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Camilo García de Polavieja y del Castillo Negrete. Marqués de Polavieja (I)

Madrid, 13.VII.1838 – 15.I.1914. Capitán general del Ejército, ministro, académico de la Historia.

Hijo de Camilo José García de Polavieja, comerciante gaditano, y de María de los Ángeles del Castillo, nacida en México, su educación se inició en Madrid, para continuar en Málaga, Alcoy y el Reino Unido, de donde tuvo que regresar cuando contaba diecisiete años, debido a la ruina económica de su padre. Poco después, a su muerte, interrumpió la preparación para ingresar en la Academia del Cuerpo de Estado Mayor y se vio obligado a sentar plaza de soldado voluntario en el Regimiento de Infantería de Navarra n.º 25 de guarnición en Vitoria (1858). Solicitó, ya de cabo 1.º, su continuación en la carrera de las armas y participó en la Guerra de África, donde entró por primera vez en combate en la sierra de Bullones. Actuó en casi todas las acciones, entre ellas la batalla de Castillejos, destacando en el paso de Cabo Negro, donde un ataque a la bayoneta le valió el grado de sargento 1.º; en la batalla de Tetuán y en la toma de la ciudad fue recompensado con una modesta condecoración, la Cruz de María Isabel, que llevó permanentemente durante toda su vida en el uniforme. En la batalla de Was Ras resultó herido y ascendió a sargento 1.º.

Con el ascenso a subteniente pasó a Cuba, donde solicitó el traslado a Santo Domingo, participando en las operaciones de ocupación de la parte oriental de la isla y consiguió el grado de teniente. Declarado enfermo de una dolencia hepática, regresó a La Habana y en 1868 a la Península, para volver a las Antillas en la primavera siguiente. Iniciada la Guerra de los Diez Años, participó en las operaciones con el batallón de Cazadores de Bailén en el departamento oriental y recibió el ascenso a teniente, la Cruz Roja de 1.ª Clase del Mérito Militar y una herida en el muslo que le causó una ligera cojera toda su vida. Ascendido a capitán permaneció en un batallón de Ingenieros hasta que el conde de Balmaseda lo reclamó para operar bajo su inmediata dependencia; pasó después a las órdenes del entonces brigadier Martínez Campos y en la acción de Dos Amigos fue ascendido a comandante.

Continuó participando en numerosas operaciones hasta que fue nombrado comandante militar y teniente gobernador de Morón y su provincia, que formaba parte de la trocha, donde recibió el grado de teniente coronel, pero, resentido de la herida en la pierna, solicitó seis meses de licencia.

Regresó a la Península en 1873, ascendió a teniente coronel y luchó contra los cantonalistas, participando en el sitio de Cartagena a las órdenes de Martínez Campos, quien, siendo capitán general de Valencia, lo nombró ayudante de campo. Siguió combatiendo a los carlistas en Cataluña, por lo que fue nuevamente condecorado, hasta que el general fue destituido por el fracaso de su pronunciamiento y Polavieja quedó en situación de reemplazo en Madrid. Pero rehabilitado Martínez Campos se incorporó con Polavieja al ejército del Norte, donde recibió el grado y el empleo de coronel y asumió el mando del Regimiento de Tetuán, y regresó a Madrid cuando el general presentó su dimisión.

De nuevo se incorporó a las operaciones en el Norte y, después del pronunciamiento de Sagunto, fue condecorado por la acción de Muniaín y por la defensa del pueblo de Lorca. Por la batalla de Treviño consiguió una mención para la encomienda de Carlos III, y por otras muchas acciones fue nombrado caballero de 1.ª Clase del Mérito Militar y en Villarreal y Arlabán, felicitado. Terminada la contienda, Polavieja regresó a Madrid, ascendió a brigadier por la toma de San Antonio de Urquida y fue destinado como gobernador militar de Gerona. Entre los años 1870 y 1876, Polavieja ascendió de teniente a general.

Destinado a Cuba el general Martínez Campos como general en jefe del ejército de la isla, reclamó al brigadier Polavieja para destinarlo a la segunda brigada de la comandancia general de Sancti Spiritus, donde persiguió a los sublevados. Condecorado cuando se consideró controlada la insurrección en Las Villas y una vez trasladada la mayor parte de los efectivos a Oriente, Polavieja asumió el mando de la tercera brigada de este departamento. A partir del pacto de Zanjón, asumió mayores responsabilidades: actuó como mediador entre el general en jefe y los jefes insurrectos, especialmente con Antonio Maceo, y contribuyó por medio de las armas a convertir en realidad la paz firmada. Ascendido a mariscal de campo, permaneció un corto tiempo en situación de cuartel a causa de la reducción presupuestaria posterior a la guerra, y posteriormente nombrado comandante general y gobernador civil de Puerto Príncipe, en 1879.

Coincidiendo con una reducción de efectivos y economías, envió una carta al capitán general de la isla, en la que decía: “Debemos, en mi opinión, en vez de querer a todo trance y en todo tiempo la independencia de Cuba, que empeño vano sería, prepararnos para ella, permanecer en la Isla sólo el tiempo que en ella racionalmente podamos estar y tomar las medidas convenientes para no ser arrojados violentamente con perjuicios de nuestros intereses y mengua de nuestra honra antes de la época en que amigablemente debamos abandonarla”.

Se dedicó a fomentar el desarrollo económico de la provincia y la reconstrucción del país. Amplió los ferrocarriles, restableció el tendido telegráfico y reformó la Junta de Protección del Trabajo Agrícola e Industrial para crear un banco que proporcionase los créditos necesarios. No fueron aceptadas algunas propuestas suyas, como la moratoria fiscal, pero logró poner en producción más de un millar de fincas y consiguió la confraternización entre españoles y cubanos, al mismo tiempo que mantuvo un férreo control civil y militar del territorio. A consecuencia de las constantes reducciones de tropas, un año después Polavieja solicitó su cese por enfermo y el traslado a la Península, pero, en su lugar, fue destinado, con las gracias personales del Rey por los servicios prestados, al cargo de gobernador del departamento de Oriente, donde las circunstancias eran muy diferentes y el orden público estaba más alterado. La falta de respeto a lo acordado, la frustración de los cubanos tras el Zanjón y las economías en el Ejército, que, mal entendidas, tanta sangre habían costado anteriormente en 1868 y que entonces dejaba abandonados a su suerte a muchos que habían combatido con los españoles, fueron la causa de la llamada Guerra Chiquita y de los conflictos posteriores.

En Oriente, Polavieja adquirió fama de militar duro e implacable, pero es que cuando llegó ya estaba preparado un nuevo levantamiento. Inició su mandato, igual que en su anterior destino, controlando los municipios y con los mismos propósitos de recuperación de la actividad económica del territorio, pero tuvo que darle un carácter militar para enfrentarse a la segunda campaña de Cuba dirigida por Calixto García; mucho más corta, de once meses de duración, pero no por ello menos sangrienta. Logró eliminar la sorpresa por las medidas adoptadas para garantizar la seguridad de muchas localidades y la red de información que organizó nada más llegar, a pesar de la manifiesta escasez de tropas. Tenía ante sí el grave problema de la esclavitud sin resolver, la ineficacia y corrupción de la administración y el de los voluntarios no recompensados que, como recibían menos atenciones que los capitulados, muchos se pasaron a las líneas insurrectas.

Polavieja tuvo conocimiento de la conjura, la comunicó al capitán general y solicitó permiso para apresar a los jefes insurrectos. Ordenó su detención sin esperar la contestación y, como fue desautorizado, volvió a solicitar el cese, que no le fue aceptado. En agosto estalló la insurrección y un mes después adquirió forma y pretensiones de generalizarse. Mientras el capitán general intentaba negociar con los rebeldes, Polavieja tomó medidas enérgicas y más tarde recibió amplias facultades: fue autorizado para declarar el estado de guerra y detener a los sospechosos más influyentes. Recibió varios batallones con libertad para distribuirlos, pero, aun así, el ejército estaba desbordado y le faltaba toda clase de medios.

Las operaciones fueron dirigidas personalmente por Polavieja, quien reorganizó las fuerzas y flexibilizó su estructura al sistema guerrillero, organizando columnas interiores para proteger las propiedades y exteriores que se ocupaban de batir las partidas insurrectas e impedir que pudieran obtener recursos en los campos y los pueblos, para lo que realizó concentraciones de población. Prestó especial atención a la intendencia y sanidad de las tropas. Todas estas medidas dieron resultado: se produjo la presentación de guerrilleros y muchas deserciones e incluso la compra de los cabecillas; pero las medidas militares no eran suficientes para terminar con el levantamiento. Afortunadamente, la aprobación de la ley que suprimía la esclavitud supuso un fuerte golpe para la insurrección, que fue languideciendo y, en mayo de 1880, acuciados por el hambre, se presentaron los grupos capitaneados por Maceo y Guillermón. Un mes después se consideró pacificada la provincia. Uno de los factores que más influyeron en el triunfo de Polavieja fue su constante preocupación por obtener toda clase de información de los proyectos y actividades de sus adversarios, tanto dentro como fuera de la isla, para lo que organizó una amplia red con el Ejército, Guardia Civil o cónsules en el extranjero y solicitó dinero para pagar a espías.

Polavieja recibió la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica y ascendió a teniente general, empleo en el que permaneció treinta años. Terminado el conflicto solicitó licencia por enfermedad para viajar a un balneario de Estados Unidos, donde tuvo contactos con varias personalidades. Pero con la abolición de la esclavitud no terminaron las intentonas insurreccionales de la población negra y, a finales de 1880, desarticuló la llamada “conspiración de la raza de color”, que casi pasó desapercibida, procediendo a la detención y deportación de sus cabecillas. En varias ocasiones manifestó su opinión contraria a disminuir los efectivos del Ejército, que invariablemente se efectuaba en todas las épocas de relativa tranquilidad: “Aquí cuantas más libertades se den, se necesitarán más batallones; el disminuir éstos y aumentar aquéllas es preparar una nueva guerra y a la tercera, según suele decirse, va la vencida”.

Solicitó destino a la Península cuando volvió a agravarse su enfermedad hepática, que le fue concedido.

A su regreso a Madrid, fue recibido por la prensa con división de opiniones, unos periódicos alabaron su labor en Cuba, mientras otros le atacaron y criticaron.

Fue nombrado consejero del Consejo Supremo de Guerra y Marina, pero inmediatamente fue destinado al cargo de capitán general de Andalucía.

A sus cuarenta y cuatro años contrajo matrimonio, en 1885, con María Concepción Castrillo y Medina, boda apadrinada por los Reyes. Durante su mandato tuvo lugar el descubrimiento de la Mano Negra, sociedad anarquista que tenía en constante zozobra a gran parte de Andalucía, y colaboró con las autoridades civiles en sofocar las revueltas sociales. Una de sus actividades fue el estudio historiográfico en el Archivo de Indias, referido a Hernán Cortés, llegando a publicar una colección de documentos. Con pretexto de su enfermedad renunció al cargo de gobernador y capitán general de Puerto Rico que le ofreció el ministro. Se afirmaba que estaba esperando otro destino de superior categoría, posiblemente en Cuba.

Después de desempeñar cargos burocráticos, como presidente de la sección 3.ª de la Junta Superior Consultiva de Guerra, inspector general de las tropas y reservas de Infantería e inspector general de Infantería, en 1890 fue nombrado capitán general y gobernador general de Cuba, noticia que en la isla tuvo discutido eco, pues mientras unos recordaban al enérgico y cruel general vencedor de la Guerra Chiquita, otros rememoraban su labor pacificadora en Puerto Príncipe.

La polémica estaba servida, especialmente en la prensa. El gobierno conservador de Cánovas acordó el nombramiento, pues, sin duda, era la personalidad más idónea para desempeñar tan alto cargo, como él mismo decía: “Cuando se tiene corazón, no se pasan veinte años en un país sin amarlo, y además de ese motivo que tengo para recordar con cariño a Cuba, tampoco puedo olvidar que por generosidad de España he ocupado en la gran Antilla las posiciones más variadas; corregimientos, alcaldías, gobiernos civiles, autoridad suprema de la Isla; fui subalterno, jefe, brigadier, capitán general, lo más oscuro, lo más elevado; la primera vez que marché a Cuba cambié los galones de sargento primero por el uniforme de oficial; si hubiera llevado a los trópicos mi poncho de África, podría afirmar, como el héroe legendario de nuestro poeta romántico, que recorrí toda la escala social de América”.

Polavieja estaba informado, antes de desembarcar, de la presencia y actividades de Antonio Maceo, que su predecesor había autorizado a regresar, que estaba recorriendo la isla y se presentaba en público con faja de general insurrecto. Sus trabajos de conspiración estaban avanzados, pero no lo suficiente para desembocar en una insurrección. Dispuso inmediatamente su deportación, y poco después procedió a la expulsión de otros conjurados y a la suspensión de varios periódicos, con lo que consiguió abortar la tercera revolución independentista.

La situación de orden público era crítica, porque el bandolerismo dominaba los campos, disfrazado de guerrilla patriota. Polavieja creó un organismo específico encargado de todas las cuestiones relativas a su persecución, para evitar la falta de un criterio único y las rivalidades entre las diversas autoridades, que entonces entorpecían las acciones. Procedió a cambiar los alcaldes que no colaboraban y nombró otros que eran oficiales del Ejército o la Guardia Civil, a los que cesaba cuando se normalizaba la situación.

Tuvo éxitos, pero no terminó con el problema, que era político. Se enfrentó con el jefe del Partido Constitucionalista y reconoció su fracaso en su intento de fortalecer el partido, que era el primer instrumento del Gobierno español. Otra de sus preocupaciones era la corrupción administrativa en todos los niveles; cesó a algunos empleados, pero no la pudo dominar. A la isla eran destinados muchos que iban a medrar, apoyados por personajes de la Península.

Reaccionó contra la prensa, que estaba cada vez más a favor del separatismo, que trató de acallar con numerosos procesos, suspensiones y retiradas de ejemplares.

Al mismo tiempo, otra amenaza a la soberanía española empezaba a formarse en el exterior, con las actividades de Martí desde Estados Unidos. En septiembre de 1891 estuvo a punto de estallar un nuevo brote insurreccional, que pasó desapercibido gracias a las medidas que previsoramente adoptó Polavieja.

Otra vez la red de espionaje y la rápida movilización militar garantizaron la paz. Presentó su dimisión cuando los problemas de su enfermedad se agravaron y el ministro de Ultramar, Romero Robledo, mostró desconfianza hacia su gestión y le exigió pública cuenta de los gastos de los fondos reservados. También introdujo el ministro en Cuba reformas que limitaron sus atribuciones, creando una organización territorial con gobernadores civiles en las provincias, que dependieron directamente de Madrid.

Antes de su cese informó al Gobierno de las pretensiones de Estados Unidos. La débil economía cubana se veía afectada por las leyes de ese país y se perdían ingresos de aduanas al desaparecer los aranceles, que eran la principal fuente de ingresos del presupuesto. Se desoyeron las propuestas de Polavieja, que vio con preocupación la entrada masiva de capitales y la compra de ingenios por el vecino del Norte, invasión que también se trasladó a todos los ámbitos de la vida, costumbres, vestuario y modas. Destacó el peligro que representaba el fortalecimiento de su marina, con la construcción de numerosos barcos blindados.

Una vez en la Península, en situación de cuartel y con la mitad de la paga, se le nombró presidente de la comisión que debía redactar los proyectos para una sociedad de crédito del Ejército y la Armada y recibió la satisfacción de su nombramiento de diputado por el distrito cubano de Cárdenas. En 1893 triunfó su candidatura dentro del Partido Unión Constitucional en las elecciones para diputados a Cortes, e igualmente fue propuesto para senador, cargo que, junto con sus numerosos contactos que en la isla conservaba, le permitía mantener actualizados su conocimiento de la situación y seguir enviando diversos informes militares sobre Cuba.

El mismo año recibió el nombramiento de presidente de la Cruz Roja Española, cargo que, con la designación de comisario regio, ostentó hasta su muerte. Muy considerable fue su implicación personal para el relanzamiento de la institución, y los sucesos de Melilla representaron el primer reto, donde actuó brillantemente. Poco después extendió sus actividades hacia cualquier tipo de necesidades sociales y no solamente a la atención de los heridos en campaña. Al estallar de nuevo la guerra en Cuba, remitió recursos y material sanitario, sin intervenir directamente en aquellos territorios por problemas de competencia con la misma institución en la isla; en la Península se crearon instalaciones para recibir a los soldados repatriados de ultramar. La reformada institución desarrolló gran capacidad para obtener los recursos que necesitaba para su consolidación, al tiempo que mejoraba sus relaciones con la sociedad y la Administración, con el Ejército y la Monarquía; y ya en 1897 adquirió carácter oficial, gozando de la protección del Estado.

Simultáneamente con esta labor, ejerció otros cargos militares, pues fue nombrado comandante en jefe del 6.º Cuerpo de Ejército, después jefe del Cuarto Militar de Su Majestad la Reina Regente y gobernador y capitán general de las islas Filipinas, destino que ocupó durante poco más de cuatro meses, que consolidó su prestigio militar y encauzó su figura hasta la primera línea de la lucha política. En aquellos territorios de ultramar había estallado la insurrección en agosto de 1896 y, siendo la primera autoridad el general Blanco Erenas, Polavieja fue nombrado en comisión segundo cabo de aquella capitanía general, conservando su anterior destino en el Cuarto Militar, cargo secundario dado el momento crítico. Poco después, como no había acuerdo entre ambos, para evitar herir a su antecesor, presentó su dimisión. Lo mismo hizo Blanco, ocasión que aprovechó el Gobierno para permutar el destino de ambos generales.

Polavieja consideraba que resultaba imposible para España mantener durante un largo período el esfuerzo de dos guerras y se imponía decidir qué colonia convenía conservar y cuál abandonar. Manifestó decantarse por Filipinas, donde encontraba más posibilidades de triunfo, a pesar de los males que aquejaban el territorio, como la discutida labor de las órdenes religiosas, el problema económico y la administración corrupta e ineficaz. Nada más llegar, firmó una circular contra la corrupción, suspendió las elecciones municipales y decretó la sustitución de gobernadores civiles por militares. Como la situación era grave y Cavite, a poca distancia de Manila, se consideraba independiente, tenía que evitar que la insurrección se extendiese a otros territorios que podían aislar la capital. Inició la represión en forma de deportaciones acompañadas de promesas de indultos y procesos, que ya había iniciado su predecesor, contra miembros de la sociedad secreta Katipunan y otros cabecillas de la insurrección. Muchos de estos procesos terminaron en pena capital, entre ellos el de Rizal —acusado de rebelión, sedición y asociación ilícita—, causa que encontró muy avanzada y en la que, según el general, se limitó a aplicar la ley.

Para luchar contra el bandolerismo, decretó la reconcentración de la población, siguiendo los pasos que empleó en Cuba, impidió que llegase armamento a los insurrectos desde el exterior, reforzó la red de información y espionaje y organizó a los voluntarios.

Las operaciones se iniciaron nada más llegar, abandonando la actitud defensiva y persiguiendo a los rebeldes en sus bases de las montañas, al mismo tiempo que adiestró a los voluntarios y a las tropas llegadas de la Península. Reconquistó Cavite combinando acciones terrestres con marinas, para rodear por todas partes la zona insurrecta, hostigarla constantemente simulando ataques y amagando desembarcos, para que los rebeldes no pudieran dedicar demasiadas fuerzas a lo que sería la verdadera invasión. Los indultos los aplicó sólo después de acciones importantes y victoriosas.

Cuando quedaba bajo el poder de España la región más llana y rica de la provincia de Calvite y el ejército rebelde estaba acorralado en el Sur, en una zona montañosa con recursos muy limitados, Polavieja solicitó refuerzos, que le fueron denegados. Este hecho, sumado a la recaída de su salud, pues su enfermedad se agravaba en climas tropicales y con las fiebres palúdicas, le llevaron a presentar su dimisión. En su tiempo se discutía si la causa de su petición fue la enfermedad, el desacuerdo con el gobierno o ambas cosas; pero el general insistía que fue lo primero. La mayor parte de los cronistas e historiadores coinciden en que la breve gestión fue eficaz para el control de la insurrección. Recibió el nombramiento de presidente de la Junta Consultiva de Guerra y condecorado con la Gran Cruz laureada de San Fernando.

A su regreso, Barcelona le recibió con una calurosa y popular recepción, hecho que se repitió en otras ciudades, y en Madrid la manifestación de bienvenida siguió al general hasta el Palacio Real, donde fue recibido por la Reina Regente. Al terminar la visita, la Soberana se asomó al balcón para saludar a Polavieja, acontecimiento que terminó con una demostración antigubernamental que se llamó “la Crisis del Balcón”.

Aunque varios grupos de la oposición lo tenían como la personalidad que podía enfrentarse a Cánovas, después del asesinato de este político no aceptó la cartera de Guerra que le ofrecía Sagasta y fue nombrado senador del reino.

Después de la derrota de 1898, la publicación de su libro Mi política en Cuba elevó a lo más alto el prestigio del general, cuando la opinión pública pudo apreciar su previsión en relación con lo que había ocurrido en la isla. El mismo año presentó en el Congreso de los Diputados un manifiesto, después difundido por la prensa, que era una fusión de elementos diversos que se hacían eco de las reivindicaciones de gran parte de la burguesía, especialmente la catalana, y que apareció en medio del desaliento colectivo y en momentos críticos, como eran los de la firma del tratado de París. Aunque fue considerado como una obra colectiva de varias personalidades, políticos y periodistas, inmediatamente una junta de adhesiones al programa trató de reunir y encauzar el apoyo al general, especialmente en Cataluña.

Los partidos trataron de atraer a Polavieja, pero fue Francisco Silvela, con quien en más puntos coincidía, el que le ofreció una coalición de fuerzas y llegaron a un compromiso, asumiendo como propio el manifiesto, y al formar gobierno al sustituir a Sagasta, el general ocupó el Ministerio de la Guerra. Inmediatamente trató de terminar con algunas injusticias, pagando los atrasos a los soldados repatriados y propuso un aumento en el haber y mejora de la alimentación de la tropa, publicó un indulto de penas leves para los que habían prestado servicio en ultramar y promovió la formación de tribunales de honor, para expulsar del Ejército a quienes se lo merecían por su comportamiento en las guerras pasadas. Redefinió la organización territorial, sustituyendo los cuerpos de ejército de cada región por divisiones; redujo el número de soldados en activo, proponiendo medidas de movilización de los reservistas; favoreció la investigación en armamento, cambió el material de artillería de campaña y mejoró los sistemas defensivos de Ceuta.

El llamado “general cristiano” y “general honrado”, aunque fue nombrado senador vitalicio, por la dificultad de llevar a la práctica sus ideas y las deficiencias de sus colaboradores, pronto empezó a recibir numerosas críticas en la prensa, y muchos de sus antiguos simpatizantes le fueron retirando su apoyo. Recibió acusaciones de favoritismo por los ascensos concedidos en campaña, especialmente en Filipinas, y su prohibición a los jefes y oficiales de asistir de uniforme al entierro de Castelar dio motivo a un grave enfrentamiento. Los presupuestos del ministro de Hacienda Raimundo Fernández Villaverde no sólo tuvieron oposición en la calle, sino también en Polavieja, porque era incompatible con los gastos de sus proyectos: “Yo no pretendo, ni puedo pretender una España armada para conquistas y locuras, yo sólo deseo y quiero una España que únicamente lo esté para los respetos ajenos y para la conservación de su propia existencia”. Presentó su dimisión, y la mala experiencia como ministro, que duró apenas siete meses, le impulsó a retirarse pronto de la primera línea de la política.

Fue nombrado presidente de la Junta Consultiva de Guerra, pero inmediatamente después solicitó un año de licencia, porque su salud se había resentido en los dos últimos años. Este tiempo lo aprovechó para viajar a Francia, Suiza e Italia y se dedicó a los estudios militares, presentando en el Senado (1901) una Memoria relativa a la defensa nacional y a otros puntos de la organización militar; siendo elemento principal del estudio la cuestión africana, que había pasado a primer plano. Nombrado director general de la Guardia Civil, para conseguir terminar con el caciquismo rural y separar a los guardias de los poderes locales propuso aumentar su haber y crear economatos. Se distinguió por inspeccionar gran número de comandancias, preocupándose por los problemas de organización y régimen interior.

Con la caída del Gobierno recibió el nombramiento de jefe del Cuarto Militar de Su Majestad el Rey y presidió una comisión de jefes y oficiales que viajó al norte de África para estudiar la defensa de la zona. Con la reforma del Ejército y la creación del Estado Mayor Central, una de las piezas claves de la cúpula militar, fue nombrado su jefe, dedicándose a elaborar estudios sobre la defensa del territorio. Más tarde (1906) fue nombrado presidente del Consejo Supremo de Guerra y Marina y consejero de Estado, tiempo que le permitió reanudar sus viejas aficiones de los estudios históricos y publicó su libro Hernán Cortés. Estudio de un carácter.

Después de permanecer en el empleo de teniente general más de veintinueve años, el Gobierno se resistía a ascenderlo a la más alta dignidad de la milicia, aunque había vacante, alegando diversos pretextos. El nombramiento llegaría en 1910 con el ascenso a capitán general, cesando en la presidencia del Consejo Superior. Este mismo año fue nombrado embajador extraordinario y plenipotenciario de España ante la República de México, para asistir al primer centenario de su independencia. En reconocimiento de toda su carrera militar y a los servicios prestados, Alfonso XIII le concedió la merced de marqués de Polavieja.

Nombrado académico de número de la Real Academia de la Historia, recibió la Medalla n.º 34 y Francisco Fernández de Bethencourt, al responder a su discurso de ingreso, describió al general como militar estudioso y culto, asistente a tertulias, bien relacionado con escritores y artistas. El tema del discurso de Polavieja estaba inspirado en la embajada que había presidido en México. Afirmó que “un país que no conoce su historia y el que sabe algo de ella es porque lo aprendió en libros extranjeros, no puede tener aspiraciones de grandeza”. Manifestó su protesta por el mal concepto que los historiadores extranjeros e incluso algunos españoles se habían formado de la labor de España en América y en el mundo, continuación de la guerra militar y diplomática llevada a cabo contra el imperio español. Su propósito era “romper una lanza” por todo lo bueno que los españoles realizaron en América, que se debió “al incuestionable vigor de nuestras fuerzas morales”. Poco después fallecía a causa de una enfermedad del corazón.

Obras de ~: Hernán Cortés. Copias de documentos existentes en el Archivo de Indias y en su Palacio de Castilleja de la Cuesta, sobre la conquista de México, Sevilla, 1889; Mando en Cuba del Teniente General D. Camilo G. Polavieja. Copia de la memoria dirigida al Exmo. Sr. Ministro de Ultramar, en 22 de diciembre de 1892, Madrid, 1896; Mi política en Cuba. Relación documentada, lo que vi, lo que hice, lo que anuncié, Madrid, Imprenta de Emilio Minuesa, 1898; Exposición al Senado, Madrid, 1901; Hernán Cortés. Estudio de un carácter, Toledo, Imprenta y Librería de la Viuda e Hijos de J. Peláez, 1909; Discursos leídos ante la Real Academia de la Historia, Madrid, Est. Tipográfico de Jaime Ratés Martín, 1912.


Fuentes y bibl.: Archivo General Militar (Segovia), Exp. de Camilo García; Estado Mayor General del Ejército, Hoja de servicios del Exmo. Sr. Capitán General Marqués de Polavieja.

P. Barrantes, Polavieja, Madrid, Imprenta de A. Marzo, 1899; F. Pi y Maragall y F. Pi y Arsuaga, Historia de España en el siglo xix, Barcelona, Miguel Seguí, 1902; J. Ortega y Rubio, Historia de la Regencia de D.ª M.ª Cristina de Habsbourg- Lorena, Madrid, 1905; D. I sern y Marco, Las capitanías generales vacantes: el general Polavieja como militar y como hombre de gobierno, Madrid, Imprenta de R. Velasco, 1907; A. Villar y Amigo, In memoriam: homenaje póstumo dedicado al glorioso soldado español Marqués de Polavieja por el Excmo. Sr. D. Anselmo Villar y Amigo; carta prólogo del Excmo. Sr. General D. José Villalba y Riquelme, Madrid, Est. Tipográfico de Ernesto Catalá, 1914; G. Maura Gamazo, duque de Maura, Historia crítica del reinado de Alfonso XIII, Barcelona, Montaner y Simón, 1919; M. Fernández Almagro, Historia política de la España contemporánea, Madrid, Ediciones Pegaso, 1959; M. Espadas Burgos, La Restauración, Barcelona, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1990; A. López Serrano, El general Polavieja y su actividad política y militar, Madrid, Ministerio de Defensa, 2001.


Biografía escrita por Eladio Baldovín Ruiz procedente del Diccionario Biográfico Español.

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