Galicia contra las tropas francesas, el preámbulo de su incorporación a su homónima de La Coruña como vocal de hacienda. Tomar partido por la causa patriótica le valió el aplauso general de sus compatriotas, pero casi le cuesta la vida en cuanto vinieron mal dadas: el 17 de enero de 1809, con los franceses a las puertas de la ciudad, huía a Inglaterra ante el riesgo de caer en manos enemigas, un viaje que realizó en compañía de su mujer en un pequeño barco “que hacía agua. Casi de milagro arribó”. A su espalda, en La Coruña, quedaron “[mis] pocos pero únicos bienes”.

Regresó a España en marzo gracias al duque de Veragua, sin cuya ayuda nunca hubiera llegado a Sevilla sano y salvo. Una vez allí, la Junta Central lo destinó a Granada con el encargo de arreglar los ramos de consolidación en la provincia, labor que tuvo que abandonar en enero de 1810 ante la presencia de tropas francesas en los alrededores. La derrota de Ocaña había dejado toda Andalucía a merced del enemigo, así que no le quedó otra que huir con lo puesto, sumarse a lo poco que quedaba del Ejército del Centro y trasladarse luego hasta Alicante. Allí embarcó en mayo con destino a Cádiz, donde fue nombrado vocal de la Junta de Hacienda en diciembre, una de sus especialidades.

Un año más tarde, el 24 de julio de 1811, nacía en la ciudad su primer hijo, Jacobo. Como ya sucediera con su matrimonio, las buenas noticias en lo personal también trajeron novedades en lo público, y sólo unas semanas después, el 12 de agosto de 1811, el Consejo de Regencia le encargaba la secretaría de Gracia y Justicia de forma interina “teniendo en consideración el patriotismo y vastos conocimientos que reúne”. Tuvo el honor como tal de trasladar el 19 de marzo de 1812 la nueva Constitución hasta el Consejo de Regencia, siendo de esa forma el primer español en tocar un texto que acabaría adquiriendo el rango de sagrado para muchos liberales. Cesó el 12 de mayo de ese año para hacerse el mismo día con la secretaría de Estado, también de forma interina tras la dimisión de Pizarro. Tampoco duró mucho en el cargo en esta ocasión. Meses más tarde, el 20 de septiembre, era nombrado ministro plenipotenciario en Lisboa, puesto que llevaba aparejado un sueldo de 3000 doblones, 1500 para el establecimiento y seis pesos por legua para el viaje, cantidades que pidió por adelantado “por la extremada indigencia a que me hallo reducido”. Su situación económica no mejoró pese a ello, antes al contrario. El impago del sueldo y demás gastos extraordinarios durante seis meses, sumado al nacimiento de dos hijos más, la necesidad de una ama de cría y la educación a su cargo de un hijo de su hermano Joaquín, destinado en el Alto Perú, le obligó a afrontar con su crédito unos gastos mucho más elevados de lo previsto, de manera que acumuló una deuda de 90.000 reales durante su estancia en Lisboa. Tan delicada era su situación que se negó a tomar posesión del cargo de jefe político de La Mancha que el Gobierno le encargó el 15 de diciembre de 1813 para ahorrarse los gastos del traslado. El puesto le resultaba además “muy repugnante a mi natural inclinación y carácter”. Regresó finalmente a Madrid en junio de 1814, con motivo de la restauración de Fernando VII como Rey absoluto. Recibió entonces una pensión de 40.000 reales.

Reapareció en la vida pública en 1820. Restaurada la Constitución, fue nombrado vocal de Estado en la Junta de Gobierno, el órgano encargado de dirigir los primeros trabajos revolucionarios tras el pronunciamiento de Riego. Pasó el resto del Trienio Liberal en el Consejo de Estado, en donde ingresó en noviembre de 1820 tras renunciar a la embajada española en Roma.

No quería volver a pasar las penalidades de su anterior etapa como diplomático tras renunciar a la embajada española en Roma. Su colaboración con los distintos gobiernos liberales resultó fatal a la vuelta de Fernando VII. Acusado de traidor, tuvo que exiliarse en Francia desde enero de 1824 hasta mayo de 1829, fecha en que se instaló en Santander al calor de la familia de su hermano Joaquín. Hubiera deseado alojarse en Madrid, donde permanecían sus hijos desde 1823, pero el permiso para regresar a España excluía la capital y los sitios reales. Logró su propósito en 1832 gracias a la mediación de su sobrino, Manuel Pezuela Ceballos, II marqués de Viluma, quien solicitó un nuevo permiso para que su tío pudiera “concluir en el seno de su familia los días que le quedan de vida”. A él se lo habían denegado dos años antes pese a reconocer haber servido en la Junta de Gobierno “con la mayor pena y repugnancia” y “detestar las ideas y movimientos revolucionarios”. También se le concedió en esa fecha una pensión de 12.000 reales gracias al fallo del Consejo Real, que no pudo menos que apiadarse de su situación: “65 años, de muy débil y quebrantada salud, y sin medios de subsistencia para sí y sus tres hijos […] oprimido de achaques y deudas”.

El mismo liberalismo con el que nunca se sintió identificado, del que tuvo que renegar por una simple cuestión de supervivencia, le concedió al final el reconocimiento y los medios de subsistencia que le faltaron toda su vida. Meses después de la muerte de Fernando VII, en abril de 1834, era nombrado ministro de la sección de Estado del Consejo Real de España e Indias en compañía de Álava, Pizarro y Argüelles, otros ilustres emigrados. La plaza llevaba acarreado un sueldo de 50.000 reales. Permaneció allí hasta la supresión del Consejo en septiembre de 1836, momento en que solicitó su jubilación, 40.000 reales según la comisión calificadora de turno, cantidad que esta vez sí recibió. En estos años también fue prócer del Reino entre 1834 y 1836, senador electo por Segovia de 1837 a 1839 y senador vitalicio desde 1845 hasta su muerte, aunque su actividad parlamentaria resultó casi testimonial por “haber perdido much[a] memoria”.

Sólo le sobrevivieron tres de sus hijos, el citado Jacobo, Emilia, nacida en Madrid el 2 de noviembre de 1815, y Manuel, nacido en la misma ciudad el 30 de octubre de 1817. El más conocido de todos fue el pequeño, Manuel, almirante de la Armada, caballero de Calatrava, y mayordomo de semana de Su Majestad.

Al igual que su padre, también fue senador, en su caso por Lérida en 1884-1885, 1886 y desde 1891 con carácter vitalicio. Murió en Madrid el 1 de enero de 1899. La preferida de su padre fue Emilia en todo caso, a quien mejoró en el tercio y quinto de todos sus bienes “en consideración a que me ha asistido muy particularmente, cuidando de mi casa y causando incomparablemente menos gastos que mis dos hijos Jacobo y Manuel”.


Fuentes y bibl.: Archivo General Militar (Segovia), Personal Célebre, caja 133, exp. 2; Archivo Histórico Nacional, Fondos Contemporáneos, Ministerio de Hacienda, 2828/512 y 5053/31; Archivo Histórico de Protocolos (Madrid), Protocolos notariales, leg. 25.459, 24 de agosto de 1849, fols. 186-187; Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores, P. 185, exp. 09962; Archivo del Senado, Expedientes personales, HIS-0346-02 y HIS-0346-03. Diario de Sesiones del Senado, Legislaturas de 1834-1835, 1837-1838 y 1846-1850; V. Cadenas y Vicent, Caballeros de la Orden de Calatrava que efectuaron sus pruebas de ingreso durante el siglo xix, Madrid, Ediciones Hidalguía, 1976, págs. 136-137; M. Artola, La España de Fernando VII, introducción por C. Seco Serrano, Madrid, Espasa, 1999, págs. 525 y 529.

 

 

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